Sunday, May 01, 2011

El paje sesentón (8)



- ¡Tu paje! – exclamó y, repentinamente, yo también caí en la cuenta. Dónde estaba mi paje Tomás Pantoja.
- Llamándote “amu, amu”, en un torreón de arcilla. Allí lo dejamos, maniatado, después que engañamos a tus mastines.
Fuimos ambos a liberar a Pantoja, un hombre de unos sesenta años, de encanecido cabello, esmirriado. El torreón estaba en el límite sur de mi heredad, más allá de este estaba el monte, la selva. Pantoja estaba tirado, orinado, pero no en tan mal estado; sedado por alguna droga.
- Ckakchatai-tscha – me dijo, con ojos implorantes, mientras Fernando cortaba las ligaduras de sus manos y piernas. Le pedí a Pantoja que se callara, que “ya lo sabía”, pero que no había “nada que hacer”, que “Inti” ya se las vería con ellos. Con la ayuda de Fernando lo llevamos al rancho donde dormía.
No podría decir que Tomás fuese alguien de raza licanantai pura, al advertirse rasgos extraños para serlo, pues poseía una nariz recta y fina, y una barba de vellos tupidos y uniformes; pero que era un espécimen ideal de la mezcla del adelantado Diego de Rojas con alguna mujer atacameña, de eso no quedaban dudas.
Al revisarlo un poco a mi extenuado paje, observé que sólo estaba aterido de frío, que tenia algún moretón en el tórax producto de un único golpe con algún objeto contundente que le propinó algún gorila para reducirlo, que sus pantalones estaban húmedos de orín, y que no se presentaba ningún otro rasguño o escoriación.
Ese día dejaría que descansase todo el tiempo que quisiera, bien arropado en aquella casilla de cartón pringoso.
- Que se recupere así lo llevamos como nuestro fiel siervo – propuso Fernando cuando salimos de ese rancho.
- De ninguna manera –me opuse férreamente. – El se queda, es parte de esta casona y el mejor cuidador de mis trillizas.

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