Tuesday, February 21, 2012

Die Geburt der Tragöidie


Ahora entiendo muchas cosas que me llegaban de esa época cuando yo tenía 15 ó 16 años. Todavía conservo, de esa época, un libro que me recomendó Virginia, la tallerista de “Lectura y Creación” (peatonal Rivera Indarte, edificio frente a las columnas): “Die Geburt der Tragöidie” de Nietzsche (en castellano, por supuesto, pero al título en alemán lo repetía para mis adentros siempre que viajaba en colectivo –el 45 que iba de la calle San Jerónimo hasta Villa Siburu-).
Ese libro que hablaba de lo apolíneo y dionisíaco me atrapó por su prosa y por la idea de lo sublime en el arte (más tarde había caído un libro de ¿Kant? sobre “Lo bello y lo sublime” que estaba en la Biblioteca frente a la plaza de Alto Alberdi). Me atrapó ese libro nietzscheano por esa idea de cómo los griegos sublimaban el dolor de vivir, el dolor de la brevedad de la vida, el dolor prometeico del tiempo y las vicisitudes que te comen el hígado; pues bien, ese dolor había que sublimarlo a través del arte, pero que para ello era necesario no sólo el desgarro en sí en escena, sino darle forma ayudado por lo apolíneo.
Algo de eso entendía en esa época. Ahora estoy terminando de leer ese bello libro, en donde hay un fragmento dedicado a la música de Wagner, con el mismo tono épico. Pero, me acuerdo de eso, porque la década del ´80 era ideal para leer ese tipo de libros, y para ver cierto cine. El sentimiento trágico de la vida no había pasado, aún, por el tamiz cínico y mercantilista de los 90 que trituró la tragedia para convertirla en espectáculo visual, y lo que perdura hasta ahora, aunque con menos violencia (un poco de menos violencia).
En la década del 80 tú podías consumir películas como “Más allá del bien y del Mal” de Liliana Cavani; podías consumir el jazz-rock de Spinetta; podías escuchar los cuartetos de eros dramático y populares cantados por Pelusa en Chébere; podías consumir un peyote o un cactus “pedro” de las montañas catamarqueñas imitando a los maestros de Juan Castaneda, podías consumir las películas de Werner Herzog; podías sentir un poco del aroma pos-revolucionario político; se hablaba de social-democracia como modelo, en la época de Alfonsín aunque se ocultaba todo lo que sobrevendría después.
Hoy (febrero de carnavales 2012) vi una película sobre Tony Wilson, un presentador que logró condensar el post-punk y convertir a Manchester en una ciudad luz de ese subgénero. Vi a un personaje como Ian Curtis de Joy Division, hablando de la tragedia, de la soledad, de la muerte, de tánatos a la manera artística.
Hoy, tánatos ya no atrae tanto artísticamente, al menos no nos atrae lo gris y la pátina angustiosa. De tánatos nos atrae (digo: “nos”, por decir el conjunto de espectadores globales), su costado más “gore”, la sangre de los Zetas que cortan cabeza, la molicie de la cabeza muerta de Kaddafi, el balazo del “Malevo” Ferreyra frente a las cámaras. Lo hiperrealista, más allá de la realidad, nos interesa, en esta década, el brillo y el ruido de la daga en la carne, mientras más decibeles: mejor.

Monday, February 20, 2012

Se encima la vida


“Vivo a más de dos mil kilómetros de distancia de aquel lugar. Un cuarto del subcontinente sudamericano tengo que recorrer para ver a los recuerdos. Ayer he visto por televisión los llantos y los perros, las balas de goma y las piedras, los gritos. Ocurrió en aquel lugar. No vivo bien. Vivo con el corazón ensimismado a la muerte, a la espera de alguna tragedia. A esta edad siento que la vida se me encima más que antes. Y no me queda otra cosa que actuar. Pienso que escribir también es actuar. Antes que dejar que mis pensamientos queden dando vueltas en mis circunvoluciones y se transformen en nada, yo las transformo ahora, son algo, letra sobre documento de word. El pequeño hijo crece inocentemente, mis hijos del norte descubren la escala cromática del dolor de estar en esta tierra, y yo sigo descubriendo eso con ellos, con el mismo asombro pero con el miedo de saber que hay cosas que se repetirán hasta el fin de nuestros días. Hay un pesimismo a ultranza en este año. Dicen que uno debe tener fuerza vital aún con los dolores espirituales y físicos, aún con la certeza de la muerte. Murió Luis Alberto Spinetta, murió una tía, recibo golpes de seres queridos, reciben golpes gente conocida. Cada vez me cuesta más creer inocentemente en la alegría”. Padre escribió eso cuando yo tenía once meses de edad, yo estaba empezando a endurecer mis piernas para caminar. Aparecían mis rasgos similares a los de él, pero mi piel y mi temperamento eran parecidos a los de mi madre. En ciertos momentos, prematuramente, me quedaba observando algo, ya sean las imágenes de la televisión, un insecto, la consistencia de un juguete de plástico, o el brillo de una pared clara. A esa edad, podía percibir cuando padre comenzaba a responder a madre, con una voz salida del dolor, de una herida no cerrada nunca. Azuzado por mi madre empezaba a levantar la voz pero con un tono de lástima por sí mismo. Sé que ambos, que todos nosotros, incluidos mis hermanos del norte, veníamos de un mes de enero inolvidable por lo oscuro, tristísimo. Sé que pude percibir algo porque al llegar a Caleta, luego de un viaje incómodo en colectivo durante tres días, me encontraba inquieto, no quería que me dejaran solo, que si jugaba necesitaba que alguien me acompañara, que estuviese al lado disfrutando del juego con algún plástico o un muñeco de peluche o cualquier objeto. También pedía mucho que padre o madre me tuviesen en brazos. Más padre porque era el que más tiempo aguantaba mi peso, y más jueguitos hacía con su voz. En un momento, en esa época, padre se preguntó si los problemas agigantados que tenía se debían a sólo dos cosas: su escasa o casi nula capacidad para relacionarse con las mujeres y con el dinero. Ya a sus cuarenta años podía ver eso. Desde que tenía treinta años, padre recomenzaba su vida de alguna manera. Un eterno recomenzar desde el mes de marzo. Se sentía culpable de haber llegado a tal situación. Hastiado pero comprometido con cuatro vidas: la mía y la de mis hermanos del norte. El ya sólo tenía que caminar, moverse, ya no tenía escapatoria. Así de pesimista estaba. El viernes anterior, cuando vio las imágenes de los vecinos de Aisunasta golpeados le surgieron las lágrimas. Allí se dio cuenta del estado de su espíritu. Cuando habló con su amigo escritor por teléfono le surgieron las lágrimas, no podía detener el llanto cuando le preguntaba por la gente. Se vio a sí mismo, en la pobreza absoluta, vio a sus hijos, encima que comiendo en comedores públicos, maltratados por la soberbia policial, por esa fiscal que tenía una casa que ocupaba media manzana, ostentando. El poder económico y político pisoteando el pueblo en el que habían nacido sus tres hijos. No pudo dejar de llorar. Se había refugiado en la cocina para llorar, para que nadie lo viese.

Una lucecita al amanecer.

Día 2 Abro este archivo que dice “diario de la luz”, e inmediatamente apago el cigarrillo. Limpio la habitación, dentro de las fuerzas q...