Wednesday, January 30, 2013

El asco y los límites





Cuando uno es asquerosamente cándido queda embelesado ante la verba segura de otro, en este caso: Julio.
Él se movía de una manera segura.
Es fácil ver cómo se relacionan las personas con sólo ver sus hombros. Los míos, por ejemplo, están duros, alzados hacia arriba, escondiendo -por los laterales- mi cortísimo cuello, y sirviendo de apoyo aéreo a mi joroba creciente.
Y él, a reversa, se movía con seguridad, como un pez de cartílagos firmes. Yo lo hacía como un pez perezoso, me desplazaba como un tiburón perezoso, uno que, además, se afeó por lo mal alimentado de la fauna abisal. Yo era un pez acostumbrado a aguas cenagosas, pesadas.
Además, por aquellas épocas, yo era un tiburón con molestias físicas de todo tipo: hoy una ampolla en mis labios o lengua, mañana conjuntivas en los ojos, pasado mañana sarna contagiada por un gato; después, hongos, hongos por todos lados: ingle, axilas, pies y, supongo, mucho olor. (“Tenés olor a todo” –me gritó un menor una vez, cuando yo era escarnecido por todos, viejos y niños sobre todo).
Yo padecía de todo lo que puede padecer un hombre de treinta y cinco años viviendo como un lumpen, un menesteroso de los peores, de esos que han leído mucho acerca de la importancia de un buen lavado de dientes pero que nunca lo hacen.
Aún así, yo, que vivía en villas miserias o en barrios paupérrimos y piojosos de Aisunasta, estaba en un escalón superior a los demás pobres, por eso yo era el peor en todo sentido. Yo era un menesteroso y holgazán; en cambio los demás sólo tenían una sola perspectiva, una crianza de violencia, desidia y alcohol.
“Sos un vago terrible”, dictaminó Julio. 
“Limitadito de mierda”, me insultó Eliecer, el insulto que debería figurar en una antología de escarnios. “Limitadito de mierda”, me espetó Eliecer, en una confitería, tomando cerveza, cuando yo hablaba pelotudeces acerca de viajes, o acerca de vivir en Chilecito antes que en Aisunasta.
-¿Y por qué no lo hacés? –me presionó Eliecer.
Y le antepuse varias razones.
-No. Nada de eso. Vos te limitás. Sos un limitadito de mierda- exclamó Eliecer, indignado por mi cobardía.
Bueno, pues Julio no era un “limitadito de mierda”, sino que aumentaba sus límites, pero los estiraba hasta más no poder, y terminó rompiendo límites hasta su muerte violenta. 

Sunday, January 27, 2013

El trillador y el témpano



Lucio Odiverto:
Acabo de recibir vuestra contestación, y me pareció de una pobreza incomprensible. ¡Qué es eso de que se encuentre ‘triste’ pero cordial! No me venga ahora con la etimología ya usada en tantos asados por vuestra merced: aquello de que “cordial” viene de “corazón”.
Todo esto se me figura todo como que yo soy un personaje que anda revoloteando y llorando y hasta queriendo incendiarme a lo bonzo, ir hacia el fuego como la mariposa (como la canción “El témpano”), y usted, usted viene y dice: “triste pero cordial”.
Usted, sentado en una muelle reposera, con los brazos al desgaire, y yo desgañitándome por las penurias, tirándome al suelo, queriendo arrancar barbas.
Usted dice: “Y sí, acá estamos”, y no se le ocurre otra cosa. Pues créame que en esos momentos yo a usted lo veo en la vereda de enfrente. Yo soy uno de los “piojos”, y usted el burgués que observa la vida sufrida de los miserables, desde su tibia sala de estar.
Perdóneme, estimado, pero no acepto lo de “cordial”. Y menos comprendo que usted haya terminado con una frase tan tibia: “a cuidar la vida que es la única que tenemos”. Ese tipo de cosas. Vea, hubo alguien muy cercano que se ha descerrajado un tiro en la cabeza, se ha partido el cráneo y la bala le perforó el cerebro. ¿Es así la noticia? ¿O estamos hablando de cosas distintas? Porque yo, para desentendidos, soy “d’iahi”.
A propósito, creo que tampoco Julio estaba muy de acuerdo conmigo, con eso de andar gritando por la calle, al menos cuando yo vivía por allá. Incluso recuerdo varios poemas o letras de canciones gauchescas suyas, había una que hablaba de un campesino de Córdoba que hablaba de la “troja”. En realidad, todas sus letras hablaban del campo, el trigo, el esfuerzo, la lucha, la familia, el sudor digno.
Entonces, después de escuchar días y días sus recitados le dije: “¿Y para cuándo hablar algo de la vida visceral?”.
Me miró interrogativo.
“Sí, de la vida visceral, de lo que realmente hay y es: la sangre, los humores, los líquidos, el nervio y el dolor del nervio, los vómitos, todo eso. Porque vos mucho troja, y campesino trillador y nada de aquello, de la sangre, los huesos, la angustia. Y de eso hay que hablar”, le lancé.
Me siguió mirando. Después meneó la cabeza y siguió ajustando una tuerca de su impresora y dijo, sonriendo: “Estás de la cabeza”.
No era oscuro Julio. Era solar. Es por eso que me sorprendió hasta en lo más profundo que, de pronto, se haya convertido, en un santiamén, en el más oscuro de todos y el que haya ido, sin palabras, a la sangre real, los humores reales, los líquidos, el dolor del nervio real, el vómito de sangre, los huesos y la angustia real. Un salto hacia la nada, total, insondable.

Saturday, January 26, 2013

Idealista paternalista



Me había parecido un tipo exótico desde el comienzo, justamente por su estentóreo histrionismo y porque ya me había desacostumbrado a esas estentoreidades cordobesas; yo, que estaba viviendo ya muchos años en un pueblo de personas rumiantes, la más de las veces, cabeza gacha y hacia dentro. Yo mismo heredé eso de rumiador; por lo que, desde el vamos, este tipo era una suerte de antípoda, salvo cuando yo mismo me convertía en un estentóreo risueño (ayudado por un bonarda).
Ya sabemos quién había quedado prendada de él (además de Sarracena) en aquella época cuando lo conocí. Yo volvía de un viaje por vaya a saber qué lugares de Neuquén y él, Julio, ya estaba instalado en la imprenta Punto y Punto como uno de las “empleados estrellas”, sólo superado –hasta cierto punto- en ese oficio por su hermano mayor, Eliecer.
Fueron varios años. Podríamos resumir su paso por esa imprenta desde el affaire con la pintora “clasemediera” hasta el momento en que agarró un pesado rodillo de una offset, lo blandió, a los gritos contra Mac Murray: “Pagame hijo de puta”, y luego lo arrojó al suelo.
Todos habíamos caído en un círculo de extremistas en las vidas privadas, y en la falta de sentido común en el trabajo que insumía horas de esfuerzo para poca paga, pero Mac hacía que viésemos una meta donde todos seríamos poco menos que millonarios. Cuánta capacidad de Mac derrochada en el desvarío. Cuánta mentira inconsciente. Si le agregás más intensidad, así funcionan las sectas
En fin. Julio era un idealista al máximo, no siempre un idealista de muchedumbre, sino más bien, un idealista paternalista. Muchas veces me había dicho que su ideal de vida era la de un “caudillo”, pero no un caudillo de poca monta, urbano, sino como esos del siglo XIX, cuasi anarquista, con sus leyes orejanas: Facundo Quiroga, Felipe Varela, el general Brizuela que dejó un campo en Cachiyuyo u otros.
En algo se estaba haciendo realidad ese ideal con su “Zancada Dócil”, una pequeña hacienda, con sus constantes visitadores, sus asados, sus caballos, sus risas de pecho abierto y el vino rondante. Y tenía poco menos de 30 años cuando comenzó.
En algún punto quise creer que todo estaba bien así, con esa filosofía de vida, yo que estaba preocupado por mis tantos hijos y mi tanta pobreza e inutilidad para generar dinero.
Intentó derribar mis pruritos y temores acerca de la vida, la crianza de los hijos. Pero no obtuvo mucho éxito. Si, tal vez, el éxito que yo veía en él estaba en que sus hijos tenían algo de seguridad de sí mismos, capital psíquico muy valorado por mí desde siempre.
Tengo que mucho que contar acerca de esa vida extinguida de un ramalazo de ira, antes que la mía se extinga.
Tengo que mucho que contar acerca de esa vida extinguida de un ramalazo de ira, antes que la mía se extinga.

Friday, January 25, 2013

Afloran "pecados" en las mansardas. Sobre novela de Álvaro Pombo


Novela: “El héroe de las mansardas de Mansard”; autor: Álvaro Pombo. Aún, a poco de haber terminado de leerla, no he podido digerir al protagonista, ese niño de diez años que tiene de sobrenombre Kus Kús, y que tiene la maldad de un hombrecillo de cuarenta años.
 Tampoco he podido digerir el apodo ese: Kus Kús. Parece un caprichito del autor, avanzar con ese sobrenombre de comida árabe, sin relación alguna. Digerimos sí, más bien, la nebulosa homosexual que hay en Julián, o la sexualidad del mismo Manolo (succionador de la tía Eugenia), pero sobre todo: al más ‘homo’ de todos, el pequeño Kus Kús.
 Y arriba, en los altillos, en las oscuridades de ese caserón con mansardas, suceden los calores íntimos.
Son los pecados en lo alto, y no soterrados.
 Julián, que robó cheques a la familia: está arriba.
 La tía Eugenia que recibe visitas de su semental: está arriba.
 Kus Kús, el pequeño delator, traidor: va hacia arriba.
 Hay, como en toda novela española de posguerra, presencia de curas, sacerdotes amigos de la aristocracia y que hacen que los deseos se repriman, se repriman tanto que afloran en mansardas.
 Y está una abuela Mercedes (una aristócrata venida a menos menos, a punto de estar gagá), y una aberrante chismosa como la señora Villacantero, a quien al final vemos que es una paria. Reconozcamos que Pombo supo imitar bien el parloteo de la Villacantero. ¿Tiene luces la novela? Sí, tiene luces, y está redactada en un buen español.

Insultar al viento

Día 3 Suele ser inútil la pregunta de por qué el odio. Pero tiene algo de adicción hacérsela. Empezaré a caminar. Día 4 Caminé, cami...