Friday, June 10, 2011

Alcohol con muchachos cobrizos y desocupados (15)



Traspasamos cuestas hasta que perdí la noción del lugar donde me encontraba, quizás en cercanías a Rosario de la Frontera. O en Alemanía, o más al sur. Pero más allá de todo eso, sé que aún faltaba un trecho larguísimo hasta la puna.
Cruzamos una hondonada verdísima en donde había manadas enormes de caballos salvajes pastando y retozando. Un paraíso equino. Atravesada esa parte no volvimos a ver, -en todo el trayecto de más de seiscientos kilómetros-, otro lugar verde, ni siquiera en proximidades a lagos o lagunas.
Eran los valles esos la sequedad misma, el calor, varias horas de caminos empedrados, otros enripiados, y, todavía, avanzábamos. Nuestras mentes languidecían al cabo de tres días de pensar lo mismo, y nos estábamos aburriendo de hablar de antiguas hazañas, o de lo que se podría hacer con el olivino convertido en gemas.
El aleteo quitinoso de las cigarras trepidaba en mi cabeza, tanto que lograban que mi descanso –en frescas noches- se convirtiese en una bruma más espesa que de costumbre.
Pues bien, haya sido en Rosario de la Frontera o en Alemanía, o donde fuere, llegamos a ese pueblo de mañana. Su gente parecía amable y sin obligarse a ello.
Me senté en la vereda alta de una confitería tradicional –en la calle principal- a ver pasar la vida, sobre todo la vida tranquila de ese villorrio grande. Sé que la apacibilidad era una apariencia, ya que todo pueblo tiene malicia general (ninguno escapa a eso), pero la apariencia era más nítida que en otras villas.
En una nostalgia anticipada, me puse a pensar en los recovecos húmedos de mi casona, los que aún faltaba por reparar. “Soñé que el río me hablaba, con voz de nieve cumbreña”, yo canturreaba por lo bajo, “tú que puedes vuélvete, me dijo el río llorando”. Mientras cantaba mi jumento estaba atado al palenque, y Fernando se había arrellanado en un tronco, treinta metros más allá, debajo de una enramada flanqueada por dos algarrobos acogedores.
Ese cobertizo hecho con cañas y hojas grandes se había colocado allí, al lado de la plaza principal, para un festival folclórico en el que estarían Los Kjarkas, un grupo boliviano que yo admiraba particularmente.
De igual forma, yo había aprendido mucho del dulce folclore lugareño, de sus zambas, sobre todo. Y así, continué sentado por cinco o seis horas en ese lugar. Es más, pasé toda la tarde bebiendo la cerveza negra.
Mientras, debajo de esa enramada, permaneció el infame, lanzando carcajadas, bromeando con un grupo de changos treinteañeros que se habían arracimado a su alrededor. Su presencia enérgica y simpática los atrajo. Además, era expeditivo, de voz clara y potente, y tal carácter extrovertido era exótico para la changada kakán.
Desde mi puesto, veía que los muchachos le alcanzaban cada tanto un envase de plástico (la base larga de un botellón de plástico cortada a la mitad) que contenía un vino sospechosamente rosáceo, con dos rodajas de limón flotando.
Y cuanto más sikus y tarjas escuchaba más cerveza quería yo tomar, ensoñando un viaje a Potosí con mis hadas delicadas, o, por lo contrario, encontrándome en bailes populares con princesas bolivianas, morenísimas, de ojos negros, de nariz aguileña, y de músculos fuertes.
Aún así, no perdía de vista el cuchillón que Fernando se lo colocaba en la cintura, a la manera de los árabes salteños, y cuyo mango plateado tocaba él de vez en cuando.
Ya empezaba a descender el sol dando un manto meloso a la atmósfera, complementando la vinosa humedad de nuestras cabezas y gargantas.
Decidí que era el momento de hacer algo, de empezar a prepararnos para la partida hacia las afueras del pueblo para dormir. También es cierto que temí lo peor, porque Fernando estaba gritando demasiado, se reía roncamente. Cuando me acerqué escuché que discutía cosas de borrachos, sobre los nombres de ciudades de España y Portugal, sobre lugares de la Patagonia chilena, describía haciéndolos más raros a esos sitios para sus interlocutores que jamás habían salido de los límites de esta región. Los muchachos eran todos cobrizos, desocupados.

Thursday, June 02, 2011

La Cuesta (14)



Al cantar los gallos, despertamos del todo y nos dijimos que basta de arreglos y disposiciones, y de despedidas. ¿O vamos a estar una tríada de jornadas así? Tomamos las mulas y nos marchamos del lugar, yo escapando del dolor de ver las lágrimas de mis mujeres al despedirse y de la pompa y venia que hacía mi paje.
Desde Salta, fuimos al sur. No voy a dar muchos detalles del camino allí porque es parecido a cualquier camino salteño. Puedo hablar, en todo caso, de la cuarta jornada, en la Cuesta del Diablo, sobre todo porque a esta la envolvían nubes bajas y porque allí paramos en un rancho a abastecernos de pan con chicharrón y más carne de cabra. Compré quesillos y trasvasé a mi bota un amargo vino cabernet.
La parte más penosa de esos primeros tramos estaba en el polvillo que entraba por mis fosas nasales y el agotamiento por el traqueteo en el calor. Me maldije al haber aceptado este pacto. Podría haber dicho que no, y entonces debería haberme enfrentado a Fernando, y si lograba salir airoso del duelo no tendría que estar pagando con esto. Pensé que, tal vez, acepté porque, en gran parte, soy un acomodaticio, o bien porque poseo la tendencia trágica a asomarme a las cornisas de todo. Eso pensé, justamente, cuando mi mula sorteaba piedras filosas en lo alto de la cuesta. Miraba hacia abajo y los peñascos me atraían, a medida que se arremolinaban en mi mente imágenes de mi cuerpo cayendo.

Resentimiento hierve aún (13)

Ahora quedábamos solos con Fernando y Diego Fuentes. Faltaban unas cuantas horas para el amanecer del día siguiente.
Ambos se me acercaron a la galería externa, cuando terminaron de acomodar sus cosas. Al final, Fuentes nos acompañaría hasta Santa María, se quedaría allí a visitar a un hermano de un monasterio y después, posiblemente, se uniría a nosotros en la puna.
- Qué es eso del temor de viajar? – me inquirió éste.
- No es el temor al viaje, sino al terrible amo del trayecto – dije, mirando a Fernando, quien hizo una mueca sarcástica envuelta por su barba.
- Es temor, qué otra cosa más, el que tiene un traidor que debe pagar por lo que ha hecho en su pasado –raspó Fernando.
- Y es temor a tener un futuro de piedra el que hace que un traicionado insista con su venganza –le restregué.
- No vayan con ese ánimo – enjuagó Fuentes. -Pensé que se habían arreglado, pero veo que sólo hay pacto, más la sangre de ambos hierve de resentimiento.
- Te puedo asegurar que yo tengo resentimiento de este vil compañero de hueste, mas no tengo deseo de vengarme, porque sepulté el ánimo asesino desde que me instalé en este lugar y así quiero mantener toda la vida que me queda. Si fuese por mí, montaría un teatro y lo invitaría a que formase parte de un elenco para representar otra vez las obras de Calderón de la Barca, pero es difícil que ello sea, es un ejemplo de cuál sería la quimera que perseguiría con Fernando.
- ¡Habrase visto futuro tan maricón que quieres depararme! Hacer “La Vida es Sueño” fue un momento juvenil, cuando yo estaba sin alas ambiciosas, fue un período de mi vida en el que no me preocupaba tanto del dinero, pero sí el de acostarme con féminas de todos los colores, quería fama de actor, y nada más. Pero veo que tú sigues con tus cuestiones propias de mujeres con miriñaque –se burló Fernando.
- No quiero discutir esto con alguien que se ha convertido en un ser basto. Te acompañaré y punto a buscar esas piedras y después prometiste que cada uno por su camino –le recalqué.
Al rato, Fuentes se fue a dormir en una de las hamacas paraguayas. Yo me fui a dormitar. Y Fernando también, siempre ante mi vista.
Las trillizas consortes no dormirían. En mi dormitar, hubo un momento en que alcancé un sueño rápido con carne no asada, carne que parecía lacerada por los tarascones de unos perros chicos, por cuzcos de barrios perdidos de Salta.

Precursor del grunge

En aquella época, cuando tenía unos 13 o 14 años, incluso menos, cuando tenía 11 o 12 años, yo fui el precursor del grunge y nadie se ent...