Saturday, February 13, 2016

Sarmiento en febrero

"Bar Miramar". Oleo sobre madera de Mónica Salvatori


Los fríos de febrero en Caleta Olivia son los más molestos, porque aparecen cuando ni siquiera se vivió el verano de otros pagos. En “El Café”, uno de los habituales vendedores de bingos cuenta anécdotas o lanza algunas de sus prejuiciosas ideas sobre política, mientras blande una copia de papel lustroso del bingo. Le ofrece la cartilla a una familia que viene de Gallegos, y cuyos hombres se ríen por lo bajo. La matrona es una mujer regordeta, que mantiene a raya a dos niñas, una de ellas tiene aproximadamente 14 años. Luego está el joven de 18 o 19 años, y el pater familiae es un cuarentón bajo, moreno, y está casi rapado y tiene una forma de hablar con la ronquera suave de alguien que es o ha sido pobre. Padre e hijo usan bermudas.
Lentamente, al frente, en la plazoleta del Gorosito, caminan dos inspectoras de tránsito, bajas, morenas y regordetas, con sus chalecos naranja reflectantes.
Por la mañana, uno de los locutores conocidos de la ciudad le hacía un reportaje al detestable hombre rata. Apenas alcancé a escuchar que se describía a sí mismo con un periodista de la gráfica, sobre todo, porque en radio no podía “modular” la voz. “Modular”; repetí. “Este tiene el prejuicio de que los locutores modulan. Por qué no dice ese rata que en realidad tiene una voz cascada, salida de la cloaca de su garganta, y que muchas veces sale peor cuando se le sale la dentadura”.
Es enero, y el problema que tocan los medios locales es acerca del atolladero en que se encuentran los trabajadores de Austral Construcciones. Están haciendo piquetes en las rutas de ingreso a la ciudad. Los demás los acusan de que son “feos, sucios y malos”. “Y sí”, me dije. “No son bonitos como los de la clase media, no son limpios como los que tienen pisos con cerámicos, no son buenos, cómo se puede ser bueno si habitás vaya a saber qué barrio sin servicios del interior del país. Y por más que puedas sobreponerte, quiénes son tus padres que te tocaron, cómo fue tu barra de amigos con la que quedaste enganchado”.

Luego observo que hay un hombre morocho, un poco regordete y con muchas canas, que está tecleando en una computadora. Tiene el labio inferior un poco más adelante que el de arriba, y su camisa está poco planchada. Tal vez está acostumbrado a la desprolijidad. Quizás no le interese o quizás no le importe, o considere que no es importante, que son todas las mismas cosas. 

Tuesday, February 02, 2016

Vino moldavo


Chisinau o Kishinev, 2020. Hace un mes emprendió el viaje desde Caleta Olivia. Estaba un día en la costa, cerca de la Playa Las Golondrinas, comiendo su bistec emparedado, escuchando a Dino Saluzzi, propalada desde el auto-estéreo. Saluzi: ese gran viajero. Y se dijo: “Ya está. Tenemos el dinero en plazo fijo hasta mayo. En mayo lo sacamos y pagamos el pasaje”.
Y así, surcando Buenos Aires, el Atlántico, llegó a Madrid, que le pareció más cosmopolita de lo que creía, y de allí, esperó un día hasta conseguir un pasaje a Chisinau por una aerolínea de ese país.
En la capital moldava se bajó. Hablaban rumano y ruso. Pero él prefería hablar en español y en, todo caso, en inglés. Y así fue. Se dijo que ha recorrido un largo camino de propios miedos y circunvoluciones para llegar a Moldavia. De hecho, él mismo fue construyéndose sus laberintos para hacer las cosas más lentas, que llegaran menos rápido, o que no llegaran. Tiempo perdido. Eso ya está.
Sólo que ahora tiene 50 años y ya no se construye laberintos, tiene la mente más despejada, quizás se queje de no haber hecho más ejercicios físicos, pero aún puede correr cuatrocientos metros sin agitarse demasiado. Los anteriores fueron cuatro años agotadores, pero logrados a fuerza de voluntad propia.
Es que en realidad, él quería viajar hace mucho, pero en un momento se dejó atrapar en su propia red, se convirtió en un ser sumiso, y pasó casi una década. (¿a alguien le interesa saber esto?).
Pues bien, como su rostro era conocido en Moldavia y otros países eslavos, sólo le bastó caminar unas cuantas cuadras de un pueblo para que sea invitado como “huésped de honor”, y así, una media tarde estaba tomando vino casero, pan y sal. En otro pueblo quizás era menos conocido, pero le bastó que Petrus lo viera sólo en un almacén para que lo invitara a tomar un trago en un pub, y él desechó la cerveza, pidió el vino moldavo. Claro que la gran mayoría de las personas moldavas seguían su vida como si nada. Después de todo, cuántos lo habían leído.
Cuando bajó del aeropuerto, quizás lo vio más chico a ese espacio tantas veces entrevisto por internet. Un aeropuerto un poco más vacío de publicidades, al vez acostumbrado al ruido del de Buenos Aires, Ezeiza. Un lugar con luces un poco más apagadas, con gente que hablaba menos ruidosamente, con taxis de marca cuadrada.
Los dos edificios de la entrada a la ciudad estaban allí, esos que parecen la mitad de una pirámide blanca cortada. Después fue cuestión de llegar a la principal avenida. Arboleda, arboleda.
Y la recepción del hotel, en donde había gente comiendo algo parecido a las comidas turcas, con mucho tomate, con carne picada, con un caldo de verduras.
Moldavia había llegado a una solución increíble de su hastío político. Había formado una especie de Comité de Salvación (similar a las asambleas de 2001 en la Argentina, pero más unificada), y de allí salieron algunos políticos que gobernaron. Trasnistria seguía detrás del río, impertérrita.
En otra época hubiera mirado con recelo a los terratenientes o a los dueños de bodegas del lugar que está cerca de un pueblo, pero uno de ellos le contó cómo fue comerciando tierras rusas y decidió volver a su pueblo y comprar viñedos y tierras moldavas y de allí hizo su empresa. En esto, el dueño de esa bodega era muy parecido a varios emprendedores del vino en Aisunasta o Fiambalá. Y además Sarmiento fue guiado amigablemente por los pasajes subterráneos repletos de vinos, así fue pasando de lugar a lugar.


Cuán de imaginaria es la realidad

Las piedras salobres imaginadas. Porque. Siempre hay un porque. Porque las imagina salobres. No las saboreo con la boca. A las piedras las prefiero lejos. Por pereza, por vagancia. Y se deslizan redondeadas por el diástole del mar. Pulidas.
Y así, emprendo el camino por la costa
Como lo emprendieron mis antepasados aonikenk, quienes, buscando guanacos, recorrieron media caleta. Y encontraron dos presas en una cueva. Y allí, con sumo esfuerzo, las apedrearon.
Y luego, ateridos pero felices, los aonikenk hicieron al fuego, a los guanacos. Carne sabrosa cuando se ha pasado el día entero sin comer. Apenas sí un poco de calafates en las alforjas.
Hace años que pienso en las vidas de los aoshnikhenk. Como en las de otros antepasados, los que hablaban kjakján. Pocas veces he llegado a la realidad. Porque tengo curiosidad de la realidad. Quiero ver cuán de imaginaria es la realidad.
Como cuando me presenté ante una médica de la que había quedado aprehendido. Y le dije, en su departamento céntrico: “miro mi mano, y no sé si es mi mano”
Cuál es la realidad. No sé si esa médica entendió lo que me ocurría. Yo estaba loco. A mis diecisiete años.
Y con toda esa locura en mis espaldas, seguí hasta ahora, hasta mis cincuenta años. Hoy, te digo, ya no me importan muchas cosas como antes. Ya no me emociona llegar a Buenos Aires como antes.
Sí me emocionaría pisar tierras como Moldavia (Chisinau y provincias perdidas), como China, como Rusia, como África. Pero qué quedará de esas impresiones. A quién le importan. Sólo a mí


Precursor del grunge

En aquella época, cuando tenía unos 13 o 14 años, incluso menos, cuando tenía 11 o 12 años, yo fui el precursor del grunge y nadie se ent...