Monday, December 30, 2013

Hinadas salen del Palacio

Siempre pienso que los de la clase media son hidalgos (hijos de algo) y se permiten esas cosas. En cambio los hinadas (hijos de nada), no se permiten esas cosas porque no tienen una base mullida de ética y formación, no tienen nada, no tienen instrucción, no tenemos nada, y por eso nos resulta difícil la generosidad, ya sea vertical u horizontal.
Ricos y pobres
Príncipes y mendigos
La casta de intocables en la India
La clase media solidaria pero insuficiente
La clase media discriminadora y que no teme mirar a los ojos y decirte “negro de mierda”
La clase baja que repite lo de negro de mierda a pesar de ser hijo o padre o primo o chozno o futuro abuelo de un negro de mierda.
No me preguntéis por mi psiquis, por qué me interesa.
Psiquis resentida

Un hinada salió con otro hinada del Palacio de Justicia.
Cara de felicidad. De once, fueron los dos que quedaron libres.
Salieron con los brazos al desgaire,
Con la sonrisa sin ocultar
¿Sin sombras?
Es un trámite complejo la Justicia, delicado
Es el Estado que te encierra por sospecha, ¿no es cierto, Osvaldo Bayer?

Sonrisa lenta

Siesta calurosa, con el cigarrillo, el whisky a medio terminar, el torpor, el vapor, el sudario vagabundo de los alientos de este y otros departamentos de ciudad latinoamericana.
En la década del cuarenta, he dejado los trajes colgados, el sombrero de ala umbría, la elegancia de la musculosa blanca, el baile de pasos cortos, y de caderas amigables. “Cariño, ¿bailamos?”, dicen los hombres solos en su departamento, mientras miran a palos de escobas.
Pixinguinha cantando con cierto optimismo.
Hoy en día, hay que estar atentos a los optimistas, pero no a los boludos alegres, cuántas veces se ha dicho.
La cerveza, a vueltas, espumantes en el cuerpo, en las venas, burbujea y da calor a la cabeza. No está bien la cerveza, pero sí está bien adónde nos lleva todo, el corazón.
Da ganas de hablar, ¿verdad? De bailar meciéndose con el tempo en que tarda una sonrisa lenta, tan lenta que ningún molusco hará carrera contra ella.

Escuchando a Pixinguinha, “Carinhoso”.  

Saturday, December 14, 2013

Hay ruidos fuera del capullo

Oleo de "Solano". Thomas Hammer.


¿Habré soñado con una película de terror, o realmente la estaba viendo con los ojos entrecerrados cuando tronaron los gritos del piso de abajo, el alboroto de metales, ayes, quejidos, golpes retumbantes sobre las paredes de chapas, pero sobre todo los alaridos de alguien desgarrado por dentro y vaya a saber por dónde más?
Mi mujer, que estaba al lado, profundamente dormida en un colchón que habíamos tirado en el piso, frente al televisor, se despertó con otro alarido que alcancé a sofocar con la mano. “Sshhh, hay lío abajo”, le susurré.
Ella asintió, con los ojos desorbitados y resollando por la nariz, pues acababa de salir de una de sus pesadillas, de esa inagotable cantera que posee para imaginar infiernos individuales. (Más tarde me dijo que la desperté cuando la estaban ahorcando dos manos, detrás de un circo desvencijado, que se había instalado en la cancha del San Jorge Rugby Club).
Súbito, llegó el silencio, luego de dos golpes rotundos. Claramente habían sido mazazos de algo contundente contra algo blando. Eran las tres y media de la mañana, observé en el reloj de pared.
Un silencio tenso se produjo, diferente al de la una de la madrugada cuando empezábamos a dormitar.
Nos habíamos acostumbrado al bufido del viento otoñal que levanta polvo y piedrecillas húmedas que dan contra los vidrios de las ventanas.
Ese golpeteo es la canción de cuna de nuestros hijos nacidos en Caleta Olivia, y de todos los hombres y mujeres que vinieron a poblar esta pequeña ciudad de ásperos talantes.
Y repentinamente, el alarido. Volvió el chico a gritar, porque no nos cabía duda de que era la voz de un adolescente.
El bramido desgarrador era el de un muchacho que parecía pugnar por salir, por escapar, por nacer con dolor. Y también, se escuchó con  más nitidez el griterío de una mujer, el alarido que se divide en miles de tonos, como el de una parturienta enferma, o el de una mujer que ve a su hijo morir en una tragedia espantosa. Una mujer que parece varias. Era nuestra vecina, la chilena de abajo, sin duda.
-¿Qué pasa, qué pasa? –clamó, con pavor, mi mujer.
-No sé. No sé. Se están matando abajo, los vecinos – supuse yo, sumamente nervioso, sin saber qué hacer, en ese estado de indefensión en el que uno se encuentra cuando sale de la cama casi desnudo. Iba colocándome los pantalones, los zapatos, sin medias, rápidamente.
Pero, saben qué, lo que causó mi sensación de extrema indefensión no fue tanto mi desnudez, como el hecho de que tenía a mis dos pequeños hijos durmiendo en sus cunas.
La vocinglería era tremenda. Venía subiendo. ¿Salgo o no salgo? Me debatía, ya mirando hacia afuera, hacia el mugriento estacionamiento de autos, ya tocando la llave de la puerta para abrirla y socorrer al pibe.
Se escuchó como un tropel, como si cabalgasen mulas por sobre cuerpos tirados en las escaleras.
¿Era el padre que le estaba golpeando al hijo? Un padre borracho golpeando a su hijo adolescente. Un hijo adolescente que se rebeló contra su padre. Un hijo que se drogó en el patio interno de los monoblocs y que, al regreso, enloquecido le golpeó a la madre y al padre.
¿Era el hijo que se estaba escapando de algo?
Nunca escuchamos un pedido de auxilio. ¿Pero acaso no éramos nosotros los que antes también habíamos salido corriendo por una pelea interna cuando tuvimos que discutir por nuestros hijos adolescentes?
Después el silencio. Y un llanto apagado. Ella, mi mujer, lo veía como un caso extraordinario, lo sucedido. Yo no. Fueron ruidos. Algo pasó. Quizás hubo sangre. Tal vez exageraron los gritos. O no. Pudieron haber matado a alguien.

Estábamos en nuestro capullo. A la media hora estaríamos dormidos. No iba a permitir que la acidez de un pensamiento saliera del todo: que el capullo pudiera ser destruido por un accidente o por otro. Demasiado dolor teníamos en temer y temer todas las noches. 

Wednesday, December 11, 2013

Los que llegan a ser juzgados



Los imputados por el Caso Tal son pobres. Pobres con bondad, pobres con maldad, con picardías o con inocencias. Con ignorancias, y puede que haya algún borracho, que haya algún golpeador de mujer, que haya algún perverso. Pero siguen desfilando pobres. Y con poca instrucción. O con mucha. Pero siguen siendo pobres los que desfilan ante los jueces. Desde hace años. En Aisunasta, en Caleta Olivia, en Las Heras, en Puerto Deseado. En Santa Cruz. Y en Argentina.
Y eso
Dice
Algo
Acerca de los que llegan a la Justicia
Sigue diciendo algo
Acerca
De
Los
Que
Van
Al
Cadalso
Así en el siglo XXI
Como
En el XVIII
Reitero, tal vez no sean buenos. Es más. Algunos son pícaros. Y rehúyen las preguntas.
Ayer, este cronista, se acercó a uno que había salido, en un cuarto intermedio de la penúltima audiencia.
El hombre que no sabe manejar a Cronos, o sea el que suscribe,  le preguntó: “¿Y tu caso cómo quedará?”
-¿Mi caso?... – Y se detuvo unos segundos y vio mi sonrisa pedigüeña, a la que malinterpretó porque dijo: “¿De qué te reís?”.
- No. Sólo pregunto. ¿No estabas con R.C.?
-No- respondió rotundamente y se fue dejándome confuso y a media palabra.
La puta. Qué confusión, la de alguien no acostumbrado a la vida social, como este cronista desidioso ante Cronos.
Por eso, los pobres no son buenos
Tampoco son malos.
Los ricos… ¿son buenos?
¿O son todos malos?
¿Hay ricos buenos?

Los hombres en vigilia y con sangre caliente y respiración notable, todos, pobres y ricos, están en el limbo, y generalmente cruzan la barrera del averno, antes que la del paraíso.

Tuesday, December 10, 2013

Piedritas sobrevuelan cuando niños

("La Lobería", óleo de Miecislao Dola)


Mi aldea, señorita maestra (¿su nombre era Lidia?) Sí, usted, que tenía cabello castaño claro y lacio, que era más baja que las demás señoritas, pero que era frenética al caminar y al hablar, y cuya reputación entre las mamás de mis compañeros estaba basada en su exigencia), mi aldea, de vez en cuando, tiene voladoras piedritas pequeñas en la atmósfera, piedritas frías que me golpean los cachetes, señorita. Como hoy cuando yo caminaba rapidito por el barrio de monoblocs, y las piedritas querían rajar mi cara.
Pero eso no es lo que me hace llorar. Lo mío es de lágrima y lágrima, por eso tuve ese accidente de esfínter después de ocultar mi cuaderno.
Yo le quería decir (hace décadas que le quería decir), que lo que me hacen llorar son los chiquitos que sufren como yo. Hace treinta años sigue habiendo chiquitos que sufren como yo. Chiquitos metidos en casas calefaccionadas, pero infernales, donde hay padres que golpean, madres que golpean, padres que se van, madres que se van, padres que toman, madres que se suicidan. Se golpean mucho, señorita, mucho. Y eso me hace llorar.  
¿Usted, señorita, podría decirme si todas las aldeas son iguales, así, tan desapacibles? ¿Aisunasta es así? ¿Córdoba, Buenos Aires o Victorica?
Un cínico escribió en facebook, hace poco, que mi aldea “puede recorrerse en diez minutos, pero tiene los problemas de una megalópolis, con tanta violencia”.  El cínico puede sobrevivir en esta aldea, y los sentimentales quedan achicharrados por el dolor de lo que ven. Ahora pienso eso. (Después revisaré esta afirmación, señorita. Siempre detesté estar seguro de mis aseveraciones, porque aseverar me parecía un signo de severa soberbia asqueante).
Por ejemplo, ¿Aisunasta era desapacible?  Recuerdo tragedias aisunasteñas, cómo no. A un muchacho de frente toruna, con quien compartí más de unos vasos de vino en el club Calchaquí, apareció muerto una madrugada del año 2000 sobre la ruta 60. Tenía un agujero en esa frente de toro joven. O piedra o golpe de auto.
Otra tragedia aisunasteña, cerca de Saujil, cuando dos adolescentes, una chica y un chico, se subieron a un árbol, pajaritos de espíritu gimiente, colgaron cuerdas a sus cuellos, y se lanzaron, matándose los dos juntos. Eso fue por la misma época.
Mi aldea, señorita, la de ahora, no Aisunasta, esta aldea de piedritas frías y salobres sobrevolando, es resbalosa. Por la escarcha acabo de caer. Hace cinco años yo había caído peor desde una moto y me quebré el brazo, y tardé seis meses en recuperarme.
Tal vez, señorita maestra, usted se llamaba Livia, y no Lidia. Nadie la recuerda. Le pregunté a una maestra de esas épocas, la señorita Pfening, pero ella no sabría decirme quién era usted. Mis datos son poquísimos.
Uno de los pocos datos es lo que me une a usted, señorita Lidia, y a nadie más, porque usted fue la que vio mis excrementos.
Nos había pedido, a todos los del Segundo Grado C de ese colegio salesiano, que escribiésemos sobre “Mi aldea”. Y yo era tan lento para escribir. Desde Primer Grado. Es que me costaba entender el para qué de las cosas. Y mis compañeros terminaron y yo me quedé mirándola, a punto de llorar cuando se me acercó a pedirme el cuaderno. Sé que suspiró resignada, y me dijo que lo haga en mi casa y que al otro día se lo llevara.
¿Qué lo haga en mi casa? Si en mi casa, mi mamá se había ido con el gordo marrón que practicaba Judo, y mi padre volvía al amanecer desde Las Heras. Entonces, estábamos al cuidado de una vecina chilena, Teresa Licanquín, que preparaba un guiso picante, y tenía siempre las manos con olor a guiso.
Al otro día, señorita, antes de que me preguntara sobre el cuaderno, pedí ir al baño. “Vaya”, me dijo. No alcancé a llegar al baño. Mis tripas no daban más. Yo temblaba y sudaba. Y no llegué, señorita. La caca blanda inundó ominosamente la parte trasera de mi pantalón de pana gris.

Y tuve que decirle a la portera Marta, una mujer de voz aguda y pelo rojizo teñido. Y ella le dijo a usted. Y usted llamó a mis padres. Y no había nadie en mi casa. 

Monday, December 09, 2013

Putrefaccionándose en el vértice del barrio

Obra de Glenn Kennedy. “This Could Be Golden”

Padre quería suicidarse. Exhaló una bocanada de aire sobre el vidrio de la ventana, esa ventana que, desde una altura de tres metros, da sobre el vértice del barrio de monoblocs.
Un vértice que, a esa hora de inciertas sombras por la luz tenue, luz de amarillo-sopor, era el símbolo más exacto de la falta total de sentido de cada cosa. Por ejemplo: qué sentido pudiera tener ese papel que sobresalía de un montículo de tierra que se balanceaba al viento leve; qué sentido, oh, tendrían esas viviendas de la esquina que albergarían, a esa hora, tic-tic-tac-tac, las 4:17 minutos, familias durmiendo, heladeras con el motor silenciado, aire que sopla entre los calefactores, el músculo duerme y la ambición descansa.
En la casa marrón y de ladrillos azules, la dueña de la rotisería resopla junto a su marido de fuerte tonada salteña o riojana. Ella, que empezó con un kiosco, después una despensa enorme, y ahora una rotisería próspera que, a la sazón, obligó a construir dormitorios en una planta alta, y que el comedor también tuviese que ser erigido en un apéndice en el patio trasero. Qué sentido tenía tanto esfuerzo por, después, qué, un momento, de la vida.
¿Por eso Padre era tan dejado y no tenía casa?
Padre recordó que la tía de un primo lejano, en las fiestas pasadas de año nuevo, tras brindar por año nuevo, pidió un deseo, en voz alta: “una sala de estar con enormes plantas de interior”. Le pareció absurdo a Padre. Padre quería suicidarse y recordaba la ambición que duerme de la dueña de la rotisería y el anhelo de tía que, seguramente, ya estaría endeudada para hacer la sala con plantas de interior.
Padre apoyó la frente en el vidrio helado y quedóse así por un par de minutos, y retiró su cabeza cuando aparecieron, debajo, desde atrás del edificio, dos muchachos delgados de buzos y capuchas grises. Caminaban rápido y hablaban el mismo ritmo, en voz alta.
Pero Padre no alcanzó a distinguir lo que decían. No pudo escuchar ni una sola palabra completa.
Padre conjeturó que, en esa madrugada, dos pibes del barrio Gregores o del barrio 25 de Mayo, o del Unión, o volvían de una ingesta (de vino en caja o de puchitos de marihuana), o iban hacia una en otro lugar.
Imaginó que podían dirigirse a la casa de Anastasio, el inefable tío de mis primos del norte, el cual usaba su precaria casa de cemento sin revocar para hacer “juntas”, “fiestas clandestinas” o, como dicen en Aisunasta: meras “chupas” de vino, a tan pocos pesos el litro. Y Padre pensó que era casi seguro que Anastasio no haya escarmentado luego de haber sufrido el apuñalamiento perpetrado por Juan de la Vía. Anastasio y su mujer –la de baja estatura- habían recibido puntazos en los brazos y algún rasguño de cuchillo en el abdomen por el nervudo Juan de la Vía.
Y entonces, Padre reforzó su pensar sobre el sinsentido del vértice soporífero del barrio y el vértice a que había llegado la relación con Madre, con todo lo feo de lo que le rodeaba en esta pequeña ciudad: alcohol, celos, resentimiento, malevolencia, habladurías, hipocresía. Así las cosas, ninguna, y menos la palidez de ese foco que se empeñaba en iluminar ese ángulo del barrio, lograrían salir del sinsentido.
Ha llegado el momento del suicidio, volvió a decirse Padre en una murmuración.
Un instante después, Madre cerró la puerta de nuestro dormitorio con un golpe terrible, como si hubiese sido un disparo, dejando a Padre primero con su corazón galopando por el terror, y una vez pasado el mismo, quedó otra vez con las manos en los bolsillos del saco, parado, paralizado frente a la ventana, al lado del calefactor, en el desierto de su neurótico circunloquio, putrefaccionándose en terror y asco por vivir. 
“Soy el ser menos capacitado para vivir”, se dijo. “El límite es la falta de ganas de vivir”, formuló.

Luego, Padre, esperó un momento más que todo se aquietara, que se escuchara la respiración acompasada de las habitaciones contiguas, para volver a calmarse él. Cómo había llegado a ese terror. Estaba muriéndose de terror, pero acostumbrado al fin y al cabo. 

Wednesday, December 04, 2013

La argamasa de Couperin y las villas


Desde un departamento en Córdoba, en barrio Iponá, puso Edegardo la música a todo volumen. Couperin.
Jugaba a las cartas, al truco, y hablaba acerca del Medioevo, del renacimiento, de Europa, las más de las veces. Eurocéntrico, yanqui-céntrico, pero sin olvidar el fútbol y el truco.
Veía películas francesas, iba a la Alianza Francesa, y admiraba a Caravaggio y a todo artista que demostrara lo bello para él. Hablaba de “Bello”, no usaba “Lindo”, ni “Hermoso” para elogiar.  Tenía una reproducción barata de una pintura de Magritte, de un cielo surrealista. Y hablaba del enamoramiento de Thomas Mann por un efebo en “Muerte en Venecia” (la película, no el libro).
Vivía en un departamento en diagonal. Tenía popularidad con los que vivían en la villa miseria del frente. Ya había violencia en Córdoba.
Yo lo iba a visitar una vez por semana. Quedaba cerca de la Ciudad Universitaria. Lo difícil era volver, encontrar el colectivo, surcar la zona peligrosa de la Villa El Bordo, en la oscurísima Félix Paz, o el baldío de enredaderas y campánulas que había entre barrio San Ignacio y la Deán Funes al 3600, en Alto Alberdi, así, hasta llegar a casa de mi abuela.
Yo, iba a verlo, la más de las veces, desde Villa Siburu.
Yo iba, también, porque me rebelaba ante lo que me parecía la gris realidad de trabajar en obras en construcción, junto a mi padre oficial de albañil.
A levantar baldes, haciendo mezclas, aburridísimo, dos baldes de agua, dos baldes de arena, media de cal, una de cemento, un poco más de agua, en la máquina que gira para hacer la mezcla, la argamasa (así la llamaba yo, pero no los demás), y luego verterla en otros baldes, y levantarlos y llevarlos hasta donde mi padre estaba, ya sea sobre un andamio o sobre una planta alta.
En realidad, colocaba el asa en un alambre grueso y él, desde arriba lo levantaba. Y así podía estar horas, o cuando padre me decía que vaya a picar una pared, o directamente que, con una masa, y de vez en cuando ayudado con un cincel, con un corta-fierro de punta gruesa, y golpear con fuerza, durante media hora o tal vez más, hasta que cayera el pedazo de pared.
Lo fácil era cuando cedía el revoque de cemento, porque derrumbar los ladrillos era cuestión de empujarlos casi con la masa para que cayeran despedazados, pero no, también había que economizar, y tratar de no destruir los ladrillos porque podrían servir para la próxima vez, para la pared que se reconstruiría, o la que se erigiría en otro lugar.
Yo sólo tenía fuerzas para ser bruto, es decir, sólo para golpear, palear, pero nunca pasé de categoría. No estaba para pensar como padre, ni lo quería hacer, que con el lápiz de carpintero marcaba acá, y allá, que le sostuviese la manguera transparente del nivel, o que le trajera de la caja de herramientas el nivel metálico para que lo apoyara sobre una pila.
Lo que más pereza me daba era trasladar ladrillos desde la vereda de la casa de circunstancia hasta el fondo de esa casa, había que apilar los ladrillos en la carretilla, lo que más se pudiera, y allí, esforzarse, levantar con todas las fuerzas en la espalda y en los riñones y levantar, sostener, aguantar y empujar y que la rueda de la carretilla vaya girando, a pesar de que se hundiese en una parte barrosa, por eso había que colocar una madera a manera de puente, para que siguiera circulando porque la recorrida sería de varias veces, una, dos, tres veces.
Desapilar y apilar podría llevarte un día entero si lo hacías solo, o media día si había otro peón. “Qué feo que es el pueblo de cerca”, pensaba yo, en la expresión de Edegardo, parafraseando a una mujer rococó que en el film “La Noche de Varennes” ve por primera vez a la multitud que vive fuera del castillo.
Una vez, muchos años después, uno de los hermanos Moreira me dijo que yo era no solo un “Limitadito de mierda”, sino un “desclasado”.
Aún no lo entiendo. Soy muy cerrado cuando me hablan en otras categorías de pensar. Si me dicen “desclasado” es porque el que me lo dice tiene toda una lectura de lo que es “clase” según Marx, y yo jamás lo leí, mi padre ni siquiera sabía quién era Marx y mi padrastro cuando sacó la basura de la casa de un judío farmacéutico, trajo el rastrojero lleno de libros viejos, verdaderas joyas, dijo que escondiera o tirara un libro sobre la vida de Marx, y estábamos en 1987 u 1986, o menos, y todavía había miedo, “por los milicos”.
Marx, a los pobres, a nuestra “clase”, nos pasaba muy por arriba, o no nos pasaba, lo que sí había era Perón, o Balbín, o Illia si vivíamos en Córdoba. A la familia de mi padre la cuestión era con Perón, como alguien paternal, protector. Simplemente eso.
Por qué, en toda mi perra infancia y en mi cerril adolescencia de villa miseria (vivía en Villa El Bordo, hoy arrasada por las máquinas, entre avenida Cólon y Zípoli), ningún tipo se acercó a hablarme de Marx. Nadie. ¿Dónde estaban el Partido Obrero, el MST, el PC, etcétera? A lo mejor, si se hubieran acercado hoy yo estaría contando otra historia, otras lecturas, incluso más amigos de “clase media”.
Cuando conocí la “intelectualidad” fue a través de Virginia Braxs, y de Edegardo.
Con Edegardo, conocí intelectuales liberales, o los de ciencias duras como Mario Bunge. Qué digo conocer, apenas presentado en reportajes que leía o en un libro muy didáctico que hablaba sobre epistemología. Pero presentado al fin. Y después, solito, yo me fui a Nietzsche o a Dostoievski, y dejé pasar los años.
Pero lo que más me hace recordar a Edegardo es la música de Francois Couperin. Él tenía una plaqueta con tres poemas, y una larga presentación de su persona donde decía que “musicalmente se siente deudor de Ozzy Osbourne y Francois Couperin”, como para “epater le bourgois” acerca de la contradicción de gustos en sí mismo; pero no era tan contradictorio, era un típico muchacho de clase media del barrio Poeta Lugones.
Lo mío sí que era contradictorio y siempre lo fue: Couperin con Trulalá, Bach con Pelusa, Albinoni con Fernando Bladys.
Y entonces, uno arrastra pobrezas de gustos, si es que se puede llamar así.
Cuando era niño me regodeaba con la enorme colección de revistas de Dartagnan y de Patoruzito que tenía mi tío Víctor. Y así adquirí el gusto por la lectura, ni siquiera por haber leído algún autor “importante”. No había lectores en ninguna de mis casas, ni en la de madre en la villa El Bordo, ni en la de padre en Villa Siburu, ni en la de abuela en Alto Alberdi. Salvo tía Mary que guardaba algunos libros, la mayoría best sellers, pero que se veía un crecimiento de gustos literarios hasta incluso comprar “Las Venas Abiertas de América Latina”, ella que había empezado con Papillon o un grueso libro sobre una mujer en la cárcel. Libros que se compraban en las décadas del ’70 y ’80.
Oh, perdón por no haber leído más, por haberme dejado llevar por el resentimiento.
Agradezco que aquellas dos personas, Braxs y Edegardo me hayan contagiado su gusto por la belleza literaria, yo ya la tenía internalizada, y quería escribir en principio como Güiraldes, o como Martínez Zubiría (¡Hugo Wast!), en una prosa que me parecía, sólo en ese entonces, maravillosa.
Pasaron 30 años ya de eso.  

Pero, recuerdos de un albañil pequeño en Villa Siburu, eso es lo que fui. Digamos la verdad, seamos realistas, que hace mucho tiempo que quiero ser realista. 

Saturday, November 16, 2013

Guerras intestinas en romances lugonianos

En la reseña del “Diccionario Político” de la revista “Barcelona”, siempre abridora de ojos para mí, se habla de Lugones, quien le dejó una “herencia” al dictador Uriburu: el hijo “Polo” Lugones, del que ya todos sabemos que inventó la picana eléctrica, la cual fue usada contra otra descendiente de Leopoldo: la guerrillera “Piri”. Decía que Barcelona comentaba acerca de la conveniencia de acercarse a la obra de Lugones, sin prejuicios, porque para prejuicios estaba el propio Lugones (menos el del anti-semitismo). Hace poco he comprado “Romances del Río Seco”. Cuidada impresión de “Ediciones Pasco” que firmó un contrato con los derechohabientes del escritor para publicar la obra completa. Está el conservador Pedro Luis Barcia como presentador de la edición. Pensé encontrarme con alguna página preciosista como en “La Guerra Gaucha”, sin embargo me encontré con un vocabulario casi adusto como los caminos de Chañar Seco, de no ser por alguna que otra palabra gauchesca. Oralidad y sequedad; simpleza, como la que se lee en “La cabeza de Ramírez”. “Ya pisando el siglo, andaba Siempre al galope en un macho, Las barbas como bandera de boliche con despacho” Anoté en un papel: “10 de julio de 1821. La muerte del “Supremo Entrerriano” a manos de Bedoya”. Anoté debajo: “Una época que naturalmente nos subyuga, digamos que la que va desde 1820 hasta 1870, o un poco más, hasta la época de Alsina y Mitre, pasando por la del Chacho Peñaloza y Felipe Varela, y la de los caciques mapuches”. Anoté otra sorpresa: “la guerra intestina sucedía simultánea a San Martín liberando el Perú. ¡No se había exiliado San Martín y ya estábamos peleando acá!” “()que el mismo día, señores, Entró San Martín en Lima”. Dije: “Estábamos”. Y sí. ¿No habrá habido algún gaucho Romero, de Traslasierra, peleando en algún bando en esa época? Debería averiguarlo en los registros civiles de Nono, Villa Dolores, Las Rosas, por esos lares, o incluso por los pueblos del norte de San Luis. Y otra época: la de 1920 a 1930, más o menos: anarquistas, inmigración galopante, Severino Di Giovanni, pero por sobre todo: masacre en Santa Cruz. Mis intereses históricos del presente han sido develados.

Friday, November 15, 2013

"Overjoyed" sobre almohadones


Overjoyed, suena a que la performer siente que algo o alguien le concedió un regalo.
Con un regalo, toda mujer tiene algo de bello. Más en general, toda mujer tiene algo de viejo, algo de pueril, algo de desafectado, algo de heridor, voluntad de herir, pero mucho de almohada, y eso es lo que quizás les molesta, que alguna vez les haya tocado en suerte ser almohada.
-¿Te gustaría ser almohada de alguien? –pregunta ella a él.
-¿Por qué no? He dicho, varias veces en lo que va de la vida, ‘apoyad esa cabecita en mi pecho y dormíos’.
Y, luego de la cuarta copa, antes de la somnolencia, él dice algo así: “los sueños deben coincidir para que vosotras estén overjoyed y muy amadas.  Tal vez en esta vida, tal vez en otra vida”.
-En otra vida seremos nada, deja de creer esas tonterías de… en otra vida. En otra vida, no hay lugar, y todas esas cosas. 42 años y ya estamos con la realidad.
-Entonces, da tú la solución.

De esta reunión,  de este espectáculo, quieto impertérrito, escuchando a Esperanza Spalding, "Overjoyed" at the Gershwin Prize for Stevie Wonder.




Ilustración: http://standardbalboa.wordpress.com/2010/07/06/jazz-en-los-jardines/

Tuesday, November 12, 2013

Ignorancia sobre Rufino Cuervo


Pensé que Vallejo estaba bromeando y que Rufino Cuervo era un personaje, y que él estaba haciendo alguna especie de romo experimento al dar detalles exhaustivos de un domicilio, una carta sobre una deuda, la larga lista de deudores y acreedores, y otras minucias.
Pero no. Ignorante soy. Rufino Cuervo existió, y Vallejo lo hizo santo súbito, santo del idioma.
Tan sobrehumano esfuerzo habría hecho San Cuervo Blanco que me hace acordar a Balzac, maniático descriptor de la comedia humana decimonónica; o bien a Sartre con su biografía filosófica de Flaubert en “El Idiota de la Familia”.
Para Vallejo, estas comparaciones serían odiosas e insuficientes, pues él mismo ha hecho tamaño esfuerzo para canonizarlo que se quemó las pestañas (y la córnea, literalmente) para leer y releer, indagar en cartas y papeletas sobre la vida de Cuervo.
Y a quién le importa tamaño esfuerzo. Tarea de Sísifo. Sólo maniáticos como él, como ellos, como uno. Yo, por ejemplo, ya que no puedo viajar, quería retratar hasta el detalle la violencia de El Salvador de fines de la década del ´80, husmeando en los periódicos (La Voz del Interior, Página 12); o bien hacer una antología de mil y una noches escuchando temas musicales diversos (desde Tru-lalá, hasta Esperanza Spalding, pasando por Couperin y Bach; es decir, lo que escucho); también hice, de pequeño, un fichero de los libros que tenía mi tía María Adela; quería también describir una página sobre cada pez raro y también sobre cada escarabajo;.
Lo mío, por falta de constancia (un defecto mortal) no ha superado algunas páginas. Pero aquellos fueron más allá, hasta la casi ruina.
Ahora bien, no creo que Vallejo se arruine con esta biografía. Él entiende la biografía como un género menor que la novela, la cual, según él, es el género mayor e insuperable. Vallejo cree que un biógrafo debe atenerse a una limitadísima transcripción de textos, cartas y datos del biografiado, tanto que sólo debe permitirse hacer una transición para abrir comillas.
Vallejo exagera y no. Porque también arremete contra la biografía novelada, a la que califica como una canallada, y despotrica contra Mario Vargas Llosa, millonario narrador al que ahora le interesa este género bastardo, como se ve en el caso de “La fiesta del Chivo”.
La prosa de Vallejo no es exquisita, ni abigarrada, pero sí es transparente, correcta y musical y no abusa de nada, salvo de sus insultos a la religión y a los políticos y a Colombia. De todos esos insultos, no le creo mucho cuando los lanza contra su país natal. Termina haciendo lo contrario: canoniza hasta el máximo a un filólogo colombiano y, de paso, nos revela qué pasó en la Colombia de la transición entre el siglo XIX y el XX.
Pasando la página 200 comencé a hartarme, no obstante. Ya venía un poco cansado de los datos de sus amigos, de con quién se carteaba y en qué fecha y desde qué lugar, y a esa altura estaba con más datos sin sustancia. Datos, fechas, calles, números, cómo arregló con este o aquel editor, pero nada de cómo hizo el trabajo, de por qué, jamás sabré cómo surgió la manía y qué placer encontró en ella. Ni siquiera abre comillas para cartas que expliquen el proceso de trabajo filológico, apenas una descripción de cómo sacaba los datos de la compilación de autores españoles de Rivadeneyra.
A pesar de todo eso, hay algo que me hipnotiza de este libro, en apariencia, seco. Es que se habla del idioma, y de alguien apasionado por el idioma español. Incentiva a leer más gramática, a conocer las reglas, a aprender a hablar y escribir con corrección el idioma, por más que el vendaval de la historia y la “anglicalización” lo estén socavando.

Un literato es eso: un maniático que hace una tarea de Sísifo, inútil para las grandes masas, pero esas tareas, piedras que guían en el río. 

Friday, September 13, 2013

Sobre el tema “Nostalgias Santiagueñas”, de Los Hermanos Ábalos, interpretada por Manolo Juárez.

Comienza el piano “sorridente”, un piano nostálgico pero con sonrisas alertas. Eso admiro del folclore norteño, que no se remite sólo a la parte oscurita de mi’alma, sino que busca las lucecitas que hay en cada rincón de pobreza. Bienaventurados los pobres: de espíritu.
Manolo Juárez respeta al andar santiagueño. Con su mano va, vuelve, para seguir andando.
Igual, tú notas apenas abierta la cajita musical con este tema, que es sobre recuerdos; no es sobre algo que se ve ahora, ya, sino que es algo que se ha visto, es por eso que se detiene, hay tiempo para detenerse en lo más lindo, con ternura y cadencias.
En un momento cuando la parte grave del piano rodea a la parte cantante y aguda, aparece ese discurrir por el pasado, enmarcado en el ahora que va al ayer. Y después, sí, deja rienda suelta al ritmo de la zamba cuando aparece el bombo y entonces el recuerdo es más delineado, con olor a cuero, a vegetal que suda, y las teclas pegando saltitos de aquí y de allá.
En un momento se siente el rasguido de la guitarra acompañando ese piano que ha intentado ser bombo y pan casero, aromas dulzones en medio de la aridez, lo dulce que sale de lo salado, es que eso es la santiagueñidad, o bien eso es la norteñidad argentina: extraer lo dulce de lo salado.
De pronto, en un momento, Manolo se detiene con su piano, y habla, discurre, dice una palabra aquí, otra más allá para irse callando, callando, despacito y al tranco. Hasta hacer un freno, otra vez, y recordar que recordar por así nomás.
Remitió al presente de lo ido, lo ido está conmigo, pero ido nomás, changuito.



Sunday, July 21, 2013

Llegar a Liberia




Acabo de ver un video de “Vice”, en youtube, acerca de los niños soldados, niños caníbales, durante la guerra de Liberia en la década del ‘90. Pero, lo que más me impactó fue ese lugar de la ciudad capital, a orillas del mar: “West point”.
Inimaginable área más pobre que todas las villas miserias del mundo. No hay toilette, ni hay letrinas, la gente defeca en el mar, la costa absolutamente contaminada, parece que pudieras ver a simple vista la vida microbia que carcome: disentería, SIDA.
Y las casuchas tristes, oscuras, horripilantemente sucias, y en la playa rodeada de basura en descomposición, montículos pestilentes, juegan niños al fútbol, otros fuman crack o algo parecido (y más nocivo que el crack). Algunos jóvenes fueron los niños de las guerras civiles de ayer, capitaneados por los “Lords of war”. Estos, los lords, se convirtieron ahora en líderes comunitarios hipócritas, a los que les interesa mantener su territorio.
Cínico, uno de ellos explica, que sus boys practicaban el canibalismo porque estaban drogados, antes, durante la década del 80 o del 90, en pleno fuego, un “lord” explicaba que los chicos creían que comer la carne de sus enemigos (el hígado, el corazón, por ejemplo) les daba fuerzas y los convertía en seres invencibles.
Mucha chatarra, mucho infierno en Liberia, lugar de paso del diamante ilegal obtenido en países igual de infernales como Sierra Leona. ¿Cómo llegué a Liberia? Viendo la película “Diamond Blood”, con Leonardo Di Caprio y Jennifer Connelly, y Djimon Hounsou.
¿Por qué no nos interesa Liberia?
Porque nadie nos contó de ella.
¿Por qué nadie nos contó acerca de ella?
Porque estamos bombardeados por lo que sucede en Estados Unidos o Europa.
¿Por qué nadie nos cuenta acerca de las maras salvadoreñas? ¿O de las masacres actuales de pueblos indígenas de Latinoamérica?
Ah, pero la devastación… También ésta se encuentra en el corazón del imperio. Detroit, ciudad fantasma. Escuché a un clochard mientras fumaba su marihuana cómo vivía allí. Sin trabajo, sin futuro.
El idioma inglés pronunciado a través de los soplidos que da la falta de algún diente de un negro de Detroit.
El idioma inglés, en una garganta agostada de un adolescente de Liberia, de West Point.
Y también el idioma inglés en Sri Lanka, la lágrima India.
En Sri Lanka las mujeres y los muchachos se parecen, en el color de la piel, a la de los catamarqueños, quizás un poco más oscuros en el rebozo.
¿Por qué sabemos tan poco cómo es la vida en Colombo, Sri Lanka?
Los altos edificios, la basura en la calle. Había ciertos lugares que me hacen acordar a Avellaneda (Buenos Aires), o a la Isla Maciel (Buenos Aires), avenidas y puentes que me hacen acordar a Córdoba (Argentina).
“A common man” con Ben Kingsley, una película que se desarrolla en Colombo.


Tuesday, February 19, 2013

Pirañas, azufre y chacales






Román Chas fue invitado a tomar una “cervecita” en ese mediodía de calor en Caleta. 
Vio, a pesar del dolor fuerte detrás de la nuca, como si el cerebelo fuera una pieza recalentada, a dos tipos extraños en la Terminal de ómnibus, en esos momentos, de extremismo moral, en que a él le parecían extraños todos los de Caleta, seres casi sin sentimientos, corriendo detrás de dinero.
Pero además, accedió al convite porque quería “despejarse”. Había estado toda la noche escuchando una música machacona, cumbia villera, que venía del ruidoso departamento de arriba, en el barrio Gregores. “Seee me vuela el techo de chapa”, gritaban los del departamento superior.
Un muchacho, el inquilino, invita cada dos o tres meses a sus amigotes, y comienzan a hacer un ritual que puede iniciarse con ver un partido de fútbol por televisión, y después inicia la música al más alto volumen de un equipo que, supuso Román, es enorme y obsceno. El rito puede terminar en gritos solitarios o cánticos por el Catamarca Fútbol Club o Estrella Norte u Olimpia u cualquier club, al otro día.
Eso no sería nada si no fuera porque las patas de los tipos hacen retumbar el techo de Román, y al del departamento de al lado, donde se escucha que llora uno o dos bebés, asustados por lo que los grandullones hacen, procaces.
Después la fiesta de los de arriba asciende, in crescendo, y hasta se escuchan sus “uj, uj, uj”, cuando saltan al ritmo de temas de Los Dragones o de otro que Román desconocía.
Román escuchó, con hastío, que hasta hacen una suerte de danza aborigen, que en realidad es el coro de alguna de esas cumbias que hablan de la yuta, de la marihuana, del paco y otras yerbas.
Febril noche escuchando cómo retumban y bufan y mugen y aúllan. Hubo días en que se escucharon chillidos y risas de aceitosos cristales de mujeres, pero esta vez no fue así. Parece que fue una ingesta de machos nomás.
Bien. Así y todo, aceptó esa mediodía la invitación. Se sentó en el barcito de la Terminal de Omnibus, reducido a una sola mesa en un incómodo lugar.
Quien le invitó es un integrante de uno de los sindicatos petroleros. Se está “normalizando” el gremio. Son todos normalizadores.
La normalización está dividida y algunos quieren salirse de la supuesta unión de todos. Por ejemplo, está Marito “Azufre” Barría, quien comenzó a sacar sus ambiciones al aire, quiere dirigir el sindicato, cuando haya elecciones. Y también está el “Chacal” Menoti.
Ambos aparecieron juntos en el gremio, y se convirtieron en poderosos señores negociadores. “Me das esto y no te hacemos quilombo”, les dicen a algunos empresarios. Román, como moralista extremo, veía mal el “apriete”, pero prefirió no decírselo a Marito.
Lo único que les dijo, a Marito y al Chacal, es que “son unos buenos hijos de mala madre, lo están dejando solo al cabeza redonda”.
Al aludido le dicen “Snoopy”, porque sus ojos tristones se parecen al del dibujito. Están “Snoopy” y “Pink Panther”. “Pink Panther”, dicen, es el cerebro, y su apellido es Barrol, un hombrón de más de 1,75 metros.
“Snoopy”, por ahora, es la cara visible del gremio, hasta que se normalice.
“Son como pirañas todos”, pensó Romanchay.
Y son pirañas que pueden cometer actos violentos. De armas sacar, no tanto de armas llevar porque no estamos en la década del ’30, pero sí armas sacar, de ir a buscarlas a algún lugar y traerlas cuando sucedían los kilombos.
Recordó que “Azufre” Barría fue a buscar una carabina de algún galpón de zona de Chacras y, con seis o siete tipos más, fueron a tomar el sindicato por la fuerza. Se metieron un fin de semana y de ahí hubo que sacarlos ante una fuerte custodia policial.
Román, cuando era un empleado de un abogado, se acercó a dialogar con Azufre, refugiado en el gremio. Azufre miraba por los intersticios de la persiana y, desde ahí, dialogaba con la policía. Pedía que se fueran los que estaban gritando desde la esquina.
Román alcanzó a verle los ojos un tanto grandes y exoftálmicos, los labios gruesos. Y vio también la punta de la carabina.
“Los vamos a sacar a patadas”, gritaban desde la esquina, entre esos había tipos irremisibles como “Pechito”López, un hombre bajo y delgado, hijo de chilenos, que tiene la sonrisa burlona permanente, y que había ido a buscar un arma.
Un tipo que parecía que tenía la malevolencia a flor de piel.

Tuesday, February 12, 2013

Oé escribe aunque duela



Creo que Kenzaburo Oé, en “El grito silencioso” está pendiente de las filigranas del dolor, del enfurecimiento, de las derrotas, de los fracasos, de lo irredento del ser humano en esta vida, no hay remisión posible. Sensible a las cosas que nos puede pudrir, del miembro u órgano faltante, de las pesadillas reales, de las revueltas sociales revulsivamente inútiles y mezquinas de esos pueblos de testuz gacha, perdidos en un valle.
¿Estás hablando de Aisunasta, Kenzaburito? Pues no, él habla de Ókubo, un pueblo vallisto, sí, pero de una isla de Japón. Pero Ókubo bien podría ser Fiambalá, o Tilcara, que son un poco más chicas que Aisunasta, aunque por lo desperdigada de la población bien podría ser San Blas de los Sauces, o bien Palo Blanco (pero una Palo Blanco con un supermercado), aunque por la malevolencia implícita bien podría ser Aisunasta.
En Ókubo, también hay mujeres “rústicas” (así las llama Oé), que vienen de los altos de los valles, de los alrededores, y son muy similares a nuestras mujeres “coyas” que suelen bajar de los cerros, o a las cholas.
Me he preguntado, qué me faltaría para ser Oé, pues me faltaría sacarme las adiposidades del estilo, leer más poesía, diríamos, y sacarme la merde de otros que me dictan o dictaron sus guiones aburridos, derechosos, huecos. Es decir, ir a la médula y la masmédula, aunque duela.
Creo que pienso y escribo de la misma forma que me baño en el mar, aquí en la costa de Caleta Olivia: de a poco, suspirando como un nene por el frío en mis pies, luego padeciendo la gélida agua en mis piernas, después sentir que ese líquido salobre rodea mis caderas, y así. De a poquito, tratando de que el frío duela poco, prolongando la pérdida de tiempo. 
Además, Kenzaburo aprendió de Fiódor Dostoievski sobre cómo hacer una novela de tesis que se encamina a inexorables crímenes. Pero Oé es un chico dostoievskiano pero bien del siglo XX, donde narra con épica pero permitiéndose planos detalles que no había en el siglo decimonónico: nervios, carne y glándula.

Noes que activan el percutor

Noes que activan el percutor
Basta de mirar mucho a mi ombligo roñoso. Uno quería hablar de Julio.
A más de dos mil kilómetros de distancia, a fines de julio de 2012, alguien preguntó mi nombre por teléfono: “¿Jorge Ramiro Sarmiento?”. Así preguntó, por mi identidad completa.
Ese alguien me interrogó. Primero quiso saber si yo era el dueño del torreón de adobe que hay casi en las afueras de Aisunasta. Contesté afirmativamente.
Quien llamaba era un pachorriento policía administrativo de la comisaría aisunasteña, iniciando un trámite de propiedad y certificación, porque fue allí, me informó, que se suicidó una persona.
“¡Noooo!”, grité lastimeramente cuando el policía me comunicó que el suicida era un tal Julio Cristóbal Molina. 
El policía dijo, esdrújulo y cansino, que “áparentemente díscutió cón su mujer, y áhi fue y se dísparó en la cábeza con una cárabina. No le puedo informar más, señor”.
Y después agradeció y cortó.
“La mierda. Qué mierda que es todo esto”, me repetía incesantemente, en voz baja, apoyándome en el alféizar del frío ventanuco. Yo vivía en esa cabaña zaparrastrosa del camping municipal de Los Antiguos, en la provincia de Santa Cruz, haciendo de sereno durante la temporada baja.
Pasada la agitación me sumí en un ensimismamiento estólido. La única pregunta clara que salió de ese momento es: “¿Con quién discutió? ¿Con la Sarracena o la nueva: Gabriela Monsardi?”.
Yo sabía que la Monsardi era una mujer con problemas de celopatía. Pensé que Julio no lo soportó más y se pegó el tiro en ese torreón. El torreón nunca tuvo dueño, pero como yo había vivido un par de años allí, todos en Aisunasta pensaban que era mío.
La última vez que lo vi a Julio Cristóbal fue a principios de 2012.
Yo lo había acompañado a Salatinaj, al piquete de anti-mineros, y se mostró muy histriónico, me hizo reír en todo el viaje. Vi su bizarra audacia al aconsejar a los piqueteros (familias enteras, docentes del pueblo) sobre cómo utilizar estratégicamente a Canal 13, el multimedio que mantenía una guerra con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, ya que sus gerentes habían enviado a un móvil de exteriores y transmitía varias veces al día desde allí.
Como la presidenta daba el ok a las multinacionales mineras, Canal 13 aprovechaba a los piqueteros para que la critiquen. Los periodistas no parecían muy convencidos de la anti-minería, ni siquiera machacaban contra la empresa Osis Company que quería meterse a poner sus venenos para sacar oro de esas montañas de fábula. Para esos pulcros periodistas bastaba que criticasen al gobierno nacional, el cual quería mellar el poder de ese canal.
Julio Cristóbal hablaba de estrategias, de cálculos de movimientos políticos, de sus argumentos. Razonaba alto y claro. Esa imagen que recordé estaba tan alejada de su acto suicida.
Y, de pronto, tras encender un cigarrillo y sentarme en la cama, pasaron varias ráfagas de imagen,: Julio y su rostro que grita. El grito que se enrostra, se encrespan los pelos de los brazos nervudos, y enrostra reproches, y noes, noes, noes, e imposibilidades, y noes y más noes que accionan la palanca del espíritu mortal, que convierte todo en un túnel de acciones que sólo se dirige hasta el percutor, y noes que abruman como nubarrones rojos y amarillentos, ¡no va más! ¡no va más!, con el oleaje incontenible de pasadas borracheras, ah sí, y el coraje que nunca le faltó y listo, apretamos el percutor y todo a la mierda, y al carajo. 

Wednesday, January 30, 2013

El asco y los límites





Cuando uno es asquerosamente cándido queda embelesado ante la verba segura de otro, en este caso: Julio.
Él se movía de una manera segura.
Es fácil ver cómo se relacionan las personas con sólo ver sus hombros. Los míos, por ejemplo, están duros, alzados hacia arriba, escondiendo -por los laterales- mi cortísimo cuello, y sirviendo de apoyo aéreo a mi joroba creciente.
Y él, a reversa, se movía con seguridad, como un pez de cartílagos firmes. Yo lo hacía como un pez perezoso, me desplazaba como un tiburón perezoso, uno que, además, se afeó por lo mal alimentado de la fauna abisal. Yo era un pez acostumbrado a aguas cenagosas, pesadas.
Además, por aquellas épocas, yo era un tiburón con molestias físicas de todo tipo: hoy una ampolla en mis labios o lengua, mañana conjuntivas en los ojos, pasado mañana sarna contagiada por un gato; después, hongos, hongos por todos lados: ingle, axilas, pies y, supongo, mucho olor. (“Tenés olor a todo” –me gritó un menor una vez, cuando yo era escarnecido por todos, viejos y niños sobre todo).
Yo padecía de todo lo que puede padecer un hombre de treinta y cinco años viviendo como un lumpen, un menesteroso de los peores, de esos que han leído mucho acerca de la importancia de un buen lavado de dientes pero que nunca lo hacen.
Aún así, yo, que vivía en villas miserias o en barrios paupérrimos y piojosos de Aisunasta, estaba en un escalón superior a los demás pobres, por eso yo era el peor en todo sentido. Yo era un menesteroso y holgazán; en cambio los demás sólo tenían una sola perspectiva, una crianza de violencia, desidia y alcohol.
“Sos un vago terrible”, dictaminó Julio. 
“Limitadito de mierda”, me insultó Eliecer, el insulto que debería figurar en una antología de escarnios. “Limitadito de mierda”, me espetó Eliecer, en una confitería, tomando cerveza, cuando yo hablaba pelotudeces acerca de viajes, o acerca de vivir en Chilecito antes que en Aisunasta.
-¿Y por qué no lo hacés? –me presionó Eliecer.
Y le antepuse varias razones.
-No. Nada de eso. Vos te limitás. Sos un limitadito de mierda- exclamó Eliecer, indignado por mi cobardía.
Bueno, pues Julio no era un “limitadito de mierda”, sino que aumentaba sus límites, pero los estiraba hasta más no poder, y terminó rompiendo límites hasta su muerte violenta. 

Sunday, January 27, 2013

El trillador y el témpano



Lucio Odiverto:
Acabo de recibir vuestra contestación, y me pareció de una pobreza incomprensible. ¡Qué es eso de que se encuentre ‘triste’ pero cordial! No me venga ahora con la etimología ya usada en tantos asados por vuestra merced: aquello de que “cordial” viene de “corazón”.
Todo esto se me figura todo como que yo soy un personaje que anda revoloteando y llorando y hasta queriendo incendiarme a lo bonzo, ir hacia el fuego como la mariposa (como la canción “El témpano”), y usted, usted viene y dice: “triste pero cordial”.
Usted, sentado en una muelle reposera, con los brazos al desgaire, y yo desgañitándome por las penurias, tirándome al suelo, queriendo arrancar barbas.
Usted dice: “Y sí, acá estamos”, y no se le ocurre otra cosa. Pues créame que en esos momentos yo a usted lo veo en la vereda de enfrente. Yo soy uno de los “piojos”, y usted el burgués que observa la vida sufrida de los miserables, desde su tibia sala de estar.
Perdóneme, estimado, pero no acepto lo de “cordial”. Y menos comprendo que usted haya terminado con una frase tan tibia: “a cuidar la vida que es la única que tenemos”. Ese tipo de cosas. Vea, hubo alguien muy cercano que se ha descerrajado un tiro en la cabeza, se ha partido el cráneo y la bala le perforó el cerebro. ¿Es así la noticia? ¿O estamos hablando de cosas distintas? Porque yo, para desentendidos, soy “d’iahi”.
A propósito, creo que tampoco Julio estaba muy de acuerdo conmigo, con eso de andar gritando por la calle, al menos cuando yo vivía por allá. Incluso recuerdo varios poemas o letras de canciones gauchescas suyas, había una que hablaba de un campesino de Córdoba que hablaba de la “troja”. En realidad, todas sus letras hablaban del campo, el trigo, el esfuerzo, la lucha, la familia, el sudor digno.
Entonces, después de escuchar días y días sus recitados le dije: “¿Y para cuándo hablar algo de la vida visceral?”.
Me miró interrogativo.
“Sí, de la vida visceral, de lo que realmente hay y es: la sangre, los humores, los líquidos, el nervio y el dolor del nervio, los vómitos, todo eso. Porque vos mucho troja, y campesino trillador y nada de aquello, de la sangre, los huesos, la angustia. Y de eso hay que hablar”, le lancé.
Me siguió mirando. Después meneó la cabeza y siguió ajustando una tuerca de su impresora y dijo, sonriendo: “Estás de la cabeza”.
No era oscuro Julio. Era solar. Es por eso que me sorprendió hasta en lo más profundo que, de pronto, se haya convertido, en un santiamén, en el más oscuro de todos y el que haya ido, sin palabras, a la sangre real, los humores reales, los líquidos, el dolor del nervio real, el vómito de sangre, los huesos y la angustia real. Un salto hacia la nada, total, insondable.

Saturday, January 26, 2013

Idealista paternalista



Me había parecido un tipo exótico desde el comienzo, justamente por su estentóreo histrionismo y porque ya me había desacostumbrado a esas estentoreidades cordobesas; yo, que estaba viviendo ya muchos años en un pueblo de personas rumiantes, la más de las veces, cabeza gacha y hacia dentro. Yo mismo heredé eso de rumiador; por lo que, desde el vamos, este tipo era una suerte de antípoda, salvo cuando yo mismo me convertía en un estentóreo risueño (ayudado por un bonarda).
Ya sabemos quién había quedado prendada de él (además de Sarracena) en aquella época cuando lo conocí. Yo volvía de un viaje por vaya a saber qué lugares de Neuquén y él, Julio, ya estaba instalado en la imprenta Punto y Punto como uno de las “empleados estrellas”, sólo superado –hasta cierto punto- en ese oficio por su hermano mayor, Eliecer.
Fueron varios años. Podríamos resumir su paso por esa imprenta desde el affaire con la pintora “clasemediera” hasta el momento en que agarró un pesado rodillo de una offset, lo blandió, a los gritos contra Mac Murray: “Pagame hijo de puta”, y luego lo arrojó al suelo.
Todos habíamos caído en un círculo de extremistas en las vidas privadas, y en la falta de sentido común en el trabajo que insumía horas de esfuerzo para poca paga, pero Mac hacía que viésemos una meta donde todos seríamos poco menos que millonarios. Cuánta capacidad de Mac derrochada en el desvarío. Cuánta mentira inconsciente. Si le agregás más intensidad, así funcionan las sectas
En fin. Julio era un idealista al máximo, no siempre un idealista de muchedumbre, sino más bien, un idealista paternalista. Muchas veces me había dicho que su ideal de vida era la de un “caudillo”, pero no un caudillo de poca monta, urbano, sino como esos del siglo XIX, cuasi anarquista, con sus leyes orejanas: Facundo Quiroga, Felipe Varela, el general Brizuela que dejó un campo en Cachiyuyo u otros.
En algo se estaba haciendo realidad ese ideal con su “Zancada Dócil”, una pequeña hacienda, con sus constantes visitadores, sus asados, sus caballos, sus risas de pecho abierto y el vino rondante. Y tenía poco menos de 30 años cuando comenzó.
En algún punto quise creer que todo estaba bien así, con esa filosofía de vida, yo que estaba preocupado por mis tantos hijos y mi tanta pobreza e inutilidad para generar dinero.
Intentó derribar mis pruritos y temores acerca de la vida, la crianza de los hijos. Pero no obtuvo mucho éxito. Si, tal vez, el éxito que yo veía en él estaba en que sus hijos tenían algo de seguridad de sí mismos, capital psíquico muy valorado por mí desde siempre.
Tengo que mucho que contar acerca de esa vida extinguida de un ramalazo de ira, antes que la mía se extinga.
Tengo que mucho que contar acerca de esa vida extinguida de un ramalazo de ira, antes que la mía se extinga.

Precursor del grunge

En aquella época, cuando tenía unos 13 o 14 años, incluso menos, cuando tenía 11 o 12 años, yo fui el precursor del grunge y nadie se ent...