Tuesday, February 19, 2013

Pirañas, azufre y chacales






Román Chas fue invitado a tomar una “cervecita” en ese mediodía de calor en Caleta. 
Vio, a pesar del dolor fuerte detrás de la nuca, como si el cerebelo fuera una pieza recalentada, a dos tipos extraños en la Terminal de ómnibus, en esos momentos, de extremismo moral, en que a él le parecían extraños todos los de Caleta, seres casi sin sentimientos, corriendo detrás de dinero.
Pero además, accedió al convite porque quería “despejarse”. Había estado toda la noche escuchando una música machacona, cumbia villera, que venía del ruidoso departamento de arriba, en el barrio Gregores. “Seee me vuela el techo de chapa”, gritaban los del departamento superior.
Un muchacho, el inquilino, invita cada dos o tres meses a sus amigotes, y comienzan a hacer un ritual que puede iniciarse con ver un partido de fútbol por televisión, y después inicia la música al más alto volumen de un equipo que, supuso Román, es enorme y obsceno. El rito puede terminar en gritos solitarios o cánticos por el Catamarca Fútbol Club o Estrella Norte u Olimpia u cualquier club, al otro día.
Eso no sería nada si no fuera porque las patas de los tipos hacen retumbar el techo de Román, y al del departamento de al lado, donde se escucha que llora uno o dos bebés, asustados por lo que los grandullones hacen, procaces.
Después la fiesta de los de arriba asciende, in crescendo, y hasta se escuchan sus “uj, uj, uj”, cuando saltan al ritmo de temas de Los Dragones o de otro que Román desconocía.
Román escuchó, con hastío, que hasta hacen una suerte de danza aborigen, que en realidad es el coro de alguna de esas cumbias que hablan de la yuta, de la marihuana, del paco y otras yerbas.
Febril noche escuchando cómo retumban y bufan y mugen y aúllan. Hubo días en que se escucharon chillidos y risas de aceitosos cristales de mujeres, pero esta vez no fue así. Parece que fue una ingesta de machos nomás.
Bien. Así y todo, aceptó esa mediodía la invitación. Se sentó en el barcito de la Terminal de Omnibus, reducido a una sola mesa en un incómodo lugar.
Quien le invitó es un integrante de uno de los sindicatos petroleros. Se está “normalizando” el gremio. Son todos normalizadores.
La normalización está dividida y algunos quieren salirse de la supuesta unión de todos. Por ejemplo, está Marito “Azufre” Barría, quien comenzó a sacar sus ambiciones al aire, quiere dirigir el sindicato, cuando haya elecciones. Y también está el “Chacal” Menoti.
Ambos aparecieron juntos en el gremio, y se convirtieron en poderosos señores negociadores. “Me das esto y no te hacemos quilombo”, les dicen a algunos empresarios. Román, como moralista extremo, veía mal el “apriete”, pero prefirió no decírselo a Marito.
Lo único que les dijo, a Marito y al Chacal, es que “son unos buenos hijos de mala madre, lo están dejando solo al cabeza redonda”.
Al aludido le dicen “Snoopy”, porque sus ojos tristones se parecen al del dibujito. Están “Snoopy” y “Pink Panther”. “Pink Panther”, dicen, es el cerebro, y su apellido es Barrol, un hombrón de más de 1,75 metros.
“Snoopy”, por ahora, es la cara visible del gremio, hasta que se normalice.
“Son como pirañas todos”, pensó Romanchay.
Y son pirañas que pueden cometer actos violentos. De armas sacar, no tanto de armas llevar porque no estamos en la década del ’30, pero sí armas sacar, de ir a buscarlas a algún lugar y traerlas cuando sucedían los kilombos.
Recordó que “Azufre” Barría fue a buscar una carabina de algún galpón de zona de Chacras y, con seis o siete tipos más, fueron a tomar el sindicato por la fuerza. Se metieron un fin de semana y de ahí hubo que sacarlos ante una fuerte custodia policial.
Román, cuando era un empleado de un abogado, se acercó a dialogar con Azufre, refugiado en el gremio. Azufre miraba por los intersticios de la persiana y, desde ahí, dialogaba con la policía. Pedía que se fueran los que estaban gritando desde la esquina.
Román alcanzó a verle los ojos un tanto grandes y exoftálmicos, los labios gruesos. Y vio también la punta de la carabina.
“Los vamos a sacar a patadas”, gritaban desde la esquina, entre esos había tipos irremisibles como “Pechito”López, un hombre bajo y delgado, hijo de chilenos, que tiene la sonrisa burlona permanente, y que había ido a buscar un arma.
Un tipo que parecía que tenía la malevolencia a flor de piel.

Tuesday, February 12, 2013

Oé escribe aunque duela



Creo que Kenzaburo Oé, en “El grito silencioso” está pendiente de las filigranas del dolor, del enfurecimiento, de las derrotas, de los fracasos, de lo irredento del ser humano en esta vida, no hay remisión posible. Sensible a las cosas que nos puede pudrir, del miembro u órgano faltante, de las pesadillas reales, de las revueltas sociales revulsivamente inútiles y mezquinas de esos pueblos de testuz gacha, perdidos en un valle.
¿Estás hablando de Aisunasta, Kenzaburito? Pues no, él habla de Ókubo, un pueblo vallisto, sí, pero de una isla de Japón. Pero Ókubo bien podría ser Fiambalá, o Tilcara, que son un poco más chicas que Aisunasta, aunque por lo desperdigada de la población bien podría ser San Blas de los Sauces, o bien Palo Blanco (pero una Palo Blanco con un supermercado), aunque por la malevolencia implícita bien podría ser Aisunasta.
En Ókubo, también hay mujeres “rústicas” (así las llama Oé), que vienen de los altos de los valles, de los alrededores, y son muy similares a nuestras mujeres “coyas” que suelen bajar de los cerros, o a las cholas.
Me he preguntado, qué me faltaría para ser Oé, pues me faltaría sacarme las adiposidades del estilo, leer más poesía, diríamos, y sacarme la merde de otros que me dictan o dictaron sus guiones aburridos, derechosos, huecos. Es decir, ir a la médula y la masmédula, aunque duela.
Creo que pienso y escribo de la misma forma que me baño en el mar, aquí en la costa de Caleta Olivia: de a poco, suspirando como un nene por el frío en mis pies, luego padeciendo la gélida agua en mis piernas, después sentir que ese líquido salobre rodea mis caderas, y así. De a poquito, tratando de que el frío duela poco, prolongando la pérdida de tiempo. 
Además, Kenzaburo aprendió de Fiódor Dostoievski sobre cómo hacer una novela de tesis que se encamina a inexorables crímenes. Pero Oé es un chico dostoievskiano pero bien del siglo XX, donde narra con épica pero permitiéndose planos detalles que no había en el siglo decimonónico: nervios, carne y glándula.

Noes que activan el percutor

Noes que activan el percutor
Basta de mirar mucho a mi ombligo roñoso. Uno quería hablar de Julio.
A más de dos mil kilómetros de distancia, a fines de julio de 2012, alguien preguntó mi nombre por teléfono: “¿Jorge Ramiro Sarmiento?”. Así preguntó, por mi identidad completa.
Ese alguien me interrogó. Primero quiso saber si yo era el dueño del torreón de adobe que hay casi en las afueras de Aisunasta. Contesté afirmativamente.
Quien llamaba era un pachorriento policía administrativo de la comisaría aisunasteña, iniciando un trámite de propiedad y certificación, porque fue allí, me informó, que se suicidó una persona.
“¡Noooo!”, grité lastimeramente cuando el policía me comunicó que el suicida era un tal Julio Cristóbal Molina. 
El policía dijo, esdrújulo y cansino, que “áparentemente díscutió cón su mujer, y áhi fue y se dísparó en la cábeza con una cárabina. No le puedo informar más, señor”.
Y después agradeció y cortó.
“La mierda. Qué mierda que es todo esto”, me repetía incesantemente, en voz baja, apoyándome en el alféizar del frío ventanuco. Yo vivía en esa cabaña zaparrastrosa del camping municipal de Los Antiguos, en la provincia de Santa Cruz, haciendo de sereno durante la temporada baja.
Pasada la agitación me sumí en un ensimismamiento estólido. La única pregunta clara que salió de ese momento es: “¿Con quién discutió? ¿Con la Sarracena o la nueva: Gabriela Monsardi?”.
Yo sabía que la Monsardi era una mujer con problemas de celopatía. Pensé que Julio no lo soportó más y se pegó el tiro en ese torreón. El torreón nunca tuvo dueño, pero como yo había vivido un par de años allí, todos en Aisunasta pensaban que era mío.
La última vez que lo vi a Julio Cristóbal fue a principios de 2012.
Yo lo había acompañado a Salatinaj, al piquete de anti-mineros, y se mostró muy histriónico, me hizo reír en todo el viaje. Vi su bizarra audacia al aconsejar a los piqueteros (familias enteras, docentes del pueblo) sobre cómo utilizar estratégicamente a Canal 13, el multimedio que mantenía una guerra con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, ya que sus gerentes habían enviado a un móvil de exteriores y transmitía varias veces al día desde allí.
Como la presidenta daba el ok a las multinacionales mineras, Canal 13 aprovechaba a los piqueteros para que la critiquen. Los periodistas no parecían muy convencidos de la anti-minería, ni siquiera machacaban contra la empresa Osis Company que quería meterse a poner sus venenos para sacar oro de esas montañas de fábula. Para esos pulcros periodistas bastaba que criticasen al gobierno nacional, el cual quería mellar el poder de ese canal.
Julio Cristóbal hablaba de estrategias, de cálculos de movimientos políticos, de sus argumentos. Razonaba alto y claro. Esa imagen que recordé estaba tan alejada de su acto suicida.
Y, de pronto, tras encender un cigarrillo y sentarme en la cama, pasaron varias ráfagas de imagen,: Julio y su rostro que grita. El grito que se enrostra, se encrespan los pelos de los brazos nervudos, y enrostra reproches, y noes, noes, noes, e imposibilidades, y noes y más noes que accionan la palanca del espíritu mortal, que convierte todo en un túnel de acciones que sólo se dirige hasta el percutor, y noes que abruman como nubarrones rojos y amarillentos, ¡no va más! ¡no va más!, con el oleaje incontenible de pasadas borracheras, ah sí, y el coraje que nunca le faltó y listo, apretamos el percutor y todo a la mierda, y al carajo. 

Insultar al viento

Día 3 Suele ser inútil la pregunta de por qué el odio. Pero tiene algo de adicción hacérsela. Empezaré a caminar. Día 4 Caminé, cami...