Monday, January 23, 2017

Pellizcarse


Cuando sobrevolábamos las islas frías comprendí lo que había sufrido un vecino que vino en 1982. Imaginé las manos heladas, imaginé el trozo de pierna sangrienta que cayó en la costa, la herida limpiándose en la mar, la sal, el frío, el viento, las botas mojadas, los piojos, el hierro ahí, a punto de seguir explotando en las minas antipersonales, la tontería de resbalarse, el color verde y mustio y de olor acre y dulzón, lo lejos que estaba todo, el otro planeta en el que nos encontrábamos. Aquí sobrevolando, mientras más allá, en África, la debacle de una etnia.
Lo difícil que era todo. Lo negado, lo calmado, lo sueño, lo vivo, lo muerto recientemente. Pero sobre todo la distancia, lo lejos que estaba, y de aquel que pisó la mina antipersonal: la imposibilidad de recorrer siquiera un metro, un inválido, sin poder arrastrarse ni un solo metro. Lo difícil, lo extraño, lo que uno no querría que fuese la realidad y lo que es.

Automáticamente alcé mis manos y me las miré, pinche la palma izquierda con una uña de la mano derecha. 

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