Wednesday, April 18, 2012

Diferencias de percepción temporal entre uno de 21 y otro de 41

Estoy en un momento en que escucho a Traktor Bowling con ese nü metal ruso tan épico-individualista, tan trágico-narcisista, de puños y ceños fruncidos. La cantante, de nariz aguileña, que dice: “Sólo cuando perdemos es cuando comenzamos a apreciar; sólo cuando es tarde es cuando aprendemos a apresurarnos”. Escucho Traktor Bowling y me hace ver de otra manera a Caleta Olivia. Es una perogrullada. Pongo cualquier música y ambienta diferente cada realidad. Pues bien, los jóvenes bajan de los departamentos de este barrio de monoblocs, bajan a tomar, a pelear, a fumarse un porro. Uno de ellos escribe: “Vida aburrida” y una de las aes está escrita con el símbolo anarquista. Ojalá supieran lo que es el anarquismo. Se pliegan a la irracionalidad de “amor a la camiseta” de un club de fútbol local: ya sea el Catamarca Fútbol Club o Estrella Norte u Olimpia Juniors. No escuchan Traktor Bowling, pero las escenas son similares de los videos que tiene esa banda. Los pibes. Los veo desde aquí. Diferencias de ellos, los de 20 años, con un tipo de 41 años: el futuro aparece más ahondado en ellos, por lo tanto, el tiempo puede dilapidarse, creen que pueden salirse de un camino proyectado, son escépticos de proyectos, creen que hay tiempo para volver. Cómo ve el tiempo uno de 41 años: Se ha derrochado mucho. Hay apenas milésima de tiempo. Quisiera comprenderlos. Están tan cerca. Están allí, debajo, en la plazoleta de hamacas herrumbradas, con sus capuchas. Uno mueve los brazos agitadamente, las manos aletean en señal de “vengan, los espero a todos, a ver quién se las juega”, las manos que aletean acompañando a un grupo, a una banda, a un club. Hay armas de fuego. Incorporadas hace poco tiempo en las barras. Se han aprendido a hacer “tumberas”. Las muestran y todo el grupo se ríe y festeja. Los que tienen las tumberas, en realidad, no creen en el tiempo, no sólo lo dilapidan, sino que, directamente, lo desdeñan.

Monday, April 09, 2012

La propia porquedad



Ejercicio de idealización de El Quijote, quien no le mezquinaba cosas a la vida, cosas buenas y malas. Los golpes que recibía con las armaduras de la inocencia. Si vemos que cada vez hay menos carretel a esta vida porca, ¿por qué seguir mezquinándoles cosas?
Porca vida. Pero, desconfío de mí mismo. De mi porquedad, que no es agradable, que cada vez es más desagradable, quizás porque cada vez está más cerca de la muerte.
Es que la suciedad corporal quizás sea más horrible mientras más viejos seamos, no por lo horripilante de la vejez en sí y sus formas de flaccidez, sino porque eso nos trae la imagen de la muerte. Y así como con las formas, así debe actuar nuestra sensación con los olores. Mientras más viejos, más olemos a muerte.
Pero uno iba a hablar de Sancho Panza, ya que tenemos en común con Sancho Panza el prominente vientre y el yantar porcuno. Vemos un buen plato de asado, de vacío y costillas brillantes, junto a una buena ensalada y nos queremos zambullir, el olor a sal y carne asada; o las milanesas a la napolitana junto a un buen arroz “negro”, ese arroz frito.
 “Gran merced- dijo Sancho- pero sé decir a vuestra merced que como yo tuviese de buen comer, tan bien y mejor me lo comería en pie y a mis solas como sentado a par de un emperador. Y aún, si va a decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebollas, que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene en gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo”.
La profesora de Educación Plástica me echó –en la Escuela Vieytes de Córdoba- porque soy un “roñoso, sucio” con el enchastre que hice de témperas y vaya a saber qué otra cosa. Un cerdo he sido. Busco La Mancha antes que La Meca; prefiero El Toboso (que en mi febril imaginación es un pueblo catamarqueño, plano y sin atractivos) antes que El Escorial; el erial y el patio de Bruneta del Rosario Cocha antes que el césped cortado; el pecho henchido antes que la vanidad hinchada, por más que sea un hombre que, defectuosamente, hace lo contrario de lo que hilvana en el decir. No soy un hidalgo, soy, más bien, de los cachopines de Laredo; no estuve acostumbrado a responder con hidalguía, más bien a tirarme en chinchorros y escapar de los castigos de los amos, sean quienes fueren los que nos tocaren en suerte.

Saturday, April 07, 2012

Los invisibles de Aisunasta y sus platos de guiso

Carta a 
Luis Audivert:
En mi mente sobrevuela –sobrevuela superficialmente, pero sobrevuela- una cuestión sin resolver, y es aquella que se refiere a la minería en Aisunasta. Porque, allí, en Aisunasta, estoy implicado emocionalmente y no sé cómo puede salirse de eso.
Por un lado, cuando vi las imágenes por la televisión, las del grupo mediático Clarín, no pude menos que angustiarme al comienzo, la angustia que puede tener una tía pacata, aunque querible, al ver por TV que sus sobrinos son golpeados en una manifestación.
Vi al “Chuña” Sandoval, más emocionado que todos, llorando frente a las cámaras de Todo Noticias (un canal prolijo hasta el hastío).
No sé si sobreactuó, lo más probable que una parte sí, y otra parte no; después de todo, el Chuña busca demasiado que lo quieran socialmente.
Vi a Maximiliano Carrizo haciendo una nota con un handie. Y es allí cuando me emocioné hasta los tuétanos, y las lágrimas y las convulsiones salían desde mis vértebras, a chorros. Claro que la emoción no fue verlo a Maximiliano, sino ver que si yo hubiese estado en Aisunasta seguramente hubiese estado allí, con mi indigencia material a cuestas, haciendo notas.
Me vi a mí mismo, resentido, hablando en los medios desde mi óptica de pobreza extrema y sin salida. La transmisión era al mediodía, con el veterano y exagerado periodista de TN. Si hubiese estado allí, mis hijos a esa hora salían de la escuela para ir a un comedor de barrio “Prosperidad y Justicia” donde se peleaban las matronas desgreñadas porque “aquella otra se llevó una porción de más” de un locro o un guiso.
Me vi –con cierta ucronía- haciendo esa nota, tan lejos del poderío de Clarín, tan con mi pulóver agujereado, con mi suciedad, con mi congoja.
Eso, por un lado. Llantos de auto-conmiseración.
Pero también llantos por la gente real y presente que había a un costado de las imágenes, esa gente que no aparecía, la que no estaba en la centralidad del espectáculo de la represión, los invisibles, los que no fueron porque no entienden y ni les interesa la cuestión. Los pobres, mis vecinos, los indigentes, yo, mi familia.
No los que eran visibles: que son docentes bienpensantes de sueldos superiores a los 4 mil pesos; que son comerciantes como el amable y bonachón “Zorro”.
Todos ellos, gente de clase media (para una clasificación pensada en la realidad económica del pueblo), gente que no tiene problemas básicos, que nunca ha peleado por un plato de locro en una siesta caliente en un comedor de barrio “Prosperidad y Justicia”.
Y pensé: no hay mucha gente pobre, no hay muchos indigentes en esa marcha. Allí estaban algunas profesoras del Instituto de Estudios Superiores que no han sido tan golpeadas culturalmente por su historia, algún hijo de…, pero no vi a la mayoría desharrapada que puebla barrios como La Concordia o Los Castillos.
Ojo, si yo hubiese estado allí seguro que me hubiera plegado a la protesta contra la megaminería, contra la minería a cielo abierto; lo hubiera hecho porque mi resentimiento y mi incapacidad de negociar, mi incapacidad de ser un “forro”, un “garca” me hubiesen llevado a esa lucha en la vereda de enfrente, la lucha del “antiforro”, del “anti-garca”, más piola, más contra los “forros” del gobierno y de las empresas.
Porque del lado de los antimineros hay gente más anti-garca que del otro lado.
Es una división muy simplista a nivel político, pero que tiene sus raíces del corazón humillado del que viene de cuna pobre y quiere que cambien algunas cosas para que no haya otros sufrientes similares.
Pero ya no estaría tan seguro de qué es mejor. Porque también, sacando la “forredad” de las mineras y de la gobernadora y el intendente “Abejorro” Avilés, está la otra: ¿seguir con el mismo sistema de mierda donde muchos pobres no tienen escapatoria en Aisunasta?
Porque lo agrícola-turístico es lindo, bonito, y uno puede seguir viviendo casi como en una égloga, tan atractivo para franceses y sus campos de borricos con panes, holandeses y sus emprendimientos. O bien es bonito para empresarios aburridos que quieren probar con olivos  y otras yerbas.
Además, quiero recordarles a quienes nunca pelearon por un plato de locro en una tórrida siesta en un comedor popular, que ser pobre no es lindo, no se es pobre porque se quiere serlo. Quiero recordarles que no siempre, casi nunca, uno se vuelve más sabio por ser pobre. Hay que recordar que ser pobre no ha sido una alternativa. A los de clase media se les pregunta eso, a los pobres jamás se les hace esa pregunta. Uno nace con padres pobres, y tiende a replicar esa pobreza cuando adultos porque no tiene herramientas, ni valores, ni proyectos, ni contactos de los clasemedieros, apenas sí tiene la posibilidad de ver fútbol los fines de semana.
Cuánto me indignaba que los clasemedieros que conocía se molestasen o se burlasen porque yo decía una palabra, o tenía cierta actitud o cierto prejuicio propio de una villa miseria. Hijos de puta: yo no tuve la posibilidad de tener “apertura de cabeza”.
Y bien, a eso iba. A la apertura de cabeza. Creo que no es la primera vez que lo digo. Pero ¿se puede ser ecologista, se puede ser abierto y “piola” (calificando en el sentido de Mooney y su troupe) cuando uno tiene en la cabeza conductas y pensares aprendidos, marcados a fuego en el desayuno de mate cocido y pan de ayer?
Hablo de los indigentes y los pobres más pobres.
Imagino que a ellos les habrán dicho que la minería puede ser la salvación, que pueden tener sueldos impensados en Aisunasta, sueldos parecidos a los de sus parientes petroleros de Caleta Olivia o Pico Truncado. ¿Y vamos a enojarnos, clasemedieros, con la gente que aceptaría esa posibilidad de vida, cuando, si no, les queda achicharrarse en sus ranchos de los barrios Estación Oeste o Los Terebintos?
A los tíos de mis hijos de Ruta 40, no les parece mal la idea de que, por fin, haya un cambio en la actividad aisunasteña porque así jamás, jamás de los jamases, saldrán de su situación de pobreza.
¿Cómo salir así, ahora? ¿Haciendo changas como albañil, vendiendo pan, gameleando uvas una vez por año, trabajando en Delfín por dos mangos?
¿No es un poco altisonante la protesta ecologista frente a las murmuraciones cabizbajas de quienes padecen la pobreza (de todo tipo) en barrio La Concordia?
Pienso que mis pares: los pobres, los indigentes, están en medio, entre los forros  de las empresas mineras y el gobierno que realmente no les interesa tanto a ellos; y –versus- de los ecologistas que, tampoco veo que les interesa mucho a ellos. Es decir, los indigentes son invisibles en este tema. Si esto sigue así, los indigentes de Aisunasta (que con tanta sabiduría describiste en tu cuento “Los Piojos”) pasarán a constituir un estrato duro, anquilosado, difícil de salir, va camino a la casta, justamente, de los “invisibles” de la India.
Masho del Valle del Abaucán Romanchay (o bien, Jorge Sarmiento)

Friday, April 06, 2012

La Patria tenía bigotes. Villa Siburu, 1982

He preguntado, brutalmente, sin empatía, como siempre, don Marcelo. “¿Cómo es eso de que te mandó una dictadura a pelear a Malvinas? Entonces, fuiste víctima. Pero también héroe”. Me contestan los veteranos de Guerra ante el sol del mediodía en la plaza de barrio Parque (Caleta Olivia) que “no importa que nos haya mandado cualquier gobierno, fuimos con ánimo patriótico”.
 Hace mucho tiempo que no escucho hablar de patria con esas ínfulas. En realidad, uno de los veteranos me comentó que él no fue obligado a ir a la guerra, que incluso los oficiales de ese entonces le preguntaron a todos los muchachitos, formados en fila. Y que todos, menos uno, decidieron ir a la guerra.
Recuerdo a un familiar, clase 63. Había sido “movilizado”, y había sido transportado hasta Río Gallegos. Pero era a mediados de junio. La guerra se había terminado. “Yo quise ir”, me dijo. Y me lo dijo él mismo, él que había sufrido humillaciones en la instrucción militar, que había llorado desconsoladamente durante las noches por el maltrato de suboficiales. Hasta me mostró una fotografía en donde se lo ve a él, un delgadísimo muchacho, de pelo negro y tez morenísima, rodeado de otros pibes de todo tipo de pelaje.
 Hoy es un hombre de costumbres delicadas, de gestos aristocráticos propio de las almas feminoides. Que no se confunda: lo delicado para mí es admirable y distinguido, por cierto.
 En 1982, yo estaba en Córdoba. Como todas las mañanas. A las siete horas, mi tía Mary, antes de irse a trabajar como oficinista a la fábrica de suelas de goma “Gaspar”, prendía la radio que estaba sobre la mesa colocado en el comedor. Se escuchaba Radio Universidad. El locutor anunciaba que se habían recuperado las islas.
Yo tenía 11 años. Iba a la Escuela Ejército Argentino, del barrio Villa Siburu. Hace un año que estaba viviendo en Córdoba, después de que toda mi familia se había desintegrado en Caleta, y los primeros exiliados de ese desastre fuimos mi hermana y yo, viviendo con tristeza y pesadillas por haber perdido a nuestros padres en esas batallas de años, pensando en recuperarlos algún día.
 Mi tía, que siempre fue la más consciente de las cuestiones políticas, escuchaba preocupada mientras se maquillaba mirándose a un espejito redondo. Hizo un comentario. Tenía esa costumbre agradable. Hablaba con todo el mundo como si realmente el mundo tuviese algo que decir, por más que el interlocutor fuese un niño consentido y guarro como era yo. Y, para mí, era la primera vez que había escuchado hablar de unas islas llamadas Malvinas.
 A las pocas semanas, ya era el tema primero de conversación en la escuela. A la maestra de Plásticas -una mujer enorme que solía ir bien pintarrajeada, con el pelo rubio y la tez bronceada y pechos semidescubiertos, a quienes todos nosotros, rapaces malintencionados de cierta precocidad para las bromas en doble sentido, la veíamos codeándonos y ocultando risas-, esa vez la vimos en un plano diferente. Es que dijo: “ pobres chicos, qué será de esos chicos. Hoy no estoy bien”, se confesó a todos nosotros, y habló de un sobrino que fue a la Guerra. La superficialidad con que la solíamos ver, con ese brillo untuoso que traía en sus pulseras y en su maquillaje, había desaparecido para nosotros.
 Aunque no alcancé a comprenderla del todo. Ella decía “chicos” a los soldados, cuando yo los veía “grandes”. Eran jóvenes seis años mayores que nosotros. Se supone que uno a esa edad ya es grande, entendía yo, en mi dimensión de un niño que vive cada año como un ciclo enorme, y no esta sensación de mísera velocidad que uno percibe a los 41 años.

Precursor del grunge

En aquella época, cuando tenía unos 13 o 14 años, incluso menos, cuando tenía 11 o 12 años, yo fui el precursor del grunge y nadie se ent...