Wednesday, August 31, 2016

¡Hombre grande embaucándose a sí mismo!

De hecho, Sarmiento ve que el episodio de su vida, allá por Saquiste, a fines del 2000 o comienzos del siglo XXI, era más bien para titularlo así: “El Padre”, o “Un padre”. Un padre que se había vuelto loco de remate por la baja autoestima (aquí la psicóloga le dice: "pero por qué le llama autoestima, llámele de otra manera, diga: sentimiento de pobreza. Diga: pobreza, un estar en la pobreza y no querer salir de allí"), por la falta de perspectivas, por la miseria de todo tipo, porque se había descentrado del camino de los recursos. Bueno. Como fuera. Todo eso. Muchos padres cometieron eso.
Pero él, además, estaba ansioso permanente. Había caído en las garras de la idealización extrema. ¡En pleno siglo XXI, hombre grande!
Qué malos consejeros que habían sido sus amigos de ese entonces. El muchacho imprentero que le recitaba milongas pampeanas para darles ejemplos de hombría ante la miseria gauchesca; el hombre de letras que le decía, sonriente, que su vida parecía la de Dostoievski, y con ello aumentando la idealización en Sarmiento de que iba por el buen camino.
Pero, también, y sobre todo, qué mal consejero él era de sí mismo. Más bien, un casi inexistente consejero de sí mismo. “Vive, total la vida te regalará las cosas, porque eres especial”.
Y, por eso mismo, se había enamorado de Bruneta del Rosario, como si fuera una santa. Le había prometido ser el ángel de ella, cuando él muriese. Y ella, simplemente, quería reunirse con Ricardo Meza, un tipo gordo, grandote, que “entró en su corazón”, o en ese sistema de las mujeres que buscan protección. Y Meza que simplemente eso quería: cogerla, pasarla bien.
Pero no, Sarmiento, estaba emperrado en acosarle el supuesto espíritu a Bruneta, y que no podía ser, que ella tenía que ser de él, si él estaba mejor preparado, y esas cosas.

Y por qué esa historia se tendría que haber llamado “El Padre”. Porque en medio de todas esas iniquidades que se hacía a sí mismo, estaban sus hijos esperando mejores respuestas por parte de él. 

Friday, August 26, 2016

¿Está bien ir por la Spalding?



Jorge Sarmiento quiere conquistar a Esperanza Spalding, una cantante de jazz contemporáneo. Sólo que Sarmiento vive en una pequeña ciudad de la Patagonia, y Spalding está de gira por el mundo y tal vez viva en New York.
Sarmiento no tiene dinero ni siquiera para emprender el viaje. Tiene muchos hijos. Tampoco es un cultor del jazz, salvo de Spalding.
Qué es lo que le atrae de Spalding. Que sea tan creativa, tan optimistamente bella, tan bellamente optimista y pareciera que fuera alegre, o al menos una mujer muy madura. Aunque Sarmiento todavía no sepa, qué es una mujer madura; ya que él está madurando, a sus 49 años de edad.
Sarmiento ha pasado por momentos terribles, y se dio cuenta de que la vida es así. Te golpea como un mazazo. No es novedad para todos, pero sí para él, que siempre se refugió en alcohol, encerrado en torreones de adobe o de lo que fuere, en camas agónicas y grises, meando colchones y todo eso.
¿Se justifica hacer todo el esfuerzo por Spalding? Quizás no.
Un amigo, mucho más joven que él, le dice que está “más o menos” emprender ese ciclópeo camino. Pero en el camino se encontrará… quizás no con Esperanza, pero quizás con alguien más cercano, quizás otra morocha sonriente y madura.
“Lo cierto es que con Spalding sabré qué me falta a mí”, dice Sarmiento a su amigo para convencerse y convencerlo. Es porque con Spalding él tendrá la medida para saber cuánto le falta a él de madurez, de ser, porque –razona Sarmiento- si se puede ser con alguien así, y al lado, es porque se está siendo merecedor de la vida como él quiere vivirla.
Además, esa tarde un abogado astutísimo le dijo: “Ambos tenemos la misma edad. Cuántos años creés que te faltan para vivir”. Por lo tanto, es mucho más con el presente con el que se juega en esta vida. Es presente. Mañana, no sé.
-Bueno- le dijo su amigo joven-. Quizás estés equivocado de emprender el camino hacia la Spalding, pero buena suerte. Al menos ya te estás moviendo.

Y ambos emprendieron el camino de las copas del vino “Tizac”, made in Fiambalá. 

Sunday, August 21, 2016

Mij mij

“Dios de los mares, si eres más poderoso que el vil de los viles, sabed que yo sé que así pago mis penas, así expío mis pecados”, dice Torrejón, riéndose, mirando la débil rompiente de las olas en el pedregullo.
En una roca verde, las rompientes horadaron –quizás en menos de un siglo- una roca de arcilla verde marina, y la convirtieron en cueva. Ha sido esa cueva la casa de Torrejón a lo largo de veintidós días. Esa cueva ha sido salpicada durante siglos, en las mareas altas, por abrasivos chorros y gotas; y también el cuerpo de Torrejón ha sido salpicado por esos elementos. Cueva que no alberga bicheras.
Torrejón luego, cuando se cierne el crepúsculo y la brisa se hace más lúgubremente suave, llora: “Dios de los mares, dios de los océanos, ampárame. Sé que voy a morir, pero no permitas que esta pobre alma sufra más de lo que ya ha sufrido. Dios de los mares, más poderoso que el vil Poseidón, así pago mis penas, así expío mis pecados”.
Hace veintidós días, Lagos Miranda, el almirante, le había dicho: “Te irás a morir, cagador. Ahí, pasarán siglos y quedarán tus huesos albos, y de cuya sustancia húmeda hasta las hormigas renegarán. ¡Bájate, hijo de puta!”. Tres secuaces de Lagos Miranda lo hubieron de empujar hacia la balsa precaria; y así, Torrejón se quedó en esa costa, no sin antes gritar, queriendo romper todo su mal, maldiciendo: “¡Caerán miles de trombas marinas cuando lleguéis al Cabo de Hornos. ¡Putos! Van a ser seducidos por serpientes marinas en vuestras pesadillas; os violarán tortugas marinas y les romperán vuestros esternones; ni sus hijos querrán saber de ustedes!”.
Ahora llora, y comienza a temblar, aterido, esperando el momento en que su ser se abandone hacia la nada.
Hasta que, desde el sur de la costa, aparecen dos indios, hombre y mujer caminando pausadamente, llevando de las bridas un caballo. Es febrero. Van desarmados, llevando morrales de cuero, vistiendo una casaca de cuero, una especie de capote gigantesco que les cubre cuello y la parte baja del torso, dejando la parte alta, las tetillas del hombre a la brisa y las tetas de la mujer, al desgaire. Esta pareja es una clase de Adán y Eva, la clase de las que sobrevivieron cien años desde la expulsión del paraíso, y que ahora son sobrevivientes a todo, incluso a los hallazgos sorpresivos como el de Torrejón, un simio blanco, huesudo, pálido, con barbas, con ojos verdosos y húmedos, desorbitados, y una voz entre aguda y enronquecida.
Con esos enormes rostros morenos, cuadrados, y de narices achatadas, con cueros, con pelusas al viento, con músculos formados y arrugados por la intemperie, hombre y mujer se acercan.
La mujer musita: “Sajnatich, sajnatich. Simbroskech sajnatich”.
Y el hombre responde: “Ñus, ñus…”, y se aproximan lentamente a Torrejón.
Hacen sus pasos sin mostrar asombro, casi dueños de sí mismos.
-¡Paz, paz, paz! –grita Torrejón, haciendo una cruz con los brazos y cubriéndose el rostro.
El hombre recula, saca una pequeña lanza de su morral. La mujer lo calma, musita: “Sajchen, Sajchen, mij mij kalak”.
-No me matéis, por favor. No me matéis. Soy hombre de paz.                            
- Simbroskech. Ñus mij sarchen, kalai. Mij mij –dice la mujer, estirando sus manos hacia Torrejón, implorándole la calma.
Torrejón sospecha y teme de cada uno de sus movimientos, como si estuviese ante unos felinos que disimulan sus preparativos para el ataque. 
Y el hombre indio, deja la lanza en el suelo húmedo. Y mete la mano en el morral, y de allí saca un pedazo de carne reseca, charqui de guanaco. Con un brazo dubitativo le extiende la comida.                                                                            
Torrejón duda, mira, está a punto de llorar. Siente el olor de la carne, que le recuerda las barbacoas de Andalucia. Y traga los pedazos de carne, a pesar de la sal. Y luego acepta el agua que le acercan, de una bota española. Tiene resquebrajados los labios, y siente una raspadura interna, como si se le hubiese cuarteado el aparato fónico. Y ya casi no habla. Prefiere no hacer el esfuerzo de hablar. Se deja llevar. Se deja atender, se deja cubrir por un poncho pelambroso, una manta tejida, se deja llevar hasta el caballo, se deja que lo asienten en el caballo, que lo suban.
La paz fue aceptada. Él apenas lamentándose de los dolores en las costillas, en las piernas entumecidas, en los talones hinchados, pero agradecido por el abrigo y acepta ser llevado.
Está haciendo más frío. Mira con medio ojo por dónde va. Imposible saber el camino, no hay caminos, ni huellas a seguir.

                                                                           

Morir por una "cantante calva"

“Me crié con él”, dijo el muchacho y entró llorando en una oficina. Pidió un vaso de agua desesperadamente. “Lo mataron, lo dejaron tirado”, repitió.
No es la primera vez que soy testigo del llanto de un pibe de 20 años a quien le mataron a su amigo en la calle, baleado, luego de una discusión super absurda, pero absurda de verdad, de esas que Beckett creaba, o Ionescu. Seguro que la discusión de los dos muchachos protagonistas de la tragedia inició con una “cantante calva”.
“Eh, puto, vení. Vení a mano limpia”, le habría dicho el asesinado; y el asesino le habría contestado algo: “qué te pasa, che, bardero”. Y el homicida (pasado de rosca por la droga, quizás por la mezcla de vino y cocaína), habría entrado a su casa a buscar su “fierro”, para embestir con todo luego, y disparar contra el muchacho que lo esperaba "a mano limpia", quien cruzó su antebrazo, con lo que “detuvo” una bala, pero la otra le perforó un bazo, y quedó tirado en la calle, dolorido, en un charco de sangre y agua de llovizna escarchada, tan propia de este mes de agosto.
Y la madre del homicida lo habría reprendido a su hijo, y le habría dicho que se metiera en la casa. Y de pronto, sólo quedaron escuchándose los ladridos de los perros, y nadie respiró fuerte en la cuadra, ni en las siguientes, salvo el pibe tirado, agónico, quejándose.
Pero esa es una de las narraciones posibles de lo que pasó. 
Después estará otra, la que cuenta que hubo tres pibes más en la escena, y que estaban todos ingiriendo en esa esquina, cerca de un comercio de comestibles, y que se habrían quedado hasta esa madrugada, pero cada vez la cosa se tornaba más pesada, uno quería pelear por cualquier cosa y el otro también, que se prendió.
Y hay otra versión que dice que había una chica tomando con ellos, pero que ella no habría sido el motivo de la riña, sino que ella era una más de la “vagancia”.
Siempre quise entender qué pasa en esas muertes en Caleta, a la madrugada, de pibes que enloquecen por la mezcla de drogas y alcohol. Qué hay detrás de la familia del homicida. No es una cuestión económica. Es algo más.
El muchacho que anda llorando por su amigo, me dice que el asesino pertenece a una familia conocida por andar en la "mala vida", que quizás la madre fue “de la calle”, que el padre tiene antecedentes de robo, que los dos hermanos están presos por asalto y uno de ellos también por haber atacado por la espalda a otro, en uno de los barrios de monoblocs.
El que terminó muerto tenía también la costumbre de tomar, y tomar.

Pero, he aquí que la historia está en pleno desarrollo. Que en realidad, “esto no termina acá”. Que ahora vendrá un amigo del occiso que querrá tomar venganza con la familia del homicida, y le balearán la casa, o intentarán hacer algo con la hermana, o balear al hermano. “Muchas cosas que suceden pasan por eso también. Ajustes de cuentas. Esto no termina acá”, me dice el pibe que llora, mientras chequea su whatsapp.

Bocetos caletenses 3

Thursday, August 18, 2016

Cotilleo en Nebuzely




Será la última vez en mi vida que vea a Klara Tichá, como a tantas personas. Además, anoto todo porque soy olvidadizo. Como cuando tenía 19 años de edad, y era un reconocido locutor de pueblo, allá en Aisunasta, y así caí a un pueblo más pequeño, pero más tirado a lo aborigen como era Fiambalá, allá por la década del ’80.
Entonces, hice un programa radial con música “a la carta”, y era realmente un caballero del micrófono a esa edad, porque me gustaba leer mucho, y porque la radio propiciaba mi imaginación.
Pero quiero recordar que caí allí, y que apareció un par de chicas a pedir un tema musical, en aquellas dedicatorias en papel. Era una gran costumbre en las radios atender las solicitudes de los oyentes, y dedicar tal o cual tema a determinada persona por el cumpleaños o lo que fuere. Una de ellas, de dientes de ratona y flequillo teñido con un rojizo opaco me resultó cara conocida. Y la otra, mucho más delgada, y más blancuzca, me dijo: “¿No te acordás de ella? Si era tu novia”. La otra sonreía como cómplice. Y la verdad que reconocí el rostro, pero no me acuerdo de cómo fue esa brevísima relación con ella, y si llegué a concretar algún beso o algún escarceo. Y no recuerdo haberla visto luego, y tampoco recuerdo el nombre.
Y me dije: tan joven y la gente va desapareciendo de mi memoria; aunque quizás haya compartido labios debajo de un terebinto en barrio Los Robledo.

Todo eso me dijo cuando me despedí de Tichá, tras haber conversado con Karolina Vituvá, quien vive en Nebuzely, Stredocesky Kraj. Una cincuentona de risa ronca, divorciada, que tiene tres hijas jóvenes. El actual marido de Karolina es Pavel Rihov, que tiene un hijo de una anterior pareja, de Praga.
Karolina y Klara estaban en un parquecito, tomando helado. Karolina contaba que en un momento supo tener rulos y que después se dio al cabello cortísimo, y de color rojizo. Y que la peluquera es Lucía Rihova, que es de Jicin.
Ahora la peluquera no está. Se ha casado con alguien, con quien viajó a Rodas, a la playa Tsambika, en Grecia. El hombre de la peluquera, dice Karolina, es un tipo prolijo, con lentes.
Karolina trabaja en una empresa encargada de vestimenta para bebés, con Petula Vranovia. Petula es la fanática de los niños.

Entonces, ahora entablan una charla sobre las madres fans de sus hijos. 

Wednesday, August 17, 2016

Miriam Stein, ideal para la génesis del romanticismo



Sobre el film "Goethe!"
Una estructura simple. Chico conoce a chica, y se enamora perdidamente, y la chica debe, tiene que casarse con un señor rico, y el héroe se quiera matar, y es salvado del suicidio por la chica.
Bueno, en realidad, la película habla del relato romántico por antonomasia, de la génesis de las memorias del Joven Werther. Y en ese sentido puede ser un acierto pedagógico. Sturm und drang; o bien, Sturm und drank, como bromean los muchachos amigos del joven Goethe, a quien el film lo presenta como un fútil muchachito que lee poco y le gusta la parranda.
Una película correcta y entretenida, con la escena del clímax muy bien actuada, cuando se descubren los secretos; con un duelo; con Goethe en la cárcel; con el suicidio del amigo de cuartos que podría haber inspirado la historia que hizo famoso al literato; en fin, todo correctamente hecho para que funcione como una historia atractiva para el show business.
Lo superlativo ha sido la belleza de la sonrisa madura de la actriz Miriam Stein. Miriam Stein enamorada; Miriam Stein buscando a su amor conduciendo una carreta a toda velocidad; Miriam Stein perturbada por la decisión de casarse con quien no ama; Miriam Stein presentando el borrador de Goethe a un editor; Miriam Stein llorando al tener que decir forzadamente que sí a quien va a salvar a su familia de la pobreza total; Miriam Stein visitando a un Goethe encarcelado y al punto del suicidio; Miriam Stein jugando con sus hermanitas, cambiándoles la ropa. La perfecta heroína por la que cualquier romántico quisiera casarse.
El actor Moritz Bliebtreu también se lleva las palmas, haciendo de un formalísimo consejero, una especie de fiscal, el antagonista perfecto para un Goethe poeta, actuado por Alexander Fehling. Lo de este actor protagonista no me termina de convencer.
Si yo fuese el director, le hubiera puesto un poco más de alma, más de perturbado a este Goethe. El desenlace es rapidísimo y quizás, pueda resultar efectivo para el público habituado a esta narrativa comercial. 

Viaje recesivo en remis



En lo que dura un viaje en remis, desde el barrio Rotary 23 hasta el microcentro, un chofer te cuenta los temas que todo el mundo habla en Caleta. Lo puedes escuchar mientras vas bajando por la avenida Tierra del Fuego, el trecho sin asfaltar en esa zona, (y que se comunica hacia el monte pelado del oeste de la ciudad, donde, en su cima, está el barrio Bicentenario); pero íbamos hacia el este, hacia donde está el mar, vamos descendiendo por la avenida de Los Inmigrantes, de la terminal de ómnibus, hasta conectar con la avenida República, que peligrosamente está sin semáforos, y que aparecen ansiosos autos en las esquinas que se conectan con el interior de barrio Mirador.
Pues este chofer, mientras maniobraba con riesgosa soltura por esta arteria, me habló de los piquetes, protestaba contra los piquetes, pero también, a la vez, percibí cierta tolerancia a los mismos.
Habló de los derrames cloacales, que han convertido a esta ciudad en una espumadera de olores que aparecen en huequitos sorpresivos; sobre todo de los líquidos cloacales (detesto decir, como gustan decir los que quieren congraciarse con los embroncados por todo: la bosta, la caca, y todo eso), pues bien, ese líquido de un color impreciso, verde amarronado, va bajando desde los barrios altos hasta los barrios bajos, y surge en lugares donde la cañería está rota.
Y aquí también, en la protesta del remisero, percibí cierta tolerancia. Es decir, una queja altisonante a las autoridades y luego a seguir trabajando, “qué se le va a hacer”.
Y yo le agregué, rápidamente, otro tema: la recesión. Quería saber si culpaba de ello al gobierno derechista de Mauricio Macri. Pero la filosofía del remisero caletense no apuntaba más allá que a los gobernantes locales y provinciales. Es decir: “la culpa es que los K se robaron todo”.
Y mentalmente anoté la fecha: 15 de agosto de 2016. El día en que me di cuenta que estamos en declive en la Argentina, sobre todo los de la clase trabajadora.
Más tarde, un abogado me dijo, en el microcentro, que habló con el encargado de una de las sucursales bancarias, que se viene una “explosión”. Van a empezar a endeudarse decenas (al menos cien) petroleros con sus tarjetas de crédito. Van pagando el mínimo, pero se adeudan más.

La recesión ha shockeado a la sociedad, pero hasta ahora los reclamos han sido sólo salariales, de los gremios estatales, como si el problema sólo sea que hay que hacer ajustes en el poder adquisitivo; cuando la marea negra es mucho más de arriba. 

Tuesday, August 16, 2016

La mirada de un tinogasteño

Taborda en los 303 años de Tinogasta. Cena del Centro Tinogasteño de Caleta Olivia. 14 de agosto 2016

Bocetos caletenses 1

Hemos estado hablando con nuestro amigo Luis Alberto Taborda acerca de lo que significa aquella ciudad, Tinogasta, para Caleta. La verdad que no está en mis planes hacer disquisiciones históricas, porque el interesado y el apto para ello es nuestro camarada recién llegado.
Él, ni bien aterrizó en Caleta, empezó a relacionar tal paisaje caletense con tal otro de Tinogasta; y, habiendo traspasado el piquete de los trabajadores municipales en la ruta nacional 3 (acceso norte), se encontró con un remisero joven de El Puesto, que esperaba algún pasajero en la otra punta del bloqueo.
Suponiendo que los tinogasteños saben todo de sus comprovincianos, le preguntó por mi paradero.
Lo cierto es que Taborda estuvo siempre atento a las redes relacionales de los tinogasteños. Aunque yo le dije que no se hiciera ilusiones. Los tinogasteños no están muy relacionados en Caleta. Aquí se viene a hacer la suya, y como en todo lo que ocurre, hay más individualismo que otra cosa; búsqueda laboral, comprar cosas, y si alcanza ir progresando desde lo material y comercial. De vez en cuando se encuentran dos tinogasteños en la calle o en supermercados pero el saludo no es tan efusivo como si esos mismos tinogasteños se encontraran en una calle de Tinogasta.
Pero sí es cierto, más de la mitad tiene sangre tinogasteña aquí, ya sea por ser hijos, nietos de alguien de aquellos pagos.
Después, nuestro amigo se encontró -entre los varios encuentros en la Feria del Libro de Caleta- con Rosa López, la autora de un célebre libro de historia de Caleta Olivia. Ella le develó otra cosa: que durante casi 40 años, desde comienzos del siglo XX, no había catamarqueños aquí, que Caleta era una aldea fría y pedregosa de no más de 400 almas, durante la época de producción ovina.
Con cierta exageración se dice “oro blanco”, a la producción lanar de aquella época; como también quisieron imponer el mote de “oro rojo” a la pesca de langostinos, durante la primera década del siglo XXI, en esta zona marítima sur: o recuerdo, se hablaba del “oro verde” a la producción de aceitunas en la década del ’90 allá por Aimogasta. Pero, en cambio sí, con justeza y por los valores de los que hablamos, sí podemos decir “oro negro” al petróleo.
Hay un sector que vive en el centro de la ciudad que porta orgullosos sus apellidos europeos.
La autora de ese libro fue muy amable con nuestro escritor invitado de Tinogasta, y hasta conversaron amablemente sobre la época fundacional de Caleta.
Nuestro visitante, además, disfrutó del paisaje de esta ciudad que uno, acostumbrado al corte de ruta o la protesta diaria, dejó de admirar: el reflejo de las luces de los barrios altos sobre las dos lagunas; los cerros amesetados del sur de la ciudad y las casas que van construyéndose en las laderas que rodean a la ciudad.
Yo digo a todo el mundo que siempre me ha gustado el paisaje de esta parte de la Patagonia, pero les advierto que no hay que hacerme mucho caso, que quizás yo sea un caso especial, con una tara, la de quien se quedó admirando el “Taras Bulba”, los paisajes de Gógol, Pushkin y Dostoievski. Pero he escuchado a gente no tan lectora de libros que también dice que le gusta esta estepa, y me gustaría saber por qué, de dónde nace el gusto por este desierto.
Para mi amigo, entiendo, le gustará esto porque es exótico.
¿Pero hay alguien valiente para vivir en Caleta? Y mi amigo dice que sí, de hecho lo han sido los miles de tinogasteños que han llegado aquí desde 1944. No sé si fue Taborda u otro autor quien definió al éxodo de los tinogasteños al sur como una “gesta”. Yo preferiría no poner tanto énfasis épico a algo que se fue dando paulatinamente: los tinogasteños fueron de a poco llegando, escapando de la pobreza y la falta de proyectos de aquella comarca catamarqueña, empujados por parientes y por una férrea política petrolera (que inició con Mosconi) para atraer a una masa de obreros sufridos, “humildes”, y no como se suponía que eran esos “kilomberos” de otras provincias u otros países como los búlgaros, que traían sus ideas anarco-sindicalistas.
Otra cosa, a los tinogasteños, en diferentes épocas (desde la década del ’40) se les dieron sólo dos opciones: o te quedás en Tinogasta, sabiendo que siempre serás pobre, que no tendrás futuro a menos que te vayas a estudiar a otra provincia, que te condenarás a una vida de mirada corta, entre un trabajo informal, la crianza de los hijos, y poca cosa más; o (segunda opción) a la incomodidad de venir al sur, e ir probando con otra cosa, con changas en comercios o en construcción hasta que lográs pegar el salto al petróleo.

Hasta hace poco, la opción Caleta fue siempre la más clara. Y además por otra razón fundamental: siempre vas a encontrar un pariente o un amigo que te dé cobijo por unos meses hasta que puedas dar con el primer trabajo. 

Precursor del grunge

En aquella época, cuando tenía unos 13 o 14 años, incluso menos, cuando tenía 11 o 12 años, yo fui el precursor del grunge y nadie se ent...