Monday, March 30, 2015

Mente hepatitosa


Una historia de pobreza que tiene su momento culminante, cuando bailó en aquel lugar en club Calchaquí de Salado. El la miraba, el se movía acompasadamente, totalmente pensando en su idealización, de que él era un tipo noble, bueno, pero, a la vez sufrido (después, esa impostura (de impostor , la vio en aquel hijo de tinogasteño pero que renegaba del norte, pero esa es otra historia). Una impostura de artista, de cantante que entre las fanáticas sólo la elegía a ella. Eso de hacer la fama. Por eso cada vez que está en un lugar y su cabeza va hacia la ensoñación de la fama, se pega una cachetada para despertar a la realidad. “Basta, neurótico”.
El vino, el fernet, la cerveza y la música son parte de esas ensoñaciones.
Gran error del gallo Claudio de haber insistido que todos fueran hacia allí. Quizás habría que ver cómo estaba su alma predispuesta para ese ir y llegar y terminar enloquecido, olvidando a sus cinco hijos, pensándose sin hijos, por muchos momentos. La raíz, tal vez, estaba en ese ambiente de pobreza e intensa ensoñación etílica. Ramiro, mientras más pobre, más ensoñante, quizás porque mientras más mísero era menos responsabilidades tenía con el dinero.
Pues bien, todos fueron en el auto del gallo Claudio hacia Salado. Como una troupe de artistas, y que en realidad eran locutores de distintos programas. Ramiro era el principal, conductor del programa matutino. Maltrecho programa, pero que de vez en cuando decía algunas verdades sobre los hombres y mujeres de la “Política” y la “Justicia” y de las “Empresas”. Admirado por criticar a los poderes, pero siempre neurótico: como cuando discutió con el senador departamental porque dijo que no se entregaba toda la leche en las escuelas porque, tal vez, haya chicos que no querían tomar leche, sino té. Y Ramiro le gritó hasta salpicar con saliva el micrófono, como si la palabra que le dijo al senador: “Insensible!”, fuera un escupitajo.
Visto así, mucha gente humilde lo admiraba, pero en realidad por muchas personas, era mal visto, sucio, iba en una desgastada bicicleta rosada a la radio.
Pero eso él pocas veces lo veía. Estaba, en cierta forma, acorazado contra alguna malevolencia gracias a su neurosis, a su concupiscencia erostrática, a su imaginario de mente hepatitosa, a su meada conciencia, a su olorosa ambición de camino adiposo, a su empastado motor de libido. Sin embargo, él pensaba que el supuesto “amor” lo llevaba a la “libertad” de los sentidos. 


Tuesday, March 24, 2015

De cuando Pelecha cantaba temas del Turco Julio



Ramiro Martesa o Mallea se fue de la sesión abrumado por una nube de culpas por todo lo que había confesado ante el analista y, al mismo tiempo, por las imágenes visuales y acústicas que tuvo que describir de aquellas noches y noches; amaneceres perdiendo el tiempo en bailes realizados en clubes de Aisunasta, y también de Tinogasta, o también en Sañogasta, en el aniversario del Club Newell’s cuando cayó por ahí, ya con un fernet de más, y estaba tocando en vivo “La Banda de Sol Naciente”.
Allí lo veía a Cacho, el animador de la banda, y a Leo, el cantante, que fueron acribillados a besos por un grupo de mujeres cuando se bajaron del escenario.
Y él, Ramiro, a un costado de todo. Con su vaso de plástico y el fernet. Y nada más. Y así volvería al hotel de Chilecito, donde estaba parando por la venta de almanaques, y volvería, seguramente que a archeopterizarse. 
El “tempperdu” en bailes y boliche esperando llevar a una mujer a un lugar, pero no, si lo que pasaba era que iba a terminar mirando y mareado de tanto fernet con coca, y tirando acullicos casi negros en las calles.
Conviene volver a la época de Martesa, con la educación sentimental que le propinó “Pelecha”, un tipo poco afortunado para las mujeres. Martesa, siendo un púber en un baile de Las Palmas, lo observaba a Pelecha y sacó la cuenta de que era un tipo tan ingenuote como él. Claro que él era más chico que “Pelecha”, quien se había enamorado de Zaira, la tía que había venido de Villa Dolores a trabajar en Córdoba.
Era cuando en Villa Siburu la voz de Fernando Bladys, la de Pelusa, la del Negro Videla, la del Turco Julio poblaban los días, sobre todo la de los fines de semana, y aún no había tantos tiroteos como ahora, pero que comenzaba a haber.
Una época en la que se podía caminar por la avenida Igualdad, se podía volver caminando desde la Zípoli, se podía ver a “Chichita”, un cómico chiflado, flaco y de enorme fuerza que vivía en Villa Urquiza, y que para los corsos tenía los mejores trajes de indio.
Fue en esa época que Pelecha, un mandadero casi cama adentro del tío carnicero de Martesa, se quedaba en las noches a dormir en una pieza del fondo y ponía el cassette en el grabador portátil, y sonaba insistentemente el “Turco” Julio, cantante de Santamarina, con “Prohibido Enamorarnos”.
“Nena… vivamos como estamos, tan libre como el viento, como a-mi-gos de verdaaaaad”. Le quedaba la canción en la cabeza y por las mañanas cantaba en la vereda mientras acarreaba cajones de verduras o preparaba la carne picada para los chorizos criollos.
Pelecha le decía por Pelé, realmente el negro tenía la pinta de un brasileño.
Pelecha quedaba prendado de Zaira cuando movía la cabeza hacia un lado y otro al escuchar el tema: “Prohibido enamorarnos, nena, y deshojar margaritas, nena, prohibido mirarnos tiernamente y andar contemplando las estrellas”.
Pero esa no era la parte más importante de la letra, no la que le interesaba canturrearle a Zaira, tampoco la letra en sí, sino que es una letra un tanto contradictoria porque le dice que no está bien enamorarse porque son amigos, pero al mismo tiempo, le está diciendo que sí, que se miran tiernamente, que es un paso inexorable, aunque hay que decir prohibido enamorarse, como que hay una cuestión pendiente y excitante. Así lo sentía, y no lo podía expresar con palabras, pero Ramiro intuía eso, aunque tampoco sabía las palabras, ni estaba seguro que en una letra de canción exista contrariedad. Ramiro tenía once o doce años.
Era la época en que el tío Carlos iba los fines de semana a tomar cerveza con sus hermanos, iba en una moto Gilera de gran panza. Martesa era un pibe tristón, no conforme con su realidad en Villa Siburu, sobre todo porque veía a chicos de clase media sobre quienes entreveía vidas más interesantes, quizás con viajes fuera de Córdoba, con padres que conversaban de otros temas, con más herramientas.
Martesa, al llegar a su departamento, luego de recordar todo eso, se dijo, y lo anotamos: “Tontuelo, aún de chico uno tiene la posibilidad de construirse, sin depender de quiénes se sienten a tu mesa. Sólo que si hubiera sido menos neurótico, menos renegoso de lo que me tocaba, hubiera tenido más tiempo”.


Monday, March 23, 2015

Sarmiento busca citalopram


El Hospital tenía la mínima actividad de un sábado de febrero. Y eso se notaba en cierta pachorra de todos los que atendían, enfermeros o auxiliares de enfermería, con sus guardapolvos de distintos colores, los administrativos de la guardia que hablaban por lo bajo delante de una computadora en la oficina mal iluminada del ingreso, y en los mismos vigiladores.
Para llegar al área de Salud Mental había que surcar el pasillo eje de las salas de internación. Hacer ese camino de unos quince o veinte metros era molesto, tanto para los pacientes en cama, como para los enfermeros o como para alguien que quería llegar a Salud Mental, como el caso de Jorge Sarmiento.
Estaba por empujar las dos puertas batientes del pasillo, cuando un vigilador de más de cincuenta años de edad le detuvo con la pregunta: “Señor? Necesita algo?”.
Sarmiento tardó un par de segundos en ubicar al dueño de la garganta que había articulado esa pregunta. Estaba justo detrás de él, y justo frente al pasillo, en un lugar estratégico, como empotrado a la pared. Y Sarmiento le explicó que buscaba a la doctora Ortigoza. “No la he visto hoy”, respondió elhombre, recostándose de costado sobre la silla.
Para no aparecer como un sospechoso o como un paciente peligroso, Sarmiento le informó que llevaba una “orden de la obra social” para que le recetara unos medicamentos. Quizás Sarmiento exagerase su idea de que ese vigilador fuera perspicaz, pero por las dudas, el siempre dubitativo Sarmiento explicó eso.
Y por alguna razón, el vigilador bajó la tensión en sus palabras. “No la he visto”, repitió. “No tiene horario”.
-Tal vez venga el lunes.-inquirió Sarmiento.
-Sí. Ella está de guardia por estos días.
Sarmiento sintió que el vigilador, al darle esa información, lo trató como a un ciudadano digno de confianza. Eso satisfizo un poco a Sarmiento, quien venía sufriendo desde hace una semana y media la carencia del citalopram, con sus náuseas, sus mareos y sus físicamente imperceptibles convulsiones del aparato nervioso y de la mente. Sin citalopram, Sarmiento era poco menos que una bestia explosiva; con citalopram era un bromista aleve.
El vigilador, por su parte, parecía estar tranquilo. Un hombre campechano y sin grandes ambiciones, de rostro delgado y de cabello con un cuarto de melena gris.


Precursor del grunge

En aquella época, cuando tenía unos 13 o 14 años, incluso menos, cuando tenía 11 o 12 años, yo fui el precursor del grunge y nadie se ent...