Monday, December 30, 2013

Hinadas salen del Palacio

Siempre pienso que los de la clase media son hidalgos (hijos de algo) y se permiten esas cosas. En cambio los hinadas (hijos de nada), no se permiten esas cosas porque no tienen una base mullida de ética y formación, no tienen nada, no tienen instrucción, no tenemos nada, y por eso nos resulta difícil la generosidad, ya sea vertical u horizontal.
Ricos y pobres
Príncipes y mendigos
La casta de intocables en la India
La clase media solidaria pero insuficiente
La clase media discriminadora y que no teme mirar a los ojos y decirte “negro de mierda”
La clase baja que repite lo de negro de mierda a pesar de ser hijo o padre o primo o chozno o futuro abuelo de un negro de mierda.
No me preguntéis por mi psiquis, por qué me interesa.
Psiquis resentida

Un hinada salió con otro hinada del Palacio de Justicia.
Cara de felicidad. De once, fueron los dos que quedaron libres.
Salieron con los brazos al desgaire,
Con la sonrisa sin ocultar
¿Sin sombras?
Es un trámite complejo la Justicia, delicado
Es el Estado que te encierra por sospecha, ¿no es cierto, Osvaldo Bayer?

Sonrisa lenta

Siesta calurosa, con el cigarrillo, el whisky a medio terminar, el torpor, el vapor, el sudario vagabundo de los alientos de este y otros departamentos de ciudad latinoamericana.
En la década del cuarenta, he dejado los trajes colgados, el sombrero de ala umbría, la elegancia de la musculosa blanca, el baile de pasos cortos, y de caderas amigables. “Cariño, ¿bailamos?”, dicen los hombres solos en su departamento, mientras miran a palos de escobas.
Pixinguinha cantando con cierto optimismo.
Hoy en día, hay que estar atentos a los optimistas, pero no a los boludos alegres, cuántas veces se ha dicho.
La cerveza, a vueltas, espumantes en el cuerpo, en las venas, burbujea y da calor a la cabeza. No está bien la cerveza, pero sí está bien adónde nos lleva todo, el corazón.
Da ganas de hablar, ¿verdad? De bailar meciéndose con el tempo en que tarda una sonrisa lenta, tan lenta que ningún molusco hará carrera contra ella.

Escuchando a Pixinguinha, “Carinhoso”.  

Saturday, December 14, 2013

Hay ruidos fuera del capullo

Oleo de "Solano". Thomas Hammer.


¿Habré soñado con una película de terror, o realmente la estaba viendo con los ojos entrecerrados cuando tronaron los gritos del piso de abajo, el alboroto de metales, ayes, quejidos, golpes retumbantes sobre las paredes de chapas, pero sobre todo los alaridos de alguien desgarrado por dentro y vaya a saber por dónde más?
Mi mujer, que estaba al lado, profundamente dormida en un colchón que habíamos tirado en el piso, frente al televisor, se despertó con otro alarido que alcancé a sofocar con la mano. “Sshhh, hay lío abajo”, le susurré.
Ella asintió, con los ojos desorbitados y resollando por la nariz, pues acababa de salir de una de sus pesadillas, de esa inagotable cantera que posee para imaginar infiernos individuales. (Más tarde me dijo que la desperté cuando la estaban ahorcando dos manos, detrás de un circo desvencijado, que se había instalado en la cancha del San Jorge Rugby Club).
Súbito, llegó el silencio, luego de dos golpes rotundos. Claramente habían sido mazazos de algo contundente contra algo blando. Eran las tres y media de la mañana, observé en el reloj de pared.
Un silencio tenso se produjo, diferente al de la una de la madrugada cuando empezábamos a dormitar.
Nos habíamos acostumbrado al bufido del viento otoñal que levanta polvo y piedrecillas húmedas que dan contra los vidrios de las ventanas.
Ese golpeteo es la canción de cuna de nuestros hijos nacidos en Caleta Olivia, y de todos los hombres y mujeres que vinieron a poblar esta pequeña ciudad de ásperos talantes.
Y repentinamente, el alarido. Volvió el chico a gritar, porque no nos cabía duda de que era la voz de un adolescente.
El bramido desgarrador era el de un muchacho que parecía pugnar por salir, por escapar, por nacer con dolor. Y también, se escuchó con  más nitidez el griterío de una mujer, el alarido que se divide en miles de tonos, como el de una parturienta enferma, o el de una mujer que ve a su hijo morir en una tragedia espantosa. Una mujer que parece varias. Era nuestra vecina, la chilena de abajo, sin duda.
-¿Qué pasa, qué pasa? –clamó, con pavor, mi mujer.
-No sé. No sé. Se están matando abajo, los vecinos – supuse yo, sumamente nervioso, sin saber qué hacer, en ese estado de indefensión en el que uno se encuentra cuando sale de la cama casi desnudo. Iba colocándome los pantalones, los zapatos, sin medias, rápidamente.
Pero, saben qué, lo que causó mi sensación de extrema indefensión no fue tanto mi desnudez, como el hecho de que tenía a mis dos pequeños hijos durmiendo en sus cunas.
La vocinglería era tremenda. Venía subiendo. ¿Salgo o no salgo? Me debatía, ya mirando hacia afuera, hacia el mugriento estacionamiento de autos, ya tocando la llave de la puerta para abrirla y socorrer al pibe.
Se escuchó como un tropel, como si cabalgasen mulas por sobre cuerpos tirados en las escaleras.
¿Era el padre que le estaba golpeando al hijo? Un padre borracho golpeando a su hijo adolescente. Un hijo adolescente que se rebeló contra su padre. Un hijo que se drogó en el patio interno de los monoblocs y que, al regreso, enloquecido le golpeó a la madre y al padre.
¿Era el hijo que se estaba escapando de algo?
Nunca escuchamos un pedido de auxilio. ¿Pero acaso no éramos nosotros los que antes también habíamos salido corriendo por una pelea interna cuando tuvimos que discutir por nuestros hijos adolescentes?
Después el silencio. Y un llanto apagado. Ella, mi mujer, lo veía como un caso extraordinario, lo sucedido. Yo no. Fueron ruidos. Algo pasó. Quizás hubo sangre. Tal vez exageraron los gritos. O no. Pudieron haber matado a alguien.

Estábamos en nuestro capullo. A la media hora estaríamos dormidos. No iba a permitir que la acidez de un pensamiento saliera del todo: que el capullo pudiera ser destruido por un accidente o por otro. Demasiado dolor teníamos en temer y temer todas las noches. 

Wednesday, December 11, 2013

Los que llegan a ser juzgados



Los imputados por el Caso Tal son pobres. Pobres con bondad, pobres con maldad, con picardías o con inocencias. Con ignorancias, y puede que haya algún borracho, que haya algún golpeador de mujer, que haya algún perverso. Pero siguen desfilando pobres. Y con poca instrucción. O con mucha. Pero siguen siendo pobres los que desfilan ante los jueces. Desde hace años. En Aisunasta, en Caleta Olivia, en Las Heras, en Puerto Deseado. En Santa Cruz. Y en Argentina.
Y eso
Dice
Algo
Acerca de los que llegan a la Justicia
Sigue diciendo algo
Acerca
De
Los
Que
Van
Al
Cadalso
Así en el siglo XXI
Como
En el XVIII
Reitero, tal vez no sean buenos. Es más. Algunos son pícaros. Y rehúyen las preguntas.
Ayer, este cronista, se acercó a uno que había salido, en un cuarto intermedio de la penúltima audiencia.
El hombre que no sabe manejar a Cronos, o sea el que suscribe,  le preguntó: “¿Y tu caso cómo quedará?”
-¿Mi caso?... – Y se detuvo unos segundos y vio mi sonrisa pedigüeña, a la que malinterpretó porque dijo: “¿De qué te reís?”.
- No. Sólo pregunto. ¿No estabas con R.C.?
-No- respondió rotundamente y se fue dejándome confuso y a media palabra.
La puta. Qué confusión, la de alguien no acostumbrado a la vida social, como este cronista desidioso ante Cronos.
Por eso, los pobres no son buenos
Tampoco son malos.
Los ricos… ¿son buenos?
¿O son todos malos?
¿Hay ricos buenos?

Los hombres en vigilia y con sangre caliente y respiración notable, todos, pobres y ricos, están en el limbo, y generalmente cruzan la barrera del averno, antes que la del paraíso.

Tuesday, December 10, 2013

Piedritas sobrevuelan cuando niños

("La Lobería", óleo de Miecislao Dola)


Mi aldea, señorita maestra (¿su nombre era Lidia?) Sí, usted, que tenía cabello castaño claro y lacio, que era más baja que las demás señoritas, pero que era frenética al caminar y al hablar, y cuya reputación entre las mamás de mis compañeros estaba basada en su exigencia), mi aldea, de vez en cuando, tiene voladoras piedritas pequeñas en la atmósfera, piedritas frías que me golpean los cachetes, señorita. Como hoy cuando yo caminaba rapidito por el barrio de monoblocs, y las piedritas querían rajar mi cara.
Pero eso no es lo que me hace llorar. Lo mío es de lágrima y lágrima, por eso tuve ese accidente de esfínter después de ocultar mi cuaderno.
Yo le quería decir (hace décadas que le quería decir), que lo que me hacen llorar son los chiquitos que sufren como yo. Hace treinta años sigue habiendo chiquitos que sufren como yo. Chiquitos metidos en casas calefaccionadas, pero infernales, donde hay padres que golpean, madres que golpean, padres que se van, madres que se van, padres que toman, madres que se suicidan. Se golpean mucho, señorita, mucho. Y eso me hace llorar.  
¿Usted, señorita, podría decirme si todas las aldeas son iguales, así, tan desapacibles? ¿Aisunasta es así? ¿Córdoba, Buenos Aires o Victorica?
Un cínico escribió en facebook, hace poco, que mi aldea “puede recorrerse en diez minutos, pero tiene los problemas de una megalópolis, con tanta violencia”.  El cínico puede sobrevivir en esta aldea, y los sentimentales quedan achicharrados por el dolor de lo que ven. Ahora pienso eso. (Después revisaré esta afirmación, señorita. Siempre detesté estar seguro de mis aseveraciones, porque aseverar me parecía un signo de severa soberbia asqueante).
Por ejemplo, ¿Aisunasta era desapacible?  Recuerdo tragedias aisunasteñas, cómo no. A un muchacho de frente toruna, con quien compartí más de unos vasos de vino en el club Calchaquí, apareció muerto una madrugada del año 2000 sobre la ruta 60. Tenía un agujero en esa frente de toro joven. O piedra o golpe de auto.
Otra tragedia aisunasteña, cerca de Saujil, cuando dos adolescentes, una chica y un chico, se subieron a un árbol, pajaritos de espíritu gimiente, colgaron cuerdas a sus cuellos, y se lanzaron, matándose los dos juntos. Eso fue por la misma época.
Mi aldea, señorita, la de ahora, no Aisunasta, esta aldea de piedritas frías y salobres sobrevolando, es resbalosa. Por la escarcha acabo de caer. Hace cinco años yo había caído peor desde una moto y me quebré el brazo, y tardé seis meses en recuperarme.
Tal vez, señorita maestra, usted se llamaba Livia, y no Lidia. Nadie la recuerda. Le pregunté a una maestra de esas épocas, la señorita Pfening, pero ella no sabría decirme quién era usted. Mis datos son poquísimos.
Uno de los pocos datos es lo que me une a usted, señorita Lidia, y a nadie más, porque usted fue la que vio mis excrementos.
Nos había pedido, a todos los del Segundo Grado C de ese colegio salesiano, que escribiésemos sobre “Mi aldea”. Y yo era tan lento para escribir. Desde Primer Grado. Es que me costaba entender el para qué de las cosas. Y mis compañeros terminaron y yo me quedé mirándola, a punto de llorar cuando se me acercó a pedirme el cuaderno. Sé que suspiró resignada, y me dijo que lo haga en mi casa y que al otro día se lo llevara.
¿Qué lo haga en mi casa? Si en mi casa, mi mamá se había ido con el gordo marrón que practicaba Judo, y mi padre volvía al amanecer desde Las Heras. Entonces, estábamos al cuidado de una vecina chilena, Teresa Licanquín, que preparaba un guiso picante, y tenía siempre las manos con olor a guiso.
Al otro día, señorita, antes de que me preguntara sobre el cuaderno, pedí ir al baño. “Vaya”, me dijo. No alcancé a llegar al baño. Mis tripas no daban más. Yo temblaba y sudaba. Y no llegué, señorita. La caca blanda inundó ominosamente la parte trasera de mi pantalón de pana gris.

Y tuve que decirle a la portera Marta, una mujer de voz aguda y pelo rojizo teñido. Y ella le dijo a usted. Y usted llamó a mis padres. Y no había nadie en mi casa. 

Monday, December 09, 2013

Putrefaccionándose en el vértice del barrio

Obra de Glenn Kennedy. “This Could Be Golden”

Padre quería suicidarse. Exhaló una bocanada de aire sobre el vidrio de la ventana, esa ventana que, desde una altura de tres metros, da sobre el vértice del barrio de monoblocs.
Un vértice que, a esa hora de inciertas sombras por la luz tenue, luz de amarillo-sopor, era el símbolo más exacto de la falta total de sentido de cada cosa. Por ejemplo: qué sentido pudiera tener ese papel que sobresalía de un montículo de tierra que se balanceaba al viento leve; qué sentido, oh, tendrían esas viviendas de la esquina que albergarían, a esa hora, tic-tic-tac-tac, las 4:17 minutos, familias durmiendo, heladeras con el motor silenciado, aire que sopla entre los calefactores, el músculo duerme y la ambición descansa.
En la casa marrón y de ladrillos azules, la dueña de la rotisería resopla junto a su marido de fuerte tonada salteña o riojana. Ella, que empezó con un kiosco, después una despensa enorme, y ahora una rotisería próspera que, a la sazón, obligó a construir dormitorios en una planta alta, y que el comedor también tuviese que ser erigido en un apéndice en el patio trasero. Qué sentido tenía tanto esfuerzo por, después, qué, un momento, de la vida.
¿Por eso Padre era tan dejado y no tenía casa?
Padre recordó que la tía de un primo lejano, en las fiestas pasadas de año nuevo, tras brindar por año nuevo, pidió un deseo, en voz alta: “una sala de estar con enormes plantas de interior”. Le pareció absurdo a Padre. Padre quería suicidarse y recordaba la ambición que duerme de la dueña de la rotisería y el anhelo de tía que, seguramente, ya estaría endeudada para hacer la sala con plantas de interior.
Padre apoyó la frente en el vidrio helado y quedóse así por un par de minutos, y retiró su cabeza cuando aparecieron, debajo, desde atrás del edificio, dos muchachos delgados de buzos y capuchas grises. Caminaban rápido y hablaban el mismo ritmo, en voz alta.
Pero Padre no alcanzó a distinguir lo que decían. No pudo escuchar ni una sola palabra completa.
Padre conjeturó que, en esa madrugada, dos pibes del barrio Gregores o del barrio 25 de Mayo, o del Unión, o volvían de una ingesta (de vino en caja o de puchitos de marihuana), o iban hacia una en otro lugar.
Imaginó que podían dirigirse a la casa de Anastasio, el inefable tío de mis primos del norte, el cual usaba su precaria casa de cemento sin revocar para hacer “juntas”, “fiestas clandestinas” o, como dicen en Aisunasta: meras “chupas” de vino, a tan pocos pesos el litro. Y Padre pensó que era casi seguro que Anastasio no haya escarmentado luego de haber sufrido el apuñalamiento perpetrado por Juan de la Vía. Anastasio y su mujer –la de baja estatura- habían recibido puntazos en los brazos y algún rasguño de cuchillo en el abdomen por el nervudo Juan de la Vía.
Y entonces, Padre reforzó su pensar sobre el sinsentido del vértice soporífero del barrio y el vértice a que había llegado la relación con Madre, con todo lo feo de lo que le rodeaba en esta pequeña ciudad: alcohol, celos, resentimiento, malevolencia, habladurías, hipocresía. Así las cosas, ninguna, y menos la palidez de ese foco que se empeñaba en iluminar ese ángulo del barrio, lograrían salir del sinsentido.
Ha llegado el momento del suicidio, volvió a decirse Padre en una murmuración.
Un instante después, Madre cerró la puerta de nuestro dormitorio con un golpe terrible, como si hubiese sido un disparo, dejando a Padre primero con su corazón galopando por el terror, y una vez pasado el mismo, quedó otra vez con las manos en los bolsillos del saco, parado, paralizado frente a la ventana, al lado del calefactor, en el desierto de su neurótico circunloquio, putrefaccionándose en terror y asco por vivir. 
“Soy el ser menos capacitado para vivir”, se dijo. “El límite es la falta de ganas de vivir”, formuló.

Luego, Padre, esperó un momento más que todo se aquietara, que se escuchara la respiración acompasada de las habitaciones contiguas, para volver a calmarse él. Cómo había llegado a ese terror. Estaba muriéndose de terror, pero acostumbrado al fin y al cabo. 

Wednesday, December 04, 2013

La argamasa de Couperin y las villas


Desde un departamento en Córdoba, en barrio Iponá, puso Edegardo la música a todo volumen. Couperin.
Jugaba a las cartas, al truco, y hablaba acerca del Medioevo, del renacimiento, de Europa, las más de las veces. Eurocéntrico, yanqui-céntrico, pero sin olvidar el fútbol y el truco.
Veía películas francesas, iba a la Alianza Francesa, y admiraba a Caravaggio y a todo artista que demostrara lo bello para él. Hablaba de “Bello”, no usaba “Lindo”, ni “Hermoso” para elogiar.  Tenía una reproducción barata de una pintura de Magritte, de un cielo surrealista. Y hablaba del enamoramiento de Thomas Mann por un efebo en “Muerte en Venecia” (la película, no el libro).
Vivía en un departamento en diagonal. Tenía popularidad con los que vivían en la villa miseria del frente. Ya había violencia en Córdoba.
Yo lo iba a visitar una vez por semana. Quedaba cerca de la Ciudad Universitaria. Lo difícil era volver, encontrar el colectivo, surcar la zona peligrosa de la Villa El Bordo, en la oscurísima Félix Paz, o el baldío de enredaderas y campánulas que había entre barrio San Ignacio y la Deán Funes al 3600, en Alto Alberdi, así, hasta llegar a casa de mi abuela.
Yo, iba a verlo, la más de las veces, desde Villa Siburu.
Yo iba, también, porque me rebelaba ante lo que me parecía la gris realidad de trabajar en obras en construcción, junto a mi padre oficial de albañil.
A levantar baldes, haciendo mezclas, aburridísimo, dos baldes de agua, dos baldes de arena, media de cal, una de cemento, un poco más de agua, en la máquina que gira para hacer la mezcla, la argamasa (así la llamaba yo, pero no los demás), y luego verterla en otros baldes, y levantarlos y llevarlos hasta donde mi padre estaba, ya sea sobre un andamio o sobre una planta alta.
En realidad, colocaba el asa en un alambre grueso y él, desde arriba lo levantaba. Y así podía estar horas, o cuando padre me decía que vaya a picar una pared, o directamente que, con una masa, y de vez en cuando ayudado con un cincel, con un corta-fierro de punta gruesa, y golpear con fuerza, durante media hora o tal vez más, hasta que cayera el pedazo de pared.
Lo fácil era cuando cedía el revoque de cemento, porque derrumbar los ladrillos era cuestión de empujarlos casi con la masa para que cayeran despedazados, pero no, también había que economizar, y tratar de no destruir los ladrillos porque podrían servir para la próxima vez, para la pared que se reconstruiría, o la que se erigiría en otro lugar.
Yo sólo tenía fuerzas para ser bruto, es decir, sólo para golpear, palear, pero nunca pasé de categoría. No estaba para pensar como padre, ni lo quería hacer, que con el lápiz de carpintero marcaba acá, y allá, que le sostuviese la manguera transparente del nivel, o que le trajera de la caja de herramientas el nivel metálico para que lo apoyara sobre una pila.
Lo que más pereza me daba era trasladar ladrillos desde la vereda de la casa de circunstancia hasta el fondo de esa casa, había que apilar los ladrillos en la carretilla, lo que más se pudiera, y allí, esforzarse, levantar con todas las fuerzas en la espalda y en los riñones y levantar, sostener, aguantar y empujar y que la rueda de la carretilla vaya girando, a pesar de que se hundiese en una parte barrosa, por eso había que colocar una madera a manera de puente, para que siguiera circulando porque la recorrida sería de varias veces, una, dos, tres veces.
Desapilar y apilar podría llevarte un día entero si lo hacías solo, o media día si había otro peón. “Qué feo que es el pueblo de cerca”, pensaba yo, en la expresión de Edegardo, parafraseando a una mujer rococó que en el film “La Noche de Varennes” ve por primera vez a la multitud que vive fuera del castillo.
Una vez, muchos años después, uno de los hermanos Moreira me dijo que yo era no solo un “Limitadito de mierda”, sino un “desclasado”.
Aún no lo entiendo. Soy muy cerrado cuando me hablan en otras categorías de pensar. Si me dicen “desclasado” es porque el que me lo dice tiene toda una lectura de lo que es “clase” según Marx, y yo jamás lo leí, mi padre ni siquiera sabía quién era Marx y mi padrastro cuando sacó la basura de la casa de un judío farmacéutico, trajo el rastrojero lleno de libros viejos, verdaderas joyas, dijo que escondiera o tirara un libro sobre la vida de Marx, y estábamos en 1987 u 1986, o menos, y todavía había miedo, “por los milicos”.
Marx, a los pobres, a nuestra “clase”, nos pasaba muy por arriba, o no nos pasaba, lo que sí había era Perón, o Balbín, o Illia si vivíamos en Córdoba. A la familia de mi padre la cuestión era con Perón, como alguien paternal, protector. Simplemente eso.
Por qué, en toda mi perra infancia y en mi cerril adolescencia de villa miseria (vivía en Villa El Bordo, hoy arrasada por las máquinas, entre avenida Cólon y Zípoli), ningún tipo se acercó a hablarme de Marx. Nadie. ¿Dónde estaban el Partido Obrero, el MST, el PC, etcétera? A lo mejor, si se hubieran acercado hoy yo estaría contando otra historia, otras lecturas, incluso más amigos de “clase media”.
Cuando conocí la “intelectualidad” fue a través de Virginia Braxs, y de Edegardo.
Con Edegardo, conocí intelectuales liberales, o los de ciencias duras como Mario Bunge. Qué digo conocer, apenas presentado en reportajes que leía o en un libro muy didáctico que hablaba sobre epistemología. Pero presentado al fin. Y después, solito, yo me fui a Nietzsche o a Dostoievski, y dejé pasar los años.
Pero lo que más me hace recordar a Edegardo es la música de Francois Couperin. Él tenía una plaqueta con tres poemas, y una larga presentación de su persona donde decía que “musicalmente se siente deudor de Ozzy Osbourne y Francois Couperin”, como para “epater le bourgois” acerca de la contradicción de gustos en sí mismo; pero no era tan contradictorio, era un típico muchacho de clase media del barrio Poeta Lugones.
Lo mío sí que era contradictorio y siempre lo fue: Couperin con Trulalá, Bach con Pelusa, Albinoni con Fernando Bladys.
Y entonces, uno arrastra pobrezas de gustos, si es que se puede llamar así.
Cuando era niño me regodeaba con la enorme colección de revistas de Dartagnan y de Patoruzito que tenía mi tío Víctor. Y así adquirí el gusto por la lectura, ni siquiera por haber leído algún autor “importante”. No había lectores en ninguna de mis casas, ni en la de madre en la villa El Bordo, ni en la de padre en Villa Siburu, ni en la de abuela en Alto Alberdi. Salvo tía Mary que guardaba algunos libros, la mayoría best sellers, pero que se veía un crecimiento de gustos literarios hasta incluso comprar “Las Venas Abiertas de América Latina”, ella que había empezado con Papillon o un grueso libro sobre una mujer en la cárcel. Libros que se compraban en las décadas del ’70 y ’80.
Oh, perdón por no haber leído más, por haberme dejado llevar por el resentimiento.
Agradezco que aquellas dos personas, Braxs y Edegardo me hayan contagiado su gusto por la belleza literaria, yo ya la tenía internalizada, y quería escribir en principio como Güiraldes, o como Martínez Zubiría (¡Hugo Wast!), en una prosa que me parecía, sólo en ese entonces, maravillosa.
Pasaron 30 años ya de eso.  

Pero, recuerdos de un albañil pequeño en Villa Siburu, eso es lo que fui. Digamos la verdad, seamos realistas, que hace mucho tiempo que quiero ser realista. 

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