Friday, February 27, 2015

Hombre-diamante en los bailes de cuarteto 1



A veces, Ramiro Mallea piensa que es difícil recuperar “les tempsperdu” en bailes de cuarteto, en los que permaneció horas, con esa mirada de melancolía sacada de películas como “La Carpa del Amor”, la que vio de niño en el cine YPF de Caleta Olivia.
Recuperar los tiempos perdidos en bailes en los cuales, con esa mirada tristona, con un vaso de plástico de fernet o cerveza, recorría la pista o se quedaba arrumbado en una esquina del salón, esperando: qué. Que una mujer se acoplara a esa historia, la de él, la de que el hombre melancólico tiene algún diamante que no tiene otro.
Más allá de esa historia que imaginaba que rodeaba, que daba aura a su vida de villa miseria “El Bordo”, situada entre la avenida Colón y la avenida Zípoli; más allá de esa historia, su timidez, su anonadamiento ante LA FEMME era de un patetismo al límite.
Porque así se sentía, como que LA FEMME no era una igual, sino alguien superior, superior sobre todo en un aspecto; como que era difícil que LA FEMME se convirtiese en una “par”, pero, a la vez, contradicción andante.
Es que cuando alguna FEMME hubo de rendirse ante él, él clavó colmillos ciertamente machistas, y se hizo el protector, y actuó como tal, o como el burlador, o como el asustador.
Y, además, mascullaba, LA FEMME, en un punto, tiene esa fuerza del poder materno, de la autoridad femenina por sobre la masculina.
“No sé”, dijo, ante su interlocutor reciente, un psicólogo de Ensenada Pedregosa.
“Y esto, es peor que un Edipo que pueda llegar a tener un gay, porque lo que yo tengo genera una mezcla resentida de admiración y rechazo, misoginia y deseo extremo; idealización de la mujer como un dibujo de Disney y deseo físico animal, porno. Porque por un lado está la idealización, pero por otro lado, quería llegar a la realización del coito por el camino más corto posible, sin preámbulos”.
“Preámbulos que, además, en la vida real y tocable, desconocía. En esto, era y soy sumamente estúpido: cómo hacerlo, cómo hablar a alguien, cómo cortejar”.
A ese punto de la confesión había llegado en esa sesión.
El psicólogo esbozó un cuarto de sonrisa. Habrá pensado, este licenciado en psicología, recibido en la Universidad de Córdoba (a cinco años corridos para obtener el título), que no iba a ser fácil este paciente, aunque este paciente le estaba entregando un juego de palabras muy pero muy claro, por lo que anotó inmediatamente en su cuaderno con espirales: “Neurótico obsesivo con defensas depresivas”.

El psicólogo, un pibe bisoño al fin de cuentas al lado de Mallea, a quien se le veían las arrugas, y las manchas de su camisa vieja, todavía no le quedaba en claro lo de la misoginia, el machismo y, por qué no, la parte gay de Mallea. 

Saturday, February 21, 2015

Explosiones y sorderas



Era una mañana casi nublada, un poco fría y yo estaba sobre el piso de madera en el barrio La Boca. Cuando desde la radio alguien emitió un mensaje: “una explosión”.  Recuerdo perfectamente quién era el conductor, de estilo adusto: Santo Biasatti.
Yo estaba, como siempre, metido en mi realidad psíquica, más preocupante, más avasalladora. Estaba soportando que una anciana sorda me soporte. Un “amigo” me había dejado allí y él se fue a Tinogasta. Un intercambio de casas maternas. Yo me quedaba en la casa de su madre histérica y él en la casa de la mía (histérica también). Nada bueno podía salir de ello. Encima la pobreza histórica que yo venía padeciendo y que, a ese paso, iba a llegar a lo máximo de las profundidades.
Lo cierto es que esa mañana había amanecido nublado en Buenos Aires. Y yo me quedé, como siempre, enmohecido en un rincón, sin desayunar, sin nada, para que no me escuche la anciana. Pero pasado al mediodía no lo soporté más y tuve que salir. Eran los primeros días en Buenos Aires, por lo que algo de dinero tenía como para comprar un sándwich. Y así fue que comí uno en un bar de la avenida Córdoba. Cerca de la AMIA, precisamente. Recuerdo que caminé hasta allí, desde La Boca.
Cuando llegué a la zona de la explosión estaba la fila de gente civil, la mayoría jóvenes o gente de 30 a 50 años de edad, muchos con sus guardapolvos de enfermeros o médicos. Desde el Hospital hasta la zona del siniestro estaba la fila.

No entendía nada. No entendía ni siquiera el odio a los judíos. Es que en el pueblo donde yo vivía no había ni siquiera uno. En el pueblo donde yo estaba había sirio-libaneses católicos, ni siquiera conocía a los musulmanes. Todo era extraño para mí. Estar en Buenos Aires, la vieja sorda e histérica, la explosión, algo que se llama AMIA; judíos, musulmanes, Menem, Cavallo, la Casa Rosada a pocas cuadras. 

Friday, February 20, 2015

El sudor dulzón del comino


Ramiro Martesa había llamado, desde una cabina telefónica ubicada frente a la plaza de Aisunasta, hasta Salado.
Su mente, sofocante, había sido embebida en cerveza para calmar una ansiedad infernal.
Los que lo escuchaban dar vueltas sobre el caso de Bruneta era el gordo Manuel Qué–lo-parió, Marcéelo, Shicho y otros.
Manuel decía “qué lo parió”, a cada rato, como Yulián, uno de los cantantes de La Banda al Rojo Vivo.
Esta, la era de la indigencia máxima de Martesa, la de su familia y las de muchas familias de los alrededores de Aisunasta, todos indigentes de por sí, indigentes históricamente, pero en ese 2001, por dejadeces e ignorancias propias y de todos, se había caído en eso.
El hogar de Bruneta del Rosario Cocha se había cimentado en un pueblo polvoriento, en un llano vasto que separa a enanas cadenas montañosas, un llano con algarrobal aquí, y otro mucho más allá, con un arroyuelo cercano que, las más de las veces, estaba seco, y que, al mirarlo, daba la sensación de “seco todo”.
Casi total sequedad si no fuera porque las gentes, al ir de una casa a otra, o al cosechar, quedaban impregnados de un sudor dulzón que les abrillantaba los bozos, cuellos y frentes.
Y también, era un pueblo con un olor transminado por las cabras, las hierbas, y el comino. Esa permanencia del aroma típico lo descubrió Ramiro Artesa en los tallarines que le invitó la madre de Bruneta, y quién iba a saber, y menos lo iba a saber el miope mental Ramiro Martesa, que el idilio iba a iniciar allí, con unos tallarines, y que él iba a terminar con el corazón destrozado y con el hígado y los ojos y la piel amarillos, y hospitalizado.
Hoy, tras veinte años, Martesa piensa que fue una neurosis, incitada por las canciones románticas del cuarteto riojano del momento, lo que lo llevó por la senda descendente, por el inferno.
Si hasta una de las primeras veces que escuchó “Usted se me llevó la vida”, fue en un grabador gris y redondeado (una “chanchita”, como le llamaban a esos aparatos), en esa vez que comió con toda esa familia, esos tallarines. Estaban Aníbal, estaba Francisca, estaban los más pequeños, dos chicos de 6 y 7 años, estaba doña Lucía, la madre, y estaba también, la “Chochi”, y, claro, Bruneta, sirviéndole otro plato a Artesa, con una luz beatífica en su rostro mientras sonaba la voz del cantante de “Banda Registrada”.
Si Ramiro quisiese destrozar aún más su recuerdo (porque lo quiere pulverizar, ahora, a veinte años) diría que esa luz de Bruneta, no era la de una Beatrice, sino que era una cosa sosa, un reflejo del sol en el plato pobre de aluminio, cuya salsa había sido limpiada antes por Ramiro sopándole un trozo de pan casero.
El idilio inició allí. Con los tallarines y el sudor dulzón y el olor a cabras del patio trasero donde almorzaban todos. Pero el origen había sucedido tres semanas antes, de cuando Ramiro conoció a esa familia.
El “Gallo” Claudio fue el que invitó a la troupe de la efe-eme de Aisunasta para que todos fueran a la inauguración de la radio de ese pueblo más pequeño: Salado.
Aisunasta era una suerte de “capital” del departamento, por lo tanto, era un centro comercial, de salud, de educación, con sus ocho o nueve mil habitantes.  En tanto que Salado, que tenía poco más de mil habitantes, que apenas sobrevivía con lo que tenía algún que otro “hacendado”, medianos o pequeños productores de comino y aceitunas.

Aisunasta estaba ubicada a 53 kilómetros al oeste de Salado. Aisunasta está ubicada, en un punto cercano a Watungasta. 

Monday, February 16, 2015

Barrilitos de Petróleo

Publicado en la revista "El Espejo" de Tinogasta, en noviembre de 2014)


(El título, se entenderá, es un homenaje a los “Granitos de Uva” de Carlos Varela. Acá no hay uva, muchachos, salvo la que viene, semi-oculta en los bolsos de “paisanos” que vienen por Andesmar o por Robledo, o embebidas en aguardiente, o también hay uvas en las góndolas de Caleta, que son las que venden a precios de perlas en los supermercados).

“Catacruceño”

“Ha parido la cultura”, es una frase que trae aroma norteño y que la pergeñó el locutor tinogasteño René “Chicho” Carrizo, quien exhortó a que la recite ese puñado de tinogasta-caletenses, caleta-tinogasteños que participaron de la presentación de libros de Juanita Acosta y de Luis Alberto Taborda, hace un mes, en el salón del Centro de Residentes Tinogasteños.
Caleta-tinogasteños o, también, como suele manifestarse aquí, con cierto matiz peyorativo: “Catacruceño”.
Y si quieres ser más despectivo aún: “cataruzo”.
Y si queréis sacar una pizca de agresión, debéis quitar el sufijo “uzo”, pues este trae el sonido de “gentuza”. De esa manera, quedará la expresión: “cata”, hoy ya naturalizada, tanto que no se usa para zaherir, sino hasta como una expresión cariñosa (algunas veces).
Y aquí no sólo son “catas” los de la provincia, sino también son los hinchas del Catamarca Fútbol Club, una de las entidades ubicadas en Barrio Gregores.
He escuchado la contestación a quienes profieren esos epítetos, o a quienes reniegan de sus orígenes norteños.  “Aunque te rasques con un marlo”, la sangre “cata” la tendrás y la llevarás en tu sureñidad morena.
Yo contestaría: “Está bien, ahora tenés el acento con erres marcada y eses comidas (elididas), pero en tus oídos resonarán las esdrújulas de tu padre o de tu abuelo, o del padre de tu abuelo”.
Tengo una teoría psicológica para quienes dicen, aquí, detestar la tierra de sus padres o abuelos: no los han llevado a buenos patios –desde Salado a Tatón- en las vacaciones de verano, y quizás no han comido uva en una siesta, escuchando el chirriar bonachón de los coyuyos.


Mapuches y pre-tehuelches
Aquí, transmitiendo para Tinogasta desde un notebook.
Dos amigos, el casi “lonko” (cacique en mapuzungun), Nicolás Meliñanco, y su prima, la “princesa” Sara Miranda.
Ambos, transmisores de la cultura mapuche. Es lo más cercano que uno puede encontrar sobre los antiguos habitantes de estos suelos fríos.
Pero ellos dicen que provienen de la zona de Esquel (Chubut), o sea más al norte de Caleta. Pero de aquí, de estos pagos, es casi difícil encontrar. Salvo en Las Heras donde hay una suerte de “reserva” aborigen.
Son los tehuelches, que es la denominación “mapuche” para los aonikenk, “gente del sur”, la gente que vivía en Santa Cruz desde hace miles de años, y antes, mucho antes, estaban los pre-tehuelches, por denominarlos de alguna manera, a los que pintaron las manos en la Cueva cercana a Perito Moreno.
De la lengua tehuelche (una lengua dura, fascinante, de muchas esdrújulas y acentos resonantes, ideal para nombrar los lagos y mesetas), ya casi no quedan hablantes. En una reserva denominada “Camusu Aike”, al sur de Santa Cruz, hay un intento de rescatarla.

Zampoñas sobre el mar
Pese al paisaje costero marino, sureño, del atlántico frío, suena una zampoña en Caleta Olivia. El sonido de una zampoña, de un erke, de un sikus, puede escucharse saliendo de equipos de música si se camina con atención por el barrio 3 de Febrero. Casas que exhalan música de Los Kjarkas como el aroma a comida frita. Puede oírse la música y, también, la conversación susurrante en “queshwa”, el idioma traído desde Cochabamba, y, más precisamente, desde Punata. Cochabamba sería como la Catamarca para los bolivianos, y Punata, como la Tinogasta de ellos.
¿Dirán los de Punata lo mismo que decían los de Tinogasta cuando vieron partir a tantos hacia aquí?

Grafito mentolado
Hace ya casi una década, cuando era un desocupado que caminaba las irregulares calles de Caleta Olivia, yo solía poseer el tiempo para saborear el viento, para comparar lo verdi-gris de esta parte, y verdi-gris de Tinogasta. El verde de allá (mi “allá” es Tinogasta, mi “acá” es Caleta) tiene un toque a grafito; el verde de acá tiene un ingrediente “siena”.
Lo de grafito no es gratuito. Recuerdo a un enólogo sanjuanino, don Graffigna, descendiente de los Graffigna de la bodega de Santa Rosa, en recordadas “catas de vino” en “Casa Grande” o en Gendarmería Nacional, que decía que el syrah del departamento de Tinogasta tenía un toque a “grafito mentolado”.
Era un hombre regordete, de buen vivir y buen tomar, que lo dijo con el tono de un elogio. Ojalá exista el daltonismo para las papilas gustativas de ese enólogo. A nadie le pareció un elogio. Sucede que los poetas solemos pasarnos en los elogios, sólo nosotros entendemos qué es una alabanza cuando los demás piensan que es un vituperio.


Fluidez veloz a tres mil kilómetros
En Caleta Olivia está el recuerdo tradicional, conservado e institucionalizado de Catamarca, y también está la fluidez de lo catamarqueño en Caleta, en este siglo XXI.
Una cosa es lo que se pensaba de Catamarca, tierra lejana y añorada, en canciones y en cartas que tardaban semanas en llegar (en los ’60),  y después en la década del 80, una certificada o expreso podía llegar en cinco días o, una semana. Y eso era lo más veloz.
Y otra cosa, muy diferente es ahora, en donde se puede transmitir en directo, en donde podemos hablar por teléfono celular  a cualquier hora del día, en donde uno se comunica vía mensajes de texto y preguntar: “qué haces”, y la persona que está en Tinogasta te contesta: “limpiando”, o “en la escuela”. Esa presencia on line de Tinogasta en las mentes de los que viven en Caleta le ha hecho perder el aire mítico de la “tierra perdida”. Ha arrasado con los nostálgicos naif.

Cuarteto riojano y cumbia villera
Y otra cosa es lo que había antes, lo que consumían los tinogasteños (nuestros padres del éxodo anterior) que era la música folclórica con sus temas. Folclore nacional que los jóvenes tinogasteños que vienen a Caleta siguen consumiendo, por supuesto, y más que quienes viven aquí, aunque, a la par, ya no suenan foxtrots o valses rápidos o “zamacuecas” como en aquellos recuerdos de abuelos “catas” en Caleta; hoy hay mucho de cuarteto, sobre todo el cuarteto riojano (aquí llamado “comerciales), de conjuntos como “La Banda al Rojo Vivo”, “Sol Naciente”, “Banda Registrada” y sus sucesivas divisiones, y ahora, también, la irrupción de la cumbia villera en los gustos de los tinogasteños y en los tinogasteños recién venidos a Caleta Olivia.

Pensándose en los oficios del Sur
Volviendo a esos primeros tiempos, en Caleta, cuando era un desocupado en espera de enganchar algún laburito, tenía tiempo para caminar.
Además de periodista, escritor, locutor, no tengo ningún oficio verdaderamente útil. Así que desesperé seis meses, viviendo, como todos los que vienen acá, gracias a la solidaridad de una bondadosa hermana y el correspondiente cuñado.
En esos meses desesperantes (porque mis pequeños hijos en Tinogasta esperaban una respuesta a su piar por pan), un conocido me ofreció ser guardia de seguridad, “vigilador privado” en el Hipertehuelche –a la sazón, incendiado este año-, en turnos nocturnos, por mil pesos. El sueldo (en aquel 2006) era de los más bajos en Caleta, un alquiler de un pequeñísimo departamento podía costarte la mitad o más de esa cantidad, sin embargo para el hambre no hay pan duro, y acepté.
Y también, mal asesorado, me dijeron que me inscriba en el grupo de desocupados que había cortado la ruta (en uno de los enésimos piquetes que habían iniciado a fines de los ´90), que saldrían obras públicas de arreglos de veredas: ya era 2.500 pesos la paga.
Todos me recomendaban entrar de petrolero y allí la vida ya estaría solucionada. No tenía conocidos en el petróleo. Ni un amigo petrolero. Y no iba a ser fácil. Y, además, de petróleo sabía que era negro y oloroso por las manchas que traía mi padre que trabajaba en Saipem, cuando volvía de los yacimientos de Cañadón Seco, durante mi infancia en Caleta. Sólo eso sabía.
Me pasé horas en la biblioteca “Mariano Moreno”, leyendo y pensándome como petrolero, tratando de acostumbrarme a la idea de ir a los yacimientos, de levantar pesadas llaves para enganchar enormes tubos, en una función de “boca de pozo”, o acarreando bolsas de cemento para hacer el fluido de relleno de los pozos, o paleando petróleo duro de un derrame, en una tarea de “remediación ambiental”.
Nunca salió una oferta desde una empresa petrolera, a pesar de que presenté un ridículo currículum en donde ponía como experiencia: “periodista, gran lector de J.M. Coetzee, A. Carpentier y Dostoievsky, animador del Festival del Comino en Salado”.
Cuento todo esto, porque esas primeras alternativas surgen, suelen surgir hacia los jóvenes que llegan acá. También hay otras alternativas, con menos cupo, como el caso de convertirse en policía.
Para los que tienen título terciario, la cosa puede ser más fácil, o menos escabrosa, en las escuelas primarias, secundarias o terciarias; o en organismos públicos, donde necesitan profesionales como el caso de médicos en los hospitales. Eso sí, si quieres salvarte realmente en la Patagonia o en cualquier lugar del país: estudiá para ingeniero. Ah, otro consejo: es inútil que leas las obras completas de Coetzee o de Alejo Carpentier.



Una lucecita al amanecer.

Día 2 Abro este archivo que dice “diario de la luz”, e inmediatamente apago el cigarrillo. Limpio la habitación, dentro de las fuerzas q...