Saturday, October 03, 2015

Pedazotes

Waldo descargaba bebidas “como un negro”, trabajaba “como un negro”. Siempre usaba esa expresión. Había logrado, a fuerza de “caradurez” pasar de ser un simple “cachiche” a encargado de un camión de repartos de bebidas, de una distribuidora de Comodoro Rivadavia.
Y tenía un ayudante. Es decir que ya era “jefe”, categoría con la que soñó muchas veces cuando era chico. “El que sabe sabe y el que no es jefe”. Pero sus sueños infantiles no coincidían con este pasar actual. Él había soñado con ser jefe de un grupo de personas, quizás en una oficina, o tal vez enlodado y mandón en un yacimiento lejano y caluroso; no en los yacimientos de aquí, fríos y con la misma gente de siempre.
Pero aquí estaba. Bajando el último cajón en el almacén de la esquina del barrio Gregores. Y luego de hacerlo, en ese almacén en el que descargaba bebidas semanalmente, desde que era un cachiche, la dueña le hizo un lugar en el patio trasero para que comiese su sándwich de mortadela, salame y queso, con una cerveza fresca. El ayudante, un pibe de 17 años, se apresuró a masticar su sándwich, feliz y callado.
Ramón Chayle, el marido de la almacenera, apareció, desde la casa que está detrás del almacén. Saludó. Estrujó una ropa que estaba secándose en la soga, a pocos metros de la mesita donde Waldo preparaba un segundo sándwich.
Cansado pero parlanchín, Waldo le habló y le preguntó acerca de un choque que hubo la semana pasada en la misma calle del almacén.
Chayle le dio algunos datos precisos, pero se lo veía más está interesado en contar lo que sucedió durante la mañana.
- Qué.
- ¿No te enteraste? En la ruta 3. Cerca de Punta Peligro. Te acordarás del Company man que ayudó a conseguir la plata para el gimnasio. Alberto. Alberto…
-Sí. Miranda… Alberto Miranda -respondió Waldo.
El amigo de la infancia. En su barrio les había dicho durante años que Miranda, Mirandita era el amigo “entrañable” de la infancia, el “hermano que nunca tuvo”. Las frases hechas conformaban el estilo de Waldo para expresar un sentimiento que no sentía, pero que estaba bien decirlo.
Mirandita: el de siempre ganar, el de nunca perder. En cambio, Waldo fracaso-tras-fracaso, y no de esos fracasos que hacen ruido, sino aquellos con sordina, irregulares, imperceptibles, una pérdida de vida que gotea, un airecillo que expele un globo, una cosa irregular que derivó en esto: repartiendo soda, cuando quería hacer otra cosa, “no sé, ingeniero en petróleo”, algo mejor que Mirandita, que sin haber sido ingeniero, logró viajar a Irán, a Massachusetts, a Birmania, a México, al Golfo de Aden. En tanto que Waldo, apenas a Comodoro, Rawson, Viedma, o de última a Lago Posadas a pescar, pero todo aquí nomás, o a sus parientes de Fiambalá, o a Buenos Aires, una vez, a acompañar a su tía enferma.
-Quedó hecho pelota. Irreconocible. Sus huesos… No. Imposible contártelo. Yo pasé después de que se llevaron el cuerpo, pero Bocha Mancera me mostró las fotos que sacó con su celular, cuando los bomberos sacaron el cuerpo… Bueno… Los pedazotes de cuerpo. Como dos reses sacaron. Horrible.
Waldo escuchaba con la angustia potenciada por el asco y la imaginación del dolor ajeno. Quiso tomar otro trago, pero se quedó con las imágenes dentro de su cabeza, y la boquilla de la botella a centímetros de su boca. Después volvíó a asentar su botella sin tomar nada.
-Pero la puta madre… No te puedo creer. –dijo, por decir algo, quejándose y estirando las palabras, pero por dentro las imágenes gritaban: los huesos blancos saliendo de pedazos de carne, los sesos desparramados en el tapiz del asiento, los ojos, dos pelotas viscosas saliendo del rostro.
Chayle aceptó un vaso de cerveza. Pero ambos hablaron poco. “Che. Me tengo que preparar. Ahora pasa la camioneta”, le informó CHayle, a modo de disculpa. Chayle también era petrolero, pero de esos que empezaron al filo de la edad, a los 40 años, y cumplía con la empresa de la mejor manera.

Waldo quedó tomando el vaso con su “cachiche”. Pensó en todo. Mirandita destrozado, el sueldo de Chayle comparado con el suyo, la vida de Mirandita rota, descuajada, y en cambio él, repartidor, allí, arrumbado en un patio de una almacenera, comiendo mortadela. No pudo evitar la ola gris que empapó su estado de ánimo. 

Escenas de la vida política


Cuando comienza a andar el hombre, se mantiene erecto y resuelto. Camina casi bailando por la vereda, si hasta tiene ganas de hacer un golpe de sus taquitos en el aire, y va caminando, resuelto. Parece que no tuviera destino, que por ahí se le va la vida, por ese presente. Es en la vereda de Caleta, pero hay pocos elementos que se ven, una vereda casi límpida, en donde no hay planos detalles. Luego se verán esos detalles, esa basura. Pero por ahora no. El hombre camina.
Y luego ingresa a un lugar donde hay una reunión política. Lo recibe Costelli, Ramírez, Suárez, Bocatto, Potrovich, Das Gentes y otros más. Esa es la sociedad alta conformada en una ciudad patagónica. “No dejan de ser paisanos”, piensa el hombre bailarín, Santos.
-¡Santos, pedazo de boludo, te estábamos esperando!-grita Costelli, con ese curioso cariño sádico.
-Pedazo de trolo…- devuelve la broma Santos, sin asertividad, porque provoca un imperceptible escozor en la sala gris.
-Son doscientos los que han firmado. Todavía faltan muchos muchos- dice Ramírez, un hombre bajo, de color marrón brillante y de huesos prominentes.
-Qué cagada, che. Habrá que salir más.- piensa, se queja en voz alta Santos, porque le asomó la preocupación de salir otra vez por los barrios, poniendo la cara como la semana pasada, en casas inhóspitas del otoño caletense.
-Y sí. Saldremos…-le dice Costelli, esta vez reconviniendo, queriendo erigirse en jefe.
Santos comienza a dejarse dominar por la bronca. Es un mínimo obstáculo de la candidatura pero ya comienza a enojarse. Bocatto y Das Gentes están ante una computadora, a un costado del salón, leyendo una nota policial de un portal web.
-Salgamos, qué mierda. Mañana por la mañana. Y que nadie se queje. Qué pasó con la Marina. ¿Eh? Rafa (Potrovich), Rafa…
Rafa salía del pequeño baño que estaba al fondo del salón. Acomodándose los cinturones dijo: “Estaba en Comodoro, una cuestión de los riñones, o algo así. Pero viene, eh. Viene… Mañana, con Karina, la gorda y la vieja… Salomé”.
-Que vengan. Nos pasan por arriba los otros che. Que vengan y traigan a otros y otras. Ofreceles lo de siempre. Que habrá trabajo, puestos. No tenemos más.

Otra escena:
Marina es una mujer de unos cuarenta y cinco años. Toma mate en su casa con Sandra, la “gorda”. Un chico de cinco años está entre las dos masticando pan.
-Ya fui toda la semana. Pero nos putean. Se acuerdan de Costelli cuando estuvo de secretario de Gobierno. Ha dejado muchos resentidos. Al pedo lo ponen a él.
-Es un piantavotos.
-Es un gil.
- Es un chupavergas.
-Mañana voy y le digo a Santos, que si seguimos metiendo a gente así en la básica se nos van a ir los pocos militantes de fierro que tenemos.
-¡La puerta!
- La puerta! La puerta animal!
-Ehh, pero qué pasa.
-Pasa que vas a terminar de romper la puerta.
-¡Fuck you!

- ¿Fuck vos!

Una lucecita al amanecer.

Día 2 Abro este archivo que dice “diario de la luz”, e inmediatamente apago el cigarrillo. Limpio la habitación, dentro de las fuerzas q...