Tuesday, March 04, 2014

El mundo perfecto (Cuento de Alejandro Burgos)


El aire de la ciudad huele a tabaco y aceite, pero aquí cerca del puerto, en el barrio “La Colmena” huele a pescado podrido y a droga.
En los callejones cercanos al docke se trafica droga como pan caliente y “L” sabe bien de esto.
Es media tarde y todo se torna lento y aburrido. Los perros en las calles hunden sus cabezas en los botes de basura, buscando comida y ocultándose del sol.
En la TV un tipo raro con grandes ojeras anuncia, casi a gritos, el fin del mundo, del maldito mundo que deja a “L” en la calle y sin madre.
Es el fin, el último día. Ella entonces decide sacar su cuerpo flaco y pálido a la calle. Monta la vieja motocicleta y sale disparada hacia el puerto.
Se interna en el corazón de la “colmena”. Elude charcos, perros, ratas y niños que juegan al fútbol con un sapo. Estaciona frente a un colectivo abandonado y se encuentra con el “polaco”, su dealer personal que le ofrece la nueva droga. Una maravillosa sustancia que “pondrá mariposas en tu estómago”, y cuando dice esto un diente de oro brilla entre un hilo de baba y el cigarro apretado por los labios. “L” compra una dosis y sale del callejón portuario, un poco más contenta que antes, a festejar el último día del mundo.
Ya casi de noche y en la soledad del cuarto de pensión, “L” se sienta completamente desnuda en el borde de la cama desordenada, que absorbe el culo huesudo y alargado. Calienta una tapita de Coca-Cola con el encendedor y con la trompa de metal chupa toda la sustancia espesa y amarillenta. Mira la jeringa a través del trasluz de la ventana y se clava magia en las venas.
El techo del cuarto se acerca de golpe sobre las pupilas de “L”, pequeños pececitos blancos saltan de las grietas del ladrillo hacia sus pestañas, se raspa la nariz con el filo del ladrillo y con la yema del dedo lleva la gota de sangre hacia la lengua. Entonces se da cuenta que ya no tiene lengua, ni piernas, ni brazos, sino dedos como raíces que se aferran al respaldo oxidado de la cama.
Todo el cuerpo de “L” comienza a vibrar, y eso es una sensación muy agradable. “L” ríe  y piensa en enjambres de penes moviéndose en su vagina. Hasta llega a pensar que tal vez aquella lejana estancia en el útero de su madre, de quien ya olvida el rostro, se asemejaba a esta sensación alucinante.
Luego un cosquilleo en el estómago.
Recuerda al tipo raro del anuncio en la TV. También recuerda al “polaco” y el brillo gastado de su diente de oro, vuelve a reír y el cosquilleo se hace cada vez más intenso, hasta llegar al ardor en la garganta. Le cuesta respirar, intenta tragar aire como sea y deja de reír.
De pronto aparece una patita negra y delgada como aguja sobre sus labios, luego aparece otra patita y después otra, y otra, y otra más, hasta que asoma la primera ala de terciopelo.
Al cabo de unos minutos de la boca de “L” escapan miles de mariposas de terciopelo azul que cubren el cielo de la vieja ciudad.
Las personas noctámbulas temen porque no comprenden lo que está sucediendo.
La noche se hace más oscura y profunda como en un sueño.
La ciudad se sepulta en una tumba azul con alas de terciopelo.
En el barrio “La Colmena, “L” permanece inmóvil con la boca abierta, pálida y hermosa como la luna.

 (Alejandro Burgos fue un poeta de Caleta Olivia -nacido en Berazategui- que falleció en el mes de enero de 2014 en un accidente automovilístico. Este es un cuento que figura en su libro: 'Misa Negra'). 



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