Tuesday, January 24, 2017

Sonidos de algazara


Se escucharon sonidos de algazara desde dentro de esa casa, que por cierto es una casa acogedora, una casa soñada y erigida por un docente que cobra su sueldo provincial más o menos en tiempo y forma.
Cecilia, la mujer de Albano, una exsupervisora de Educación, había levantado su voz más de lo habitual, y ello hizo que su marido detuviera la aspersión de salmuera al asado, y se quedara con las orejas alertas. Y se escucharon otras dos voces femeninas.
El más atento a esos sonidos (sobre todo porque eran femeninos), aunque no pareciera alerta, era el mismo Bruno, quien tenía un vaso de vino malbec apoyado en su vientre, y estaba posando sus ojos en los movimientos de Albano.
Los otros docentes se limitaban a intercambiar opiniones sobre el modo mejor de acceder a un crédito hipotecario en tiempos neoliberales.
Bruno, además, había estado influenciándose por las voces que venían del televisor, la transmisión en directo de una manifestación de mujeres contra Donald Trump.
-Ahí están. Llegaron. Una alemana y una rumana. Bien gringas, eh.
-Me encantan las gringas, pero enseguida viene mi señora.-responde Armando y todos ríen. Bruno no. Bruno cree que es un chiste remanido.
Irrumpió en el patio Cecilia, una cincuentona baja, regordeta, de pequeños rulos castaños con las puntas de un rubio ceniza. Bruno percibió en Cecilia una sonrisa un tanto turgente, como si ella creyese en la necesidad -o en el deber- de sonreír, pero que ese deber no era del todo congruente con algo que ni ella misma sabía bien qué.
Detrás, venían con ritmo pausado, dos extrañas mujeres. En efecto, una era Helen, de Alemania; y la otro, Anna, de Rumania. Helen era un poco más extrovertida que Anna, aunque ambas eran amables. Helen tenía la voz más aguda que Anna. Más adelante, Bruno dirá que el timbre de Anna es parecido al de un río que fluye sobre un lecho ubérrimo, de humus y algas.
Ambas hablaban, además de sus idiomas nativos, un poco de inglés y un poco de español, así que se hicieron entender y podían sostener una conversación.
Lo folclórico de la escena era lo más llamativo de ese momento, por eso ellas quedaron por unos minutos hipnotizadas con el hábil rebanamiento del cordero por parte de Albano, quien además emitía interjecciones de autoelogio, vitoreado por los otros docentes y por Cecilia, quien sostenía la bandeja donde iban posando los fragmentos brillantes de carne.


2 comments:

Vicky said...

Me ha encantado la suavidad de la escena, sobretodo, la forma en que se cuentan los pensamientos de Bruno, quien a mi parecer, sería introvertido.

Marcelo del Valle Romero said...

Gracias. Es un fragmento de narración más larga. Me llama la atención que lo hayas percibido con ritmo suave. Si hay fluidez, mejor!

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