Saturday, January 21, 2017

Remover las brasas

En ese paraje conoce, de casualidad, a un grupo maduro de hombres y mujeres, entre los que está Bruno Sarmiento, un locutor de pueblo.
La rumana tiene unos 40 años, y él unos 47 años, a los que no valen adjetivos, pues son sólo eso: 47; porque él mismo no quiere calificar sus años, so pena de caer en la depresión.
La casa era de Albano Pujol. El anfitrión tiene una pequeña chacra, y organizó un asado para unos amigos docentes de Caleta Olivia y Comodoro Rivadavia.
Puer bien, Albano hacía el asado en el patio interno con tres amigos que lo acompañaban. Entre ellos estaba Bruno, más morocho que los demás, más bajo, y de accionar más reactivo que los otros, tanto que ni siquiera se rió cuando Albano dijo: “No va. Esto no va. No se me termina de hacer esta cagada”. Y uno de los docentes, Armando, removió las brasas ubicadas debajo de un cordero faenado y estaqueado en cruz. Y Bruno miró con una casi vacua preocupación.
Bruno estaba constantemente atento a su propio actuar y, por eso, se sentía el locutor menos parlanchín, y el más aburrido de todos. Aún así: estaba en una nueva etapa. “Cuando todo el mundo piensa en jubilarse, yo pienso en aumentar mi energía masculina”, dice, y lo dice –con un descaro hacia sí mismo- caminando por las calles de Caleta Olivia, por veredas irregulares, con dolor en las articulaciones de los miembros inferiores, con los meniscos oxidados y, al parecer, sin solución de que algún día vayan a lubricarse. Aún así habla de energía masculina, y eso es lo que lo define actualmente.

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