Tuesday, May 31, 2011

Los gorilas se van (13)



Salvo ese incidente mínimo, los preparativos finalizaron raudamente en esa jornada. Iriamos cada uno con tres mulas, un burro y un caballo hacia Belén, por el sur salteño, y después surcando Santa María y pueblos como Hualfín. A estos caminos Pantoja los conocía porque los había transitado a pie, increíblemente. Por eso, este fiel criado estuvo contandome detalles de los senderos, de las cuestas que había que atravesar, de los calchaquíes, de los talleres mecánicos húmedos que se podían encontrar a la salida de algunas localidades, de muchas cosas.
Mi deseo era dejar las cosas tranquilas en mi mansión, que las mujeres estén bien a resguardo; evitar la tristeza en ellas, sobre todo la de Anne, la más endeble de todas y la más peligrosamente depresiva.
Y otra cuestión también, no me iría del lugar hasta asegurarme de que los gorilas marcharían lejos, lejos de mis cónyuges.
Sabiendo de mi recelo, Fernando del Medio, ordenó a su tropa que se marchase puntualmente a las 17 horas, después de haber aprestado su caballada.
Veía a Belkys caminar lánguidamente llevando y trayendo los platos de madera con los restos del asado, más lánguida y sensual que nunca; veía a Baritinia lavar en la cocina, sin decir palabra, veía a Anne reposar en un sillón de mimbre, hamacándose, mirando sus uñas, canturreando una canción serbia.
Los gorilas, con puntualidad, dieron lonjazos a los lomos de sus equinos, y se marcharon a las carcajadas, prometiendo volver, y Arratia, sobre su caballo, silbó. Todo ello lo hicieron para que yo me enoje, obviamente. Mas yo opté por quedarme quieto, de brazos cruzados en el umbral de mi puerta, mirando su paso por el portalón, y luego por el sendero que cruza el monte hasta la ciudad de Salta y de allí hasta Jujuy, donde se separarían para hacer las tropelías encomendadas por Fernando del Medio.

Yarará sin cabeza (12)



A quien sí recordaba en aquella incursión sanjulianense –y lo recordaba bien- es a Diego Fuentes, el mismo que llegó a avisarme que arribaban Fernando del Medio y sus huestes diezmadas. Lo recuerdo como un grumete servicial pero no servil; respetuoso de la autoridad pero no pusilánime.
En aquella salobre época de mi vida, en esa costa pedregosa, Fuentes había querido acercárseme como un secretario, pero yo estaba tan ocupado en asuntos de “supervivencia política” que no le di valor a su propuesta.
Ahora Fuentes, en la jornada de preparativos, ya estaba recuperado luego de dos días de sueño profundo, con un estado febril que provocáronle pesadillas recurrentes sobre cuchillos y sangre humana. Cuando me contó le sonreí, en los tópicos de los sueños, sobre todo en eso, éramos similares.
Fuentes terminaría siendo, al fin, un gran aliado, y juré que algún día lo premiaría como socio en alguna empresa, pero eso estaba por verse, todo mi futuro estaba por verse. Tenía que salir, antes, de las garras de Fernando del Medio. Este me tenía agarrado no sólo de las solapas, sino de los testículos. En arreglo a la tácita justicia nuestra, de corsarios godos, él debía hacer cumplir su venganza o bien, yo debía servirle en algo –incluso, en el código pringoso, hasta se permitía que uno le sirviese a otro en un estado de semi-esclavitud, durante un período de tiempo. Mas, por fortuna, el mío no era caso de tal extremo.
Entonces, quería ya terminar con ese maldito trámite del viaje buscando aquella piedra maldita y listo.
Estaba discurriendo sobre esto, mientras ataba mi mochila a uno de los jumentos que llevaríamos, cuando escuché un disparo que provenía de las afueras de mi propiedad. Todos los hombres agarramos nuestras armas y salimos corriendo.
“Maldición, Antón, quién mas es tu acreedor”, jadeó Fernando, mientras corríamos hacia el lugar de donde vino el disparo, que estaba cerca de un algarrobo añoso, a cincuenta metros al sur del ingreso a mi propiedad.
Cuando divisamos el arma, y el hombre que la portaba, nos tranquilizamos y dejamos de correr. José de Huelva tenía aún su arcabuz humeante y miraba hacia la tierra. Cuando llegamos al lugar, Huelva pisaba con la punta de su zapatón una serpiente yarará de treinta centímetros para ver si estaba viva. El tiro certero le dio en la cabeza.
- Es una señal –dijo Huelva.
- Dejate de tonterías –replicó Fernando, resoplando y volviendo sobre sus pasos.
- ¿Señal de qué?- le pregunté yo a Huelva, con aire de incredulidad.
- De que alguien morirá por una mujer.
- ¿Por celos?
- No, que morirá a manos de una mujer – reiteró Huelva, pero sonrió como si la mala fortuna no fuese para él, como si ya estuviera inmunizado al decapitar a la yarará con el plomo.
Debo aclarar que soy demasiado racional, quizás un positivista recalcitrante, por lo que no creo en supercherías, y menos en aquellas traídas de las Europas. Estaba predispuesto a creer más en las creencias sobrenaturales que me relataba el paje Pantoja.

Sunday, May 15, 2011

Huesos, pieles y sal (11)

Dormí profundamente, ronqué con vahos etilicos que inundaron la oronda habitación, según me contó Anne al despertar.
Estuve remoloneando con ella durante media hora o cuarenta minutos, ensoñando un futuro más plácido de acuerdo a las descripciones que ambos hacíamos. Antes se habían levantado Baritinia y Belkys a hacer sus tareas matinales.
Entre ronroneos propios, y besos suaves en mi pecho por parte de Anne, hablé de mi próximo viaje.
Le conté que, en virtud de mi desconocimiento del terreno, viajar otra vez por un desierto –y esta vez un desierto alto-, temí mareos, temí espadas en mi carne, temí la inanición, temí no volver nunca más a la mansión y que mis “huesos, pieles y sal” no llegasen nunca a “abonar el suelo” de mi heredad.
Yo sabía lo que era el hambre: las encías hinchadas en alta mar por el escorbuto y el estómago achicándose dolorosamente en tierra en aquella Isla de la Justicia.
Vi los ojos esmeralda de Anne inundarse de lagrimas dóciles. Me di cuenta de que no debía transmitir mis miedos a mis mujeres, que no tenía ningún sentido, sólo el sentido de dejarme llevar por la debilidad. No era muy inteligente de mi parte. Y menos si ellas debían quedar solas, únicamente a la custodia de mi paje quien, habrase visto, era bastante débil.
Hice las abluciones matinales en el baño privado de una de mis habitaciones. Luego salí al patio externo. Uno de los gorilas, el tal Arratia, hablaba allí, pausadamente, con lasciva gravedad, con Belkys, mi rumana, la más artista, la de Virgo, mientras ella golpeaba con un madero una alfombra colgada de una cuerda. No alcancé a escuchar la conversación porque, cuando me presenté repentinamente en el lugar, Arratia calló. Aunque lo que más me enardeció fue el leve rubor que percibí en el rostro de Belkys ante mi súbita aparición.
Desde ese entonces, le tuve ojeriza a Fausto Arratia, de quien no tengo recuerdos de nuestra campaña en Puerto San Julián. Siempre lo había visto como un personaje de los más secundarios, tosco como todos aparte de una roma personalidad. Si me piden ahora una descripción de él pondría epítetos tras epítetos, cacofónicos a propósito, tal es mi despecho contra él. Pero ese es otro cantar.

Tuesday, May 03, 2011

Día de preparativos (10)


¿Cuántos años me quedaban de vida? Con suerte, veinte años; con menos suerte pero entendible, unos 15 años; y si la menor fortuna me está reservada, en cualquier momento accidental puede acaecer mi desaparición física.
Habrase visto que yo me aferraba a la vida. No tenía hijos, así que sólo quería saber cómo podía estirarse la aventura de mi vida.
Por eso, por más que adoraba la quietud y la holganza en mi hogar, no me resistí mucho a salir de viaje con Fernando del Medio.
Al día siguiente, algo repuestos en sus fuerzas, los gorilas, cuyos nombres son Juan Acurio, Francisco Alba, Diego Gallego, José de Huelva, Antonio Colmenero y Fausto Arratia, ayudaron en las tareas, prepararon los pertrechos; deseantes, siguieron mirando de soslayo a mis tres compañeras de lecho; también hacharon y apilaron maderos, prepararon enormes cantimploras, tajearon los jamones y los charquis dividiéndolos en cantidades para cada morral; sacaron ungüentos de mi farmacia para sus heridas; se lavaron en la siesta luego de bañarse en el manantial de La Senectud de las Nueces; también lavaron sus harapos y yo obsequié a cada uno una camisa limpia y blanquísima.
A la tarde ya tenían suficientes energías como para reunirse en el soportal a hacer bromas y, seguramente, a hablar de mis mujeres y a reírse de mi futuro como “Antón, el gran cornudo, el triplemente cornudo”, que lo escuché desde la caballeriza cercana, cuando preparaba una mula.
Fernando los comandaba, pero en los momentos de descanso él los dejaba hacer, hasta cierto límite. Mis féminas no se permitieron ni una sonrisa ante aquellos chapetones salvajes, y estuvieron hacendosas en toda esa larga jornada.
Al final, terminamos todos en el gran mesón, ante unos platos frugales de pollos y pavos asados con papas y remolacha hervida, pero con copiosa bebida, vinos de uva bonarda de El Puesto (Catamarca), torrontés de unos monjes de Cafayate (Salta) y unas delicias que alguna vez me trajeron del Alto Valle del Río Negro.
Esa noche, todos descansaríamos verdaderamente.

Monday, May 02, 2011

Sueño junto a Baritinia (9)

En ese largo amanecer, Fernando tenía pocas ganas de discutir. Más bien, no veía la hora de lanzarse a un colchón. El coñac lo había excitado unos minutos pero después andaba anadeando de sueño. Y, en efecto, cuando le cedí una cama en una habitación de huéspedes, cayó profundamente a -vaya a saber uno- cuál escalón de inconsciencia.
Yo, cansado pero a la vez inquietado por tan intempestiva y peligrosa visita, atiné a dormir dos o tres horas en mi pieza, junto al tibio cuerpo de la más pequeña de mis consortes, la cándida Baritinia.
Fue poco tiempo de dormir, pero en ese período cupo un sueño con imágenes vívidas. En ese sueño, Baritinia se desdoblaba, y la una era niña que corría por un prado, y la otra era una mujer anciana.
La niña que correteaba, con vestido largo, de pronto se daba vuelta y mostraba no el rostro de Baritinia, sino el mío; yo era esa niña, y que seguía corriendo, pasando por dehesas parecidas a las de mi propiedad hasta mi soportal. Allí, estaba la anciana Baritinia, que se hamacaba en un chinchorro atado entre los postes, y cuando me acerco, veo que ella acurruca a un niño que, también soy yo.
No me extrañó todo ello, es un burdo y hasta poco original juego del inconsciente; lo que me extrañó fue que las imágenes remitiesen a mi infancia, y que me relacionasen con mujeres o que yo me convirtiese en mujer o esté protegido por una vieja delicada.
Es que, curiosamente, tuve ese sueño de placidez absurda cuando, en la vigilia, venía de vivir peligro de muerte, con balacera e insultos y con varios hombres temibles, aún, dentro de mi casa.

Sunday, May 01, 2011

El paje sesentón (8)



- ¡Tu paje! – exclamó y, repentinamente, yo también caí en la cuenta. Dónde estaba mi paje Tomás Pantoja.
- Llamándote “amu, amu”, en un torreón de arcilla. Allí lo dejamos, maniatado, después que engañamos a tus mastines.
Fuimos ambos a liberar a Pantoja, un hombre de unos sesenta años, de encanecido cabello, esmirriado. El torreón estaba en el límite sur de mi heredad, más allá de este estaba el monte, la selva. Pantoja estaba tirado, orinado, pero no en tan mal estado; sedado por alguna droga.
- Ckakchatai-tscha – me dijo, con ojos implorantes, mientras Fernando cortaba las ligaduras de sus manos y piernas. Le pedí a Pantoja que se callara, que “ya lo sabía”, pero que no había “nada que hacer”, que “Inti” ya se las vería con ellos. Con la ayuda de Fernando lo llevamos al rancho donde dormía.
No podría decir que Tomás fuese alguien de raza licanantai pura, al advertirse rasgos extraños para serlo, pues poseía una nariz recta y fina, y una barba de vellos tupidos y uniformes; pero que era un espécimen ideal de la mezcla del adelantado Diego de Rojas con alguna mujer atacameña, de eso no quedaban dudas.
Al revisarlo un poco a mi extenuado paje, observé que sólo estaba aterido de frío, que tenia algún moretón en el tórax producto de un único golpe con algún objeto contundente que le propinó algún gorila para reducirlo, que sus pantalones estaban húmedos de orín, y que no se presentaba ningún otro rasguño o escoriación.
Ese día dejaría que descansase todo el tiempo que quisiera, bien arropado en aquella casilla de cartón pringoso.
- Que se recupere así lo llevamos como nuestro fiel siervo – propuso Fernando cuando salimos de ese rancho.
- De ninguna manera –me opuse férreamente. – El se queda, es parte de esta casona y el mejor cuidador de mis trillizas.

Olivino norteño (7)


Después de esa proclama, se avino a una profusa explicación sobre las bondades superlativas de cierta piedra semi-preciosa que será, en un futuro inminente, de gran utilidad para los conductores eléctricos, diez veces mejor que el cuarzo azul: el olivino. Fue la primera vez que escuché esta palabra.
Esa piedra vino a romper con la mansedumbre de mi vida, como si, en verdad, hubiese sido arrojada con destemplanza al estanque espejado de mi ser, y lograse sacarme de mi retrepada vida, la que había construido a mi gusto gótico, escenificando con delectación unas rutinas, con sus objetos y sus placeres, similar a la de un vampiro amo con sus vampiresas y su sirviente.
En el cauce del río Senguerr, allá en la Patagonia –me informó Fernando, con regodeo- la encuentran a esa piedra, sobre todo en la línea inferior. Y él, estando de merodeo por aquella región, en aquel dar vueltas con su grupo sin saber dónde estaban los lagos, encontró a un tipo curtido, que caminaba solitario por entre cañadones. El tal se llamaba Hugo Orquera, hombre que presentóse como un “coya” sapiente de piedras, proveniente de una zona de Catamarca.
Al hablar largo y tendido durante una noche, en el mísero campamento que habían levantado, Orquera entusiasmó a Fernando con que el olivino está en grandes cantidades en un área del Senguerr , listo para ser trasladado en cantidades industriales, como granito negro, pero que en otra parte, muy lejos de allí, el olivino está en rocas donde es transparente, en un estado ideal para ser convertido en bellas gemas. Muy lejos, significa allá en la semi-puna.
Al menos eso entendí de lo que hablaba Fernando. En ese entonces, cabe acotar, nada de eso me interesaba tanto como haber salvado mi vida, o al menos, haber prolongado mi existencia gracias a su perdón, que, hasta que no me dijese lo contrario, era temporal.
Pues bien, su intención era redistribuir su menguada tropa en diversas tareas de negocios y pillajes por la región, tal como lo había hecho en el sur, mientras él avanzaba con un plan mayor, pero oculto a las autoridades. En principio, Fernando se encontraría con Orquera en Antofalla, en varias semanas, en un lugar cercano a un volcán denominado Galán.
Le interrogué que si yo no sabía nada de negocios, nada de minerales, en qué punto de su plan entraba. No tardó en decírmelo Fernando, luego de que le hubiera escanciado la cuarta copa de coñac: “serás mi traductor del idioma de los licanantai”.
- ¿Cómo sabes que hablo kunza?
- Tu paje habla kunza y muy poco de español, lo supuse.
Para algunas cosas Fernando del Medio tenía una sagacidad refinada, para atraparte por ejemplo con tareas a las que no puedes negarte, so pena de lo peor.

Insultar al viento

Día 3 Suele ser inútil la pregunta de por qué el odio. Pero tiene algo de adicción hacérsela. Empezaré a caminar. Día 4 Caminé, cami...