Saturday, November 08, 2014

Otto y gatos

El querido Debussy nos trae otra vez la fruición de leer, como la que sentimos esa vez, cuando residimos en una casa de descanso en Villa General Belgrano.
Uno, (y uno no sabe por qué, pero ya es grande para saberlo), se había refugiado en la casa de un gigantón, descendiente de alemán, saxofonista, bastante desarreglado.
En esa casa era difícil entrar, era una prueba hercúlea para el estómago, por el olor ácido de la bosta de incontables gatos.
Por todo lo demás, era una casa típicamente alemana, aunque más oscura que las de sus vecinos, para mi gusto.
Casi todo el día él, Otto, colocaba sus discos de Debussy. Y odiaba a Wagner, salvo (y tampoco sé por qué) el “Lohengrin”, esa ópera romanticona y medievalista.
Viví toda mi vida sin saber el por qué de las cosas.
Como soy medio idiota, y apenas terminé la Primaria, me permito ciertas cosas que los normales no tienen.
Me permito, con total libertad, ser irresponsable.
La ventaja de ser un irresponsable, es que siempre encuentras “mecenas”, “protectores”.
Pero esta senda perversamente cómoda que he elegido tiene sus riesgos. Uno es el de que te quiten el apoyo material, y quedés, otra vez, en la calle. Tengo 45 años de edad y muchas veces quedé en la intemperie.
Sólo por eso llegaría a envidiar a los normales. Pues los normales pocas veces quedan sin deriva en las calles. Igual, no soy digno de lástima, he comprendido luego de años de conmiseración sobreactuado que soy un aprovechador de normales. Debussy no me hizo más inteligente, ni menos subnormal. Pero me dio cierta complejidad. Igual que la colección completa de cuentos de Edgar Allan Poe. Todo eso, dio un cóctel para que matara a una camada de los gatitos nuevos de Otto. Por eso estoy en la calle.

Tuesday, November 04, 2014

Pestañeos por el orbe


De un tiempo a esta parte, me despierto en distintos lugares.
En un frío mediodía de sombras, con uno de mis pómulos sobre la argamasa centenaria de una vereda, observo las casas altas con alabardas, en la strada Kosuth Lajos, en el judet de Covasna, en Rumania. Estoy tirado en el suelo y la verdad que no puedo dejar de tiritar.
Pestañeo y estoy en medio de un grupo de gente, sentado sobre el pasto. La gente es o muy rubia o muy negra, pero no veo a ninguno de color marrón, como yo.  Es una tarde calurosa en Diré (Cerclé de Diré) en Mali, y creo tener los síntomas del paludismo de tanto escuchar hablar acerca de esta enfermedad por parte de un hombre negro, rechoncho y de anteojos que dicta conferencia en francés.
Tirito demasiado, pero por el calor, por la fiebre, y algo me salva haciéndome volver a Covasna, y ahí siento mis pies doloridos, raspados, con escoriaciones nuevas, a las afueras de una Iglesia, en la que entro, y que tiene demasiados íconos, quizás vitrales de la Iglesia Ortodoxa.
Un hombre que viste una camisola eslava se acerca al sacerdote, una mujer joven de pelo negro está sentada con las manos persignándose, y al lado hay una niña de pelo rubio.  
El incienso me provoca náuseas. El hombre, un anciano, levanta a la niña, cuyo pelo es de un amarillo casi blanco, para que bese una imagen que està sobre una basa.
Salgo hacia afuera, y la calle fue cortada. Empieza a solear con todo. Y unos muchachos están esperando subidos a sus caballos. Los equipos emperifollados, y los jinetes con camisolas blancas, y pantalones negros, y los cinturones de color. 

Saturday, November 01, 2014

Magisterio de insultos: Timón


Shakespeare, en el Timón de Atenas, da un tema que muchos gauchescos quisieran tocar: el de la ingratitud, el de la injusticia con alguien que ha sido pródigo. Desde que tengo memoria, he venido escuchando esa queja recurrente de los paisanos del interior de este país: “mientras más conozco a la gente, más quiero a mi perro”. Y ese pensamiento pesimista y misántropo es propio de un Shakespeare.
Porque al fin y al cabo, la razón está para el personaje más pesimista, el no-adulador (aunque insultante), el que se alejaba de todos. Y cuántos insultos, y cuántos vituperios, un magisterio de insultos.
Y no sé si la obra contenga una verdad, más bien sospecho que es un pensamiento rápido, de esos con los que queremos estar conformes, que nos muestran una verdad rápida y simplista, “verdad taxista”. Descreo de esa verdad por la generalización: “Todos los hombres son unos cagadores”.
Está bien para el arte rápido que es el teatral o el audiovisual, pero en el caso del arte novelesco, por ejemplo, hubiera precisado de más complejidades, más sinuosidades y hasta de algún personaje que rompiera con esa cadena simplista, alguien que, por ejemplo, sí le diera un préstamo a Timón, aunque Timón lo mismo se hunda en la ruina.

Insultar al viento

Día 3 Suele ser inútil la pregunta de por qué el odio. Pero tiene algo de adicción hacérsela. Empezaré a caminar. Día 4 Caminé, cami...