Saturday, January 21, 2017

Exótica de Los Cárpatos


Una mujer rumana, en esa época, era un exotismo maravilloso para Bruno, mucho antes de vivir en Moldavia.
Anna Olga, cuya más notoria virtud es que es admiradora de Rachmaninov. Virtud para ella y para su amiga, pues en el asado, en el de Sarmiento, le preguntaron a su amiga holandesa: “Qué es lo que más le gusta a tu amiga?”, y ambas respondieron, riéndose y al unísono: “¡Rachmaninov!”, porque habían viajado juntas con una musiquita persistente en el celular.

Anna vive en una ciudad situada en medio de los Cárpatos. Sus ojos sobrevolaron sobre aquellos montes verdes, de coníferas y osos temibles, y ahora, sobrevolaron en un lugar extraño, de mar, ballenas en otoño, algún ojo de agua, de costa amarillenta, y luego en auto, adentrándose por un camino ocre, hasta llegar a un espejo de agua y un pueblo. Ella venía pensando en su hija adolescente, la que quedó en Bucarest, intentando ingresar en la universidad. En su pequeña casa, de su pequeña ciudad, no tan pequeña que Sarmiento. Eso iba pensando, más bien, no eran pensamientos, sino una serie de imágenes, sonidos, dejándose llevar, a ver qué le decían, si le daban la clave del año, o nada. Y también sentía un poco cansancio. Es decir que no era un viaje como el que hizo cuando era veinteañera a Madrid. Esta vez era un viaje que la cansaba, que hubiese preferido que no la llevasen por tantos lugares, sino le hubiera gustado estar un rato en un lugar nada más, un rato, unos dos días, o tres, en algún lugar como en Unquillo, pero no, fueron unas horas y después a seguir recorriendo la Argentina. 

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