Monday, January 25, 2016

El aprehendido

Autor de este óleo: Christos Tsimaris. Untitled



El hombre se convirtió en un gran admirador del jazz del piano, de singers, y de la bossa nova susurrada, y de la música clásica que rompe con algún molde, y del folclore que le trae aromas. Eso para él mismo. Gustos burgueses, pero con pies bien afirmados en lo popular, porque no olvida lo estrafalario de escuchar La Banda al Rojo Vivo, o de algunos recitales de rock. Admirador tardío del Duque Blanco ( desde el año que murió, 2016).
A sus 45 años descubrió la importancia de la libertad personal, esa que le permite ver las cosas con el pecho insuflado (él sólo se entiende en esto); él, que también indagó sobre sus cobardías, que algunas cobardías han sido criadas en su ser por comodidad. Y también su poca sapiencia en el pasado.
Por ejemplo, un día, comiendo mandarinas en playa caletense con los pies calentándose luego de sumergirlos en los gélidos charcos de las restingas, se puso a recordar cómo quedó prendado de una petisa en Aisunasta. Cómo era posible, pues ella no era agraciada, pero él había quedado totalmente aprehendido a esa idea de ella, imaginando miles de imágenes de ella, o con ella. Y quizás, mientras más lejos estaba la fémina, más aprehendido quedaba, y más si ella se convertía en una entelequia contada, descripta con lujo de detalles por algún confidente. Que qué dijo ante tal palabra, que adónde miró, que porqué bajó la vista cuando su nombre fue mencionado, que qué significó ese suspiro cuando el confidente le contó algo del aprehendido.
No había celulares en esa época juvenil, y la información era traída por confidentes. En la época de celulares y mensajes de texto, eran otra cosa las búsquedas de información de las “beatrices”.


Saturday, January 16, 2016

Taken 3, para los padres que esperan que haya sadismo


Buenos efectos especiales, muy buenas tomas, bastante fluidez en la forma de narrar visualmente, superproducción, y los riesgos hiperrealistas del estilo de Besson.

Las películas del mainstream suelen ser bastante parecidas en el guión. No puedo agregar mucho a lo ya dicho por otros. Esta vez, el protagonista (compuesto por alguien que tiene una mirada y un entrecejo ideal para el “bueno, noble y honesto”: Liam Neeson), se enfrenta a los “típicos” mafiosos rusos, a esos mafiosos que bien supo construir hollywwod, con mucho de sanguinario, perverso. Es todo un tema de ensayo saber cómo se construyen los personajes de mafiosos. En Hollywood están los mafiosos latinoamericanos; los mafiosos chinos; los mafiosos árabes; los mafiosos africanos; los mafiosos italianos; los mafiosos nórdicos; los mafiosos japoneses.

Los rusos ya están casi prefijados en la cinematografía: altos, de ojos claros, muy temibles, con camperas negras o de cuero, generalmente bien vestidos aunque con algunas ampulosidades como anillos reveladores de sectas, y, mucho tatuaje críptico, con algo de religiosidad oscura. Hasta aparecen en películas cómicas como “Agentes del desorden” (“Let’s be cops”).


La serie de films “Taken” atrapó a un gran público porque habla de enormes tragedias para la familia “bien-constituida”, y de un hombre solo, un individuo luchando contra las redes más sanguinarias del planeta. La primera, recordemos, fue contra una red de trata de personas; esta vez, la tercera, se trata de un ruso mafioso que mata por encargo a la esposa del protagonista. Y así de fuerte empieza el relato: la muerte de nada más y nada menos que la mujer del héroe. Suficiente detonante para que uno espere –mínimo- la destrucción total del malo; pero que sea una destrucción total y dolorosa. Eso es lo que espera el “padre de familia bien constituida”, sentado frente a la película espera que haya sadismo al final.  

Film: “El incendio”, el juego permanente del sí y el no



Etapa en la que el escriba de esta nota es hipersensible a las relaciones de pareja que aparecen en libros y películas. En el film está el extremo de esa relación repleta de rencores reprimidos (o no tanto). El extremo del rencor de una pareja la leí –cómo no- en una novela de Stephen King donde la mujer termina encadenada y esquizoide en la cama; o el caso de la novela “Herzog” de Saúl Bellow donde retrata con cierto resentimiento a la mujer que la engañó con su mejor amigo; y muchas más.

Pero he encontrado de casualidad, la película argentina “El incendio”, de Juan Schnitman.
Todavía sigo debatiéndome si yo pondría tantos planos secuencias, porque no sé bien para qué esos planos secuencias, si han sido para mostrar cierta agilidad narrativa, pero en base a qué. Técnicamente están logrados por una mujer directora de fotografía.

Pero lo más logrado de todo, me ha parecido el guión de Agustina Liendo, los diálogos del guión sobre todo. ¿Lo habrá hecho sola o en pareja? Todo aquel que está o ha estado en pareja sabe de qué se trata cuando uno le contradice al otro, y cuando ambos se contradicen, y cuando está ese movimiento de me separo, pero te quiero, te quiero pero al mismo tiempo me das bronca, ese juego permanente y hasta violento de dos personas que tienen muchos miedos y no saben bien hasta cuándo soportarán esa relación, esa rueda casi infernal en la que ingresa la pareja en cada día.

Es por eso que el detonante, simple, está bien logrado: una pareja complicada que tiene que conservar fajos de dólares por 24 horas, y se tiene miedo al robo, al robo de los de afuera o del propio partenaire.

Clase media urbana, porteña. El protagonista escapa de unos alumnos violentos y se mete en la casa de los padres, donde está el hermano, unos años menor, que en su dormitorio tiene escondido un porrito y luego se ponen a hablar de unos amigos que tienen una banda de rock, y de la novia del protagonista. Hasta que aparece la novia del hermano menor. Esa es una escena típica de clase media de Buenos Aires, donde las relaciones son así.

Los actores, superbién. No los conocía, pero muy bien, supieron  (supieron con sabiduría) entender de qué va la cosa. Pilar Gamboa, la actriz; Juan Barberini, el actor.


Friday, January 15, 2016

La clase de monje que se enoja por todo


Sarmiento ha llevado su damajuana de bonarda, comprada a un viejo italiano, dueño de una bodeguita, en un barrio rodeado de viñedos. Sarmiento ha cargado el envase en su bicicleta rosada, que le ha prestado su tía de 70 años, y luego, solo, como la mayor de las veces, ha trajinado, pedaleando por las calles pesadas de tanta arena acumulada, tanto sudor, y así, con esa damajuana va queriéndose encontrar consigo mismo, o perderse en sí mismo, porque las diez u once veces que ingresó al torreón fue para eso, para perderse, para imaginar cosas de sí mismo, otros senderos de vida, otros caminos.
Caminaba pálido por la calle, esa mañana, por el barrio Watungasta y pensaba eso, pensaba que podría levantar vuelo. “Vuela, rueda o germina”, repetía a cada rato el locutor Masho, con quien se ha encontrado algunas veces.
Sarmiento planteaba que su genialidad consistía en ensoñar, un ensoñador profesional con el que nadie podía meterse a competir. Una vez, dos o tres amigos acudieron al torreón para ver si era verdad lo que decían otros -que no eran amigos-, que Sarmiento se iba  a un lugar a macharse solo, es decir, a cometer la acción más penosa y patética que puede hacer cualquier hombre en ese lugar.
Y, en efecto, lo encontraron tumbado, con los ojos llorosos. Entonces quisieron salvarlo de una depresión, y él sólo atinó a decir que no servía para nada, que sólo servía, en todo caso, para monje. “Pero si era ese el caso, qué clase de monje”, le preguntó uno de los amigos, Andrés Riente. - - Cómo qué clase”.
-Claro, qué clase de monje - le volvió a preguntar Riente, impacientándose por la autoconmiseración de Sarmiento.
Sarmiento no atinó a responder enseguida porque sintió el enojo de Riente, lo sintió como una afrenta y para sus mientes expresó: “Este se está enojaaaaando de mi ‘ser- víctima’, hijooo de putaaa”.

Eso es lo que le dolió, que Riente no siguiera su autoconmiseración, y por eso, por dentro, Sarmiento quiso hacer explotar una granada en el torreón de adobe. Cuántas veces se enojaba consigo mismo. Todos los días. Se enojaba, pero se enojaba consigo mismo o, de última o de primera, con los seres más cercanos, con su madre de 68 años, super-sobreprotectora; con su hermano mayor, burlista siempre, aunque ya frisara los cincuenta años; con Marion, una ex compañera de escuela secundaria, a quien tenía como amiga; con sus sobrinos pequeños. Lo único que no le causaba bronca eran sus hijos, al contrario, los veía y los ojos le quedaban lacrimosos (algo que el mayor, ya cuando sea adolescente, quince años después de esta etapa de borrachera, le hará ver de una manera brutal: ¡Viejo maricón!). 

Wednesday, January 06, 2016

Plática con un hijodalgo de 2016

Hoy, el movimiento político es el de los hijodalgos (o fidalgos) que vuelven a tener el poder. Digamos que por casualidad tuviese que coincidir con uno de ellos en una mesa. ¿De qué hablaríamos? Últimamente, yo estoy parco. Mi parquedad es porque no sé qué hablar, no sé si lo que digo es importante, si le interesa a alguien, y porque estoy cansado de haberme ilusionado. Pero volvamos a la escena con el hijodalgo (a quien no debemos confundir con caballeros con hidalguía).

Hijodalgo:
Buenas tardes.

Romero:
Buenas tardes. Pero creo que esas tardes son para los teleespectadores. ¿Qué pasaría si yo no fuera alguien a quien han invitado?

Hijodalgo:
Estaría hablando con usted como siempre lo he hecho con todos los demás. He recorrido barrios y ciudades.

Romero:
No me venga, por favor, con esas demagogias. Usted y yo sabemos que no tiene tiempo para atender a la masa de pobres, a uno por uno. Usted y yo sabemos que no conoce de pobres. Que no vivió en un lugar pobre nunca.

Hijodalgo:
Está equivocado si cree que por vivir en la pobreza se comprende a la pobreza.

Romero:
Pero es que para comprender algo del todo, hay que vivirlo mínimamente.

Hijodalgo:
Entonces, los oncólogos deben tener cáncer para entender la enfermedad. Lo que usted plantea es una discusión viejísima y trillada.

Romero:
No sé si es válida la comparación. No es lo mismo un cáncer que la pobreza. El cáncer es un problema de biología, y la pobreza es un problema de la sociología, la psicología, la religión, la filosofía de las ideas, de todo, y no quiero agotar los métodos para estudiarla. Seguramente usted dirá, como Menem que había parafraseado mal a la Biblia: “pobres habrá siempre”

Hijodalgo:
¿Estamos discutiendo sobre utopías? Porque si es así, dígamelo, porque yo no creo en las ideas de izquierda y en esa retórica dura y muchas veces alejada de la realidad.

Romero:
No. Utopía no. ¿Ve? Entonces sí usted cree que pobres habrá siempre.

Hijodalgo:
A ver. Pobres habrá siempre, pero la idea de un gobernante es que sean los menos posible, apenas un puñado. ¿Qué cree acaso?

Romero:
En erradicar la pobreza. Usted lo dijo en campaña. Mire, yo no soy muy inteligente para el juego de naipes o de ajedrez, pero sí tengo una sensibilidad neurótica a ultranza. Me podré equivocar, pero la sensibilidad neurótica llevada al extremo, termina siendo una sabiduría especial, como la de los parapsicólogos, ¿me entiende?

Hijodalgo:
Lo entiendo, pero no termino de comprender. Si usted quiere hablar de ideas, dígamelo. Yo no vengo a una cátedra. Yo soy un hombre de ideas de república, un hombre acostumbrado a trabajar para el progreso material, y quiero que todos tengan su progreso, yo vengo a ayudarlos.

Romero:
Lo de la república es para otra discusión, porque no le veo un respeto a la república. Usted nos engañó con eso de “vengo a ayudarlos”. Todos le creyeron ese discurso budista.

Hijodalgo:
Es que yo creo en eso. No estoy mintiendo. El progreso personal es el motor de la sociedad.

Romero:
Dígame cómo voy a progresar yo que no tengo ni un centavo en mi caja de ahorro, y usted que tiene millones. Dígame cómo voy a alcanzar su estilo de vida.

Hijodalgo:
No hablemos de mi estilo de vida. Yo hablo de un estilo de vida digno nada más.

Romero:
Pero entonces, si todos tuviésemos un estilo de vida digno, cómo se lograría repartir para todos. Y entonces, por qué no puedo tener su estilo de vida. Por qué no todos pueden tener su estilo de vida.


A esa altura, me vino un dolor en la nuca, y luego mis ojos se fueron hacia arriba, y caí.

Tuesday, January 05, 2016

Masho, menos culto que Jorge Sarmiento, pero menos borracho

Masho Ramín es un locutor de pueblo, poco satisfecho consigo mismo. Es algo introvertido cuando no está ante el micrófono, digamos que es muy introvertido. Algunos dicen que es una cuestión racial, como dice una periodista cordobesa de apellido italiano; pero en realidad si fuese danés sería lo mismo de introvertido. Y si fuera racial, nadie lo sabrá nunca, ya bastante mal se ha hecho al mundo al intentar descubrir las diferencias raciales. Lo cierto es que introvertido y todo, Masho, apodo que es un apócope quichuista, es un muchacho tan tímido que tiene algunos arranques violentos por no saber cómo actuar con ductilidad frente al mundo y sus diversas agresiones.
Pero, por lo demás, no quiere sacar sus violencias tan seguido, no se anima, o no quiere, porque también tiene una cuota de natural ética de la bondad. Masho quedará para siempre en Aisunasta.
Conoció a Jorge Sarmiento cuando éste estaba tirado en el torreón de adobe.
Masho lee revistas de farándulas, lee el diario La Unión, tiene un celular de antigua data, no ve mucho internet, escucha La Banda al Rojo Vivo, Leo Mattioli, Fernando Bladys, y de folclore escucha al dúo Coplanacu, y le gustan algunos fragmentos de Wagner. De joven escuchaba música como la de Ozzy Osbourne. A eso se reduce su cultura musical. Su cultura literaria también es limitada: un par de libros de Pablo Neruda, y poco más.
Es bastante perezoso, pero conoce algo de albañilería, y ayudaba mucho a su padre cuando iban a cortar troncos y ramas atravesadas en las acequias o en las obras de construcción. En realidad, nunca pasó de peón de albañil. Alguien le dijo que tenía voz de locutor y es por eso que zafó de pasar sus días en las pocas obras en construcción que había en Aisunasta.
La diferencia con Jorge Sarmiento es que Masho es menos culto, pero también menos borracho. Sarmiento pasaba días tomando bonarda y syrah, Masho tenía un límite, cuando se sentía muy mareado dejaba de tomar, o tomaba mucha agua. Comenzaba tomando vino puro, y a medida que avanzaba la tarde iba graduando: menos vino, y un chorrito de agua, y así, al final de la tarde, su vaso ya era un líquido rosáceo, hasta terminar en algo incoloro, hasta purificar la medida de agua.
Masho tenía un programa de radio, había empezado con programas románticos, y luego siguió con programas matutinos. Mucha información y noticia.

Masho tiene el color de la tez oscura y brillante, marrón glasé. Mide 1,55 metro de altura, es delgado y, como dijimos, tiene la voz firme, aunque con retumbantes tonos medios, más que los de Sarmiento. Pero como el mismo Sarmiento, Masho no ha sabido hacerse de dinero para sobrevivir con la locución en una efe-eme, por lo que está buscando un puesto estatal y firme. Es por eso que, luego de años de ser controversial y opositor al gobierno de turno, decidió venderse al mejor postor, es decir al intendente de Aisunasta: Grilo. Y ve la oportunidad de pedirle el puesto viajando a Año Nuevo a un paraje de difícil acceso, un viaje demagógico de Grilo hacia las profundidades aisunasteñas. 

Monday, January 04, 2016

Por qué sólo amistad entre Rey y Finn


No soy un admirador de toda la serie, pero me gusta, la disfruto. La que me impactó fue la la del “Regreso del Jedi”, la que vi en un cine de Córdoba, con un sapo que tenía de una cadena a la princesa Leia, y los ewoks manejando esas motos aéreas.
Esta, “El Despertar de la Fuerza, Episodio VII”, me pareció más metálica, de peleas con demasiados minutos, y algo del aire trágico (pero reblandecido) de las primeras tres películas, algo de ese aire para nostálgicos y fanáticos. Hubo muchos guiños a los fanáticos, pero poco a los que empiezan a ver la serie, y menos para quienes no quieren ser fanáticos, sino simplemente disfrutar sin estar metido en esta saga.
Fue agradable, eso sí, ver aparecer a Han Solo y a Chewbacca, que tan lindos recuerdos infantiles suelen traernos; y los rostros envejecidos de Carrie Fisher (Princesa Leia) o Mark Hamill (Luke Skywalker).
Después, fueron aciertos los nuevos actores como Oscar Isaac, de quien ya disfrutamos de su solvencia en “El año más violento”; y la actriz Daisy Ridley es una verdadera continuadora de la Princesa Leia. Ella es una chatarrera con el trauma de su familia desaparecida.
También ha sido buena la elección del hijo de alma negra de Han Solo y Leia.
Pero, por qué la protagonista (Ridley) es sólo amiga del muchacho negro, Finn (actor: John Boyega). 
Cuando podría haber amor, se fuerza la relación a una amistad, a un beso en la frente. ¿Será porque ella es blanca y él es negro? En ese sentido, Goerge Lucas tuvo razón al decir que vendió los derechos de la saga a unos “esclavistas blancos” (los de Disney). Claro, en esta película no vamos a ver cosas que salgan del libreto ideológico yanqui.
Me parece de una superficialidad mayor discutir por qué el actor negro es un Stoomtropper, de esos soldados con coraza blanca que trabajan para la fuerza de la maldad. El racismo no está allí. Además ese personaje termina siendo un héroe, un rebelde y pasa a formar parte del lado bueno. Reiteramos: el racismo está en la amistad de él con la protagonista. ¿Por qué son solo amigos?
Los efectos especiales buenísimos, nunca defraudan, ni los clásicos de los movimientos y batallas en el espacio. El recorrido de las naves a velocidad normal,  y luego a la velocidad de la luz.
Un Marcelo Del Valle Romero se hubiese detenido un poco más en ese bar donde están todos los seres, traficantes, vendedores de humo, buenos y malos, pero que son seres extraños, algunos como batracios enormes de babas viscosas, otros como insectos con queratina de color veneno, otros de metales extraños. Una cantina de western, como en las primeras películas. Pero hay tanto intento de mostrar “superioridad blanca” que los autores del film colocan a todos ellos como simples extras, sin ni siquiera hacerlos participar de historias complementarias.  

Todo el mundo habla de la muerte de Han Solo, ya lo sé. Harrison Ford estuvo a la altura de ese momento, acariciando, sorprendido y dolorido, la mejilla del parricida. 

Sunday, January 03, 2016

Descubriendo a Kobayashi




La posada del mal
Sábado a la medianoche, en INCAA TV.
El tiempo transcurría, luego de un día en la playa, un día gris, con un viento algo molesto. Y después, por la noche, vi esta película a la que, por casualidad llegué allí. De un director japonés desconocido para mí, un descubrimiento en 2016.
Y entonces, descubrí, con lo naif que tiene muchas veces el cine japonés, la pelea de bandoleros que se convierten en buenos por hacer una buena acción. Pero quedan reducidos, encerrados por la policía de ese entonces.
Es un buen film de samuráis. Filmada en el año que nací: 1971. Un argumento casi shakesperiano, con diversos conflictos éticos, como le gusta al cine nipón. Para mí, dan la sensación de que exageran las confrontaciones éticas, pero en ellas pareciera que se va la vida. El borracho que aparece varias veces en la posada, humillándose por un poco de sake, al final escondía un conflicto ético de vida o muerte, perdió a su familia por eso; y logra destrabar una situación después.
Un joven que apareció por allí también, era sirviente y quiere recuperar a su bienamada que quedó atrapada en una red de prostitución. Y aquí está el principal motivo por el cual todos los bandoleros terminan sacrificándose hacia el bien, y a buscar la muerte “para que valga algo”.
Pero no sólo estaba eso, también está lo que ocurre con los planos en esa posada, que tiene una especie de altillo y por donde la cámara también juega. Como cuando relata el joven su penar, y la cámara lo muestra, empequeñecido y sombrío, en un plano picado.
Y también el único papel femenino en la película termina siendo glorioso con su vida paralela, protegiendo a un gorrión, y al amor imposible que es el guerrero más insensible.
La iluminación es adecuada para la película, la puesta en escena en la taberna es lo más notable, pero la persecución con los faroles que usan los soldados o policías, es también atrayente.
La cacería de hombres termina siendo una “Pesca”, parece una pesca de salmones, porque incluso los atrapan con redes y cuerdas y hasta escaleras que les interponen en los senderos de escape. Todo eso, os lo aseguro quedará grabado en el subconsciente de por vida.  

Año: 1971
Director: Masaki Kobayashi
Categoría: Largometraje
Género: Drama
País: Japón
Reparto: Tatsuya Nakadai, Shintaro Katsu, Shin Kishida, Yosuke Kondo
Sinopsis: En el Japón medieval, una banda de peligrosos contrabandistas se reúne en una posada de una isla del río Nakagawa. Hasta allí llega un joven idealista, que consigue cautivar a ese grupo de marginales y los empuja a luchar por una causa. 




"Leviathan", un Job que a la vez es un hombre común




Estaba por decir: “Una película rusa contemporánea, pero rusa al fin y al cabo. Como debe ser: con los conflictos y la culpa eslava”. Pero leyendo algunas reseñas, me dije: “Vaya, caí en la trampa entonces”. Porque: ¿Acaso el fil no tiene los clichés sobre la supuesta cultura rusa: mucho vodka, mucha culpa religiosa, mucha burocracia y corrupción en el Estado?
¡Pero la hizo un ruso! Así que hasta que no conozcamos Rusia no podremos decir cuánto de real tiene la diégesis de la película.
De todas maneras, diremos que si en la película que hemos visto del japonés Kobashayi (“La Condición Humana 1”) hay conflicto ético, aquí hay culpa ética, es por eso que aparece el Libro de Job como el principal tema. Libro que debo leer antes de morir.
Porque trata de preguntarse: por qué a mí, dónde está Dios si me envió todas estas calamidades. Yo, que soy un hombre común, pregunta Kolya, el protagonista a un sacerdote del pueblo, antes del derrumbe total de su vida. Y ahí está la interesantísima propuesta: es un hombre común a quien le ocurren todas las cosas, no es a un ser trágico, no es a alguien prometeico o semidiós.
El conflicto es: la maldad gana, y no hay nada que salve. Acá ni siquiera se trata de Job, se trata de nada, la maldad gana, la máquina de la ambición termina rompiendo la casa del hombre común (y esa es la escena final).
Bravo por el que actuó de esa especie de gobernante de departamento ruso, ubicado al norte de Moscú (Mar de Bahrens), en un lugar no sólo gélido, sino escabroso. La fotografía maravillosa.
Me detengo en la mirada del hombre hacia arriba, en la iglesia derruida, tomando el vodka, a un costado. Y la mirada del niño en otra Iglesia, reluciente. Dos escenas diferentes y análogas en la misma película.
No soy un crítico de cine, sino simplemente alguien que escribe para sí, me quiero detener en algunos aspectos que más me impactaron. Por ejemplo, en el tema central, el derrumbe del hombre, de Kolya (interpretado por Alexey Serebryakov), por una serie de infortunios en los que él no fue el culpable total, y donde parte de la historia tuvo que ver con el alcohol.
Para la Policía, para el acusador, todo coincide. La mujer desaparece, el hombre estuvo irascible en un día de campo cuando descubre que su mejor amigo fue el que traicionó, el vodka y más vodka; el joven adolescente que se rebela, la orfandad de ese adolescente, el golpe de la mujer dado anteriormente que lo incrimina a Kolya. “No entiendo”, dice Kolya. Y es la misma afirmación-pregunta del ángel de la película “Tan lejos, tan cerca”, cuando cae hacia el mal, o es víctima del mal, o es parte del mal sin saber cómo llegó allí.  


Dirección: Andrey Zvyagintsev / Guion: Oleg Negin y Andrey Zvyagintsev / Fotografía: Mikhail Krichman / Música: Philip Glass / Edición: Anna Mass / Diseño de producción: Andrey Ponkratov / Elenco: Alexey Serebryakov, Elena Lyadova, Vladimir Vdovitchenkov, Roman Madyanov, Anna Ukolova / Distribuidora: IFA Cinema / Duración: 141 minutos / Calificación: apta para mayores de 13 años /

Saturday, January 02, 2016

“Betibú” y el gran eje de Daniel Fanego



Acabo de ver “Betibú”. Bien por Mercedes Morán, es de esas actrices que no hacen alarde de su excelencia. De esas actrices bellas desde el interior hacia afuera, están dentro del grupo de actrices que no alardean, que expresan una solidez, una madurez, una sabiduría terrenal. Quizás pondríamos a Morán en el mismo grupo de actrices como Helen Hunt.
Y por supuesto, acabo de recordar por qué es un grandísimo actor, Daniel Fanego, que con su voz profunda tiene inflexiones de duda, de algo que lo carcome, de la ironía inteligente que surge de cuando en vez, de muchas cosas. Impresionante como siempre.
Y Osmar Núñez, el malvado perfecto de la Argentina. Porque no es el malvado yanqui, o de otro país, es el malvado argentino, el turro más grande. Lo he admirado desde que apareció en la película sobre la dictadura en el Colegio Nacional, y pasando por otros filmes, siempre será el perfecto “turro” porteño, con cierta perversidad propia de nuestro país, con esa voz de garganta fibrosa.
Y también destaca Norman Briski, haciendo de “El gato”, un ex periodista supuestamente paranoico de una organización mafiosa internacional. Briski destaca para hacer esos personajes neuróticos, y la dirección de casting no podría haber hecho mejor tarea. (Otros criticaron que Briski hace de Briski).
En fin, que lo más destacable del film es la pléyade de actores, altamente disfrutable por unirlos a todos ellos. Incluso aparece el enorme Lito Cruz haciendo de comisario; por allí en papeles menores pero siempre correctas están Carola Reyna (amiga de la protagonista), impecable Fabián Arenillas con esa breve escena dando pistas de cierto rencor sobre la venta de un terreno; está Marina Bellati como una entrañable compañera de trabajo, de esas amigas de trabajo enamorada del personaje de Amman. Entre las sombras de su personaje, aparece Gerardo Romano, pero aquí no le hacen decir ni una palabra, salvo por un diálogo que se escucha de fondo.

Después de escribir esto, googleé los comentarios, y casi todos coinciden: la columna vertebral es Fanego en este film. 


Betibú. Thriller. Argentina, España, 2014. Guion: Ana y Miguel Cohan. Dirección: Miguel Cohan. Con: Mercedes Morán, Daniel Fanego y Alberto Ammann. Duración: 100 minutos. Para mayores de 13 años con reservas.

Precursor del grunge

En aquella época, cuando tenía unos 13 o 14 años, incluso menos, cuando tenía 11 o 12 años, yo fui el precursor del grunge y nadie se ent...