Monday, November 28, 2011

La libertad en el afuera




“Necesito dormir, no tengo un sueño, tengo lágrimas”, se dijo. Luego de huir de su casa se había convertido en un nectálope de día.
“Estoy harto, y más que harto, aburrido de la situación”, afirmó, acostándose con quejidos sobre el pedregullo de la costa.
A pocos metros un par de familias pescaba. Eran casi idénticas familias. En una de ellas, un hombre morrudo, de unos 40 a 45 años, cabello negro, barbirralo, supuestamente el jefe del hogar, tiraba la línea de pescar sobre el agua astringente y, a un costado, la mujer treinteañera y un poco regordeta hablaba a otra mujer más joven, teñida de un rubio pajizo, casi una adolescente.
En tanto que dos pequeñitas de tres años o cuatro corrían dando saltitos.
El otro grupo familiar era casi idéntico. Un morrudo con caña de pescar, dos mujeres regordetas, y dos niñitas jugando con piedrecillas.
Desde el lado sur, caminando venía un hombre barbudo con un perro lanudo quitándose el agua salada, sacudiéndose sin mucho frenesí.
Ramón había salido corriendo de su departamento del barrio cercano del 2 de Abril, había salido escapando de los gritos de su mujer, bajado las escaleras, perdiéndose en recovecos para que le resultara más difícil alcanzarlo (porque una vez, esa mujer le alcanzó a los gritos, provocándole un escándalo en el barrio).
Y lo único que pudo hacer es alejarse hacia la zona del muelle viejo, corriendo por la costa, luego caminando. Sentía el aire fresco de libertad, reconoció que era aire fresco de libertad y no le gustó ello, no le gustó que reconociera libertad en el afuera. Un comerciante le había dicho lo contrario que “en la casa se encontraba a sus anchas, con libertad para andar en calzoncillos, prender la tele, ver una película, escuchar música”.

Tuesday, November 22, 2011

Tiñe lo que puedas vender





“Es la primera vez que escucho hablar a un gay de derechas”, se dijo Sarmiento cuando escuchaba el revoloteo del peluquero alrededor de varios tópicos populares del momento: el plagio de una cumbia horrenda de “Los Wachiturros” a no se sabía qué cantante de Puerto Rico, y lo del empresario homosexual que escondía su condición aunque era vox pópuli; a lo que se agregaba -como sonido ambiente- la voz en la radio de una locutora venida a menos que ofrecía un CD de música grabada en computadora a quien llamase sólo para dar su nombre.
Era la octava vez que Carlos, el peluquero, usaba el latinismo: “vóx pópuli”. Que vox pópuli era lo del empresario gay, pero que también era vox pópuli todo lo que se robaba aquel otro sindicalista poniendo a un testaferro como dueño de una empresa de servicios ganaderos.
“¿Alguna vez hablará el peluquero de su sexualidad?”, se preguntó Sarmiento, “¿o nos estará probando a todos los que estamos en la sala?”. Probar si se aceptaba su condición o si alguien hubiera de saltar con un “hay que matarlos a todos los putos”.
Lo que el peluquero tenía de derechas era la forma en que hablaba de su padre. “A mí me enseñaron que todo se hace con esfuerzo, y si no para qué se largan a tener hijos”, formuló, al escuchar a un grupo de mujeres que protestaban por radio porque no les pagaban los subsidios.
Sarmiento tenía que decidir su próximo color de pelo, es decir, no es que estuviera decidiendo entre un rojo crazy o un bermellón, sino era algo más simple: entre un castaño oscuro y un castaño tirando a negro, pero todo con el afán de ocultar las centenares de canas que aparecían a mechones desprolijos a los costados del cráneo o en la cresta.
- ¿Te decidiste al final?
-Algo. O no. Nada. Nada decidido. Decí mejor vos cuál quedará mejor. O sea que quede menos ridículo.
-Bueno, yo te pondría el oscuro, total antes me imagino que lo tenías casi negro, no un negro azabache, pero negro… Pero ahora no te quedaría bien el negro. Tampoco el claro. Ponete el oscuro y ya está.
- Listo. Dale.
Después de esto, Carlos, con suma seriedad, agarró elementos para limpiarlos, a otros los enjuagó y después preparó la mezcla de tinturas. Todo en cuestión de cinco minutos .
- Pero che. ¿Será posible? Es la tercera vez que pasan vendiendo esos CD truchos. –refunfuñó al ver que afuera pasaban dos gitanos vendedores de películas pirateadas.
-No encuentran otra cosa para rebuscárselas-dijo Sarmiento, sabiendo que su aporte no era inteligente, ni siquiera era algo, era simplemente para seguir al interlocutor, como siempre lo hacía ante alguien que vocifera su pensar sobre lo que rodea. “Ser complaciente es la más aberrante de las comodidades”, recordó que Gonzalvez le sermoneó en un viaje a Villa Regina.
Carlos, con un pincel, comenzó a pasar la tintura a la cabeza de Sarmiento. A éste le empezó a picar, a los pocos segundos, en aquellos lugares donde tenía granos. Sabía que la tintura le iba a irritar. Le tuvo que decir: “cuidado que por ahí tengo unos granitos”.
-Los vi -dijo el peluquero.
Uno de los muchachos que deambulaban con mochilas negras en la calle abre la puerta del local.
-¿Quieren ver películas, DVD, CD?- preguntó el muchacho de tez morena y cabello rubio oscuro, con una voz rijosa.
- No, no, no. Nada. No quiero tener problemas con la ley- espetó el peluquero.
-Es que no va a haber problemas.
-Si, pero no. Nada.
- Bueno. Está bien. Buenos días.
Sarmiento se recordó como vendedor de baratijas por los comercios en Buenos Aires. “Sí pero no” era la respuesta común ante una de sus ofertas “Cuatro lapiceras por un peso”. Sí, pero no.
La época de sus cuatro lapiceras por un peso, era la época de Menem, un riojano poco lector de libros.
Sarmiento vendía esas lapiceras que, a la vez, compraba en un comercio grande del barrio de Once.
Pero no se ganó la vida así. Terminó con hambre real, el primer hambre real en su vida.
Recorría toda la avenida Rivadavia, desde su zona sur, y ascendía por Caballito, Flores, Floresta hasta llegar a la calle Tinogasta. Allí, en esa calle, donde hay un cartel enorme, se reía –porque su madre era de esa pequeña ciudad catamarqueña- y volvía a bajar por las veredas de enfrente.
-No sé por qué no se dedican a laburar los gitanos. Siempre tienen que salir a vender, a buscar plata en la calle – dijo el peluquero, sacando a Sarmiento del ensimismamiento.
Teñirse el pelo le parecía un trámite engorroso y tedioso. Por eso buscaba entretenerse con algo, y le pareció que acudir a esa peluquería, cuyos clientes eran de una fauna variopinta, desde empleados públicos, petroleros hasta prostitutas, podría divertirse con el colorido de las anécdotas que pudiesen contar todos ellos.
Pero le estaban fastidiando los comentarios del peluquero que hegemonizaba cualquier charla con los clientes.
Carlos tenía el pelo largo, usaba esos pantalones tipo bombacha de gaucho que estaban de moda.
El peluquero compraba pelo, eso le llamó la atención. Compraba pelo humano, y le mostraba un cabello y hacía comentarios del tipo: “mirá, este pelo está quebradizo”.
Sarmiento se imaginaba comprando excreciones humanas, o comprando uñas. En épocas de hambre, en Buenos Aires, por ejemplo, podría vender pelo, orina, uña, lo que fuese para comer algo más, para mantenerse un mes más en Buenos Aires.
Salir a vender pelo humano en los comercios, en las peluquerías. Ahora estaba desesperado, pero se teñía el pelo. Tenía pocos pesos, pero se teñía, no vendía el pelo.

Una lucecita al amanecer.

Día 2 Abro este archivo que dice “diario de la luz”, e inmediatamente apago el cigarrillo. Limpio la habitación, dentro de las fuerzas q...