Sunday, April 24, 2011

Antón Gómez, el heredero (6)



- Pero, después, ese mismo cuchillo fue el que pasaste por el cogote de Angel de Loza.
- Angel de Loza se merecía un cuchillo más oxidado que el que le pasé por su garganta.
El diálogo parece inverosímil, lo sé. Estaba yo, arrellanado en mi sillón de respaldar con arabescos dieciochescos, y Fernando del Medio estaba frente a mí, sentado, con una pierna sobre una rodilla, hablando de muertes, de asesinatos, ¡de mi probable asesinato!, bebiendo lentamente el coñac, pero con el tono que emplearían dos socios de una compañía a punto de acordar una fusión o la transferencia de la misma.
Las tres pelirrojas deambulaban, susurrantes como geishas para delicia de todos los que estábamos allí, despiertos o dormitantes, en habitaciones cercanas; se deslizaban de un lado a otro, ya sea preparando alguna infusión caliente para un anfitrión magullado, pues se había caído de una mula en una cuesta cercana a Salta; o buscando cremas para las pequeñas –aunque molestas- laceraciones que dos o tres habían sufrido, luego del paso por entre medio del monte santiagueño, en una zona exuberante de talas con espinas rigidísimas.
- Dime tonto, cómo lograste esta hacienda… si siempre fuiste malo para conseguir dinero – preguntó Fernando rompiendo un silencio que nos habíamos tomado para ver el movimiento de una de mis pelirrojas.
- Un heredad, una herencia – le contesté, sin molestarme por su insulto. Saqué de mi gaveta principal un papel de gran tamaño y lo leí sin vacilar: “Yo, Gonzalo Gómez de Espinosa, alguacil en varias naos, terrateniente en San Lorenzo, doy por sentado aquí, ante escribano español, que la propiedad toda, con sus frutales, sus mieses y sus existencias de caballares, mulares y ganado ovino y bovino, dése a mi hijo menor Antón Gómez, contramaestre de la flota del sur”.
- Caray –exclamó sardónicamente. -¿Y a tus hermanos mayores?
- A ellos lo demás, una propiedad ubicada en Copacabana de Catamarca, otro en lo de la Nueva Andalucía, y hasta en inmediaciones a Koluel Kayke; más otras propiedades en Santa María del Buen Ayre.
Perceptible a mis ojos recelosos, vi un brillo en los ojos semicerrados de Fernando. Después, tras mirarme un rato callando y yo respondiéndole con otra mirada interrogante, como esperando un veredicto, que en realidad así lo fue, dijo:
- Está bien; por ahora lo dejámos así don Antón. Ya me tendrás que explicar entonces de donde vino la maquinación para traicionarme en tan lejano paraje patagónico. Vine por dos cosas aquí, una para cometer mi venganza contra ti, y otra para lo de siempre, hacerme rico.

Thursday, April 21, 2011

Coñac con agua (5)

Diríase que el grupo agresor ya estaba bajo mis pies, en el soportal. Al menos así lo creí: que estaban bajo mi égida y que todo volvía a la normalidad. Por lo tanto, llamé, infructuosamente, al paje; después llamé a Anne, Baritinia y Belkys y ellas sí aparecieron, caminando como hadas, envueltas sus traslúcidas sensualidades en tules de circunspección.
Sorprendidos al encontrar tanta delicadeza humana en los movimientos de mis trillizas pelirrojas, Fernando y sus hombres se quitaron armaduras y arrojaron todas sus armas, rindiéndose, por fin, a la ternura.
Nunca he sido buen anfitrión, nunca supe cómo actuar luego del saludo formal de rigor. Mi vida, como la de Fernando y toda la gente de nuestra calaña, ha sido la propia de visitantes perpetuos, y ser amo de una heredad –como lo era yo, recién a mis cincuenta y cinco años- es una experiencia increíble para cualquiera de nuestra “profesión”.
Por ende, con ayuda de mis hadas, acogimos a la pequeña banda dentro del comedor que, por mis costumbres perezosas y poligámicas, también contaba, detrás de un biombo, con varias camas plegadas y colchones enrollados.
Los gorilas se derrumbaron, quedando casi en la misma situación que Diego, semi-oculto en la parte más umbrosa de la habitación: menos Fernando, que optó por dejarse derrumbar en el mullidísimo sillón, situado frente a mi escritorio.
Seguramente había que hablar. Por eso, preparé coñac con algo de agua caliente para ambos. Escancié y me senté frente a él.
- Vine a matarte porque eres…
- Antes que digas todo o nada, quiero decirte que no he sido yo el que preparó el cuchillo con el que intentaron matarte en San Julián.
- Lo supe, lo supe mucho tiempo después. Pero lo mismo, vine a matarte, eres un traidor lo mismo. No preparaste el cuchillo, pero preparaste la mente de quien lo blandió y preparaste el terreno en esa restinga maldita.

Wednesday, April 20, 2011

Hipogrifo violento (4)

Cuando el enfrentamiento perdió el cariz trágico, cuando parecíamos actores de una comedia basta y vulgar, Fernando del Medio optó por descubrirse, salirse de los matorrales y yo, respondiendo a esa osadía con otra osadía, salí de mi comedor, de la casa hasta el angosto soportal de madera.
Fernando del Medio se reía, pero con cuerdas vocales agostadísimas, atizando sus migajas de agresión.
Yo, al contrario, estaba más temeroso que cansado.
Y vi a Fernando seguir con sus risotadas broncas hasta que, colocándose de la máxima apostura posible, irguiéndose con todas sus maltrechas vértebras, gritó:
- ¡Hipogrifo violento!
Quedé enmudecido por dos o tres segundos. Resonó esa frase en mi interior como un golpe de fortuna inesperado.
- ¡…Que corriste parejas con el viento! – le respondí trocando aprensión por algarabía al traer a la memoria mis juveniles años en Córdoba de la Nueva Andalucía.
- ¿Dónde rayo sin llama? – retrucó Fernando, sin quitar sonrisa, la misma sonrisa ancha con que solíamos rememorar la puesta de “La Vida es Sueño” en navíos de la costa, o bien en poblados acechados por el viento, allá bien lejos.
- ¿Pájaro sin matiz, pez sin escama y bruto sin instinto natural? – le dije, a punto de llorar.
- ¿Al confuso laberinto destas desnudas peñas?
- ¿Te desbocas, te arrastras y despeñas? – contesté, ya más tranquilizado, buscando, al fin, la paz.
Fernando dio ya tres pasos, acercándoseme, abriendo los brazos, ocasionándome la duda súbita de si será confiable un abrazo.
- Calderón de la Barca puede acabar con todo esto –dijo, con tenues fuerzas en sus músculos con algunos nervios reventados.
Compasivo, opté por aproximármele y tenderle la mano, para hacer tregua sí, pero más bien para empezar a sostenerlo antes de que se derrumbase del todo. Sus gorilas también padecían la misma extenuación, pero aquellos estaban tan acorazados en sus cueros repujados con simulaciones de tórax y abdominales poderosos que se notaba menos, o al menos ese debilitamiento se advertía sólo en alguna torpeza al caminar, anadeando.

Monday, April 18, 2011

Armas primigenias (3)


Fernando se había ocultado bien ladinamente, sagaz y artero como sólo lo era él en toda su completitud. Artero y homicida, me repetí en voz baja, buscándolo con la vista.
¿Yo miedo a morir a manos del artero? Pues no, yo sólo tenía cierto compromiso afectivo con las tres mujeres y, hacía mucho tiempo que me había acostumbrado a la inquina de mis sobrinos lejanos que me llamaban sólo para pedirme ducados, de tal suerte que no temía abandonar este mundo.
Lamentaría, eso sí, el dolor físico, como que este enemigo clavase un hierro filoso en mi tórax traspasando costillas y pulmones, o que lentamente aguijase mis vísceras con puñales horrendos, o que los dolores agudísimos permanezcan durante horas.
Más allá de eso, siempre lo dije, me sentía apto para enfrentarme a él, con suma temeridad, sin importarme mucho la muerte, como un inconsciente arrojado al abismo, perdido por perdido.
Un silbido brevísimo y el trizado justo y mínimo del vidrio de una de mis ventanas me sacó del ensimismamiento. La bala pegó, parca, en un bargueño alto.
Mas pude calcular que Fernando estaba a la misma distancia, sin avanzar ni un solo metro. .
En resumen, llegado un tiempo, en que ninguno tenía balas ni balines (sólo disparamos un puñado de proyectiles), optamos por usar armas más primigenias, las del insulto y la imprecación. A alguna injuria que él me lanzaba, contestábale yo con alguna funesta adivinación sobre su futuro, lo que me parecía más hiriente para él. Ni Lope de Aguirre tenía tanta fiereza como Fernando del Medio. Más adelante esta actitud de ambos fue vista como un signo de extrema puerilidad, por una de mis trillizas consortes.

Sunday, April 17, 2011

Centelleo de adarga


- Ahora voy por el Drácula salteño –hubo gritado Fernando en el mismo terrible momento que pasaba el cuchillo por el cogote de Angel de Loza, y cada borbollón de sangre que hubo brotado de esa laceración lo desquiciaba más y más.
Dejando esa parte de la ribera del río Santa Cruz, de piedras manchada por un bermellón persistente, la ambición mayor de Fernando estaba en mi sangre y la de de Loza era apenas la merienda de su odio.
Y ahora, no había alcanzado a llamar al paje y advertir a las mujeres bañistas cuando escuché un disparo que venía de la zona del portalón. El paje habría estado allí, pero de él no supe nada hasta después de los últimos acontecimientos de este encontronazo.
Fernando del Medio…
El brillo de una coraza, el refulgir de una espada, el centelleo de la adarga plateada, o hasta la asquerosa chispa de su incisivo de plata, o todo al mismo tiempo se divisó en milésimas de segundo desde mi escritorio. Fernando y sus gorilas ya estaban surcando el portal; ya estaban sacando filo a sus espadas en los dientes de las gárgolas, burlándose de sus corvas columnas, en el momento en que entró a la habitación una de mis mujeres, la pelirroja Anne, trayéndome un rifle que ella misma tenía guardado debajo de su cama.
Le ordené que llevara a sus pares hacia la cueva que está tras el cortinaje de agua, en la cascada.
Al fin, quedé sólo yo y un ser desfallecido, Diego, a quien cacheteé varias veces para despertarlo, pero estaba casi sin respiración, y lo dejé arrumbado debajo de una mesa de nogal.
Así las cosas, esperé que aquel escuadrón homicida estuviera ante mi vista. Al tiempo que avanzaban tres de los gorilas, agazapándose, buscando las sombras de los ciruelos; detrás de un tilo de anchísima copa, entreví la figura barbada de Fernando y preparé el rifle, apuntando hacia ese sector, al oeste de la fila de los árboles frutales.
Disparé y el sonido fue menos intenso que el que yo hubiese deseado, apenas fue un ruido seco, sin eco. Es que, ante esa desventaja numérica, hubiera querido un arma atronadora, que rugiese como los invencibles yaguaretés del monte contiguo.

Friday, April 15, 2011

Fernando Del Medio llegó a Salta

No podía expresar mucho acerca de este personaje que se me ha sentado al frente, ha tomado de mi copa y, a poco de hablar un par de cosillas sobre su padre, acabó por derrumbar su cabeza sobre su pecho y allí se quedó, profundamente dormido, faltándole el respeto a la gravedad con la que lo atendí.
Pasaron veinte minutos –los que insumí observándolo como si fuera una nueva especie de marsupial con una actitud desconocida- y yo también estuve a punto de tumbarme sobre la mesa o el suelo.
Las copas contenían una bebida con mínima graduación alcohólica, por lo que no fue esa la razón de tanta somnolencia. Por si acaso, tiré la copa por el ventanal, me levanté, miré hacia el jardín, encendí la vela que estaba en el candelabro e intenté recapitular.
Diego Fuentes, tal es el nombre del personaje que roncaba, dijo que él vio a Fernando decapitar a un subordinado, después balbució un par de incoherencias sobre su padre, un castellano viejo y severo, hasta que la cerrazón mental obturó sus movimientos por completo.
Pues bien, yo sabía que Fernando era capaz de tal acción, ni más ni menos que un hombre que tiene el pecho herido de tanta hambre y que, al acceder por un golpe de fortuna al poder tal como puede considerarse el encargo de la reina confianzuda, ese golpe más que una caricia funciona como una pócima para vivificar todo el resentimiento hacia la humanidad, queriendo lograr que todos agachen la testuz ante la presencia de aquel, en una espiral de ambiciones sin límite, como la carrera alocada de varios que han llegado a ser jefes de genocidios.
¿Ese era Fernando? –me interrogué mirando los ciruelos umbríos, plantados en fila, frente a las ventanas de aquella, mi casona del norte, la cual me parecía infranqueable hasta que hubo irrumpido Diego, engañando al paje que dormitaba en el ingreso, y a los cuatro mastines entretenidos en buscar una comadreja viva que él había arrojado adrede en el erial trasero.
Pues sí, ese era Fernando, me dije, queriendo convencerme de una vez por todas que el mal existe en plenitud y que no existe otra cosa, ni siquiera la raíz de una comprensión equivocada de las cosas o las relaciones humanas. Por lo tanto, yo soy malo, di por conclusión, más con la postura de quien resuelve un problema matemático que con la antigua culpa del adolescente católico. En todo caso, he sido malo, prosegui ya que estaba descubriéndome en una aventura de circunloquios.
Quien podría responder a mis interrogantes sería el paje dormilón, o bien una o las tres mujeres que convivían conmigo y que, en ese momento, habían ido a tomar el baño nocturno de barro, contiguo al manantial de la Senectud de las Nueces. Los he tratado mal, les he impuesto todos mis caprichos, y ellos recibieron todos mis castigos con sus ojos asombrados y temerosos. Eso ha sido maldad. Eso es maldad, corregí.
Ahora bien, Diego ha venido a esta casa, casi desfallecido, porque estaba desesperado. ¿Lo estaría siguiendo Fernando? Anoto todo esto para sacar conclusiones. Escribo en libreta, garrapateo rápidamente, pediré que esté listo el arcabuz, tomaré café para estar alerta por si algún enviado de Fernando ingresa a lo que es ya mi vulnerable morada de San Lorenzo.
Fernando y sus huestes ya están aquí. Pensé que aquel caudaloso río –desde donde escapé- que dividía el gélido desierto estaba en otro lugar del mundo, en otro planeta. Y no es así. En pocos meses, él ha llegado aquí, al Trópico de Capricornio, sin darme tiempo de reponer mi vida de Drácula sibarita junto al trío de féminas.

Insultar al viento

Día 3 Suele ser inútil la pregunta de por qué el odio. Pero tiene algo de adicción hacérsela. Empezaré a caminar. Día 4 Caminé, cami...