Sunday, September 11, 2016

Cuando Jorge Sarmiento está desesperado

Jorge Sarmiento escribió: 
Cuando uno está desesperado lo primero que piensa es en suicidarse, pero en el caso de mi desesperación, en el fondo, no pareciera que hablemos de una intención concreta. Me regodeo, otra vez, como lo hacía cada vez que viajaba en colectivo y no podía contactarme con nadie (allá por mi Córdoba natal), y entonces iba en el 131 (o en el 45 que iba hacia Villa Siburu), y entonces imaginaba un acto erostrático, pegando un balazo frente a todos.
Pero todo queda en el ámbito de lo ideal, de ese pensamiento mágico.
Pensar así nos traerá, de pronto, la solución, es decir, vendrá la salvación o, en todo caso el salvador o salvadora. Y todo en lo ideal.
Idealizar el suicidio es lo mismo que berrear, con la diferencia de que este berrido mayor se da desde un ser que da asco por lo repetitivo. Berreo y vendrá madre a salvarme, a refugiarme.
Lo interesante de todo este período de mi vida es que me he dado cuenta con más realidad (como si, por fin, me hubiese calzado unos anteojos que me permiten ver las cosas con más nitidez) de que no hay madre, ni magia en la vida, y de que, como dice alguien televisivo: “Como te ven te tratan”. Todo el mundo está construido en base a injusticias, son inevitables, lo que nos queda es qué hacer con nosotros en ese mundo, digamos, como lo podría decir un existencialista.

También aquí es cuando sale a lucirse ese sentimiento de “omnipotencia”. El perverso de Goncalvez lo llamaba la “omnipotencia femenina”, puesto que él pensaba que la culpa de muchas cosas era de lo “femenino”. Pues bien, yo, alguien tan receptor de todo, me quedé con ese epíteto durante décadas. Grave error mío. El error ha sido de él, pero grave error mío el haberme quedado con eso: conque es femenino, y por lo tanto, malo.

Saturday, September 10, 2016

Entre las chozas

La pareja a pie, Torrejón subido al caballo, echado hacia adelante. Llegan a destino, a una aldehuela de chozas enormes de cuero, en cuyo centro juegan cerca de quince niños, y hay más de veinte perros en los alrededores que no ladran, sino que aúllan cuando llega la comitiva.
Salen matronas, cuadradas con sus ponchos de piel de guanaco, con capotes cubriéndoles los torsos, y salen los hombres de la chozas, pirámides de carne, con vinchas grises o verdes cubriéndoles las sienes.
Torrejón divisa todos los movimientos, Está casi desvanecido, y siente que cerca hay calor, es una enorme fogata, hay humo y olor a carne y vegetales cocidos.
El matrimonio, los samaritanos del frío, presenta a Torrejón con ademanes suaves. Hombre y mujer hablan de él, hacen gestos, hacen olas con sus manos, ante dos jefes que escuchan, y que lo miran con circunspección, mirando, rumiando. Uno de los jefes, juego en su boca con un pedazo de pasto seco, que cambia de comisura a comisura, y escupe de vez en cuando un gargajo verde; el otro, más viejo, juguetea con el mango de una pequeña hacha, y tiene los ojos más achinados, renegridos y con los pómulos de enormes promontorios, huesos firmes.
Torrejón entonces fue dejado sobre un montón de cueros. Allí, abrigado, durmió toda la tarde, hasta que sobrevino la noche, y los dos caciques salieron raudamente de sus chozas y reunieron a todos. Había asamblea. Las mujeres se sentaron al lado de sus hombres; los niños detrás berreaban o se tiraban los pelos entre sí. Todo el pueblo reunido. Eran como trescientas almas.
El jefe más viejo habla un tramo largo. Su parlamento adormece. Habla y cierra los ojos, luego los abre para decir algo importante, para volver a cerrarlos, y sacar palabras como si las sacara de algún recóndito libro guardado en su cabeza. Sigue teniendo su hacha entre las manos. Torrejón, desde unos metros, se concentra en las manos largas y oscuras del viejo. El otro, más joven, de unos cuarenta años aproximadamente, empezó a hablar, a vociferar, principiando un rito extraño, de tomar un puñado de arcilla del piso, lanzarla al aire, y hacerlo dos o tres veces.

                                                                           

Gorjeos de Spalding



Porque Spalding es algo inalcanzable para Sarmiento, pero él piensa en lo inalcanzable porque está recluido. Ya que, si saliera más por las calles aunque sean las de Caleta Olivia, pues tendría más posibilidades de conocer gente y algunas muchachas cercanas a Spalding, no te digo cantante de jazz, pero al menos alguien a quien le guste la música que se puede gozar de a poco, lentamente, pero no lentamente como el ooooppoopppopoppnononono seudo místico, sino lentamente y con variaciones, un grito acá, un fragmento de canción de cuna interrumpido luego por un gorjeo de un contrabajo, un maullido que se estira como otra canción de cuna, una loa a la vida que luego se convierte en el canto de una niña sobre un arroyo, o de pronto es el lento escrutinio de la vida de una viejecita en un lugar muelle, y así, infinitamente, Spalding reaparece.

Insultar al viento

Día 3 Suele ser inútil la pregunta de por qué el odio. Pero tiene algo de adicción hacérsela. Empezaré a caminar. Día 4 Caminé, cami...