Sunday, April 17, 2011

Centelleo de adarga


- Ahora voy por el Drácula salteño –hubo gritado Fernando en el mismo terrible momento que pasaba el cuchillo por el cogote de Angel de Loza, y cada borbollón de sangre que hubo brotado de esa laceración lo desquiciaba más y más.
Dejando esa parte de la ribera del río Santa Cruz, de piedras manchada por un bermellón persistente, la ambición mayor de Fernando estaba en mi sangre y la de de Loza era apenas la merienda de su odio.
Y ahora, no había alcanzado a llamar al paje y advertir a las mujeres bañistas cuando escuché un disparo que venía de la zona del portalón. El paje habría estado allí, pero de él no supe nada hasta después de los últimos acontecimientos de este encontronazo.
Fernando del Medio…
El brillo de una coraza, el refulgir de una espada, el centelleo de la adarga plateada, o hasta la asquerosa chispa de su incisivo de plata, o todo al mismo tiempo se divisó en milésimas de segundo desde mi escritorio. Fernando y sus gorilas ya estaban surcando el portal; ya estaban sacando filo a sus espadas en los dientes de las gárgolas, burlándose de sus corvas columnas, en el momento en que entró a la habitación una de mis mujeres, la pelirroja Anne, trayéndome un rifle que ella misma tenía guardado debajo de su cama.
Le ordené que llevara a sus pares hacia la cueva que está tras el cortinaje de agua, en la cascada.
Al fin, quedé sólo yo y un ser desfallecido, Diego, a quien cacheteé varias veces para despertarlo, pero estaba casi sin respiración, y lo dejé arrumbado debajo de una mesa de nogal.
Así las cosas, esperé que aquel escuadrón homicida estuviera ante mi vista. Al tiempo que avanzaban tres de los gorilas, agazapándose, buscando las sombras de los ciruelos; detrás de un tilo de anchísima copa, entreví la figura barbada de Fernando y preparé el rifle, apuntando hacia ese sector, al oeste de la fila de los árboles frutales.
Disparé y el sonido fue menos intenso que el que yo hubiese deseado, apenas fue un ruido seco, sin eco. Es que, ante esa desventaja numérica, hubiera querido un arma atronadora, que rugiese como los invencibles yaguaretés del monte contiguo.

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