Monday, April 18, 2011

Armas primigenias (3)


Fernando se había ocultado bien ladinamente, sagaz y artero como sólo lo era él en toda su completitud. Artero y homicida, me repetí en voz baja, buscándolo con la vista.
¿Yo miedo a morir a manos del artero? Pues no, yo sólo tenía cierto compromiso afectivo con las tres mujeres y, hacía mucho tiempo que me había acostumbrado a la inquina de mis sobrinos lejanos que me llamaban sólo para pedirme ducados, de tal suerte que no temía abandonar este mundo.
Lamentaría, eso sí, el dolor físico, como que este enemigo clavase un hierro filoso en mi tórax traspasando costillas y pulmones, o que lentamente aguijase mis vísceras con puñales horrendos, o que los dolores agudísimos permanezcan durante horas.
Más allá de eso, siempre lo dije, me sentía apto para enfrentarme a él, con suma temeridad, sin importarme mucho la muerte, como un inconsciente arrojado al abismo, perdido por perdido.
Un silbido brevísimo y el trizado justo y mínimo del vidrio de una de mis ventanas me sacó del ensimismamiento. La bala pegó, parca, en un bargueño alto.
Mas pude calcular que Fernando estaba a la misma distancia, sin avanzar ni un solo metro. .
En resumen, llegado un tiempo, en que ninguno tenía balas ni balines (sólo disparamos un puñado de proyectiles), optamos por usar armas más primigenias, las del insulto y la imprecación. A alguna injuria que él me lanzaba, contestábale yo con alguna funesta adivinación sobre su futuro, lo que me parecía más hiriente para él. Ni Lope de Aguirre tenía tanta fiereza como Fernando del Medio. Más adelante esta actitud de ambos fue vista como un signo de extrema puerilidad, por una de mis trillizas consortes.

0 comentarios: