Monday, December 29, 2014

Kilómetro K



Mis hijos están haciendo el largo viaje de más de tres mil kilómetros que separa a Tinogasta de Caleta Olivia.
El colectivo debe recorrer calurosas rutas de Catamarca, La Rioja, (en estos momentos me envían un whatsapp avisando que el ómnibus de Andesmar está asomando su hocico por Chilecito), después el vehículo debe llegar a la bulliciosa terminal de ómnibus de Córdoba (será mañana a las 09:00 horas), luego habrá que hacer el trasbordo de máquina, subir y continuar por las rutas aromáticas de esa misma Provincia mediterránea, surcar hacia La Pampa, ya con las banquinas de pastos amarillentos, para llegar a Río Negro, allí bajar a una estación de servicios, muy cerca del extraño río homónimo para tomar algo o refrescarse. Y con esto ya pasarán más de 24 horas en el colectivo.
Y desde Río Negro aún quedarán cerca de 15 a 20 horas más para cruzar el desierto de Chubut, con sus distanciadas ciudades con nombres galeses: Trelew, Rawson… hasta llegar a Comodoro Rivadavia, que es lo mismo que decir: la capital de la cuenca petrolera en la que yo vivo. Y así, pasar al desierto de suelo un poco más endurecido de Santa Cruz, unos 70 kilómetros de bella “ruta azul” costeando el mar de un azul de escala intensa –de turquesa a violáceo-, hasta Caleta Olivia.
Mis hijos habitan una provincia alejadísima de estas tierras.
Incluso, los catamarqueños que viven en Caleta están cada vez menos enterados de lo que sucede políticamente en Catamarca. En el caso mío, he decidido, desde que me exilié de aquella provincia kakán (porque su estructura económica me dejó malherido, rencoroso), ponerme anteojeras y seguir adelante, y leer poco y nada sobre la misma, y sabiendo que están los mismos viejos carcamanes conservadores dominando allá: los Castillo, los Saadi, los Rosales, los Brizuela de Moral, y otros apellidos viejos y nuevos, pero la gran mayoría de raíz europea, de mirar al pueblo kakán con la misma condescendencia de siglos.
Lamentablemente, el actual partido gobernante, un Frente para la Victoria a la catamarqueña, tiene muy poco de la pujanza del nacional. Qué me quejo: en Santa Cruz tampoco se dejan brillar muchas luces en ese partido, porque todo lo dictamina la jefa.
Sin embargo, más allá de las diferencias, hay algo que atraviesa a todo el país: y son los beneficios. Las tan vituperados asignaciones universales por Hijo, las jubilaciones extendidas a todos, han hecho que las situaciones de las familias numerosas hayan mejorado ostensiblemente.
El kirchnerismo no logró en Catamarca sacar a los fascinerosos conservadores de siempre, no ha hecho mucho por cambiar eso. Quizás no pudo. No pudo infiltrar ideas nuevas. Lo lamento.
Y, sin embargo, el kirchnerismo (como el alfonsinismo en sus primeros dos o tres años) fue una fuerza importante ideológicamente, que seguramente repercutirá en los próximos años.
Encima, en la carnadura de la política actual, sólo hay un candidato capaz de “recoger el acuerdo de casi todos los gobernadores e intendentes más importantes del país, así como del sindicalismo”: Daniel Scioli, el ex menemista.
Scioli no es santo de mi fe. Falta una segunda etapa de kirchnerismo que avance sobre lo pendiente en la reforma de las estructuras inequitativas del país. Y no creo que Scioli sea capaz de hacerlo. Randazzo, quizás. Pero un mercader de las encuestas como Zuleta Puceiro dice que “en una eventual PASO, Scioli duplica a Randazzo”.
Y surge que los K “no ideológicos”, los K “por conveniencia”, no tendrán ningún problema en apoyar a Scioli; pero los otros K, quienes creen en un proyecto igualitario, dirigido hacia el Otro, el Otro de abajo, ese sector se pregunta y duda en apoyar a Scioli.
Sabemos que se derechiza la clase media mientras mejora su situación. Hoy critican que se les pague a los presos y a los travestis, y que los ladrones la pasan mejor. No es una preocupación mía. Es un guiòn de los grandes medios mentirosillos.
Sí es una preocupación la presencia de tanto “K” por conveniencia que se hicieron multimillonarios, como el caso de Cristòbal López o Lázaro Báez; y también que en otros K por conveniencia, haya falta de compromiso con un modelo igualitario. Sólo les importa el bolsillo. 

Saturday, November 08, 2014

Otto y gatos

El querido Debussy nos trae otra vez la fruición de leer, como la que sentimos esa vez, cuando residimos en una casa de descanso en Villa General Belgrano.
Uno, (y uno no sabe por qué, pero ya es grande para saberlo), se había refugiado en la casa de un gigantón, descendiente de alemán, saxofonista, bastante desarreglado.
En esa casa era difícil entrar, era una prueba hercúlea para el estómago, por el olor ácido de la bosta de incontables gatos.
Por todo lo demás, era una casa típicamente alemana, aunque más oscura que las de sus vecinos, para mi gusto.
Casi todo el día él, Otto, colocaba sus discos de Debussy. Y odiaba a Wagner, salvo (y tampoco sé por qué) el “Lohengrin”, esa ópera romanticona y medievalista.
Viví toda mi vida sin saber el por qué de las cosas.
Como soy medio idiota, y apenas terminé la Primaria, me permito ciertas cosas que los normales no tienen.
Me permito, con total libertad, ser irresponsable.
La ventaja de ser un irresponsable, es que siempre encuentras “mecenas”, “protectores”.
Pero esta senda perversamente cómoda que he elegido tiene sus riesgos. Uno es el de que te quiten el apoyo material, y quedés, otra vez, en la calle. Tengo 45 años de edad y muchas veces quedé en la intemperie.
Sólo por eso llegaría a envidiar a los normales. Pues los normales pocas veces quedan sin deriva en las calles. Igual, no soy digno de lástima, he comprendido luego de años de conmiseración sobreactuado que soy un aprovechador de normales. Debussy no me hizo más inteligente, ni menos subnormal. Pero me dio cierta complejidad. Igual que la colección completa de cuentos de Edgar Allan Poe. Todo eso, dio un cóctel para que matara a una camada de los gatitos nuevos de Otto. Por eso estoy en la calle.

Tuesday, November 04, 2014

Pestañeos por el orbe


De un tiempo a esta parte, me despierto en distintos lugares.
En un frío mediodía de sombras, con uno de mis pómulos sobre la argamasa centenaria de una vereda, observo las casas altas con alabardas, en la strada Kosuth Lajos, en el judet de Covasna, en Rumania. Estoy tirado en el suelo y la verdad que no puedo dejar de tiritar.
Pestañeo y estoy en medio de un grupo de gente, sentado sobre el pasto. La gente es o muy rubia o muy negra, pero no veo a ninguno de color marrón, como yo.  Es una tarde calurosa en Diré (Cerclé de Diré) en Mali, y creo tener los síntomas del paludismo de tanto escuchar hablar acerca de esta enfermedad por parte de un hombre negro, rechoncho y de anteojos que dicta conferencia en francés.
Tirito demasiado, pero por el calor, por la fiebre, y algo me salva haciéndome volver a Covasna, y ahí siento mis pies doloridos, raspados, con escoriaciones nuevas, a las afueras de una Iglesia, en la que entro, y que tiene demasiados íconos, quizás vitrales de la Iglesia Ortodoxa.
Un hombre que viste una camisola eslava se acerca al sacerdote, una mujer joven de pelo negro está sentada con las manos persignándose, y al lado hay una niña de pelo rubio.  
El incienso me provoca náuseas. El hombre, un anciano, levanta a la niña, cuyo pelo es de un amarillo casi blanco, para que bese una imagen que està sobre una basa.
Salgo hacia afuera, y la calle fue cortada. Empieza a solear con todo. Y unos muchachos están esperando subidos a sus caballos. Los equipos emperifollados, y los jinetes con camisolas blancas, y pantalones negros, y los cinturones de color. 

Saturday, November 01, 2014

Magisterio de insultos: Timón


Shakespeare, en el Timón de Atenas, da un tema que muchos gauchescos quisieran tocar: el de la ingratitud, el de la injusticia con alguien que ha sido pródigo. Desde que tengo memoria, he venido escuchando esa queja recurrente de los paisanos del interior de este país: “mientras más conozco a la gente, más quiero a mi perro”. Y ese pensamiento pesimista y misántropo es propio de un Shakespeare.
Porque al fin y al cabo, la razón está para el personaje más pesimista, el no-adulador (aunque insultante), el que se alejaba de todos. Y cuántos insultos, y cuántos vituperios, un magisterio de insultos.
Y no sé si la obra contenga una verdad, más bien sospecho que es un pensamiento rápido, de esos con los que queremos estar conformes, que nos muestran una verdad rápida y simplista, “verdad taxista”. Descreo de esa verdad por la generalización: “Todos los hombres son unos cagadores”.
Está bien para el arte rápido que es el teatral o el audiovisual, pero en el caso del arte novelesco, por ejemplo, hubiera precisado de más complejidades, más sinuosidades y hasta de algún personaje que rompiera con esa cadena simplista, alguien que, por ejemplo, sí le diera un préstamo a Timón, aunque Timón lo mismo se hunda en la ruina.

Monday, July 28, 2014

Crisma en la morgue




Y el forense habló de la persona que murió. Dijeron que era Sarmiento, otros que era Romero. No se supo por un par de días. Allí estaba el cuerpo, y al lado, en una bandeja sobre mesa de mármol, las anotaciones del médico:


“Corte en el hemiciclo izquierdo con profundas penetraciones en el axial, cismas en la crisma amoratadas, y en el abdomen también, sin obviar el periárdico violáceo, y las intercesiones en dos metacarpos. Severa lesión en la región occipital con pérdida de la hombría (dúdase de la antigüedad de esta última lesión)”.

Wednesday, July 02, 2014

Chat sobre la paroxetina

Cuadro de Stephen Neil Gill. "Untitled"

- Priviet!

-Priviet, Ulya!

-Tengo a los Karamázov en edición de España.

-Vuelvo a pensar, por más que quiera avanzar con los Hermanos Karamázov. La bomba o lo que sea. Imaginate. Me conocerán en Kirguizia, me conocerán en la India, y en Sudáfrica. Estaré muerto. Pero me conocerán. Seré la inspiración para muchos erostráticos.

-Ja. Bebe algo bueno.

- De veras te llamas Ulya y vives en Píter?

- Si vienes a Píter lo develarás! …

-…

-Sigue mi recomendación. Bebe un vodka. Y luego, puedes ir adonde quieras y sin aliento a alcohol.

- Ja. Me tomo el Aropax (Paroxetina) robado. Qué 20 miligramos. Me tomo 40 miligramos, y se difundirán, como la otra vez, ramificaciones de bienestar por todas mis partes. Por mis dedos, y hasta en mi yema de un dedo había bienestar cuando tocaba mi ropa, y había bienestar en mis encías, y en mi piel grasosa que parecía repararse sola.

- Es una pastilla mágica?

-Algo así. Sucede que esta pastilla, al cabo de unas horas, inhibe que se recapte la serotonina, entonces, la diosa Serotonina se expande, se difunde por el sistema nervioso y llega hasta los músculos faciales, incluso. Tu cara se torna como la de un señor muy alegre. La piel grasa deja de serlo, quizás palidezcas al comienzo, pero qué agradable. Pareces una persona más prolija, y puedes sonreír, a pesar de que tengas una sonrisa horrible, pero puedes sonreír sin culpa, y tienes ganas de bailar, bailar sobre todo mucho pop, puedes amariconarte, y no está mal. Quieres poner a todo volumen Cher, o Shakira.

-Qué mágica Paroxetina. Un mundo feliz.

- Si. Es más, puede venir alguien a insultarte pero ya tienes serotonina, entonces, con eso, te aseguras de que no vas a reaccionar violentamente, ni depresivamente, ni oscuramente. Un insulto, una broma del otro antes del Aropax te escaldaba los tuétanos, te pinchaba el espíritu, te hacía trizas el sistema. En cambio con la Paro, querida Paro, eso no sucede así. Te enojas con el insultador de turno, pero es sólo un segundo porque , como tienes serotonina sin que se recapte, piensas que no es contra ti, o si es contra ti sabes que el problema es de quien insulta.

- Lentitud de Internet. Mn'e pará. Paka.

-Paka

Tuesday, July 01, 2014

Domina la baba

Obra de Stephane Villafañe. "So far-away XXI".



Uno de sus máximos problemas era la incontinencia que, según él mismo discurría comiendo mandarinas a la siesta, tendría su raíz en la puerilidad envolvente de su personalidad.


Decía para sus mientes: “La incontinencia lo convierte a uno en un niño juguetón, bramante, rabioso, burbujeante, de berridos constantes. A cada cosa que descubro sobre mi ser me digo: ‘¡Cómo no me di cuenta antes!”.

Y no, no se daba cuenta ni antes, ni ahora. Hay una gran parte del día en la que actúa como un autómata, un alguien poco consciente de sus actos y de sus palabras, de sus gestualidades.


Se da el caso de estar mirando, o estar de pronto quedándose súbitamente “paulatinamente cayendo como vaca como ciego como bobo opa opa baba baba sobre la comisura de los labios, regodeo regodeo perreo perreo mental archeopterizacion matraca masturbante mental boquiabierto martilleo suave, como de goma, y ansí, bajando la corriente, siendo cayendo bubaa bubaaa, que te duermes, que me duermo, bubaaaa bubaaaaaaaa abre la boca gigantesca, enorme, como de un pozo negro que si tiene fondo, no se puede ver ahí …


Eso soy eso soy eso soy y eso seré por estúpido pelotudo maltratado al pedo como pelotudo boludazo. Te pegan con la boleadora de piedra en el cráneo y crrraaaac, crrrraaaac, cagate por pelotudo, se te hace añicos el cráneo, se rompe todo, y las astillas del cráneo perforan el cerebro y todo el líquido raquídeo y demás grises y rojos manchan lo que haya debajo, y así mueres. Bubaaaaa bubaaaaa buaaaaaaa, tengo ganas de llorar, no tengo ganas de ser un cómico. Después de todo, la maldad esta de retorcerse delante de todos es porque extraño a mamaaaa, y no salir de allíiii”.



Y también a Sarmiento le traban las emociones disparatadas, las temerarias y ensoñantes, las que se van de mambo, las que se van al mazo, las que picotean aquí y allá, las que son como los tordos –desovan en nidos ajenos-, las ideas saltimbanquis.


“El peligro que hay, cuando las ideas son manejadas por las emociones, es que se inflan e inflan y explotan y quieren llegar a terminar con todo para ser una nada volátil y que ya nadie recuerde el paso por el universo, o el universo mismo (¡a la mierda con el todo!); o por el sólo hecho de que nos gusta tomamos otro camino y quedamos así, como cuando no sabíamos cómo salir de Trelew y protestaba dentro del auto”.

Friday, June 27, 2014

Adolece un arte marcial

Obr ade Stephane Villafañe: "Sor far-away XII"



Construía un arte marcial propio. Artes marciales había en distintos lugares de China, estaba el Kung Fu del norte, el del sur, y luego estos se subdividían de acuerdo a los maestros. Por qué no un arte marcial propio, entonces, un arte marcial basado en lecturas rápidas de Nietzsche, en abordajes de lecturas del Also Sprach Zarathustra como si con los ojos sobrevolásemos los versos en alemán dentro de una blitzkrieg, (aunque también tenía lecturas sentimentales, suplicantes de Nietzsche, como si se tratase de un libro de auto-ayuda).

Porque el arte marcial que quería inventar en aquel palomar, se trataba de un arte que luchase contra las debilidades.

Ayuda, parece implorar el ser propio.

Es como si no tuviese sentido así seguir viviendo, débilmente.

¿Nietzsche escribió sólo para la raza aria? ¿Puede un mestizo de coyas y blancos leer a Nietzsche?

“¿Queda el espacio en blanco para otra cosa que no sea el pedido de auxilio?”

“¿Auxilio de qué?”

“¿Para qué?”

“¿Por qué?”

Sin embargo, la pregunta adecuada era el cómo.

Por eso quería fortalecer el músculo, tenerlo firme como una piedra, sobre todo el vientre, y también los bíceps

Y enfrentar piedra con piedra al universo.

Cómo. La pregunta sobre el cómo.

Diantres.

Cómo se vive, cómo hay que vivir, cómo hay que ser feliz, cómo tratar a la mujer, cómo tratar a uno mismo, cómo conseguir dinero, cómo vivir, cómo ser sabio, cómo ser valiente, cómo responder a las agresiones, cómo ser firme, cómo vivir, cómo…

La gran pregunta de gente como él y de muchos como él que pueblan ciudades y villorrios, comprando libros de auto-ayuda, o leyendo a Nietzsche. Cómo. Que alguien nos diga, o leyendo a Osho, o leyendo a Wayne Dyer, cómo, quién lo sabe, cómo.

“Me gustaría saber el cómo de cada momento”. Ese es un pensamiento imperial. “¿Son asequibles mis deseos imperiales?”.

El entrenamiento que hacía Sarmiento en ese lugar era con dos mazas de albañil. Una en cada mano, y hacer los movimientos normales del Tae kwon Do, más del Do que de los demás, pero con esos pesos en la mano, eso provocaría músculos importantes: deltoides, y todo el brazo, brazos poderosos, y también manos poderosas.

Pero hay que fortalecer el espíritu de alguna forma que sirva para tener confianza en sí mismo, no ser león, ni oveja.

El tema es que será para adolescentes como él (uno) y no salirse del libreto hasta que no demos más.



Thursday, June 26, 2014

Día del Niño en un otro mundo

Obra de Joseba Eskubi




En el segundo día luego de mi cumpleaños número dos, Pater me hizo caminar.

Me atraía muchísimo caminar en otros terrenos, otros mundos, diferentes que a los mosaicos resbaladizos del departamento.

Madre contó que Pater me alzó en las escaleras para que no pisara las “boñigas de los jácaros perros”, que era la forma en que hablaba, admirando a Alejo Carpentier. Y sí que había boñigas en toda la escalera de metal engomado del barrio Gobernador Gregores.

Ya en el piso real, de tierra, que hay circundando el estacionamiento, Pater me bajó y empecé a caminar, solo. Me iba para la zona de la calle, quería seguir y seguir. Me encantaba.

Luego, Pater me levantó con el miedo urgente de él más que mío, otra vez, para subir un barranco empinado, que está detrás de la Iglesia barrial.

Los vidrios y piedras clavadas en la dura arcilla me atraían. Yo quería agarrar todas las piedras y chuparlas y llevarlas a casa.

Cuando llegamos a la cima, luego de que Pater me hizo subir asido de un brazo, vimos a un hombre que corría hacia el portón de ingreso. Era tan delgado que su campera de nylon le flameaba en los costados.

En esa cima estaba el club deportivo, estaba la cancha de fútbol enorme, y hacia el Oriente se veía el mar cerúleo con tintes verdosos y un buque petrolero invariable en las horas.

Otro hombre flaco se estaba quitando un disfraz amarillo, y la cabeza de un tigre le quedaba colgando de la nuca.

Nos quedamos un rato caminando entre los barrotes fríos de las tribunas, tribunas sin maderamen. Y luego bordeamos la pared del club, hasta llegar cerca de una de las ventanas, y escuchamos la gritería de pibitos. Pater entró sin titubear, conmigo en sus brazos.

Dos muchachos altos y con gorra levantaban paquetes de juguetes envueltos en papel de regalo y los sorteaban frente a un corro de mujeres y chicos.

Yo vi, en el lateral de ese ruidoso salón, al pelotero colorido con un dragón en el medio. Lo del detalle del “dragón” lo relató Pater a Mater, yo no podía saber qué era eso, sabía que era una especie de perro gigantesco, una especie de “guau-guau”.

Entonces, vi el pelotero y sus blanduras trémulas y enormes y de mucho color y porfié y pujé tanto entre brazos de Pater que él se rindió y me llevó hasta la portezuela de tela del aparato, y, tras sacarme las botitas, me sentó en la entrada. Y allí me quedé, esperando a que los otros chicos, un par de años más grandes que yo, saltasen para que se moviera el piso.

En las largas mesas había restos de choripanes fríos, y arrollados dulces mordidos. Y en el suelo había chupetines. Cuando bajé del pelotero agarré uno de color rojo, y Pater me lo arrancó enseguida de la boca. Me alzó nuevamente y me llevó hasta donde estaba el metegol. Cuatro chicos gritaban y se movían frenéticamente alrededor del juego. El sol entraba por un ventanal y daba de lleno en la cara del niño más regordete, que transpiraba por las sienes y caía el sudor por sus mejillas.

Este chico, de unos diez u once años, empezó a pegarle patadas al metegol, y Pater se indignó tanto que gritó: “¡Eeh!”. Pero su grito no causó efecto mayor. Al contrario, detrás había una mujer morena y baja, de unos 50 años, que sonrió y mordió su labio inferior, pero aceptando ese ataque del vándalo, como diciendo: “Qué travieso”.

Y Pater, relatándole a Mater, decía: “¡Un vándalo, eso era el pendejo, un vándalo!”.

Luego Pater, en el relato a Mater, dijo: “me agarra la culpa porque no quiero pensar como el Lauchón”.

Acá Mater sonreía.

¿Le seguía cayendo simpático el Lauchón?

El “Lauchón” era el “impresentable” (insulto a la moda por aquella época en Caleta Olivia), que había calumniado con admirable tesón a Pater, buscando crear un “círculo difamatorio” contra él, entre el círculo de “vende chismes” de computadoras y yacimientos.

El Lauchón era una especie de hombre-laucha, delgado, de tez morena, de rostro afilado. Hasta el día que se había colocado la dentadura postiza tenía dos dientes podridos colgándole debajo del labio superior.

Los ojos casi saltones, con pestañas casi inexistentes. Era tan desprolijo como Pater . El “Lauchón” era hijo de aisunasteño, pero odiaba a los , era morocho y odiaba a los morochos, y, en esa época, como la empresa para la que trabajaba tenía un contrato jugoso con el gobierno, el “Lauchón” odiaba a los que protestaban contra el gobierno, especialmente a los docentes, protagonistas de las crisis políticas de esos años.

“Son animales, animales”, decía el Lauchón ante los que cortaban las rutas. “Son todos iguales”, decía, y sacaba fotos y puteaba con sus dientes carcomidos y sus ojos saltones.

A Pater le causó más indignación esas patadas del niño que el conjunto de adolescentes que estaban flagelándose detrás del salón, en una pieza a medio terminar. Fumando marihuana. Hablando bajo, con sus buzos y sus capuchas.



Pater era un sentimental: “se flagelaban los flaquitos”. Lauchón hubiese dicho: “se quieren matar, esos animales”.

Tuesday, June 24, 2014

Breve vida de Emerson

Obra de Pablo Agea. "Petróleo". (www.artelista.com)

Tocayo Jorge Sarmiento:

Si uno llegase a entender de una buena vez por todas –pero de una y para siempre-, que uno es siendo, que uno puede redimirse a cada momento, que hay esperanzas en todo hombre o mujer, por más que haya hecho algo terrible, y que no es que se trate de perdonarle siempre a ese ser humano -un humano equivocado hasta la maldad-, sino que es un hombre o una mujer que luego repara y repara y quedará condenado a la reparación.

Si uno tuviese esa esperanza…

Al fin y al cabo, es la esperanza necesaria para tantos desesperados, tantos que no esperan nada de la vida.

Hoy, en el mismo monobloc donde vivo, se suicidó un policía jovencito.

Vi cómo sacaban su cuerpo en bolsa negra, tumbado en ese cajón metálico despintado, sin tapa, y cómo lo subían a la caja de la camioneta de la unidad de traslados de Bomberos.

Se llamaba Emerson, nombre propio de padres humildes que buscan en su hijo, a través de tan sonoro nombre foráneo, una sonoridad que la pobreza del rancho no les da, un brillo diferente en la casa: “Emerson, vení a comer”, “Emerson, andá a bañarte”, “Emerson, a la escuela”, “Emerson, no le pegues a tu hermano”.

Un nombre propio casi intruso a sus apellidos aborígenes, o a esos del español conquistador, de “cristiano viejo”.

Veintidós años. Jovencísimo. Policía. La salida más corta para conseguir trabajo estable. Había llegado de Catamarca.

Y yo también estoy desesperado.

Esta mañana llegué al campo (Meseta Espinoza, equipo 999000) y recibí una andanada de “palos”, así llamamos aquí a los sarcasmos, por parte de compañeros de trabajo, en el tráiler, mientras me ponía los botines.

En algo fallo. Tal vez en que no soy un hombre con todas las letras.

Jackie me miró, ayer, y me dijo: “Sos como un niñito frágil. No te puedo ver como un hombre”.

Lo dijo simpáticamente, más como un halago que como un reproche. Esos halagos que se hacen a buenos y queribles amigos, y nada más. Un halago de circulación corta.

¿Acaso nuestra función sea la de reparar lo dañado continuamente? He cometido grandes errores, no dejo de repetírmelo. Pero quiero volver a la tendencia sartreana, uno no es lo que es, sino que es lo que va siendo. Uno es: siendo. Queremos decir que uno no cierra su ciclo en el pasado o en el presente. Aquí, con ustedes, Jorge Ferrizo, hombre deprimido y frágil, endeudado y con bastante estulticia en sus actos.



Saturday, June 21, 2014

Primera imagen salitrosa

Obra de Christa Haack. "Connection S O L D"



Padre recuerda:
“La primera tragedia salitrosa sucedió cuando apareció, una tarde en la que estábamos jugando a un remedo de hockey con maderos y una pelota de goma (sobre la calle de tierra y guijarros 19 –hoy Estrada-, entre la 4 y la 6), una mujer rolliza, petisa, compacta, con cabello corto y de un castaño bermejo, gritando que “todos eran unos hijos de puta”, pero que “Gabino era el peor”, y que a él y “a la otra yegua” los iba a matar.

Ni Ferni, ni Migue, Francisco o Pino -que ocultaron su miedo con risas nerviosas, refugiándose al instante detrás de un chapón, el cual estaba atado a un medidor de gas-, ninguno de ellos se percató, de lo que yo sí.

Esa mujer avanzaba, en medio de la calle, como un yeti meridional, con la cara con arrugas que parecían rajaduras o rajaduras cicatrizadas que parecían arrugas, y con esa mancha húmeda y marrón en la entrepierna de su pantalón beige. De esa mancha me percaté, y fue lo que más miedo me causó.

Ella gritaba con todo su acento agudo, por lo que las palabras salían desde la garganta sin que pasaran por la cavidad bucal, y con algo de saliva en el sonido.

Veíamos que ese monstruoso ser de carácter femenino se acercaba hacia donde nosotros estábamos agazapados. “Es la chilena de la esquina”, dijo Pino.

Hasta que Pino llamó a su madre, y salió doña Zamora, quien nos ordenó que nos metiésemos dentro de su casa, hasta que la mujer dejara de gritar o hasta que pasara hacia otra calle.

“Está borracha. No les va a pasar nada”, dijo nuestra urgente protectora. Con sólo decir eso, hizo que cambiase mi manera de ver a la gritona, ya no era un monstruo, ahora era una mujer enferma que no podía ser conciente de su maldad. En esa época creía que los borrachos tenían una cuota de maldad.

La mujer borracha fue mi primer descubrimiento de que el mundo es feo y trágico. A mi padre lo hemos visto borracho, a hombres como mis tíos los hemos visto borrachos, pero nunca a una mujer había visto así.

A comienzos de la década del ’80; desde que un hombre, un paisano de Los Antiguos, borracho, se había puesto violento dentro de mi casa y padre lo tuvo que sacar a empujones; desde que otro hombre oculto también se ocultaba detrás de paredes de casa cuando padre estaba en Las Heras, en plenas nieves, (imagen de conmiseración por padre), es entonces que Caleta no tiene imágenes alegres para mí.

Ni la solidaridad de una familia de Chiloé, los Nahuelcheo, nos ayudó.

Digamos que por más alegría que haya, subyace ese aire de sal y tragedia, de una alegría que no termina de serlo, que esa alegría tropical en la piel y adentro no hay en Caleta, porque, he visto salones repletos de gente bailando al son de un cuarteto, pero afuera el mismo frío con piedrecillas y viento, y encima, suele haber mucho de alcohol en la calle para escapar vaya uno a saber de qué cosa. Es por eso que a mí me cuesta hablar de alegría”.

Wednesday, June 18, 2014

Deleite regodeante




“El Sueño de los Héroes” de Adolfo Bioy Casares es la novela ideal para uno que no puede recuperar la década y un lustro perdidos en borracheras.

Una novela que, primero, es una tal cosa bien escrita sobre el comienzo de una aventura, de una borrachera, de la cual no sabés dónde terminará, y que tenés como indicios apenas unos relampagueos de recuerdos.

Es lo que uno siempre dice, que ha vivido borracho mucho tiempo. ¿Cómo recuperar, Proust, ese tiempo perdido? ¿Cómo luchar contra la distensión bárbara de los neurotransmisores?

Solamente en los relatos de los otros de lo que se ha vivido, qué nos ha ocurrido, qué es lo que hicimos o, más vulgarmente: “Qué pasó ayer”, como en esa taquillera comedia norteamericana. Y ese es probable que sea el infierno: que nuestra vida tenga que ser reconstruida a través de la mirada de los otros, depender de las versiones de los otros. Otro día contaré una borrachera en la que terminé tirado sobre un montículo de arena, cuando apenas tenía 17 años de edad. Pero no la recuerdo. Y el que me lo dijo, burlonamente, quizás se equivocó y no era yo aquel morochito derrumbado en un montículo, detrás de una casa donde hubo una juerga, una “macha” de adolescentes.

Igual, de eso no quiero hablar ahora. Sino que quiero admirar, como un lector gozante.

“A lo largo de tres días y tres noches del carnaval de 1927 la vida de Emilio Gauna logró su primera y misteriosa culminación. Que alguien haya previsto el terrible término acordado y, desde lejos, haya alterado el fluir de los acontecimientos, es un punto difícil de resolver. Por cierto, una solución que señala a un oscuro demiurgo como autor de los hechos que la pobre y presurosa inteligencia humana vagamente atribuye al destino, más que una luz nueva añadiría un problema nuevo”. Así comienza “El sueño de los héroes de Adolfo Bioy Casares.

Es un escritor de gran, enorme madurez. Lo noto en su sintaxis, pero también -y sobre todo- en sus observaciones del comportamiento humano. Bioy Casares casi fue un aristócrata argentino, y aquí describe historias de gente que tiene lo necesario para sobrevivir económicamente. Gauna era ayudante en un taller mecánico, por ejemplo.

Hoy subrayé este hermoso párrafo, que tiene toda la hermosura de la narrativa pura, todo lo que se precisa de la narrativa, la redondez narrativa:

“Pensó en el barrio. La palabra Saavedra no evocaba para él un parque rodeado por un foso y exaltado en trémulos eucaliptos; evocaba una callecita vacía, casi ancha, flanqueada de casas bajas y desiguales, abarcada por la claridad minuciosa de la hora de la siesta”.

Bioy no se queda en la callecita vacía, le agrega “casi ancha”, y eso me sorprende. ¡Y lo de un parque “exaltado” por eucaliptos! ¡Y, también, la callecita “abarcada” (fuaaa), “abarcada”, señores y señoras, no iluminada, ni tampoco un participio rebuscado! ¡“Abarcada” por la “claridad minuciosa”!

Me quedo lelo ante las construcciones sintácticas de escritura pura. Me deleito, y siempre he querido salir del discurrir oral, y tener esto, que no sé cómo se llama, y no sé cómo se adquiere.

Es la técnica necesaria para hacer que los otros también se deleiten, se regodeen. Porque esas frases se hacen para el deleite regodeante; y, para el goce de la historia, está la construcción mayor: los diálogos, la trama, etcétera.

Pero: ¿Cómo hacer, entonces, el punto y coma, lo de “casi ancha”, cómo se llama, y los otros elementos que se incorporan y agregan a lo de callecita vacía?



Saturday, June 14, 2014

Indomeñables


Recuerda:


“A mis tres años pasó Padre, cuando pasamos por un comercio, todo colorido, porque sabía que allí había golosinas, y entonces Padre, a veces, detenía el auto (y lo detuvo esta vez) y bajábamos (y bajamos esa vez) a comprar golosinas, y yo pedía (y pedí también esa vez) algunas golosinas, que me parecían deliciosas: chupetines o chocolates en forma de sapitos, u ositos de gomas masticables, y, como también me gustó un librito de un monstruo que tenía los dientes enormes (el monstruo de Tasmania), y padre los compró y yo estaba tan ansioso que me los quería llevar, pero antes tenía que pasar por la caja para pagarlos. Pero yo empecé a llorar, quería todo ya.


Y después subimos rápidamente porque estaba lloviendo, al auto. La lluvia de Caleta no es la que pueden tener en otros lugares, porque todo se me volvía resbaladizo, con mezcla de escarcha y una greda indomeñable. Dentro del auto le pedí que abriera la bolsita con los ositos de goma y padre sacó uno y lo puso sobre la guantera del auto y jugó un poco haciendo como que ese osito hablaba; y después sacó otro, e hizo lo mismo, y después yo le arrebaté otro y me lo engullí.


Engullir. Eso es otra cosa hereditaria, de padre y de abuelo. Ellos engullen la comida. Por eso, cuando ambos comían puchero, decía mi tía, que parecían sacados de la vieja película: “Feos, sucios y malos”. Ora uno se ponía un pedazote de pan con osobuco salado; ora el otro se colocaba un pedazo de falda en la boca y lo empujaba con pan; ora el otro se hacía un sánguche con ensalada y carne; y así, en cuestión de diez minutos se acababan un plato.


Después de que Padre me dio el osito y la bolsita entera para que siguiera comienzo, él se puso a hablar por teléfono y escuché que gritaba, como siempre lo hacía. Una palabra o un silencio de la otra persona, y Padre se inflamaba. Yo, me había acostumbrado a eso, y comencé a ver sus gestos, su ceño fruncido, sus manos que se ponían tensas, igual que las de mi mamá. Y entonces, gritaba, gritaba inconteniblemente frases y palabrotas, y eso parecía una reacción seguida en mis padres.


Yo aprendí a hacer eso de mis padres. Y me cuesta contenerme.


Y también mi hermano mayor corría por todos lados y golpeaba las cosas.


Como que era natural andar así, de acá para allá, con los gritos y las palabras atropelladas.

Wednesday, June 11, 2014

Bienaventurados los pobres: de espíritu

Sarmiento, cuando era un post-adolescente, de 24 años de edad, le decía a Gustavo Goncalvez: “No soy rubio, alto, ni de ojos celestes”.
“Ja, parecés una mina como hablas”, le retrucaba, y Sarmiento quedaba tildado. No lo entendía porque Sarmiento estaba hablando de lo que las mujeres desean, y Goncalvez le hablaba de otra cosa, que ese, el hecho de estar con un rubio, alto y de ojos celestes, es el deseo exterior, muy en la superficie de las mujeres (y hoy, de acuerdo a la moda, no sería un rubio, sino un morocho, alto y de barba salvaje).
Goncalvez decía que había otra posibilidad con las mujeres, y que esa estaba en cuánta hidalguía del espíritu un hombre puede tener.
Y Goncalvez solía decir que, en las bienaventuranzas bíblicas, un problema de interpretación radicaba en una coma: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos será el Reino del Señor”.
“No”, decía Goncalvez, “no”, había que leerlo así: “Bienaventurados los pobres, de espíritu, porque de ellos será el Reino del Señor”. “Bienaventurados los pobres: de espíritu”, así.
Sarmiento le discutió: “No creo que la Biblia o su traductor haya tenido la intención de levantar un espíritu individual, más bien decía ‘pobres de espíritu’, porque así estaba mejor, los pobres de espíritu, los débiles, los que no tenían nada de nada, ni siquiera espíritu, de ellos será el Reino del Señor, el reino que se espera después de pasar por esta tierra de lágrimas. A ellos, los más débiles entre los débiles, los cobijará el Señor. Yo he de ser un pobre de espíritu. No tengo nada ni nadie que me insufle vida o riqueza a este espíritu”.
“Te digo que esa idea, la de bienaventuranza para los de espíritu pobre es una cagada muy grande”, siguió diciendo Sarmiento, luego de tomar un sorbo del fernet, en aquel bar de Rosario de la Frontera, “y por culpa de eso nos hemos cagado todos, incluso los de mi raza mestiza, cabecita negra. Si la Biblia hubiera dicho -o si la interpretación hubiera dicho que, en realidad, la cuestión es ser fuerte de espíritu-, no sé si los privilegiados de siempre hubieran tenido la intención de propagar esa Biblia”.

-Buen punto.- me dijo Goncalvez. – Andá saber cómo la quisieron traducir o copiar. Yo sigo creyendo que Jesús tenía cosas magistrales como esa. Los pobres, sí, pero los que tengan espíritu para estar en la tierra. 

Friday, June 06, 2014

Pueblerino reconoce que está en el mismo país

Obra de Pavel Efanov: "Chairs Group"

Bueno, pues dos chicas adolescentes preguntaron, antes que yo, a un guardia de seguridad dónde estaba el café literario. 
El guardia les señaló: “Derecho y a la derecha”, detrás de un enorme biombo donde había pantallas LED encendidas, con películas basadas en libros de Roberto Arlt. En una de esas pantallas yo me detuve, esperando un poco la escena (del film de Leopoldo Torre Nilsson) donde Ergueta (Osvaldo Terranova) le dice a Ardosain (Alfredo Alcón), en el café Tortoni, luego de que éste le pide seiscientos mangos: “Rajá, turrito, rajá”. 
Pero no iba a estar todo el tiempo allí. Ya estaba sudando más de la cuenta y necesitaba sentarme.
Para reasegurarme le hice al mismo guardia, la misma pregunta que las adolescentes. El guardia, flaco y casi bajo, amable, dijo: “Siga a las dos chicas que van para allá”.
Me pregunté quiénes pueden ser interesados en la charla de un escritor en Buenos Aires, sea Olguín o quien sea.
En el lugar, ya estaban sentadas las dos adolescentes, entonces; y en una mesa del centro estaba una joven alta, de unos treinta años (o un poco menos) y pelo oscuro, que se sentó sola, tranquila; una chica que bien podría ser Verónica Rosenthal, aunque a la Rosenthal no me la imaginaba tan alta. Más bien, la Rosenthal debería presentarse con cabello castaño, ondulado, y un cuerpo maleable, como el que poseyó Federico, su primo-amante.
En otra mesa estaban dos muchachos de 25 años, aproximadamente, que charlaban como amigos que se reencuentran, y que fueron los que más participaron (con breves risas) a los comentarios graciosos de Olguín.
Había un señor canoso y regordete de unos 55 años junto a una mujer de igual edad, y después, detrás, había algunas otras personas, en grupos de tres o cuatro, de cuarenta años para arriba. Todos parecían lectores puros, y ninguno tenía la pinta sospechosa del lector-que-lee-para –escribir; pero suelen ser engañosos los mestizos literarios.
Ese “café” está ubicado en un amplio salón, detrás había un juego de pelotas desde donde salían algunos gritos de los jugadores. Pero aún así, el sonido era bueno y se pudo escuchar toda la conferencia sin problemas.
Yo seguía con la fiebre y con horas sin dormir debido a ese horario terrible del avión: 03:30 horas; y habiendo salido de mi casa con el último colectivo de Caleta a Comodoro, a las 23 horas.
No sé qué pensarán los porteños de uno. Nada, qué van a pensar. Yo, acostumbrado a vivir en los pueblos, creo que hay miradas puestas sobre uno continuamente (sumado a mi neurosis). No sé si tendrán prejuicios o qué se yo, pero yo fui y me senté ante una mesa, y nadie me miró largamente o de reojo como harían en Caleta o en Tinogasta con algún desconocido. (Verónica Rosenthal dice, en una parte de la novela, que vivir en los pueblos debe ser como vivir en una cárcel.
Es que en Buenos Aires son todos desconocidos, y contrariamente, podrían ser todos al mismo tiempo recelosos del otro. Sin embargo, reitero, los que viven en Buenos Aires son amables, no recelosos, y hasta afectuosos, tanto el farmacéutico que me recomendó, cual si fuese un afable boticario de pueblo, que la bayaspirina forte era lo mejor para la fiebre (lo cual fue cierto); como el guardia de Tecnópolis, el policía aeronáutico o la mujer que limpiaba los baños de Tecnópolis y que pidió disculpas cuando entró al toilette de caballeros pensando que no había nadie (tal como lo haría una menuda mujer en el baño de la plaza de Tinogasta, o una cooperativista de algún lugar público de Caleta).
Pero también fui porque quería comprobar si estamos en un mismo país o realmente Buenos Aires es otro país. 
Y comprobé, con cierta satisfacción, que es el mismo país, que en las calles que atraviesan la General Paz, que en la parte más barrial de Núñez por donde iba el colectivo que nos llevaba a Tecnópolis, las casas tenían la misma arquitectura simplona de cualquier barrio de clase media de Córdoba, Tinogasta, Caleta Olivia, Santa Rosa de Río Primero o Río Ceballos.
Y la satisfacción es que un lugar como Buenos Aires es la confluencia por antonomasia. Es decir, se nota la fuerza centrípeta de todos los provincianos, y la centrífuga fuerza del citadino de gran urbe que contagia formas de ser y de hablar hasta el último habitante del pueblo más alejado de la Argentina (salvo los parajes recónditos como El Durazno (u otros, que he descubierto en las montañas de Catamarca) donde no llega ninguna influencia).
También comprobé que una pareja coreana podía gritar en Aeroparque y discutir en su idioma de vocales alargadísimas sin problemas, sin que nadie reparase mucho en ello (salvo yo que disimulé y me quedé embobado escuchando sus pronunciaciones, y sus inflexiones, y si los gestos me decían algo de lo que discutían, si había algo de universal a todos en ellos, como universal para el territorio argentino son las palabras que se ponen de moda, como eso de “Olvidate”, algo que usan los caletenses y los porteños por igual, pero que si vas a Córdoba también lo dicen, y creo que ya lo comenzaron a usar los tinogasteños).

   

Thursday, June 05, 2014

Un lector impuro en Buenos Aires

Ian Hoskin (Fotografía)


Quizás sea siempre un provinciano en Buenos Aires y es mejor así, porque ser provinciano nos provee una mirada maravillada de esa ciudad, y eso que ahora la encuentre más familiar que cuando iba hacia allí desde Tinogasta, hace unos veinte años.
Ser tinogasteño o ir con el ser tinogasteño a Buenos Aires dábale a uno el aire de extranjero en su propio país, como alguien que vivió en la mazmorra de un pueblo chico y se topa con lo que ya sabemos, el quid de la gran ciudad.
En Buenos Aires, ahora, voy a un kiosco y hablo de igual a igual con el kiosquero, y me responden de igual a igual.
No he visto situaciones violentas y hasta los porteños me parecieron más simpáticos que todos nosotros, caletenses y tinogasteños.
El edificio del Aeroparque me pareció un armatoste rectangular, semi-vacío, por el que tuve que recorrer afiebrado (una fiebre extraña que no supe de dónde venía y que duró exactamente 24 horas, exactamente desde que me subí al colectivo en Caleta Olivia, hasta que bajé del avión de regreso de Buenos Aires), un armatoste gigantesco que recorrí de punta a punta para buscar una farmacia, que al final de tanto averiguar estaba en el piso de arriba.
Fui a un encuentro nacional de locutores. Por alguna razón invitaron a todos los locutores, los que tenían oficio y solamente eso, los estudiantes en escuelas oficiales de locución y los locutores con carnet nacional. Bien por la inclusión, sobre todo de aquellos que llegaron de lugares donde la academia oficial de locutores más cercana estaba a 1.000 kilómetros o más (como puede ser Caleta Olivia, o Las Heras, o Pico Truncado).
El encuentro fue en Tecnópolis. Así que un podía aprovechar y largarse a recorrer el predio si no le interesaba cierta charla.
De tal modo que uno se escapó hacia un “café literario” con un tal Sergio Olguín. El nombre me resultaba familiar, quizás de alguna reseña en algún suplemento literario, quizás porque era la firma de algún artículo periodístico.
Y el título me pareció sugerente: “Meterse en la cabeza de un escritor”.
Anunciaban a Tom Lupo como el moderador pero luego él no fue, sino que apareció una mujer, Gabriela Borrelli, cuyas preguntas fueron bastante atinadas, de interés para todos los que estábamos ahí.
Mi fiebre, (de la que todavía me sigo preguntando cuál era su raíz, pues no tenía la más mínima carraspera, mi producción de mucosidades se mantenía constante y sin incrementarse, sólo era la fiebre), la fiebre y yo deambulamos por Tecnópolis, por la parte literaria.
Había un “ring” para pequeños lectores, luego un lugar para que los chicos jueguen a hacer “arte conceptual” colgando figuras de marcos de madera; había una exposición de películas basadas en libros, varios televisores con las películas; un homenaje enorme a Roberto Arlt, y un juego, una gran caja negra por donde mirabas hacia adentro, y en donde estaba el astrólogo de Los Siete Locos.
Me entretuve sólo unos minutos porque después iba arrastrándome y tenía la vejiga llena y no encontraba un baño; y en un pasillo –frente a la segunda confitería- me detuve porque se interpuso un grupo de niños que le pedían a un profesor que quería ir al baño. Me identifiqué con los niños, y me dije: “Ojalá yo hubiese tenido la oportunidad de haber venido a un lugar así de niño”. ¡Hubiera sido mi delicia inolvidable!
Me dije: “Buenos Aires es maravilloso. Y no es porque sea sólo una ciudad grande. No sé si otras ciudades ofrecen culturalmente lo que ofrece Buenos Aires. Siempre la ha visto así y nunca me defraudó”. Esta misma frase la repetí cuando bajé del avión, en Comodoro Rivadavia, al esposo de una locutora local.
En el momento de la charla con Olguín, Javier Calamaro se iba a presentar en escena donde estábamos los locutores.
Me dije: Qué voy a aprovechar más? ¿Verlo a Calamaro envanecerse de su música, o a Olguín hablando de su literatura?
“Calamaro no es lo mío, vamos a por Olguín”, me dije. Y, además, me topé con Olguín, un tipo que no se envanecía para nada de sus libros.
Es más, Olguín dice que si fuera por él, que se distribuyan gratis los libros por Internet, que se conviertan en e-books, y que subir un libro en Internet no es lo mismo que infringir la ley sobre derechos de autor. Alguien le preguntó: “Y por qué no lo sube él”. Y él dijo que no, que eso debe ser iniciativa del lector, como también es una iniciativa del lector que te nombren “escritor”.
Y pensé que no está tan errado. Antes, yo pensaba diferente, tan enfermo estaba de erostratismo, que quería ser #escritor”.
Una tontería. En mi twitter puse “escritor” pero es para diferenciarme de “locutor”, pero digamos que sí, que soy escritor, pero porque escribo seguido, pero no hay nada de particular en ello. Un escritor no es nada. Es alguien que escribe, y es lo mismo que alguien que en su casa cocina: es un cocinero de casa. Y, quizás, sea menos que eso: un cocinero de casa que se cocina para sí mismo.
Más allá de eso, el tema del escribir era lo menos importante. Fui a la conferencia para saber si hay lectores puros, lectores-lectores. ¿Sigue existiendo esa raza?
Un lector lector, es decir a alguien que lea ficciones y ensayos y poesía cotidianamente pero sólo por leer, no porque tenga ganas de ser escritor. Un lector sin una mínima ínfula de ser escritor.
Lectores puros, sin estar contaminados por esa ambición pueril (como toda ambición de fama), de ser escritores, y estar en un parnaso literario, de cafés, de viajes en avión pagados por editoriales, y todo eso.
Un lector puro es más admirable que un lector que quiere ser escritor. Y lo dice alguien, un lector no-puro, un lector contaminado desde su adolescencia. A los 13 años me contaminó el bichito de querer ser escritor. Antes era lector puro y de goce puro.
Y a eso también, coincidentemente, hace alusión Olguín en su último libro, en la escena donde la amiga de la protagonista, está una presentación de libros: “Lo increíble de todo esto era que el clima intelectual de la presentación del exitoso escritor francés no se había cortado nunca. Así de extraterrestres eran los integrantes del público (escritores, lectores que querían ser escritores, tal vez editores, no muchos porque los sábados no trabajan)”.


Wednesday, June 04, 2014

La ruta-ruta es derecho, la otra no es una ruta

"Ocaso", de Luis Fernández Arroyo. 


Ayer grabé a M. del V. o Mein Vater, su largo monólogo:
“No es Catuna, pueblo que no conozco, sino otro el pueblo que entreví, en medio del cansancio y del adormecimiento del cerebro y de la tensión en piernas y brazos luego del último tramo, desde Quines hasta el límite con el sur riojano, donde el pavimento está más descuidado, y que ingresamos con familia, en el auto polvoreado, y le preguntamos a un muchacho de ánimo blanduzco y pálido, -como si hubiese sido alimentado sólo a mazamorra-, sobre cómo había que hacer para ir a Chamical.
Hoy, no apelo a Google, quiero que mi propia memoria me lo diga. No sé por qué digo Catuna cuando debería decir otro pueblo, que no lo tengo ni siquiera en la punta de la lengua. Además no conozco Catuna, pero el otro pueblo sí, cuyo nombre no me sale.
Cuando escribo esto, que no es para nadie en realidad, es para mí y quizás algún día para alguien, aunque pienso que es inútil escribir cuando el mundo se va a hacer añicos. Cuando menos lo esperaemos un meteorito va a caer y quedarán sobrevivientes como en la novela de Cormac Mac Carthy, y yo, ahora, hablando de esto que a nadie le interesa.
Es por eso el blog, para nadie, para que se pierda en el mar de futilidades de Internet. Por eso, también, de alguna manera, escribo con desprecio al sentido de hacerlo.
Quizás sirva algún texto como una especie de “sándwich” mental, para alguien, como una suerte de “pizza revelación” de algo de la vida. Y no mucho más. Hasta ahí va mi nihilismo de este otoño caletense.
Decía que entramos a ese pueblo, donde se ven añiles, sombreadas, -o así las creí ver-, a unas montañas al fondo, en ese punto fugacísimo de la tarde en que el cielo se desespera de violeta para entrar a la oscuridad erótica de La Rioja.
Y siempre que lo cuento les digo: “en medio del calor”, así, esa es la expresión, en medio del calor, como nadando en esa sensación que se siente infernal en el pecho y en todo el cuerpo, en donde duele y molesta más: en el cerebelo, en los riñones, en los pies, en los genitales, nadando en medio del calor.
Así llegamos al pueblo que no se llama Catuna y que en cualquier momento saldrá de mi lengua. Y ahí estaba, ese pueblo, y ese muchacho blanduzco y pálido como pan casero a medio cocer, de edad indefinida: podría tener 17 años o 21 años.
Y le pregunté: “Para Chamical, cómo hay que hacer?”. Porque no había ningún maldito cartel, y era la primera vez que viajaba en auto, y la ruta se bifurcaba en dos caminos de asfalto, cuarteados.
Entonces explicó: “la ruta-ruta es derecho; la otra, no es una ruta, es un camino a otro pueblo”.
Bien podría llamarse “Sauce perdido” ese pueblo, por lo tristemente estado. Porque estaba allí. Como arrumbado, con toda su gente arrumbada.
Ingresamos, dimos un rodeo por un pequeño barrio de viviendas construidas por el Estado, que no son las mismas que construyen en Santa Cruz, son más chicas, más juntas, en medio del calor, pequeñas, con alguna pérdida cloacal que hacía sentir el olor, y más olor percibí al ver cómo un escuálido gato estaba bebiendo de esa pérdida cloacal antes de que un niño de tres años lo agarrase de la cola y se lo llevase a un patio trasero. 
El rodeo fue del asombro de tan deslucido pueblo. Fue el primer pueblo pobre-pobre que vi, o que hace mucho que no veía, después, ya al llegar a Tinogasta y ver el estado de algunos barrios, como el mío, Estación Norte, perdí la capacidad de asombro.
Pero el caso es que en aquel pueblo riojano, la pobreza era general, la gente en las afueras, con sillas de madera o de plástico afuera, otros “tomando aire”, (como un decir eso de tomar aire), en un garaje de cemento, con chicos, una señora morocha y gorda que miraba a nosotros, y que se apantallaba con una revista vieja, nosotros, que éramos uno de los pocos autos que pasábamos por el lugar.
Claro, aquí sí que la década ganada o perdida debería ser una gran discusión.
Es como si los gobernantes y  los patriarcas de esos pueblos y provincias dijeran: “No te encariñes con tu pueblo, vete cuando puedas, no hay futuro para vos acá. Para nosotros sí, que podemos comprar emprendimientos agrícolas enormes”.
¿Hay solución para los pequeños productores?
Alguien que es de Chilecito me dijo que la gente de ese pueblo vive del ganado caprino, de algo de agricultura. Y poco más.
Entonces, qué década ganada para Sauce Perdido o como se llamase.
Tal vez esa gente tenga algún plan nacional, y los viejos sean asistidos con jubilaciones, de lo contrario sería peor; pero no mucho más puede esperarse, no mucho más pudieron esperar del gobierno nacional.
Y ahora que me doy cuenta, en el sur no ha sido tanto el gobierno nacional, sino que estamos sentados sobre una comodittie magnífica: petróleo. El gobierno ha dado un empujón, pero para la izquierda y la oposición derechosa, no ha sido suficiente, dicen que deberían haberle extraído más a las empresas.
Igual, los que critican al gobierno kirchnerista son unos turros que no lo hacen por esa gente pobre del norte, de ese pueblo fronterizo de La Rioja y tantos como él; lo hacen porque el kirchnerismo se les sale del canon de defensa de sus inversiones y propiedades. Qué se yo. Me alejé refunfuñando de allí. Una tontería. Soy literario, no soy político. Nací para ser un personaje literario de carne y hueso”.


Tuesday, June 03, 2014

Acullicos negros

Stephen Neil Gill » Untitled
A veces, Ramiro Mallea piensa que es difícil recuperar “les temps perdu” en los bailes de cuarteto, en los que permaneció horas con un vaso de plástico de fernet o cerveza, esperando: qué.
Su timidez, su anonadamiento ante LA FEMME era de un patetismo al límite.
Porque así se sentía y así se siente, como que LA FEMME no era una igual, sino alguien superior en un aspecto; como que era difícil que LA FEMME se convirtiese en una “par”, pero, a la vez, contradicción andante, cuando alguna FEMME hubo de rendirse ante él, él clavó colmillos ciertamente machistas, y se hizo el protector, y actuó como tal, o el burlador, o el asustador.
Y, además, mascullaba, LA FEMME, en un punto, tiene esa fuerza del poder materno, de la autoridad femenina por sobre la masculina.
“No sé”, dijo, ante su interlocutor reciente, un psicólogo de Ensenada Pedregosa.
“Y esto, es peor que un Edipo que pueda llegar a tener un gay, porque lo que yo tengo genera una mezcla resentida de admiración y rechazo, misoginia y deseo extremo; idealización de la mujer como un dibujo de Disney y deseo físico animal, porno. Porque por un lado está la idealización, pero por otro lado, quería llegar a la realización del coito por el camino más corto posible, sin preámbulos”.
“Preámbulos que, además, en la vida real y tocable, desconocía. En esto, era y soy sumamente estúpido: cómo hacerlo, cómo hablar a alguien, cómo cortejar”.
A ese punto de la confesión había llegado en esa sesión.
El psicólogo esbozó un cuarto de sonrisa. Habrá pensado, este licenciado en psicología, recibido en la Universidad de Córdoba (a cinco años corridos para obtener el título), que no iba a ser fácil este paciente, aunque este paciente le estaba entregando un juego de palabras muy pero muy claro, por lo que anotó inmediatamente en su cuaderno con espirales: “Neurótico obsesivo con defensas depresivas”.
El psicólogo, un pibe bisoño al fin de cuentas al lado de Mallea, a quien se le veían las arrugas, y las manchas de su camisa vieja, todavía no le quedaba en claro lo de la misoginia, el machismo y lo gay de Mallea.
Mallea se fue de la sesión abrumado por una nube de culpas por todo lo que había confesado, y, al mismo tiempo, por imágenes visuales y acústicas de aquellas noches y noches; amaneceres perdiendo el tiempo en bailes realizados en clubes de Aisunasta, y también de Tinogasta, o también en Sañogasta, en el aniversario del Club Newell’s cuando cayó por ahí, ya con un fernet de más, y estaba tocando en vivo “La Banda de Sol Naciente”.
Allí lo veía a Cacho, el animador de la banda, y a Leo, el cantante, que fueron acribillados a besos por un grupo de mujeres cuando se bajaron del escenario.
Y él, Ramiro, a un costado de todo. Con su vaso de plástico y el fernet. Y nada más. Y así volvería al hotel de Chilecito, donde estaba parando por la venta de almanaques, y volvería, seguramente que a archeopterizarse. 
El “temp perdu” en bailes y boliche esperando levantar, llevar a una mujer a un lugar, pero no, para terminar mirando y mareado de tanto fernet con coca, y tirando acullicos casi negros en las calles.
Cuánto ha sufrido Ramiro Mallea de deseo insatisfecho en todos esos lugares. Tanto tiempo perdido sólo por tener esa idea de LA FEMME, y por no conocer cuestiones del Eros básicas.

Y además, está no sólo eso, sino la idea de hombre que supuestamente las mujeres tienen. Que algunas la expresan, pero hasta qué punto es parte de la realidad. 

Monday, June 02, 2014

Intrínsecamente cheleminiano



El viento es compadre del fuego, festeja la locura del fuego, y viceversa, ya que por algo son compadres.
Por eso muchas veces son imparables y a los hombres les queda sólo el recurso de agarrarse la cabeza con las manos e implorar a los dioses que detenga la vehemencia de los dos elementos.
Ante el fuego de aquel mediado de primavera, que incendió autos, decenas de autos, y casas, en una ciudad del sur patagónico, en un programa dominguero de un centro de residentes catamarqueños, se hablaba de Dios y la Virgen del Valle que deben proteger.
Alardes de algunos catamarqueños y su “religiosidad”. Eran tres catamarqueños que, en una radio patagónica, ponderaban, se auto-elogiaban la religiosidad “intrínseca”.
Y, realmente, Jorge Sarmiento, al escucharlo decía que eso era lo que lo alejaba aún más del “ser catamarqueño” “oficial”.
No iba a pasar por alto sus pómulos altos, de indio del coyasuyo, de diaguita, eso estaba bien, aceptaba el en-sí del cráneo aborígen.
Lo que detestaba era la “religiosidad”, que fue lo que los indios watungastas padecieron y se amoldaron ante la llegada de los españoles, hace 500 años, y terminaron esclavizados. Pero detestaba a los que quieren meter a toda la comunidad de Catamarca dentro de esa religiosidad.
Esa indignación sobrevino, con náusea, cuando los tres catamarqueños de una radio local se comunicaron telefónicamente con un ser bajo, el Vil Bajo, nacido en Villa Vil, locutor hegemónico del pueblo de Aisunasta , hablando de que va a transmitir la procesión en el marco de la Coronación de la Virgen.
Aún recuerda Sarmiento cómo se jactaba aquel Vil Bajo de la transmisión de la visita de la imagen de la Virgen del Valle, allá por fines de la década del ´80, o principios del ’90. Que tenía problemas con nódulos en la garganta y que, oh, milagrosamente, la Virgen permitió que su voz siguiera transmitiendo, que las cuerdas vocales quedaron intactas, él, el elegido.
“Y por qué no”, se preguntó, “ningún comunicador catamarqueño hizo alardes de la rebeldía calchaquí, antes que de la religiosidad”.
“Joselín Cerda Rodríguez, escritor tinogasteño, escribió una novela basándose en Chelemín. No olvidarlo”.


Sunday, June 01, 2014

Pez fuera del agua

Obra de Fintan Whelan


“¡Como pez en el agua!”, comentó, exclamando, sonriente, David Farro a Luis Alberto y a Omar Munchen, aquella vez que visitaron a Jorge Sarmiento, una tarde, en la radio FM Aisunasta, cuando estaba la plaza hirviendo por los 45 grados.
Es que a David le había parecido “notable” la manera en que se movía Sarmiento dentro de la radio, lo cual, ahora que lo pensaba, debería aparecer como un ser-Sarmiento muy diferente al ser-Sarmiento de la calle. Este último, era un ser “acovachado”, un ser sufriente, un ser al que le cuesta respirar, caminar. Un pez fuera del agua, tal cual.
Y entonces, el agua era estar dentro de esa radio. No necesitaba allí, en esa pecera que era la sala de locutores, contener sus tics, ni sus gestos de duda continua ante interlocutores de carne y alientos.
Y ya lo había notado el mismo Luis Alberto, cuando en la tarde anterior, Sarmiento se dejó arrastrar para comprar asado en una carnicería céntrica.
Luis veía que Sarmiento permanecía al lado, callado y ceñudo, mientras él elegía los cortes: corte americano, costillas, algo de falda. Y cuando el carnicero iba cortando un costillar, Luis le hizo un comentario similar, no a Sarmiento, sino al mismo carnicero: “Este sin micrófono, se convierte en un quedado”.
Hemos dicho: acovachado. Dícese del refugiado en una covacha como un ratón temeroso que no quiere salir de su mugre de alrededor.
Y hemos dicho: quedado, dícese del que se queda, inmóvil, que podría circular pero algo, un mecanismo empastado, lo deja así. 
Pero no hemos dicho nada del crudelísimo comentario de Cayetano Marrero, en su verba alcoholizada, días después, en la confitería “El Quijote”, exagerando verdades como un gaucho violento: “Sos un limitadito de mierda”.
Y dijo un mal poeta –un híbrido entre tinogasteño y caletense-, M. Romero, que “lo más cercano a la felicidad es la sabiduría, y lo más cercano a la sabiduría es que la vida fluya; o que estos dos elementos –fluidez y sabiduría- estén entremezclados según el individuo y según la circunstancia y la época”.
Y también manifestó que “lo contrario de eso es tener el espíritu cerrado por los prejuicios, o los miedos o las ambiciones”.
“Lo contrario a la felicidad es la rueda, la espiral, la paralización o el engaño que produce la espiral, y el circular en círculo. Temo a la espiral de la violencia, al pensamiento-encerrona. Es uno de los infiernos que no tienen fin, y les temo”.
Ese híbrido personaje, M. Romero quería escribir un libro de auto-ayuda original, que no tuviese basamento en ninguna teoría psicológica, ni en ningún libro en particular.
“La sabiduría es la fluidez. Y ahora, sabido esto: ¡Que la vida fluya hasta el final! ¡Que pocas cosas nos detengan! Habrá accidentes, habrá enfermedades, habrá dolor, habrá pérdidas, pero que “todo” (Pan) nos dé la posibilidad de seguir fluyendo, así sea dentro del dolor de la pérdida. Y que no nos quedemos encerrados en el pensamiento-encerrona”.
Jorge Sarmiento había leído ese libro una tarde, comiendo pan y queso, en el torreón de adobe. M. Romero no tenía una vida fluida, que él conociese. Todo lo contrario, había quedado “empastado”. Pero en las frases de alguien que escribía medianamente bien, alguna verdad podría sonsacarse.
“Con ese criterio, con el criterio de la fluidez, de la fluencia, de la circulación, debemos relevar las cosas para saber si van bien encaminadas. Por ejemplo, hay que preguntarse, para tener una pauta de cómo van las cosas: ¿Está fluyendo la empresa, la relación conyugal, tus días? Si no es así, si cuesta avanzar, entonces no es ese el camino. ¡Debe fluir!”, decía, M. Romero, exagerando su pose de gurú.



Precursor del grunge

En aquella época, cuando tenía unos 13 o 14 años, incluso menos, cuando tenía 11 o 12 años, yo fui el precursor del grunge y nadie se ent...