Sunday, August 23, 2015

Lectura de "Extraña Confesión" de Antón Chejov

Que sea una especie de ayuda memoria, acompañado por Franco Alfano y su sinfonía 2. Pues, bien, acabamos de leer “Extraña confesión”, título de por sí mediocre, como si lo hubieran puesto los tituladores del cine comercial de las distribuidoras yanquis que llegan acá, a la Argentina. “Un drame a la chasse”, es el original, o al menos desde donde tradujo Manuel Peyrou para la colección célebre de Borges-Bioy Casares: “El Séptimo Círculo” y que hoy revitaliza Editorial Planeta en una edición para los kioscos de revistas.

“Un drama en la cacería”. Tampoco es un título original, pero es el que le puso el propio protagonista en la primera página del libro. “Veamos, no es un título serio…y, en verdad, tengo tantos textos para publicar que me es prácticamente imposible aceptar otros, aunque sean meritorios”, le contesta el editor-narrador.

Sí, me gustó la estructura. Ya antes había escrito sobre Chéjov, no recuerdo en qué año, y perdí el manuscrito, para el diario La Unión de Catamarca. Había escrito desde Tinogasta una reseña sobre este autor ruso. Una especie de homenaje a su manera de encontrarle el punto justo para crear tensión en la más mediocre de las vidas. (Cómo estamos hoy con la palabra mediocre!, ¿Comí acaso sopa de envanecimiento como esos típicos pendejos de clase media, a querer comerse el mundo desde su mullida posición de haber tenido las oportunidades de cama, comida, y no sólo eso, sino unos padres que les dieron todo el capital cultural?). Qué cosa extraña, yo, en aquella época escribiendo sobre Chéjov en la más absoluta pobreza en Tinogasta. Y así y todo, seguí.

Pero bueno, lo que me llamó la atención de Chéjov fue precisamente eso, y acá no defrauda. Se habla de un “Juez de instrucción”, Iván Kamychov, y un editor que recibe la obra y que al final de la novela nos va guiando sobre las sospechas, por dónde tienen que ir las sospechas y no sobre el pobre Kalinin, el hombre maduro que se casa con una jovencita “de rojo”. ¿Cómo es posible que esa misma escena se me figure en cualquier pueblo de por aquí, y más que todo en el norte argentino? Porque se habla de viejos sátrapas, que viven de juergas y borrachos. Una adaptación a la argentina no sería nada difícil. Es por eso que termina atrapando Chéjov. ¿No podría ser acaso el conde Alexey Karnieiev cualquier ricachón tradicionalista de Salta? ¿Y no podría ser el juez de instrucción cualquier ‘ídem’ de Salta o Catamarca? Y las jovencitas, pues quitémosle lo rubio o lo propiamente eslavo (o no, dejémoslas así, que en el campo también puede haber), y podría ser cualquier paisanita pobre de las que todavía (siglo XXI) abundan en las pequeñas ciudades argentinas o pueblos de vaya a saber qué crueles provincias.

Me llama la atención que la “primera persona” no se entromete con la agilidad del relato. No hay intromisiones de introspecciones, salvo las que justifiquen la tensión, y en eso es un maestro Chejov. Yo, con mucha menos pericia, le hubiera puesto un montón de cosas queriendo hacerlo “ambiguo”, queriendo componer la parte compleja y de “agujero negro” del comportamiento, pero veo que lo hago más bien por una cuestión de esteticismo, es decir de regodeo sin importarme en el receptor.



Y en el relato de Chéjov están también esos elementos que unen al texto, o incluso a una película, esos “detalles” que se repiten, como marcando secuencias o conjunto de secuencias. Por ejemplo, el loro gritando: “¡El marido ha matado a su mujer!”. Esto lo hace en varias partes de la novela hasta que el juez lo mata, en un toque dramático con retardo, digo con retardo porque recién se sabrá lo verdaderamente dramático del asesinato cuando sepamos (más adelante del tiempo del asesinato del loro), por qué lo mata al animal.

Hemos visto "El Clan"

Pues hemos visto “El Clan” de Pablo Trapero. ¿Algo le faltó? Le faltó quizás la desprolijidad estéticamente lograda de las otras películas de Trapero: la desprolijidad de El Bonaerense; la de la que filmó en Río Turbio: “Nacido y Criado”; incluso la ferocidad de “Leonera”.

Esta vez tuvo mucho de cuidado, hasta de impostado. ¿Por ejemplo? La frialdad extrema del personaje Arquímedes Puccio compuesta por Francella. Hay partes que era necesario que no tenga movimientos tan lentos y pasivos, que muestre un poco de energía contenida, algo que no mostró, en casi el 90 por ciento estuvo el personaje compuesto con los músculos fláccidos. Entendemos que se trataba de un perverso manipulador de personas, de un psicópata, pero un poquito de nervio hubiera estado bien.

Nada que criticar a Francella. Porque aquí nos olvidamos que es uno de los capocómicos de la Argentina.

Y otra cosa: la escena de sexo en el auto con el secuestro paralelo. Por qué. Para qué. ¿Era necesaria la escena esa? Si al final seguimos retratando al pibe como alguien víctima de la psicopatía de su padre.

Y al terminar la película nos quedamos con la pregunta en el aire: Qué grado de psicopatía tiene el hijo: sólo lo vemos sonreír cuando recibe un fajo de billetes enorme ante uno de los secuestros; lo demás parece sufrirlo.

Logrado estuvo la esposa de Arquímedes, en varias escenas. Sobre todo esa escena que baja al sótano infernal donde está el protagonista con sus secuaces hablando del próximo golpe y ella baja con la típica bandeja clasemediera llevándoles refrescos. “Cualquier cosa que necesiten me llaman”, dice ella o algo parecido. Ese contraste entre las frases de una familia “respetable” y “unida” con el infierno me parece lo más fascinante de la película. Como por ejemplo cuando comen tranquilos la cena; cuando los chicos se dedican a sus típicos desafíos de tareas de las escuelas secundarias, los regaños de la madre para que uno levante los platos, otro los lave y así.

Igual, creo que la pregunta sobre la maldad está manifiesta en la película y eso es lo valorable. Las preguntas que el público se hace y se seguirá haciendo sobre el caso.

Cómo se llega a ser una “familia bien” y malvada al mismo tiempo. Cómo es posible, entonces. Pues, la respuesta es que sí es posible, que la fachada de “familia bien” puede conllevar el crimen, y que, entonces, las fachadas de “malditos” también pueden ser otra cosa, más para el bien. Lo interesante es que se habla de fachadas.

Luego veo que el periodista Rodolfo Palacios, en su libro, hizo todo lo que pudo para desagotar al personaje, pero aún así la maldad, el nervio mismo de la maldad, Arquímedes se lo llevó a la tumba. Aparecen videos cuando está postrado en la cama, hablando apenas con los soplos entre los labios por falta de dientes, diciendo que ellos no secuestraban personas, que sólo los detenían y una sarta de sandeces como que ultimaban a los secuestrados bajo la “Convención de Ginebra”, y que no eran ellos (su clan) los que los mataban. Pero también Arquímedes terminó como un vejete arruinado, ya no quedaba ni la pinta del psicópata de clase media, sino como casi un linyera, un viejo ya sin ningún tipo de tiesura personal, hablando (en una revista para la que Palacios trabajaba) de querer fornicar con una pendejita de 15 años.

Precursor del grunge

En aquella época, cuando tenía unos 13 o 14 años, incluso menos, cuando tenía 11 o 12 años, yo fui el precursor del grunge y nadie se ent...