Sunday, September 11, 2016

Cuando Jorge Sarmiento está desesperado

Jorge Sarmiento escribió: 
Cuando uno está desesperado lo primero que piensa es en suicidarse, pero en el caso de mi desesperación, en el fondo, no pareciera que hablemos de una intención concreta. Me regodeo, otra vez, como lo hacía cada vez que viajaba en colectivo y no podía contactarme con nadie (allá por mi Córdoba natal), y entonces iba en el 131 (o en el 45 que iba hacia Villa Siburu), y entonces imaginaba un acto erostrático, pegando un balazo frente a todos.
Pero todo queda en el ámbito de lo ideal, de ese pensamiento mágico.
Pensar así nos traerá, de pronto, la solución, es decir, vendrá la salvación o, en todo caso el salvador o salvadora. Y todo en lo ideal.
Idealizar el suicidio es lo mismo que berrear, con la diferencia de que este berrido mayor se da desde un ser que da asco por lo repetitivo. Berreo y vendrá madre a salvarme, a refugiarme.
Lo interesante de todo este período de mi vida es que me he dado cuenta con más realidad (como si, por fin, me hubiese calzado unos anteojos que me permiten ver las cosas con más nitidez) de que no hay madre, ni magia en la vida, y de que, como dice alguien televisivo: “Como te ven te tratan”. Todo el mundo está construido en base a injusticias, son inevitables, lo que nos queda es qué hacer con nosotros en ese mundo, digamos, como lo podría decir un existencialista.

También aquí es cuando sale a lucirse ese sentimiento de “omnipotencia”. El perverso de Goncalvez lo llamaba la “omnipotencia femenina”, puesto que él pensaba que la culpa de muchas cosas era de lo “femenino”. Pues bien, yo, alguien tan receptor de todo, me quedé con ese epíteto durante décadas. Grave error mío. El error ha sido de él, pero grave error mío el haberme quedado con eso: conque es femenino, y por lo tanto, malo.

Saturday, September 10, 2016

Entre las chozas

La pareja a pie, Torrejón subido al caballo, echado hacia adelante. Llegan a destino, a una aldehuela de chozas enormes de cuero, en cuyo centro juegan cerca de quince niños, y hay más de veinte perros en los alrededores que no ladran, sino que aúllan cuando llega la comitiva.
Salen matronas, cuadradas con sus ponchos de piel de guanaco, con capotes cubriéndoles los torsos, y salen los hombres de la chozas, pirámides de carne, con vinchas grises o verdes cubriéndoles las sienes.
Torrejón divisa todos los movimientos, Está casi desvanecido, y siente que cerca hay calor, es una enorme fogata, hay humo y olor a carne y vegetales cocidos.
El matrimonio, los samaritanos del frío, presenta a Torrejón con ademanes suaves. Hombre y mujer hablan de él, hacen gestos, hacen olas con sus manos, ante dos jefes que escuchan, y que lo miran con circunspección, mirando, rumiando. Uno de los jefes, juego en su boca con un pedazo de pasto seco, que cambia de comisura a comisura, y escupe de vez en cuando un gargajo verde; el otro, más viejo, juguetea con el mango de una pequeña hacha, y tiene los ojos más achinados, renegridos y con los pómulos de enormes promontorios, huesos firmes.
Torrejón entonces fue dejado sobre un montón de cueros. Allí, abrigado, durmió toda la tarde, hasta que sobrevino la noche, y los dos caciques salieron raudamente de sus chozas y reunieron a todos. Había asamblea. Las mujeres se sentaron al lado de sus hombres; los niños detrás berreaban o se tiraban los pelos entre sí. Todo el pueblo reunido. Eran como trescientas almas.
El jefe más viejo habla un tramo largo. Su parlamento adormece. Habla y cierra los ojos, luego los abre para decir algo importante, para volver a cerrarlos, y sacar palabras como si las sacara de algún recóndito libro guardado en su cabeza. Sigue teniendo su hacha entre las manos. Torrejón, desde unos metros, se concentra en las manos largas y oscuras del viejo. El otro, más joven, de unos cuarenta años aproximadamente, empezó a hablar, a vociferar, principiando un rito extraño, de tomar un puñado de arcilla del piso, lanzarla al aire, y hacerlo dos o tres veces.

                                                                           

Gorjeos de Spalding



Porque Spalding es algo inalcanzable para Sarmiento, pero él piensa en lo inalcanzable porque está recluido. Ya que, si saliera más por las calles aunque sean las de Caleta Olivia, pues tendría más posibilidades de conocer gente y algunas muchachas cercanas a Spalding, no te digo cantante de jazz, pero al menos alguien a quien le guste la música que se puede gozar de a poco, lentamente, pero no lentamente como el ooooppoopppopoppnononono seudo místico, sino lentamente y con variaciones, un grito acá, un fragmento de canción de cuna interrumpido luego por un gorjeo de un contrabajo, un maullido que se estira como otra canción de cuna, una loa a la vida que luego se convierte en el canto de una niña sobre un arroyo, o de pronto es el lento escrutinio de la vida de una viejecita en un lugar muelle, y así, infinitamente, Spalding reaparece.

Viendo serie "Fargo"

Apunte rápido sobre p
rimer episodio de la serie Fargo.
En un lugar del norte más lejano de Estados Unidos, ocurren una serie de crímenes que nadie puede comprender. La vida en ese lugar transcurría con cierta tranquilidad, y eso se nota con las conversaciones de los policías, que dialogan sobre cosas cotidianas, con las esposas, con los niños que están en edad escolar, incluso qué mejor forma de contar la realidad de la casi tranquila institución de seguridad que desde la protagonista, una police-woman embarazada.
De hecho, en el film original de los hermanos Cohen, aparecía ese mismo personaje, la policía embarazada y sumamente perspicaz, interpretada por Frances McDormand.
Todo bien, hasta que, de pronto, ocurre una serie de asesinatos en donde están involucrados algunos de esos pacíficos habitantes de Fargo. Uno de ellos, es quizás uno de los más pacíficos, pero pacífico hasta la cobardía. Estamos hablando del protagonista, humillado por su esposa, vilipendiado por su hermano (su correcto hermano que tiene como hobbie casi secreto coleccionar armas de guerra), y así, debajo de esa apariencia pacífica vemos surgir los crímenes más horrendos.

Wednesday, August 31, 2016

¡Hombre grande embaucándose a sí mismo!

De hecho, Sarmiento ve que el episodio de su vida, allá por Saquiste, a fines del 2000 o comienzos del siglo XXI, era más bien para titularlo así: “El Padre”, o “Un padre”. Un padre que se había vuelto loco de remate por la baja autoestima (aquí la psicóloga le dice: "pero por qué le llama autoestima, llámele de otra manera, diga: sentimiento de pobreza. Diga: pobreza, un estar en la pobreza y no querer salir de allí"), por la falta de perspectivas, por la miseria de todo tipo, porque se había descentrado del camino de los recursos. Bueno. Como fuera. Todo eso. Muchos padres cometieron eso.
Pero él, además, estaba ansioso permanente. Había caído en las garras de la idealización extrema. ¡En pleno siglo XXI, hombre grande!
Qué malos consejeros que habían sido sus amigos de ese entonces. El muchacho imprentero que le recitaba milongas pampeanas para darles ejemplos de hombría ante la miseria gauchesca; el hombre de letras que le decía, sonriente, que su vida parecía la de Dostoievski, y con ello aumentando la idealización en Sarmiento de que iba por el buen camino.
Pero, también, y sobre todo, qué mal consejero él era de sí mismo. Más bien, un casi inexistente consejero de sí mismo. “Vive, total la vida te regalará las cosas, porque eres especial”.
Y, por eso mismo, se había enamorado de Bruneta del Rosario, como si fuera una santa. Le había prometido ser el ángel de ella, cuando él muriese. Y ella, simplemente, quería reunirse con Ricardo Meza, un tipo gordo, grandote, que “entró en su corazón”, o en ese sistema de las mujeres que buscan protección. Y Meza que simplemente eso quería: cogerla, pasarla bien.
Pero no, Sarmiento, estaba emperrado en acosarle el supuesto espíritu a Bruneta, y que no podía ser, que ella tenía que ser de él, si él estaba mejor preparado, y esas cosas.

Y por qué esa historia se tendría que haber llamado “El Padre”. Porque en medio de todas esas iniquidades que se hacía a sí mismo, estaban sus hijos esperando mejores respuestas por parte de él. 

Friday, August 26, 2016

¿Está bien ir por la Spalding?



Jorge Sarmiento quiere conquistar a Esperanza Spalding, una cantante de jazz contemporáneo. Sólo que Sarmiento vive en una pequeña ciudad de la Patagonia, y Spalding está de gira por el mundo y tal vez viva en New York.
Sarmiento no tiene dinero ni siquiera para emprender el viaje. Tiene muchos hijos. Tampoco es un cultor del jazz, salvo de Spalding.
Qué es lo que le atrae de Spalding. Que sea tan creativa, tan optimistamente bella, tan bellamente optimista y pareciera que fuera alegre, o al menos una mujer muy madura. Aunque Sarmiento todavía no sepa, qué es una mujer madura; ya que él está madurando, a sus 49 años de edad.
Sarmiento ha pasado por momentos terribles, y se dio cuenta de que la vida es así. Te golpea como un mazazo. No es novedad para todos, pero sí para él, que siempre se refugió en alcohol, encerrado en torreones de adobe o de lo que fuere, en camas agónicas y grises, meando colchones y todo eso.
¿Se justifica hacer todo el esfuerzo por Spalding? Quizás no.
Un amigo, mucho más joven que él, le dice que está “más o menos” emprender ese ciclópeo camino. Pero en el camino se encontrará… quizás no con Esperanza, pero quizás con alguien más cercano, quizás otra morocha sonriente y madura.
“Lo cierto es que con Spalding sabré qué me falta a mí”, dice Sarmiento a su amigo para convencerse y convencerlo. Es porque con Spalding él tendrá la medida para saber cuánto le falta a él de madurez, de ser, porque –razona Sarmiento- si se puede ser con alguien así, y al lado, es porque se está siendo merecedor de la vida como él quiere vivirla.
Además, esa tarde un abogado astutísimo le dijo: “Ambos tenemos la misma edad. Cuántos años creés que te faltan para vivir”. Por lo tanto, es mucho más con el presente con el que se juega en esta vida. Es presente. Mañana, no sé.
-Bueno- le dijo su amigo joven-. Quizás estés equivocado de emprender el camino hacia la Spalding, pero buena suerte. Al menos ya te estás moviendo.

Y ambos emprendieron el camino de las copas del vino “Tizac”, made in Fiambalá. 

Sunday, August 21, 2016

Mij mij

“Dios de los mares, si eres más poderoso que el vil de los viles, sabed que yo sé que así pago mis penas, así expío mis pecados”, dice Torrejón, riéndose, mirando la débil rompiente de las olas en el pedregullo.
En una roca verde, las rompientes horadaron –quizás en menos de un siglo- una roca de arcilla verde marina, y la convirtieron en cueva. Ha sido esa cueva la casa de Torrejón a lo largo de veintidós días. Esa cueva ha sido salpicada durante siglos, en las mareas altas, por abrasivos chorros y gotas; y también el cuerpo de Torrejón ha sido salpicado por esos elementos. Cueva que no alberga bicheras.
Torrejón luego, cuando se cierne el crepúsculo y la brisa se hace más lúgubremente suave, llora: “Dios de los mares, dios de los océanos, ampárame. Sé que voy a morir, pero no permitas que esta pobre alma sufra más de lo que ya ha sufrido. Dios de los mares, más poderoso que el vil Poseidón, así pago mis penas, así expío mis pecados”.
Hace veintidós días, Lagos Miranda, el almirante, le había dicho: “Te irás a morir, cagador. Ahí, pasarán siglos y quedarán tus huesos albos, y de cuya sustancia húmeda hasta las hormigas renegarán. ¡Bájate, hijo de puta!”. Tres secuaces de Lagos Miranda lo hubieron de empujar hacia la balsa precaria; y así, Torrejón se quedó en esa costa, no sin antes gritar, queriendo romper todo su mal, maldiciendo: “¡Caerán miles de trombas marinas cuando lleguéis al Cabo de Hornos. ¡Putos! Van a ser seducidos por serpientes marinas en vuestras pesadillas; os violarán tortugas marinas y les romperán vuestros esternones; ni sus hijos querrán saber de ustedes!”.
Ahora llora, y comienza a temblar, aterido, esperando el momento en que su ser se abandone hacia la nada.
Hasta que, desde el sur de la costa, aparecen dos indios, hombre y mujer caminando pausadamente, llevando de las bridas un caballo. Es febrero. Van desarmados, llevando morrales de cuero, vistiendo una casaca de cuero, una especie de capote gigantesco que les cubre cuello y la parte baja del torso, dejando la parte alta, las tetillas del hombre a la brisa y las tetas de la mujer, al desgaire. Esta pareja es una clase de Adán y Eva, la clase de las que sobrevivieron cien años desde la expulsión del paraíso, y que ahora son sobrevivientes a todo, incluso a los hallazgos sorpresivos como el de Torrejón, un simio blanco, huesudo, pálido, con barbas, con ojos verdosos y húmedos, desorbitados, y una voz entre aguda y enronquecida.
Con esos enormes rostros morenos, cuadrados, y de narices achatadas, con cueros, con pelusas al viento, con músculos formados y arrugados por la intemperie, hombre y mujer se acercan.
La mujer musita: “Sajnatich, sajnatich. Simbroskech sajnatich”.
Y el hombre responde: “Ñus, ñus…”, y se aproximan lentamente a Torrejón.
Hacen sus pasos sin mostrar asombro, casi dueños de sí mismos.
-¡Paz, paz, paz! –grita Torrejón, haciendo una cruz con los brazos y cubriéndose el rostro.
El hombre recula, saca una pequeña lanza de su morral. La mujer lo calma, musita: “Sajchen, Sajchen, mij mij kalak”.
-No me matéis, por favor. No me matéis. Soy hombre de paz.                            
- Simbroskech. Ñus mij sarchen, kalai. Mij mij –dice la mujer, estirando sus manos hacia Torrejón, implorándole la calma.
Torrejón sospecha y teme de cada uno de sus movimientos, como si estuviese ante unos felinos que disimulan sus preparativos para el ataque. 
Y el hombre indio, deja la lanza en el suelo húmedo. Y mete la mano en el morral, y de allí saca un pedazo de carne reseca, charqui de guanaco. Con un brazo dubitativo le extiende la comida.                                                                            
Torrejón duda, mira, está a punto de llorar. Siente el olor de la carne, que le recuerda las barbacoas de Andalucia. Y traga los pedazos de carne, a pesar de la sal. Y luego acepta el agua que le acercan, de una bota española. Tiene resquebrajados los labios, y siente una raspadura interna, como si se le hubiese cuarteado el aparato fónico. Y ya casi no habla. Prefiere no hacer el esfuerzo de hablar. Se deja llevar. Se deja atender, se deja cubrir por un poncho pelambroso, una manta tejida, se deja llevar hasta el caballo, se deja que lo asienten en el caballo, que lo suban.
La paz fue aceptada. Él apenas lamentándose de los dolores en las costillas, en las piernas entumecidas, en los talones hinchados, pero agradecido por el abrigo y acepta ser llevado.
Está haciendo más frío. Mira con medio ojo por dónde va. Imposible saber el camino, no hay caminos, ni huellas a seguir.

                                                                           

Morir por una "cantante calva"

“Me crié con él”, dijo el muchacho y entró llorando en una oficina. Pidió un vaso de agua desesperadamente. “Lo mataron, lo dejaron tirado”, repitió.
No es la primera vez que soy testigo del llanto de un pibe de 20 años a quien le mataron a su amigo en la calle, baleado, luego de una discusión super absurda, pero absurda de verdad, de esas que Beckett creaba, o Ionescu. Seguro que la discusión de los dos muchachos protagonistas de la tragedia inició con una “cantante calva”.
“Eh, puto, vení. Vení a mano limpia”, le habría dicho el asesinado; y el asesino le habría contestado algo: “qué te pasa, che, bardero”. Y el homicida (pasado de rosca por la droga, quizás por la mezcla de vino y cocaína), habría entrado a su casa a buscar su “fierro”, para embestir con todo luego, y disparar contra el muchacho que lo esperaba "a mano limpia", quien cruzó su antebrazo, con lo que “detuvo” una bala, pero la otra le perforó un bazo, y quedó tirado en la calle, dolorido, en un charco de sangre y agua de llovizna escarchada, tan propia de este mes de agosto.
Y la madre del homicida lo habría reprendido a su hijo, y le habría dicho que se metiera en la casa. Y de pronto, sólo quedaron escuchándose los ladridos de los perros, y nadie respiró fuerte en la cuadra, ni en las siguientes, salvo el pibe tirado, agónico, quejándose.
Pero esa es una de las narraciones posibles de lo que pasó. 
Después estará otra, la que cuenta que hubo tres pibes más en la escena, y que estaban todos ingiriendo en esa esquina, cerca de un comercio de comestibles, y que se habrían quedado hasta esa madrugada, pero cada vez la cosa se tornaba más pesada, uno quería pelear por cualquier cosa y el otro también, que se prendió.
Y hay otra versión que dice que había una chica tomando con ellos, pero que ella no habría sido el motivo de la riña, sino que ella era una más de la “vagancia”.
Siempre quise entender qué pasa en esas muertes en Caleta, a la madrugada, de pibes que enloquecen por la mezcla de drogas y alcohol. Qué hay detrás de la familia del homicida. No es una cuestión económica. Es algo más.
El muchacho que anda llorando por su amigo, me dice que el asesino pertenece a una familia conocida por andar en la "mala vida", que quizás la madre fue “de la calle”, que el padre tiene antecedentes de robo, que los dos hermanos están presos por asalto y uno de ellos también por haber atacado por la espalda a otro, en uno de los barrios de monoblocs.
El que terminó muerto tenía también la costumbre de tomar, y tomar.

Pero, he aquí que la historia está en pleno desarrollo. Que en realidad, “esto no termina acá”. Que ahora vendrá un amigo del occiso que querrá tomar venganza con la familia del homicida, y le balearán la casa, o intentarán hacer algo con la hermana, o balear al hermano. “Muchas cosas que suceden pasan por eso también. Ajustes de cuentas. Esto no termina acá”, me dice el pibe que llora, mientras chequea su whatsapp.

Bocetos caletenses 3

Thursday, August 18, 2016

Cotilleo en Nebuzely




Será la última vez en mi vida que vea a Klara Tichá, como a tantas personas. Además, anoto todo porque soy olvidadizo. Como cuando tenía 19 años de edad, y era un reconocido locutor de pueblo, allá en Aisunasta, y así caí a un pueblo más pequeño, pero más tirado a lo aborigen como era Fiambalá, allá por la década del ’80.
Entonces, hice un programa radial con música “a la carta”, y era realmente un caballero del micrófono a esa edad, porque me gustaba leer mucho, y porque la radio propiciaba mi imaginación.
Pero quiero recordar que caí allí, y que apareció un par de chicas a pedir un tema musical, en aquellas dedicatorias en papel. Era una gran costumbre en las radios atender las solicitudes de los oyentes, y dedicar tal o cual tema a determinada persona por el cumpleaños o lo que fuere. Una de ellas, de dientes de ratona y flequillo teñido con un rojizo opaco me resultó cara conocida. Y la otra, mucho más delgada, y más blancuzca, me dijo: “¿No te acordás de ella? Si era tu novia”. La otra sonreía como cómplice. Y la verdad que reconocí el rostro, pero no me acuerdo de cómo fue esa brevísima relación con ella, y si llegué a concretar algún beso o algún escarceo. Y no recuerdo haberla visto luego, y tampoco recuerdo el nombre.
Y me dije: tan joven y la gente va desapareciendo de mi memoria; aunque quizás haya compartido labios debajo de un terebinto en barrio Los Robledo.

Todo eso me dijo cuando me despedí de Tichá, tras haber conversado con Karolina Vituvá, quien vive en Nebuzely, Stredocesky Kraj. Una cincuentona de risa ronca, divorciada, que tiene tres hijas jóvenes. El actual marido de Karolina es Pavel Rihov, que tiene un hijo de una anterior pareja, de Praga.
Karolina y Klara estaban en un parquecito, tomando helado. Karolina contaba que en un momento supo tener rulos y que después se dio al cabello cortísimo, y de color rojizo. Y que la peluquera es Lucía Rihova, que es de Jicin.
Ahora la peluquera no está. Se ha casado con alguien, con quien viajó a Rodas, a la playa Tsambika, en Grecia. El hombre de la peluquera, dice Karolina, es un tipo prolijo, con lentes.
Karolina trabaja en una empresa encargada de vestimenta para bebés, con Petula Vranovia. Petula es la fanática de los niños.

Entonces, ahora entablan una charla sobre las madres fans de sus hijos. 

Wednesday, August 17, 2016

Miriam Stein, ideal para la génesis del romanticismo



Sobre el film "Goethe!"
Una estructura simple. Chico conoce a chica, y se enamora perdidamente, y la chica debe, tiene que casarse con un señor rico, y el héroe se quiera matar, y es salvado del suicidio por la chica.
Bueno, en realidad, la película habla del relato romántico por antonomasia, de la génesis de las memorias del Joven Werther. Y en ese sentido puede ser un acierto pedagógico. Sturm und drang; o bien, Sturm und drank, como bromean los muchachos amigos del joven Goethe, a quien el film lo presenta como un fútil muchachito que lee poco y le gusta la parranda.
Una película correcta y entretenida, con la escena del clímax muy bien actuada, cuando se descubren los secretos; con un duelo; con Goethe en la cárcel; con el suicidio del amigo de cuartos que podría haber inspirado la historia que hizo famoso al literato; en fin, todo correctamente hecho para que funcione como una historia atractiva para el show business.
Lo superlativo ha sido la belleza de la sonrisa madura de la actriz Miriam Stein. Miriam Stein enamorada; Miriam Stein buscando a su amor conduciendo una carreta a toda velocidad; Miriam Stein perturbada por la decisión de casarse con quien no ama; Miriam Stein presentando el borrador de Goethe a un editor; Miriam Stein llorando al tener que decir forzadamente que sí a quien va a salvar a su familia de la pobreza total; Miriam Stein visitando a un Goethe encarcelado y al punto del suicidio; Miriam Stein jugando con sus hermanitas, cambiándoles la ropa. La perfecta heroína por la que cualquier romántico quisiera casarse.
El actor Moritz Bliebtreu también se lleva las palmas, haciendo de un formalísimo consejero, una especie de fiscal, el antagonista perfecto para un Goethe poeta, actuado por Alexander Fehling. Lo de este actor protagonista no me termina de convencer.
Si yo fuese el director, le hubiera puesto un poco más de alma, más de perturbado a este Goethe. El desenlace es rapidísimo y quizás, pueda resultar efectivo para el público habituado a esta narrativa comercial. 

Viaje recesivo en remis



En lo que dura un viaje en remis, desde el barrio Rotary 23 hasta el microcentro, un chofer te cuenta los temas que todo el mundo habla en Caleta. Lo puedes escuchar mientras vas bajando por la avenida Tierra del Fuego, el trecho sin asfaltar en esa zona, (y que se comunica hacia el monte pelado del oeste de la ciudad, donde, en su cima, está el barrio Bicentenario); pero íbamos hacia el este, hacia donde está el mar, vamos descendiendo por la avenida de Los Inmigrantes, de la terminal de ómnibus, hasta conectar con la avenida República, que peligrosamente está sin semáforos, y que aparecen ansiosos autos en las esquinas que se conectan con el interior de barrio Mirador.
Pues este chofer, mientras maniobraba con riesgosa soltura por esta arteria, me habló de los piquetes, protestaba contra los piquetes, pero también, a la vez, percibí cierta tolerancia a los mismos.
Habló de los derrames cloacales, que han convertido a esta ciudad en una espumadera de olores que aparecen en huequitos sorpresivos; sobre todo de los líquidos cloacales (detesto decir, como gustan decir los que quieren congraciarse con los embroncados por todo: la bosta, la caca, y todo eso), pues bien, ese líquido de un color impreciso, verde amarronado, va bajando desde los barrios altos hasta los barrios bajos, y surge en lugares donde la cañería está rota.
Y aquí también, en la protesta del remisero, percibí cierta tolerancia. Es decir, una queja altisonante a las autoridades y luego a seguir trabajando, “qué se le va a hacer”.
Y yo le agregué, rápidamente, otro tema: la recesión. Quería saber si culpaba de ello al gobierno derechista de Mauricio Macri. Pero la filosofía del remisero caletense no apuntaba más allá que a los gobernantes locales y provinciales. Es decir: “la culpa es que los K se robaron todo”.
Y mentalmente anoté la fecha: 15 de agosto de 2016. El día en que me di cuenta que estamos en declive en la Argentina, sobre todo los de la clase trabajadora.
Más tarde, un abogado me dijo, en el microcentro, que habló con el encargado de una de las sucursales bancarias, que se viene una “explosión”. Van a empezar a endeudarse decenas (al menos cien) petroleros con sus tarjetas de crédito. Van pagando el mínimo, pero se adeudan más.

La recesión ha shockeado a la sociedad, pero hasta ahora los reclamos han sido sólo salariales, de los gremios estatales, como si el problema sólo sea que hay que hacer ajustes en el poder adquisitivo; cuando la marea negra es mucho más de arriba. 

Tuesday, August 16, 2016

La mirada de un tinogasteño

Taborda en los 303 años de Tinogasta. Cena del Centro Tinogasteño de Caleta Olivia. 14 de agosto 2016

Bocetos caletenses 1

Hemos estado hablando con nuestro amigo Luis Alberto Taborda acerca de lo que significa aquella ciudad, Tinogasta, para Caleta. La verdad que no está en mis planes hacer disquisiciones históricas, porque el interesado y el apto para ello es nuestro camarada recién llegado.
Él, ni bien aterrizó en Caleta, empezó a relacionar tal paisaje caletense con tal otro de Tinogasta; y, habiendo traspasado el piquete de los trabajadores municipales en la ruta nacional 3 (acceso norte), se encontró con un remisero joven de El Puesto, que esperaba algún pasajero en la otra punta del bloqueo.
Suponiendo que los tinogasteños saben todo de sus comprovincianos, le preguntó por mi paradero.
Lo cierto es que Taborda estuvo siempre atento a las redes relacionales de los tinogasteños. Aunque yo le dije que no se hiciera ilusiones. Los tinogasteños no están muy relacionados en Caleta. Aquí se viene a hacer la suya, y como en todo lo que ocurre, hay más individualismo que otra cosa; búsqueda laboral, comprar cosas, y si alcanza ir progresando desde lo material y comercial. De vez en cuando se encuentran dos tinogasteños en la calle o en supermercados pero el saludo no es tan efusivo como si esos mismos tinogasteños se encontraran en una calle de Tinogasta.
Pero sí es cierto, más de la mitad tiene sangre tinogasteña aquí, ya sea por ser hijos, nietos de alguien de aquellos pagos.
Después, nuestro amigo se encontró -entre los varios encuentros en la Feria del Libro de Caleta- con Rosa López, la autora de un célebre libro de historia de Caleta Olivia. Ella le develó otra cosa: que durante casi 40 años, desde comienzos del siglo XX, no había catamarqueños aquí, que Caleta era una aldea fría y pedregosa de no más de 400 almas, durante la época de producción ovina.
Con cierta exageración se dice “oro blanco”, a la producción lanar de aquella época; como también quisieron imponer el mote de “oro rojo” a la pesca de langostinos, durante la primera década del siglo XXI, en esta zona marítima sur: o recuerdo, se hablaba del “oro verde” a la producción de aceitunas en la década del ’90 allá por Aimogasta. Pero, en cambio sí, con justeza y por los valores de los que hablamos, sí podemos decir “oro negro” al petróleo.
Hay un sector que vive en el centro de la ciudad que porta orgullosos sus apellidos europeos.
La autora de ese libro fue muy amable con nuestro escritor invitado de Tinogasta, y hasta conversaron amablemente sobre la época fundacional de Caleta.
Nuestro visitante, además, disfrutó del paisaje de esta ciudad que uno, acostumbrado al corte de ruta o la protesta diaria, dejó de admirar: el reflejo de las luces de los barrios altos sobre las dos lagunas; los cerros amesetados del sur de la ciudad y las casas que van construyéndose en las laderas que rodean a la ciudad.
Yo digo a todo el mundo que siempre me ha gustado el paisaje de esta parte de la Patagonia, pero les advierto que no hay que hacerme mucho caso, que quizás yo sea un caso especial, con una tara, la de quien se quedó admirando el “Taras Bulba”, los paisajes de Gógol, Pushkin y Dostoievski. Pero he escuchado a gente no tan lectora de libros que también dice que le gusta esta estepa, y me gustaría saber por qué, de dónde nace el gusto por este desierto.
Para mi amigo, entiendo, le gustará esto porque es exótico.
¿Pero hay alguien valiente para vivir en Caleta? Y mi amigo dice que sí, de hecho lo han sido los miles de tinogasteños que han llegado aquí desde 1944. No sé si fue Taborda u otro autor quien definió al éxodo de los tinogasteños al sur como una “gesta”. Yo preferiría no poner tanto énfasis épico a algo que se fue dando paulatinamente: los tinogasteños fueron de a poco llegando, escapando de la pobreza y la falta de proyectos de aquella comarca catamarqueña, empujados por parientes y por una férrea política petrolera (que inició con Mosconi) para atraer a una masa de obreros sufridos, “humildes”, y no como se suponía que eran esos “kilomberos” de otras provincias u otros países como los búlgaros, que traían sus ideas anarco-sindicalistas.
Otra cosa, a los tinogasteños, en diferentes épocas (desde la década del ’40) se les dieron sólo dos opciones: o te quedás en Tinogasta, sabiendo que siempre serás pobre, que no tendrás futuro a menos que te vayas a estudiar a otra provincia, que te condenarás a una vida de mirada corta, entre un trabajo informal, la crianza de los hijos, y poca cosa más; o (segunda opción) a la incomodidad de venir al sur, e ir probando con otra cosa, con changas en comercios o en construcción hasta que lográs pegar el salto al petróleo.

Hasta hace poco, la opción Caleta fue siempre la más clara. Y además por otra razón fundamental: siempre vas a encontrar un pariente o un amigo que te dé cobijo por unos meses hasta que puedas dar con el primer trabajo. 

Tuesday, July 12, 2016

De Löningen a los picantes cochabambinos



De “Loningen”, tuve que tomar pronto viaje a Santa Cruz de la Sierra, porque una de mis agentes latinoamericanas, Monique Oliveira, desde Brasil, me dijo que había una posibilidad de hacer el scouting allí, y también de sentarme a escribir sobre bolivianos y bolivianas.
Yo no estaba tan seguro de ello, ya que escribir sobre ellos sería volver a escribir sobre Tinogasta, Catamarca, Caleta Olivia. Una vez escribí un artículo en el que comparaba a Cochabamba con Catamarca y a Punata con Tinogasta, puesto que los punateños fueron a Caleta a buscar trabajo de la misma manera que los tinogasteños, un éxodo calcado, sólo que los bolivianos lo hicieron después de varias décadas.
De todas formas, quería cambiar de aire. En la República Checa estaban todos demasiado tranquilos con sus cositas, por más neuróticos que sean algunos.
Prometí a Monique que cuando terminase mi tarea en Bolivia, pasaría por su ciudad, Osasco (a 16 kilómetros de Sao Paulo). Todo ello pensando en pasar al menos una semana en Brasil, antes de terminar este trimestre de viajes.
Una estudiante de letras cochabambina, Yadira Rocha, me iba a esperar en el aeropuerto de Santa Cruz de la Sierra. Y de allí, partiríamos hacia Cochabamba. Pues bien, cuando llegué, efectivamente ella me estaba esperando, con su mechón naranja al viento, delgada y con la nariz achatada sobre un rostro afilado.
Llegar a Cochabamba tardó casi un día, en avión y bus. Allí nos esperaba Emilia Nuñez Cardozo, con su novio Diego, tomando cervezas. Estaban muy atentos a mis movimientos, luego de comer un sinpancho me llevaron a un hotel. Aquí, entre esta nueva gente, había menos autosuficiencia que en Checa.
La amabilidad boliviana es muy estricta, tanto como la chilena, pero más “oriental”, más pausada que la de los trasandinos. Tanto que, un poco más de pausa y se podría llegar a la indiferencia. Pero no, los bolivianos no son orientales, son latinos, así que uno imagina que en los silencios, debajo de ese mirar por dentro: hay todo un volcán de sentimientos, al menos entre los que viven en Cochabamba, ya que en Santa Cruz de la Sierra suelen ser un poco más extrovertidos.
Yadira –de veintitantos años- me dijo que vivía sola, ya que su madre, Gilda, había ido a Córdoba (Argentina) a visitar a sus hermanos, que son exitosos albañiles allá. Uno de sus primos, Enrique, estaba en Caleta Olivia. Pero sólo me dio ese dato, ni siquiera me invitó a pernoctar en su casa. Agradecí ello para mis adentros, ya que quería pasar aunque sea un día en soledad y recorrer Cochabamba sin guía.
Por mis problemas hepáticos no podía comer mucho picante, pero pequé con eso. Adoro la comida boliviana con esos picantes que suenan como golpes a los intestinos (¡locoto!). Amo los picantes de pollo, los cerdos picantes, la llajwa molida por alguna matrona experta.
Yo devoraba mi silpancho, mientras los demás comían trancapecho en un restaurante con estridente pintura sintética en sus paredes.
Bebimos más cervezas porque se engancharon con lo que les contaba.
Estaban maravillados de que les hable de la República Checa, y Yadira me hizo varias preguntas acerca de Kafka, de que si visité la tumba de Kafka, de los castillos. Y le contesté lo que pude.
-No fui a Praga, prefiero ir por los lugares menos visitados, menos mainstream. Estuve en Brno y otras pequeñas ciudades.
Enrique me preguntó sobre las checas, cómo no. Y le dije la verdad: “Son extraterrestres para nosotros, habla un idioma extrañísimo, no las puedes comparar con nadie, están en una cruza rara con alemanas y las eslavas más eslavas. No sé cómo decirte”.
-Pero… ¿son amables?
- Mirá. Si algo he descubierto en todo este viaje es que la mitad del mundo es amable. En todos lados. No quiero decir que la mitad del mundo sea buena. Hay un cuarto de personas que están metidas en su mundo, y que sólo le importa su mundo. Yo viajo porque enaltezco la variedad, el conocimiento. Hablamos de personas. No te conté de paisajes porque me los reservo para fotografiarlos, para filmarlos, para hacer scouting para futuras películas, guiones, crónicas, lo que fuera.

-¿Cómo conoces tanto de comida boliviana? –me preguntó Yadira, camino al hotel. Y le expliqué que en Caleta, durante la inauguración de la Iglesia de Nuestra Señora de Copacabana y Urkupiña, probé muchas de estas comidas. Y le di mi historial de amistades con bolivianos que tengo en Caleta. 

Sunday, July 10, 2016

Bohemio sudamericano en Bohemia Central

A través de una red humana anterior, puramente latinoamericana, di con Veronika Korsalová, quien vive en Kraluv Dvur, una ciudad de la región de Bohemia Central, en la República Checa. 

Verónika terminó siendo una mujer regordeta, de amplios pechos, con esa mirada que tiende a elevarse oblicuamente hacia arriba por los costados más lejanos a la nariz, de ojos claros, y una amplia frente, mejillas hinchadas, y una nariz de armenia de campo; con unos movimientos de picarona que bien podéis encontrar entre algunas empleadas públicas regordetas de Caleta Olivia.

Veronika me invitó a tomar té con su amiga Helga Veseká, quien ahora vive en Praga, casada con Andres Wegle, un pelado de treinta años, dueño de una sonrisa simpática, al parecer feliz por la procreación reciente: la de dos simpáticos peladitos. Con todos ellos tomé un té en un lugar de Kraluv Dur.

Helga habló de su amigo Thomas Ková, quien vive en Uhonice, y que ha viajado a divertirse con su pareja a U Sama. La pareja de Thomas, según las fotos que mostró Helga desde su celular, es una mujer de cabellos negros, aproximadamente 38 años de edad. Thomas publica en su Facebook fiestas de cerveza, y memes con bromas sexuales. Pero también fotos de su bienamada. Ella, de redondos y brillantes hombros, sentada en un muro de piedra, en la playa de Djerba, nada más y nada menos que en Túnez.


Y Helga es amiga de Klara Tichá, alegre mujer que empezó a trabajar en Five Guys, en Londres. Y esa tarde, Helga se comunicó por el celular con Klara, y ambas hablaron de la situación que padece Karolina Lemur, quien vive en Escocia, pero es de Praga, y trabaja en un hotel Fresar Place. 

Tuesday, June 28, 2016

En “Löningen”, con una pareja profesora de equitación



“Slusi, slusi”; me voy diciendo desde la República Checa, hasta Alemania. He llegado a Löningen porque había que llegar ahí, en tren tras tren y bus. Crucé toda Alemania, por un capricho de ella, ya que él quería llegar cuanto antes para ver cómo estaba la cuadra de caballos.
Y ya estaba en Löningen. El matrimonio equinófilo me dejó en una de sus habitaciones de su casa estrecha, y se fueron a hacer sus tareas en la cuadra, fanáticos del olor a boñiga.
Estaba lloviendo y me fui a una avenida ancha, asfaltada, y aún con lluvia una banda pasaba tocando una marcha conocida, parecía una marcha de los desfiles yanquis.
Y a los costados había familias y más familias típicas, como las que hay en en la Argentina porteña, clase media y blanca.
A diferencia de Brno, nadie me miró raro allí. Se ve que los morochos latinos somos menos raros en Alemania, o es que los alemanes de este pueblo son así.
Volví a la casa del matrimonio y me esperaban con una comida con carne de cerdo. Poca, pero buena.
Al otro día, me llevaron a una exposición o carrera de equinos, y el circuito no era prolijo, más bien parecía un conjunto de barranquitas y parecía armado caprichosamente. Aunque los caballos y competidores respetaban un “guión de hierro” y no se salían de las huellas marcadas por sus predecesores. Cada tanto, las familias aplaudían y reían.
Lenka, mi anfitriona, se encontró con una alemana de ojos verdiazules, y de sienes anchas, redondeadas, pulidas y blancas como los pétalos de las margaritas: Sandra Kron. Ella saludó y luego se sentó en el suelo como nosotros y permaneció callada. Parecía tímida. Tenía un piercing en el labio inferior.
Was sind Sie von Beruf?, le pregunté, un poco bromeando. Me miró sorprendida, y me dijo que trabajaba como química en alguna empresa.
Al lado, estaba Christine Von Ustup, hablando de un reciente viaje a París, con su novio. Quedaron ambas hablando, mientras pasaban los caballos de merde, de los que ya me estaba hartando.
Sandra es amiga de María Okhamp, también tristona como ella, y que llegó después con unos refrescos a sumarse al grupo.
Le dije a mi anfitrión Philippe, el novio de Lenka: “No quiero morirme conociendo solo Löningen de Alemania”.
A esa altura me estaba cansado del bienestar europeo. Hace un año yo estaba en Managua viviendo situaciones terribles, y ahora, heme aquí, en la paz celestial de Brno o de Löningen, lugares en los que parece que no pasara nada, salvo algún accidente de tránsito, salvo algún borracho, salvo las taras de blancos enormes.
“Ich Wunsch euch eine erfolgreiche Tag”; dijo sonriendo con anchísima boca de dientes teutones, un tal Ellis, creo que germano-estadounidense. Así saludaba siempre: ‘Les deseo un día exitoso”, o como se traduzca.
Tenía una chaqueta amarrilla hipnótica. No podía despegar mis ojos esa chaqueta.
Esta vez sí sentí y me dio un repeluzno el sentimiento de superioridad que tienen los alemanes grandotes, de mandíbulas de caballo, y dientes de cavernícola. Me daba fuerzas a mí mismo, pero no podía, me sentía vulnerado en ese momento por el empaque compacto del germano-estadounidense.
A la hora, todos nos despedimos. Con Philippe y Lenka caminamos unas cuadras de esa ciudad pequeña, y a la noche, cansado de caminar, regresamos a su departamento, en donde tomé un vino espeso, comí una sopa, y me fui a dormir después de ver la mitad de una vieja película.


Thursday, June 09, 2016

Rashomon, un fogón a pesar del aguacero



He visto “Rashomon” de Akira Kurosawa, he visto su lluvia, he sentido lo mojado, lo excesivamente húmedo, las verdaderas caras de lluvia de los tres relatores en esa puerta a Kyoto; he visto a la mujer histérica casi cómica, (actuada por Machiko Kyo) histérica en sus miedos, y en esa risa burlona ante los hombres en la cuarta versión de la escena, la que contó el leñador.
He visto a hombres heroicos convertidos a una pelea real, risible, patética, pero verdadera, en la que los duelistas tropiezan, pierden sus sables, o se quedan clavados en troncos, no son perfectos, no son gimnastas, son torpes, y la muerte esa, la verdadera, no es para nada heroica, sino horriblemente real, con lo peor del ser humano que se retuerce, que cae, con toda su fealdad, sin nada artístico en esa muerte.
La “cuarta muerte” fue, entonces, lo que más me sorprendió, esa lucha de torpes hombres reales, que apenas podían empuñar la espada, temblequeando pelearon, y así uno de ellos fue asesinado.
Un clásico nunca te deja a pie, siempre es atractivo. No es una película lenta, es una película atractiva. El leñador encuentra al hombre muerto, es el detonante. Y después hay otros elementos, pero son tres escenarios principales: la puerta llovida de Kyoto (en el templo destruido denominado “Rashomon”), el bosque de árboles y matas altas, enredadas; y el juzgado, casi pálido, donde no se ve al juez, sino que cada relator-testigo cuenta su versión ante cámara. En ese mismo juzgado medieval, detrás, dos “hombres de ley” y un muro blanco.
A muchos no les gustó el epílogo, cuando el leñador ofrece su ayuda para salvar a un humano bebé, pero a mí me pareció natural que vaya por ese camino, el de la moraleja en un fogón; porque eso es, un cuento conjunto en un fogón, sólo que el fogón se hace contra todo, contra la lluvia incluso. Si no, mirad cómo se esfuerzan para hacer un “fueguito” con maderas del templo en el prólogo. 

Wednesday, June 08, 2016

Curiosidad sobre aonikenk

 Lo que más me atrae del sentir tehuelche es eso, no hay más que pensar. Es una curiosidad por la que me siento orgulloso, que me hace bien, que me provoca sonrisas, me regodeo, y hasta podría pedir una vida más para saborear esa curiosidad.
Pero no es que me interese sólo lo tehuelche, me interesa saber exactamente cómo fue la vida de esas personas que vivieron antes aquí, en este planeta, cómo eran sus costumbres, sus idiomas, sus guerras personales, su arrastrar en la tierra, su vida en las cuevas (como las de los pre-tehuelches en Cueva de Las Manos).
Es por eso que me gusta ver “Vikings”, o historias que hablen del pasado desconocido, el de la época del medioevo, el de la época anterior al siglo XIX, cómo vivían los que hablaban kakán (allá por Watungasta y FIambalá), antes de la llegada de los incas.
Pero la real real vida quiero saber, y eso, sé que es una búsqueda infinita. Como cuando estaba mirando la cueva de los tehuelches.

Tengo algunos amigos mapuches, pero ellos prefieren hablar del presente. Y creo que con justa razón, ellos quieren decir que están presentes, que no son una cultura desaparecida como podrían ser, justamente, las de los vikingos. Mis amigos mapuches quieren decir que están presentes, con su mapuzungun  que, por suerte, aún varios lo hablan. Pero lamentablemente queda muy poco de la cultura de los aonikenk. Dicen que hay una mujer que hablar ese idioma, en algún lugar recóndito de Santa Cruz. 

Tuesday, June 07, 2016

"8 y Medio" contrarresta la melancolía por el ayer


Ver “8 y Medio” es un lujo que podemos permitirnos un domingo a la noche, porque sigue el camino melancólico del domingo, pero contrarresta lo grisáceo de esa melancolía.
Es un film autobiográfico.
Fellini en su esplendor, Marcello Mastroianni, la Cardinale, Anouk Aimée haciendo de una sólida mujer, y otros.
Fellini intenta mostrar los sueños casi como son, con el beso a la madre que termina transformándose en el beso a la mujer, con personajes del pasado con personajes vivos, en el comienzo del film atrapado en el auto. Los míticos planos secuencias de Fellini donde aparecen varios personajes al mismo tiempo, importunando uno, u otros dialogando con al mismo tiempo, cada uno en su cosa, y cada uno queriendo algo del protagonista. Esos planos donde la cámara recorre un plató donde están todos: el director de arte, el guionista, el camarógrafo, el actor, todos de una vez, mostrados.


Wednesday, May 11, 2016

Un gerente bancario enseñando PNL



Recuerdo cuando concurrí a una pequeña sala, casi menos que el tamaño de un aula, en "cinerama", una galería céntrica de Córdoba, donde un gerente de una sucursal bancaria daba clases de PNL. ¡Carísimas! No sólo para un petimetre de Villa Siburu como era yo, en ese entonces, sino para cualquiera, porque no fui el único que se quejó de ello.  
Recuerdo que había personas que se ponían nombres como “Luz”, “Energía”, etcétera. Y en ese momento, era un adolescente tan oscurito que no se me ocurría ningún nombre (pues sí, en todos mis textos veréis conmiseraciones). Mirándome al espejo, me digo: “Hoy, a 30 años de aquello, qué nombre te pondrías. ¿Rayo? No, suena a superhéroe poco original. ¿Agua? Tiene demasiado de femenino, demasiado dije, no es que niegue lo femenino. Viento, palabra que me gusta más, pero que tiene poco que ver con mi extremo sedentarismo actual”.
No sé qué tenía que ver eso de ponerse nombres tan new wave con la PNL, pero tampoco era malo, que hay cosas peores que hace la gente, como la hipocresía.
Entonces, claro, fui. Pagué lo que tenía que pagar. Y accedí a la clase.
No dijo nada diferente, el hombre-gerente hablaba con palabras muy sencillas, y disertaba sobre el tono de la voz, los gestos, cosas que hoy puedes ver en la serie “Lies to me”; y luego un ejercicio, que consistía en “anclar” cierto sentimiento, de acuerdo a la presión en un brazo, y esa presión la debía ejercer otro.
Recuerdo que un “ayudante” de cátedra del gerente bancario eligió a una alumna para “presionarle” el brazo.
Luego, todos nos fuimos, y nos prometieron que en la segunda clase avanzaríamos. Nunca volví. Y esa fue toda mi experiencia con la PNL en Córdoba.

Wednesday, April 20, 2016

Cómo he llegado aquí con tantos vasos sucios



Cómo he llegado aquí. Quizás mi lástima por los adolescentes alcoholizados es por mí mismo. Cómo he llegado aquí. Estoy siendo el Ramiro adolescente. Estoy en un lugar donde venden vino barato, donde hay hombres mayores tomando alcohol, gente esmirriada, que no tiene nada que perder o que ha perdido todo. Ellos me miran.
Esperad, quisiera contaros esto con detalles. Es que me ha pasado de verdad. Quisiera saber dónde fue. Con quiénes y cómo llegué allí. Seguro que llegué porque estuve tomando antes y que alguien me dijo que allí se podía seguir bebiendo y que podían pasarse las horas. Hasta había mujeres mayores, y una de ellas escanciaba el vino malo en vasos sucios.
Sé que había paredes de adobe, descascaradas.
Sé que era un otoño, hasta parecía una noche de zonda más ciclotímico que nunca.
De lo que estoy seguro es que yo dedico rimas a todos los que están acá. Los escribo en un papel y luego los digo en voz alta y muchos aplauden.
No entiendo cómo pueden aplaudir esto, pero siento que logro un éxito, un pequeño éxito. Pienso que hago el bien. Estoy borracho, pero alegre. Siento que estoy ofreciendo una pequeña obra de arte.
Si me dais los temas puedo hacer rimas cualesquiera, y ser más o menos plausible para un grupo de bebedores.
Lo cierto es que yo, tan joven, aquí, tomo vino. Es que podría ser una excelente anécdota para Rimbaud, pero yo no soy eso, yo tengo expectativa, y además no estoy ni en París, ni en Atenas, ni en el desierto africano, estoy en la Tinogasta pobre de fines del siglo XX, cerca de Aisunasta.

Estoy en el recuerdo, Dejadme estar un poco más. Quisiera recuperar algo de ello, quiénes estuvieron. Sólo recuerdo a un hombre flaco, de cabello largo y mal recortado, con algo de bigote y barba, con los ojos aindiados, bebedor conocido.
Hoy sucede que, en cambio, en las calles de esta ciudad patagónica me saludan conocidos de aquellas juergas perdidas en mi memoria. Y no los termino de recordar. Sé que dicen por allí: “Ahí va Ramiro, borracho como pocos”. Es cierto. Lo fui. Borracho como muchos.
Una mujer mayor me había recordado que me veía desde la ventana de su casa, me veía a mí regresando de una libación de alcohol, por calle 25 de Mayo de Tinogasta. Decía que yo, el Ramiro adolescente, iba lentamente en la bicicleta, que apenas podía seguir derecho, que ella temía que me iba a caer. Qué voy a recordar eso.

Más allá de todo esto, me pregunto: “De qué manera puede enriquecerme hoy ese pasado pobre”. No me resigno a que haya sido “temps perdu”. No me resigno.

Tuesday, April 19, 2016

Sobre la primera parte de "Los 8 más odiados"

Película extensa, difícil de ver en ese largo principio de casi una hora. Escuchamos una serie de relatos, de historias contadas como en fogones sucesivos en la diligencia, personajes continuamente al acecho y la desconfianza, que traban las conversaciones.
La mayoría de los personajes son mentirosos, y cada uno de ellos ha creado su propio mito, cada personaje aparece como un mito de otro, como Ruth que termina siendo un famoso cazarrecompensas, el mayor Warren un conocido renegado negro en el ejército del norte, famoso por haber matado a muchos blancos del sur y con ese error de matar a blancos del norte, cuando quemó una barraca de madera.
La ambientación Wyoming, un estado del centro-oeste, con una ventisca feroz, y los dos escenarios: la diligencia y el refugio de Minnie (una mujer negra muy amable, rodeada de los únicos seres buenos que hay en la película).
Convincente Demián Bichir como el mexicano, (ya había hecho de Fidel Castro en la película del “Che” de Soderbergh, y también trabajó en una película argentina); siempre notable Tim Roth, con su sarcasmo inglés.
Los diálogos tienen mucho de comedia negra porque como suele hacer Tarantino, en medio de la violencia aparecen las ironías, el humor gore e inocente, con esas desconcertantes inocencias de los partícipes en el humor (como el caso del disparo que se escapa dentro del auto en Pulp Fiction).
En esta película, el humor negro está en la puerta rota, para entrar hay que romperla y luego clavarla para que no se vuelva a abrir, y los que están adentro dan órdenes gritando “cerrá la puerta”. Funciona como el contraste de la preocupación cotidiana de los que están en medio de la vida y la muerte.

Los diálogos son ingeniosos. 

Saturday, April 16, 2016

Cuando regresaba en el avión de Air Moldova hacia Barcelona escribió esto


Cómo es la relación con uno mismo

“Cómo es la relación de mí hacia mí.
Cómo es la relación con los demás.
Cuáles son las creencias que me limitan y que las sigo teniendo a pesar de ser conscientes de ellas.
Y por qué aún no logro conectarme con mis emociones y con mi energía. ¿Creo en mi energía? No hablo del alma, no hablo de esoterismo, hablo, más bien, del espíritu, el que insufla voluntad, con el que no he tenido la suerte aún de conectarme. Es que uno quizás espera que venga un espíritu-musa, una “mama-Voluntad”, como creía cuando era un adolescente. Y no, las cosas son mucho más simples de lo que uno piensa: se trata de lograr los motivadores que tengan diez puntos, por sobre los miedos que suelen tener 8 o 9 puntos (pero a un motivo de diez no le pueden ganar).
Las cosas externas van por su carril, y vendrán y atacarán o acariciarán, pero uno debe estar plantado sobre sus bases como un tronco con sus raíces”.

Tuesday, April 12, 2016

Un barbirralo y los exadmirados de la prensa


En la década del 90 había una suerte de romance entre la sociedad argentina y el periodismo, puesto que éste mostraba en aquella época, que surgían de diversas experiencias, sobre todo de la gráfica, de revistas como “El Porteño” o “Crisis”, la situación de las clases dominantes, la corrupción. No era el romanticismo del periodismo de máquina de escribir, como el de la “Generación Perdida” en París; pero había algo de eso sobre todo en el diario Página/12 y en la revista Página/30. Los héroes de esa época eran Jorge Lanata, un joven director de prosa diáfana e imbatible, jefe de tipos admirables para todo joven barbirralo, como Osvaldo Soriano, Verbitski, Mario Wainfeld, entre otros, y la juventud olímpica que surgía integrada por Marcelo Zlotogwiazda, Gabriela Cerruti, Sandra Russo, Nora Veiras, entre otros.
Las tapas, las crónicas, los títulos, los temas, el estilo, hasta la tipografía era leída con fruición.
Esa constelación de la gráfica era acompañada o complementada por los héroes de ese entonces, en donde aparecía Eduardo Aliverti, Nelson Castro, Magdalena Ruiz Guiñazú, Alfredo Leuco, entre otros. 
El racconto puede tener algún dato no del todo exacto, pero no quise ir a Google, quise sacar de mi memoria lo que viví y leí.
Luego, sobrevino -entre los últimos años del menemismo y la época de De La Rúa- una corriente de periodismo de derecha aliado al poder económico, que tuvo su éxito. Una corriente que venía con Daniel Haddad, dueño de Radio 10 (ex alumno de Neustadt y Grondona, igual que Marcelo Longobardi), y se generó Infobae. Allí ganaba Radio 10 con su estilo de comentarios de taxistas: rápido, de soluciones discriminatorias.
Pero Página 12 seguía estando en el estrellato de los jóvenes barbirralos aspirantes a periodistas.
Todo empezó a cambiar con el 2001-2002, en esos infames tres o cuatro años, con situaciones sociales tremendas. Y el diario Página 12 empezó a decaer, Lanata se fue, Clarín se estaba inclinando para una clase más alta que la de siempre, y salvo algún que otro programa de televisión, se empezó a notar un alejamiento del periodismo ante el sufrimiento de los más pobres.
Yo, agazapado por mis problemas, veía con horror, lástima, bronca y resentimiento que la clase dirigente y el periodismo “nacional” hayan abandonado a los que nos íbamos cayendo hasta el abismo, con varios hijos en los comedores, con mujeres peleándose por un plato de polenta. En medio de todo eso, la televisión atinaba a bajar sus costos, a poner larguísimos y horribles programas que buscaban el escándalo como uno que conducía Marcelo Polino.
¿Por qué no mostrar lo que sucedía? ¿A qué audiencia se dirigían o se dirigen los canales?
Después, llegó Néstor Kirchner a la Presidencia,  y hubo una suerte de “primavera” en la relación con los medios, hasta que K pegó el volantazo y se enfrentó con Clarín, y lo mejor que pudo pasar es que Clarín mostró su verdadero rostro malévolo e hipócrita.
Clarín primero había sido beneficiado por Kirchner, pero después la relación se fue distanciando. Clarín empezó a publicar columnistas derechosos y pulcros desde sus departamentos de Recoleta que pedían “republicanismo”.
Kirchner y Cristina entendieron que había que pegar volantazos de vez en cuando. No sabemos si lo hicieron bien, si no fue desmedido. Con falta de tacto y todo, allí se vio, después de 40 o 50 años, quién era quién, quién buscaba un país para pocos y quién hablaba (al menos hablaba) de igualitarismo. El populismo era necesario para esos volantazos, sabiendo que si no se actuaba de manera “brusca” la derecha tenía muchos recursos con qué desquitarse si le daban tiempo, recursos económicos, contactos, argucias legalistas. Pero el kirchnerismo no pegó más volantazos en su último gobierno, por eso se dejó ganar, por eso ese silencio que hay con la derecha electa actual.
Pero no hablamos de las sobreactuaciones de Hugo Chávez, de Evo, de Correa en Ecuador; pero sí de alguna acción con estilo argentino.
El tema es que el kirchnerismo se plagó de oportunistas, de peronistas que no les importa dónde están, si a la derecha o la izquierda, de repetidores de discursos jauretchianos pero si les ponen millonadas en sus manos.

Bueno… Pero a qué iba todo esto. Ya me he quedado sin aliento en este comentario, y yo sólo quería hacer una larga pregunta sobre la conversión a lo peor del “periodismo intencional”, a ser contadores de historias casi ficcionales (Lanata mostrando por TV bóvedas y diciendo que podrían entrar ciertos millones de pesos en ella. Lázaro Báez, un indefendible, pero no bastardeemos el periodismo tanto; Leuco editorializando en contra de los organismos de derechos humanos; y así varios héroes del 90 que hoy son los más patéticos villanos de la prensa). Como muchachito barbirralo que todavía me siento muchas veces, siento algo de tristeza por esos cambios de los exadmirados hombres de prensa. 

Insultar al viento

Día 3 Suele ser inútil la pregunta de por qué el odio. Pero tiene algo de adicción hacérsela. Empezaré a caminar. Día 4 Caminé, cami...