Wednesday, January 28, 2015

Busquedal

Hay cuero colgado dentro de la casucha, hay ginebra en el aliento de Francisco, hay polvillo en suspensión, hay farol a querosén, hay leche cuajada, hay viejos sacos azules y grises colgados, hay charqui, hay charqui…
- Sí… pero después no la vas a besar vos- advierte Francisco endureciendo sus orbiculares.
- Nos faltaría un caballo – sugiere, más blando, Pascano, y recibe el mate tibio, aguado aunque con ginebra, que le convierte la garganta en un momentáneo prado de menta. Su mirada, nimbándose, va hacia el brasero.
- Pero voy – se levanta Francisco con la sangre revuelta por la ginebra. Una hora había estado sentado, además.
¿Cabe una tercera en este sucucho? La carne de guanaco se acaba.
¿Cabe una mujer? ¿No provocará ello que ambos hombres, tirados, rotos, manyines, comiencen a mirar de abajo hacia arriba, de reojo, renegando de la venturosa fuga en común por desear las mismas caderas de una rubia que anda por allí?
- Voy – repite, con resoplo, cuando se coloca un abrigo de cuero, oloroso. – Voooy – canta como un tenor y se cambia las alpargatas por unas botas desbastadas.
Entretanto, Pascano saca una guitarra debajo de su catre y rasguea:
- Búsquedaaa… Búsquedaaa…. ¡El desierto es un busquedaalll!
Francisco carga más ginebra en una cantimplora.
“Casi romana, casi espartana…
gauchos de a pie te buscan…”, ensaya una zamba Pascano.
- ¡Ah, loco i’mier…! – dice por lo bajo Francisco y sale.
Queda Pascano con su guitarra, gorjeando, el muy cuervo libidinoso, y queda el resto de la ginebra en el botellón.
“Joven… romana su estampa,
espartana su estampa…
cabellos castaños y claros,
caballos muertos, por lo que gauchos te buscan de a pie…”.
Es una zamba mal trazada en rasguidos toscos, declinando en el sin compás, hasta transformarse en un recitado:
“¿Bullen los cojones para encontrarla?
¿Hembra guanaco?
¿Hembra ñandú?”.
Ya a quinientos metros de esa casucha, Francisco ya no oye a Pascano. Francisco ahora habita la intemperie. Es la misma intemperie que quiere disipar a los vivientes. Pascano, Francisco y ella en leguas a la redonda. Ella va sola, bajando una pálida barranca, hacia el Oriente, hacia la costa. Ella usa zuecos con piel de cabra, cuyas suelas duras chascan en los cantos pequeños diseminados en la arcilla. El miedo salva vidas, suelen decir. ¿A qué fieras acogerá la intemperie? ¿Qué monstruos habitarán en la costa y sus aguas bramantes? ¿Qué enfermedad, qué golpe desafortunado en sus miembros la detendrá? Con sus pantorrillas gruesas y rosadas, de vello rubio, da diez, veinte pasos por el suelo rígido y pedregoso. “El miedo salva vidas, suelen decir”, repite en su lengua la mujer que sólo se rige por el sol para orientarse, encaminándose a la costa, sí, pero a cuánta distancia está la costa. Después de la barranca, cargada de margas, hay otra vez otra planicie con matas muy bajas, y rodeando todo ese campo varios cañadones. En uno de esos cañadones, ubicado a tres leguas hacia el Norte de la barranca por la que desciende resollando la mujer, corre un río agotado, que después toma fuerza para desembocar en el mar. A la vera de ese río, llega Francisco.
En tanto ella, si hay llantos en ella, que sean llantos no oídos por el repulsivo Odemar. Camina con la mirada hacia las piedrecillas cárdenas, marrones y oxidadas, esta mujer que ha ido acedándose ante cada capricho del gordo lanudo que la trajo a estos lugares. Llantos hacia bien adentro, eso es lo que se dice ella. Pues ya no salen lágrimas. Ahora, las sales de su rostro lastiman las grietas de sus comisuras. “Deschniets… ond vas lijt?... Deschniets… ond vas lijt?”.
Hace un alto.
Se restriega las manos en su sobretodo, la mujer que va desgreñándose, junto al día.
- Deschniets… ond vas lijt?... Deschniets… ond vas lijt? –redobla en voz alta, ante el leve viento.
Entre luces cobrizas, sigue caminando con cierto dolor en las pantorrillas la mujer. Le parece que las tinieblas llegarán rápido.
Francisco sigue bordeando el riacho. Su vientre no sólo mantiene el calor del alcohol de hace media hora, sino que ese calor aumenta cuando siente una imagen de la mujer rubia, la siente en cuatro patas entre las rocas de la costa, siente los gemidos débiles de ella, arrebujados por el bramido del mar. Siente que ya no hay lugar para el beso, sino para las penetraciones fuertes y directas a la vagina afiebrada y aceitada con aceites naturales de la hembra. Una cogida jadeante, a horcajadas.
Rígido, Francisco avanza más rápido hacia donde está la playa.
En tanto, dentro de la casucha, Pascano, después de dar un rasguido débil a la guitarra, se huele la transpiración de su pecho lampiño. Deja la guitarra en el montón de cueros donde duerme. Se aburrió de su música, no lo entretiene ya. Al haberse olido, y tomando gota a gota otro vaso de ginebra, como si fuera alcohol de arena, mojando sus labios gruesos, precisamente de un cárdeno seco, quiere seguir bebiendo. Dentro de la casucha se siente el zumbido intermitente de las bocanadas de afuera.
En las orejas, el cansancio y el viento suave se ensamblan y le hacen melodía a la mujer, cuya tez es sonrosada y seca ante el verde pardo que la rodea. Pestañea y los bucles amarillos revolotean cerca de sus ojos o cosquillean comisuras y labios; pestañea y mira fijo el confín, con pasmo por lo que ha hecho antes, sorprendida por lo que hay ahora. Su rostro es redondo y matriarcal, ajada en varias partes, sobre todo en los ángulos de los músculos. La frente amplia parecería serena si no fuese por el finísimo par de arrugas que atraviesan de sien a sien. Sus ojos son de un verde anisado, como si rebullera ese verde desde el centro hacia afuera.
Es el verano, con sol moroso para ocultarse. De a poco el aire trueca de seco a salino y fresco. La mujer se sienta sobre un montículo de pequeñas rocas, se cubre lo que más puede con su capota de gamuza, de donde sobresalen las mangas de un lienzo abombado en los antebrazos, y la larga pollera. Ella está frente a una depresión irregular y creyéndose poseedora de un “instinto espacial” se prepara para cruzarla.
A menos de una legua de allí, hacia el noroeste, hay bajas barrancas amarillentas que son caminadas por Conde, con pasos curruscantes sobre mantos ralos de cantos rodados.
Entre sacos y trapos tostados, la boca de Pascano ronca vaporosa dentro de la casucha. Por los intersticios que hay entre los alambres y los clavos que unen las chapas y los cuatro maderos ingresa el polvillo dorado de la tarde. Una mosca imaginaria se posa sobre el labio superior de Pascano que se contrae rápido.
Esa choza cuadrada se mantiene cuadrada y choza porque Dios es grande en esa planicie ondulada, es grande y escucha de vez en cuando la radio, de vez en cuando la guitarra tocada por Pascano o por Conde. Por lo demás, todo es oído por nadie más. Pascano Tonko vivió un tiempo en las montañas o en las selvas frías de las islas chilenas donde al menos estaban como testigos los árboles o las moles.
Pero aquí, naufraga su voz, a menos que cruzara alguien por el camino apenas dibujado y reconocible a un costado de la casucha, que son dos surcos más claros que el resto de la superficie.
La casucha… la huella. La huella, la casucha. Desde esta huella que viene del norte, proviene, levantando un polvillo áspero, una carreta cuyo traqueteo lejano, aún, es sordo. Dos caballos zainos tiran de ésta, y a su lado un morenísimo jinete sobre un caballo azabache, parece muy mudo debajo de un sombrero, vestido con un saco y un pantalón oscuro.

La buhardilla del Dique La Quebrada

No sin culpa, paso horas y dìas enteros recluido en una especie de buhardilla, ubicado en lo alto de una lomita, frente al arroyo Ceballos. Surge del dique La Quebrada que, a su vez, abastece de agua a los pobladores de Río Ceballos y Unquillo. No sin culpa leo y escribo como nunca lo había hecho, con tanta fluidez y de tal cantidad... Es que hay tanta hambre y, por ende, tanta voracidad... Después de dos o casi tres lustros (¡mucho tiempo!) sin escribir, ni soñar, al menos, con la propia producción literaria. Salgo, una vez por dìa, de la piecita que está en una esquina del edificio estilo colonial de ese hotel semiescondido en las Sierras, y miro hacia arriba, levanto la mirada y lo que veo en el cielo son a mis hijos, mis hijos que pían, allá en Tinogasta (Catamarca): "¡Papá", piarían ellos, "Papá vendrá dentro de poco y traerá cosas para comer y para la escuela". Luego entro, otra vez desesperado para internarme en la biografía de Balzac, o luego una antología de cuentos de Guy de Maupassant, ora "Leviatán" de Paul Auster, ora "Retórica" de Aristóteles, ora una selección de cuentos fantásticos de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, ora "El día que Nietzsche lloró" de Irvin Yalom, ora Le Monde Diplomatique, ora lo que venga a mis manos. ¡Loco, loco! Leo, leo con voracidad y desentraño tramas, técnicas y actitudes de otros escritores (iba a decir: "de otros colegas", tan imbuido estoy con esta idea), y después salgo afuera nuevamente y recuerdo que tengo que hablar con un comerciante de Villa Allende para confirmar el espacio publicitario para el próximo número de la revista. Y, luego, vuelvo al interior de esa buharda desprolija y sigo con la maravillosa biografía de Balzac, escrita por un Zweig admirador. Stefan Zweig quien, junto a otros vieneses de la pre-guerra como Hofmannsthal, admiraba a Balzac. Y lo admiraba no tanto como al gran maesto de la novela sino más como dueño de una fantasía poderosa y sustancial capaz de crear un mundo pululante de personajes. Para Zweig, Hofmannsthal y compañía, Balzac significaba la encarnación del poder del escritor, un potencial de literatura en cierta medida, que podía ser una guía para escribir y soñar. Y si es así Zweig logra que, con su biografía, yo tome a Balzac como una guía, porque estuve once horas incólume frente a la mesita desplegable de madera, escribiendo y leyendo.El lunes -¡oh, cuán culpable me siento ahora!-, el lunes estuve más de nueve horas y después me tiré en la cama y no pude dormir porque me repetía: "¡Yo debo estar loco, totalmente loco, porque mientras tengo que salir a vender para conseguir el dinero para remitir a mis hijitos, para que coman mejor enla misérrima Tinogasta, yo estoy aquí, todo un santo dìa leyendo centenares de pàginas y ennegreciendo hojas con apuntes!". Cuando salí de Catamarca ya me estaba convirtiendo. y ahora sí, lo puedo asegurar: me he convertido en un loco desatado, en un loco que -a la inversa de aquellos que son soltados en los umbrales de los manicomios y salen saltando a la vida callejera- busca la vida del anacoreta gritando anacrónicamente: "¡Dadme más tiempo en mi cueva y verán lo que puedo producir!". ¡Anacrónico, idealista! El siglo XXI es veloz y la industria pide otra cosa, lo sé. Ah, pero quien me puede negar el placer de estos ataques de electricidad literaria (como cuando tenía catorce años), como aquellos primeros que tan vìvidamente recuerdo en el taller Lectura y Creación, cuando bajaba por aquel ascensor de hierro. Después de que Virginia, la coordinadora de Narrativa, nos leyó -a mí,a una chica delgada y tímida de treinta años, y a una veinteañera gordita, llamada Jaqueline que decía ser uruguaya-, Virginia nos leyó con ese timbre de equilibrio femenino y esa tonada perfumada (¡vale la sinestesia!), Virginia nos leyó completo completo un cuento de Alejo Carpentier donde el personaje vive la regresión hasta su nacimiento, un juego con el tiempo. Y la lectura de ese cuento me reveló la exacta imagen de lo que hace un escritor, de por qué existen los escritores. Entonces, casi volando, bajé a la calle, a la peatonal de la ciudad de Cördoba con sus cuatro columnas verdes, y me repetìa: "¡Voy a ser un escritor, voy a ser un escritor!", con toda la electricidad literaria que me infundió el fraseo barroco de Carpentier y la tonada perfumada de mi admirada Virginia Braxs.¿Tanta exaltación, ahora, de un hombre de 34 años? Una de las claves, creo, para ser escritor es mantener con porfìa esta exaltación.
Que tengas un buen amanecer...

(Escrito en abril del año 2005, no creo que haya cambiado nada once años después).

Monday, January 26, 2015

Sobre relatos introvertidos


Los que escribimos ya no somos privilegiados. Somos, de última, unos pobres tipos que escriben urgente para unos pocos lectores. Y un ínfimo porcentaje tiene éxito. Eso es lo que sucede. No somos profetas, ni nada. Hablo de los que escriben honestamente. Es que los relatos exitosos son sólo fórmulas y los relatos que dicen algo son sólo eso, un algo en el mare nostrum.
“Muchas veces la hazaña no se ve recompensada, excepto por una mirada de reconocimiento compartida”, dice Berger.
“Las esperanzas sinceras, que antaño se ejemplificaban en aquellas historias hollywwodenses triunfantes, hoy son obsoletas, pertenecen a otra época”; y es más, dice Berger que el Éxito “es una de las máscaras más comunes” de los ricos.
Los relatos que dicen algo en esta época tienen la incompletitud de los de Chéjov. “Lo que ofrece (Chéjov) es cierto tipo de lente para observar las historias que piden ser contadas”, y de las narraciones que “tratan lo invisible y lo oculto”, los relatos “introvertidos”, las historias “inacabadas”. Precisamente, Berger, a lo Chejov, a lo Chejov…


Wednesday, January 21, 2015

¡Animando cuarteto en las landas más yermas!


Fisonomías burguesas. “En ciertas ciudades de provincia hay casas que, al contemplarlas, inspiran una melancolía igual a la que provocan los claustros más sombríos, las landas más yermas o las más tristes ruinas. Acaso sea porque en estas casas se encuentran a la vez el silencio de los claustros, la aridez de las landas y la desnudez de las ruinas; la vida y el movimiento son en ellas tan lentos, que un extraño las creería deshabitadas si no se encontrase de repente con la mirada pálida y fría de una persona inmóvil que, al ruido de unos pasos desconocidos asoma su rostro casi monástico tras el alféizar de la ventana”.
Leí esto, cuando tenía 14 años, y quedé clavado sentimental e intelectualmente a la fraseología. Mucho tiempo he repetido la primera frase, sobre todo eso de “Los claustros más sombríos, las landas más yermas o las más tristes ruinas”.  Y también la imagen crepuscular de un “rostro monástico tras el alféizar de la ventana”, cuya francés original suena menos misterioso (con perdón de Balzac): , s’il ne rencontrait tout à coup le regard pâle et froid d’une personne immobile dont la figure à demi monastique dépasse l’appui de la croisée, au bruit d’un pas inconnu”
Cuando era animador locutor de cuarteto usaba esas frases del inicio de “Eugenia Grandet”. Qué dislocadas que sonaban esas frases cuando las decía ante el micrófono, en medio de un baile, ora en Fiambalá, ora en Salado, ora en Banda de Lucero, ora en ese pueblito riojano que estaba rodeado de pampa amarillenta. Frases que las gentes de esos pueblos las recibían de la misma manera que si sólo hubiera dicho: “A seguir bailando”, tan ocupadas ellas en tomar cerveza y en abrazarse entre sí.
“¡Aunque estemos en estas landas yermas, el colorido musical de Los Zunders se hará sentir!”, gritaba yo ante el micrófono, con la pandereta haciéndola girar furiosamente en la mano. Podéis preguntarles a algún ex integrante de Los Zunders para corroborar ello, a los hermanos Cardozo, sobre todo; o a Manuel, el cantante; o a ‘Conejo’, el “plomo”. Viven todavía en Tinogasta.
También, en esos bailes (fines de los 80, principios de los 90), usaba frases de Nietzsche: “¡La mujer es el solaz del guerrero!”, por ejemplo. No había nadie que me dijera: “Hermanito, te pasaste. Estás loco. Rajá de acá”.
Eso sí. Nunca comprendí por qué no atraía mi animación, no era suficientemente querido por el público que prefería a otro que vociferara frases simples: “Vamos che, esta es la fiesta”, decía el animador de un grupo de Belén, y encima con voz cascada por los puchos fumados en tantas noches y/o por la pobreza alimentaria del hogar, y sin embargo, sí era admirado.
Incluso, otro que podría haber sido más loco que yo, aún, el Piro Blues, que se había convertido en una figura popular con “Los Genios” y otros grupos de Catamarca, bailaba haciendo “el avioncito” con los dos brazos sin aletear, giraba sobre sí mismo en los escenarios. Y yo no conseguía esa popularidad.
Sé que me contrataban (en negro) sólo por la voz de un timbre alegre.
Usaba todo el arsenal de palabras que tenía en mente, que las repetía dentro de mi locura neurótica que llegó a sus clímax en el transcurso de mis 12 hasta mis 40 años de edad, digamos.
Mientras, leía lo que podía y cuando podía, a pesar de no estar en un ambiente de lectores. Por el doble rechazo: el de los no-lectores al acto de leer; y el de mi ser lector a los gustos culturales de los no-lectores, quedé resentido de los dos “locus”, quedé, justamente, dislocado.
Recuerdo mis lecturas influyentes de mi pre-adolescencia: “El niño envuelto” de Elsa Bornemann a los 9 años; “Don Segundo Sombra” a los 11 años de edad; “Cien Años de Soledad” a los 13 años; “La Metamorfosis” y los diarios de Kafka y “El Aleph” de Borges a los 14; “Also Spracht Zarathustra” a los 15 o 16 años; y así algunas más.
Y por eso yo andaba casquivaneando con las frases repetidas, las que daban vueltas siempre, las que siempre retornaban porque me habían impactado desde el primer momento. Hay otras frases impactantes, como las de los barrocos cubanos, pero ninguna con la capacidad de pregnancia que tienen las descripciones de Balzac: medio entre lo brutal y lo fino, entre lo “grasa” y lo rococó.
Siempre quise que me saliese una frase entera así, como está traducida al español  por un tal M. Laín Martínez, (tan criticado en este artículo, sin embargo:  http://www.semana.com/cultura/articulo/traduciendo-al-traductor/3002-3)  que le agregó palabras a la versión original, que es esta:
Il se trouve dans certaines provinces des maisons dont la vue inspire une mélancolie égale à celle que provoquent les cloîtres les plus sombres, les landes les plus ternes ou les ruines les plus tristes. Peut-être y a-t-il à la fois dans ces maisons et le silence du cloître et l’aridité des landes et les ossements des ruines. La vie et le mouvement y sont si tranquilles qu’un étranger les croirait inhabitées, s’il ne rencontrait tout à coup le regard pâle et froid d’une personne immobile dont la figure à demi monastique dépasse l’appui de la croisée, au bruit d’un pas inconnu”.
Por creer, desde los 12 hasta los 40 años (el año en que estoy casi cubierto por canas), en que los aprendizajes deben insumir un tiempo infinito; nunca me puse a pensar, siquiera una hora, acerca de esta frase que la repetía como una melodía, una nana de un obseso. Nunca la convertí en “algo que me sirviese para la vida misma”.
No obstante, estuve toda mi vida dándole vueltas a la cuestión, porque para mí ese inicio balzaciano es símbolo de narrativa pura y magistral, y que tiene incluso el sabor rancio del errado traductor Laín Martínez.
La edición que tengo sobrevivió a todos los cambios de casa, desde Córdoba, pasando por Tinogasta y llegando a Caleta, desde 1983, es la de Hispamérica, que entregaba por fascículos en los kioscos de revistas en una serie llamada “Historia Universal de la Literatura”.

Precursor del grunge

En aquella época, cuando tenía unos 13 o 14 años, incluso menos, cuando tenía 11 o 12 años, yo fui el precursor del grunge y nadie se ent...