Saturday, December 17, 2011

Bruneta del Rosario Cocha

¿El calor de Caleta Olivia es el calor mismo del torreón de adobe? Acullá, salías a la tarde, de aquella radio enfrente de las montañas del Gigante Dormido, caminabas hasta barrio Estación Norte.
 Soporífera exhalación de los matorrales, de las chuschas de los chuschentos albañiles de la Municipalidad aisunasteña. Antes, era preciso, vagar hasta una vinosa y placentera siesta, ensoñando amores ideales.
Provincianía pobre, provincianía anacrónica.
 Una Boheme de pobreza mestiza, de hastío, de contención católica y deseos sexuales extrapolados, de la testuz de mis vecinos, abaucanes que agacharon su testuz por miedo a ser aniquilados, y nosotros, sus descendientes, hablamos por lo bajo, antes de que nos cercenen las manos y las claven en cruz a la entrada de una alcaidía.
 Vinosa siesta tomando vino bueno.
 ¿Querías la carne real o imaginaria de Bruneta del Rosario Cocha?
 Corran pequeños choiques, espántense chuñas de pico fuerte que aquí, debajo de ese algarrobo hay lugar para mí.
Y el miedo a la sierpe, pues ya auguro su silbo amplificado en mi piel.
Eso era.
Eso allá.
En cambio aquí, no hay soporte en la playa de sal y algas, brisa salvadora del Golfo San Jorge Hay calor, hoy, en Caleta Olivia, pero no es el calor de aplaste y vino, de tiempo en derroche, acá es, más bien, el calor del hastío de obligarse a dar respuestas a los demás.

Saturday, December 03, 2011

Leo sobre Aliosha Karamazov en la calle de un barrio de Caleta Olivia

Biblioteca de barrio Alto Alberdi, asiduamente visitada por mí en mi pubertad. 
Audio: fragmento de los hermanos karamazov
 Estaba leyendo en una esquina, mientras pasaban los vecinos del barrio de monoblocs Gobernador Gregores. En una tarde de Caleta Olivia. Recovecos para leer: el fondo de la carnicería de Víctor, en Villa Siburu (Córdoba); la pieza del barrio Estación Norte en Tinogasta; la biblioteca Mariano Moreno de Caleta, la biblioteca de barrio Alto Alberdi (frente a la plaza), la Biblioteca Mayor de la Facultad de Derecho de Córdoba; la Biblioteca de Letras de la Universidad de Córdoba; los bares como el de la estación de Servicio de Petrobrás (frente al Gorosito); casi todos los bares fabulosos de Buenos Aires; un bar que está sobre la avenida General Paz de Córdoba, y otro bar-heladería frente a la plaza Gerónimo Luis de Cabrera (Córdoba); dentro de los autos, mientras más viejo el auto mejor; en un día cálido en la ribera del río Suquía; en el bar tradicional de Rosario de la Frontera (Salta) y en el bar Los Dos Chinos de la capital de Jujuy; en el Bar La Estación de Caleta (pero a la mañana, cuando no hay mucha gente); y seguiremos buscando recovecos.

Monday, November 28, 2011

La libertad en el afuera




“Necesito dormir, no tengo un sueño, tengo lágrimas”, se dijo. Luego de huir de su casa se había convertido en un nectálope de día.
“Estoy harto, y más que harto, aburrido de la situación”, afirmó, acostándose con quejidos sobre el pedregullo de la costa.
A pocos metros un par de familias pescaba. Eran casi idénticas familias. En una de ellas, un hombre morrudo, de unos 40 a 45 años, cabello negro, barbirralo, supuestamente el jefe del hogar, tiraba la línea de pescar sobre el agua astringente y, a un costado, la mujer treinteañera y un poco regordeta hablaba a otra mujer más joven, teñida de un rubio pajizo, casi una adolescente.
En tanto que dos pequeñitas de tres años o cuatro corrían dando saltitos.
El otro grupo familiar era casi idéntico. Un morrudo con caña de pescar, dos mujeres regordetas, y dos niñitas jugando con piedrecillas.
Desde el lado sur, caminando venía un hombre barbudo con un perro lanudo quitándose el agua salada, sacudiéndose sin mucho frenesí.
Ramón había salido corriendo de su departamento del barrio cercano del 2 de Abril, había salido escapando de los gritos de su mujer, bajado las escaleras, perdiéndose en recovecos para que le resultara más difícil alcanzarlo (porque una vez, esa mujer le alcanzó a los gritos, provocándole un escándalo en el barrio).
Y lo único que pudo hacer es alejarse hacia la zona del muelle viejo, corriendo por la costa, luego caminando. Sentía el aire fresco de libertad, reconoció que era aire fresco de libertad y no le gustó ello, no le gustó que reconociera libertad en el afuera. Un comerciante le había dicho lo contrario que “en la casa se encontraba a sus anchas, con libertad para andar en calzoncillos, prender la tele, ver una película, escuchar música”.

Tuesday, November 22, 2011

Tiñe lo que puedas vender





“Es la primera vez que escucho hablar a un gay de derechas”, se dijo Sarmiento cuando escuchaba el revoloteo del peluquero alrededor de varios tópicos populares del momento: el plagio de una cumbia horrenda de “Los Wachiturros” a no se sabía qué cantante de Puerto Rico, y lo del empresario homosexual que escondía su condición aunque era vox pópuli; a lo que se agregaba -como sonido ambiente- la voz en la radio de una locutora venida a menos que ofrecía un CD de música grabada en computadora a quien llamase sólo para dar su nombre.
Era la octava vez que Carlos, el peluquero, usaba el latinismo: “vóx pópuli”. Que vox pópuli era lo del empresario gay, pero que también era vox pópuli todo lo que se robaba aquel otro sindicalista poniendo a un testaferro como dueño de una empresa de servicios ganaderos.
“¿Alguna vez hablará el peluquero de su sexualidad?”, se preguntó Sarmiento, “¿o nos estará probando a todos los que estamos en la sala?”. Probar si se aceptaba su condición o si alguien hubiera de saltar con un “hay que matarlos a todos los putos”.
Lo que el peluquero tenía de derechas era la forma en que hablaba de su padre. “A mí me enseñaron que todo se hace con esfuerzo, y si no para qué se largan a tener hijos”, formuló, al escuchar a un grupo de mujeres que protestaban por radio porque no les pagaban los subsidios.
Sarmiento tenía que decidir su próximo color de pelo, es decir, no es que estuviera decidiendo entre un rojo crazy o un bermellón, sino era algo más simple: entre un castaño oscuro y un castaño tirando a negro, pero todo con el afán de ocultar las centenares de canas que aparecían a mechones desprolijos a los costados del cráneo o en la cresta.
- ¿Te decidiste al final?
-Algo. O no. Nada. Nada decidido. Decí mejor vos cuál quedará mejor. O sea que quede menos ridículo.
-Bueno, yo te pondría el oscuro, total antes me imagino que lo tenías casi negro, no un negro azabache, pero negro… Pero ahora no te quedaría bien el negro. Tampoco el claro. Ponete el oscuro y ya está.
- Listo. Dale.
Después de esto, Carlos, con suma seriedad, agarró elementos para limpiarlos, a otros los enjuagó y después preparó la mezcla de tinturas. Todo en cuestión de cinco minutos .
- Pero che. ¿Será posible? Es la tercera vez que pasan vendiendo esos CD truchos. –refunfuñó al ver que afuera pasaban dos gitanos vendedores de películas pirateadas.
-No encuentran otra cosa para rebuscárselas-dijo Sarmiento, sabiendo que su aporte no era inteligente, ni siquiera era algo, era simplemente para seguir al interlocutor, como siempre lo hacía ante alguien que vocifera su pensar sobre lo que rodea. “Ser complaciente es la más aberrante de las comodidades”, recordó que Gonzalvez le sermoneó en un viaje a Villa Regina.
Carlos, con un pincel, comenzó a pasar la tintura a la cabeza de Sarmiento. A éste le empezó a picar, a los pocos segundos, en aquellos lugares donde tenía granos. Sabía que la tintura le iba a irritar. Le tuvo que decir: “cuidado que por ahí tengo unos granitos”.
-Los vi -dijo el peluquero.
Uno de los muchachos que deambulaban con mochilas negras en la calle abre la puerta del local.
-¿Quieren ver películas, DVD, CD?- preguntó el muchacho de tez morena y cabello rubio oscuro, con una voz rijosa.
- No, no, no. Nada. No quiero tener problemas con la ley- espetó el peluquero.
-Es que no va a haber problemas.
-Si, pero no. Nada.
- Bueno. Está bien. Buenos días.
Sarmiento se recordó como vendedor de baratijas por los comercios en Buenos Aires. “Sí pero no” era la respuesta común ante una de sus ofertas “Cuatro lapiceras por un peso”. Sí, pero no.
La época de sus cuatro lapiceras por un peso, era la época de Menem, un riojano poco lector de libros.
Sarmiento vendía esas lapiceras que, a la vez, compraba en un comercio grande del barrio de Once.
Pero no se ganó la vida así. Terminó con hambre real, el primer hambre real en su vida.
Recorría toda la avenida Rivadavia, desde su zona sur, y ascendía por Caballito, Flores, Floresta hasta llegar a la calle Tinogasta. Allí, en esa calle, donde hay un cartel enorme, se reía –porque su madre era de esa pequeña ciudad catamarqueña- y volvía a bajar por las veredas de enfrente.
-No sé por qué no se dedican a laburar los gitanos. Siempre tienen que salir a vender, a buscar plata en la calle – dijo el peluquero, sacando a Sarmiento del ensimismamiento.
Teñirse el pelo le parecía un trámite engorroso y tedioso. Por eso buscaba entretenerse con algo, y le pareció que acudir a esa peluquería, cuyos clientes eran de una fauna variopinta, desde empleados públicos, petroleros hasta prostitutas, podría divertirse con el colorido de las anécdotas que pudiesen contar todos ellos.
Pero le estaban fastidiando los comentarios del peluquero que hegemonizaba cualquier charla con los clientes.
Carlos tenía el pelo largo, usaba esos pantalones tipo bombacha de gaucho que estaban de moda.
El peluquero compraba pelo, eso le llamó la atención. Compraba pelo humano, y le mostraba un cabello y hacía comentarios del tipo: “mirá, este pelo está quebradizo”.
Sarmiento se imaginaba comprando excreciones humanas, o comprando uñas. En épocas de hambre, en Buenos Aires, por ejemplo, podría vender pelo, orina, uña, lo que fuese para comer algo más, para mantenerse un mes más en Buenos Aires.
Salir a vender pelo humano en los comercios, en las peluquerías. Ahora estaba desesperado, pero se teñía el pelo. Tenía pocos pesos, pero se teñía, no vendía el pelo.

Friday, June 10, 2011

Alcohol con muchachos cobrizos y desocupados (15)



Traspasamos cuestas hasta que perdí la noción del lugar donde me encontraba, quizás en cercanías a Rosario de la Frontera. O en Alemanía, o más al sur. Pero más allá de todo eso, sé que aún faltaba un trecho larguísimo hasta la puna.
Cruzamos una hondonada verdísima en donde había manadas enormes de caballos salvajes pastando y retozando. Un paraíso equino. Atravesada esa parte no volvimos a ver, -en todo el trayecto de más de seiscientos kilómetros-, otro lugar verde, ni siquiera en proximidades a lagos o lagunas.
Eran los valles esos la sequedad misma, el calor, varias horas de caminos empedrados, otros enripiados, y, todavía, avanzábamos. Nuestras mentes languidecían al cabo de tres días de pensar lo mismo, y nos estábamos aburriendo de hablar de antiguas hazañas, o de lo que se podría hacer con el olivino convertido en gemas.
El aleteo quitinoso de las cigarras trepidaba en mi cabeza, tanto que lograban que mi descanso –en frescas noches- se convirtiese en una bruma más espesa que de costumbre.
Pues bien, haya sido en Rosario de la Frontera o en Alemanía, o donde fuere, llegamos a ese pueblo de mañana. Su gente parecía amable y sin obligarse a ello.
Me senté en la vereda alta de una confitería tradicional –en la calle principal- a ver pasar la vida, sobre todo la vida tranquila de ese villorrio grande. Sé que la apacibilidad era una apariencia, ya que todo pueblo tiene malicia general (ninguno escapa a eso), pero la apariencia era más nítida que en otras villas.
En una nostalgia anticipada, me puse a pensar en los recovecos húmedos de mi casona, los que aún faltaba por reparar. “Soñé que el río me hablaba, con voz de nieve cumbreña”, yo canturreaba por lo bajo, “tú que puedes vuélvete, me dijo el río llorando”. Mientras cantaba mi jumento estaba atado al palenque, y Fernando se había arrellanado en un tronco, treinta metros más allá, debajo de una enramada flanqueada por dos algarrobos acogedores.
Ese cobertizo hecho con cañas y hojas grandes se había colocado allí, al lado de la plaza principal, para un festival folclórico en el que estarían Los Kjarkas, un grupo boliviano que yo admiraba particularmente.
De igual forma, yo había aprendido mucho del dulce folclore lugareño, de sus zambas, sobre todo. Y así, continué sentado por cinco o seis horas en ese lugar. Es más, pasé toda la tarde bebiendo la cerveza negra.
Mientras, debajo de esa enramada, permaneció el infame, lanzando carcajadas, bromeando con un grupo de changos treinteañeros que se habían arracimado a su alrededor. Su presencia enérgica y simpática los atrajo. Además, era expeditivo, de voz clara y potente, y tal carácter extrovertido era exótico para la changada kakán.
Desde mi puesto, veía que los muchachos le alcanzaban cada tanto un envase de plástico (la base larga de un botellón de plástico cortada a la mitad) que contenía un vino sospechosamente rosáceo, con dos rodajas de limón flotando.
Y cuanto más sikus y tarjas escuchaba más cerveza quería yo tomar, ensoñando un viaje a Potosí con mis hadas delicadas, o, por lo contrario, encontrándome en bailes populares con princesas bolivianas, morenísimas, de ojos negros, de nariz aguileña, y de músculos fuertes.
Aún así, no perdía de vista el cuchillón que Fernando se lo colocaba en la cintura, a la manera de los árabes salteños, y cuyo mango plateado tocaba él de vez en cuando.
Ya empezaba a descender el sol dando un manto meloso a la atmósfera, complementando la vinosa humedad de nuestras cabezas y gargantas.
Decidí que era el momento de hacer algo, de empezar a prepararnos para la partida hacia las afueras del pueblo para dormir. También es cierto que temí lo peor, porque Fernando estaba gritando demasiado, se reía roncamente. Cuando me acerqué escuché que discutía cosas de borrachos, sobre los nombres de ciudades de España y Portugal, sobre lugares de la Patagonia chilena, describía haciéndolos más raros a esos sitios para sus interlocutores que jamás habían salido de los límites de esta región. Los muchachos eran todos cobrizos, desocupados.

Thursday, June 02, 2011

La Cuesta (14)



Al cantar los gallos, despertamos del todo y nos dijimos que basta de arreglos y disposiciones, y de despedidas. ¿O vamos a estar una tríada de jornadas así? Tomamos las mulas y nos marchamos del lugar, yo escapando del dolor de ver las lágrimas de mis mujeres al despedirse y de la pompa y venia que hacía mi paje.
Desde Salta, fuimos al sur. No voy a dar muchos detalles del camino allí porque es parecido a cualquier camino salteño. Puedo hablar, en todo caso, de la cuarta jornada, en la Cuesta del Diablo, sobre todo porque a esta la envolvían nubes bajas y porque allí paramos en un rancho a abastecernos de pan con chicharrón y más carne de cabra. Compré quesillos y trasvasé a mi bota un amargo vino cabernet.
La parte más penosa de esos primeros tramos estaba en el polvillo que entraba por mis fosas nasales y el agotamiento por el traqueteo en el calor. Me maldije al haber aceptado este pacto. Podría haber dicho que no, y entonces debería haberme enfrentado a Fernando, y si lograba salir airoso del duelo no tendría que estar pagando con esto. Pensé que, tal vez, acepté porque, en gran parte, soy un acomodaticio, o bien porque poseo la tendencia trágica a asomarme a las cornisas de todo. Eso pensé, justamente, cuando mi mula sorteaba piedras filosas en lo alto de la cuesta. Miraba hacia abajo y los peñascos me atraían, a medida que se arremolinaban en mi mente imágenes de mi cuerpo cayendo.

Resentimiento hierve aún (13)

Ahora quedábamos solos con Fernando y Diego Fuentes. Faltaban unas cuantas horas para el amanecer del día siguiente.
Ambos se me acercaron a la galería externa, cuando terminaron de acomodar sus cosas. Al final, Fuentes nos acompañaría hasta Santa María, se quedaría allí a visitar a un hermano de un monasterio y después, posiblemente, se uniría a nosotros en la puna.
- Qué es eso del temor de viajar? – me inquirió éste.
- No es el temor al viaje, sino al terrible amo del trayecto – dije, mirando a Fernando, quien hizo una mueca sarcástica envuelta por su barba.
- Es temor, qué otra cosa más, el que tiene un traidor que debe pagar por lo que ha hecho en su pasado –raspó Fernando.
- Y es temor a tener un futuro de piedra el que hace que un traicionado insista con su venganza –le restregué.
- No vayan con ese ánimo – enjuagó Fuentes. -Pensé que se habían arreglado, pero veo que sólo hay pacto, más la sangre de ambos hierve de resentimiento.
- Te puedo asegurar que yo tengo resentimiento de este vil compañero de hueste, mas no tengo deseo de vengarme, porque sepulté el ánimo asesino desde que me instalé en este lugar y así quiero mantener toda la vida que me queda. Si fuese por mí, montaría un teatro y lo invitaría a que formase parte de un elenco para representar otra vez las obras de Calderón de la Barca, pero es difícil que ello sea, es un ejemplo de cuál sería la quimera que perseguiría con Fernando.
- ¡Habrase visto futuro tan maricón que quieres depararme! Hacer “La Vida es Sueño” fue un momento juvenil, cuando yo estaba sin alas ambiciosas, fue un período de mi vida en el que no me preocupaba tanto del dinero, pero sí el de acostarme con féminas de todos los colores, quería fama de actor, y nada más. Pero veo que tú sigues con tus cuestiones propias de mujeres con miriñaque –se burló Fernando.
- No quiero discutir esto con alguien que se ha convertido en un ser basto. Te acompañaré y punto a buscar esas piedras y después prometiste que cada uno por su camino –le recalqué.
Al rato, Fuentes se fue a dormir en una de las hamacas paraguayas. Yo me fui a dormitar. Y Fernando también, siempre ante mi vista.
Las trillizas consortes no dormirían. En mi dormitar, hubo un momento en que alcancé un sueño rápido con carne no asada, carne que parecía lacerada por los tarascones de unos perros chicos, por cuzcos de barrios perdidos de Salta.

Tuesday, May 31, 2011

Los gorilas se van (13)



Salvo ese incidente mínimo, los preparativos finalizaron raudamente en esa jornada. Iriamos cada uno con tres mulas, un burro y un caballo hacia Belén, por el sur salteño, y después surcando Santa María y pueblos como Hualfín. A estos caminos Pantoja los conocía porque los había transitado a pie, increíblemente. Por eso, este fiel criado estuvo contandome detalles de los senderos, de las cuestas que había que atravesar, de los calchaquíes, de los talleres mecánicos húmedos que se podían encontrar a la salida de algunas localidades, de muchas cosas.
Mi deseo era dejar las cosas tranquilas en mi mansión, que las mujeres estén bien a resguardo; evitar la tristeza en ellas, sobre todo la de Anne, la más endeble de todas y la más peligrosamente depresiva.
Y otra cuestión también, no me iría del lugar hasta asegurarme de que los gorilas marcharían lejos, lejos de mis cónyuges.
Sabiendo de mi recelo, Fernando del Medio, ordenó a su tropa que se marchase puntualmente a las 17 horas, después de haber aprestado su caballada.
Veía a Belkys caminar lánguidamente llevando y trayendo los platos de madera con los restos del asado, más lánguida y sensual que nunca; veía a Baritinia lavar en la cocina, sin decir palabra, veía a Anne reposar en un sillón de mimbre, hamacándose, mirando sus uñas, canturreando una canción serbia.
Los gorilas, con puntualidad, dieron lonjazos a los lomos de sus equinos, y se marcharon a las carcajadas, prometiendo volver, y Arratia, sobre su caballo, silbó. Todo ello lo hicieron para que yo me enoje, obviamente. Mas yo opté por quedarme quieto, de brazos cruzados en el umbral de mi puerta, mirando su paso por el portalón, y luego por el sendero que cruza el monte hasta la ciudad de Salta y de allí hasta Jujuy, donde se separarían para hacer las tropelías encomendadas por Fernando del Medio.

Yarará sin cabeza (12)



A quien sí recordaba en aquella incursión sanjulianense –y lo recordaba bien- es a Diego Fuentes, el mismo que llegó a avisarme que arribaban Fernando del Medio y sus huestes diezmadas. Lo recuerdo como un grumete servicial pero no servil; respetuoso de la autoridad pero no pusilánime.
En aquella salobre época de mi vida, en esa costa pedregosa, Fuentes había querido acercárseme como un secretario, pero yo estaba tan ocupado en asuntos de “supervivencia política” que no le di valor a su propuesta.
Ahora Fuentes, en la jornada de preparativos, ya estaba recuperado luego de dos días de sueño profundo, con un estado febril que provocáronle pesadillas recurrentes sobre cuchillos y sangre humana. Cuando me contó le sonreí, en los tópicos de los sueños, sobre todo en eso, éramos similares.
Fuentes terminaría siendo, al fin, un gran aliado, y juré que algún día lo premiaría como socio en alguna empresa, pero eso estaba por verse, todo mi futuro estaba por verse. Tenía que salir, antes, de las garras de Fernando del Medio. Este me tenía agarrado no sólo de las solapas, sino de los testículos. En arreglo a la tácita justicia nuestra, de corsarios godos, él debía hacer cumplir su venganza o bien, yo debía servirle en algo –incluso, en el código pringoso, hasta se permitía que uno le sirviese a otro en un estado de semi-esclavitud, durante un período de tiempo. Mas, por fortuna, el mío no era caso de tal extremo.
Entonces, quería ya terminar con ese maldito trámite del viaje buscando aquella piedra maldita y listo.
Estaba discurriendo sobre esto, mientras ataba mi mochila a uno de los jumentos que llevaríamos, cuando escuché un disparo que provenía de las afueras de mi propiedad. Todos los hombres agarramos nuestras armas y salimos corriendo.
“Maldición, Antón, quién mas es tu acreedor”, jadeó Fernando, mientras corríamos hacia el lugar de donde vino el disparo, que estaba cerca de un algarrobo añoso, a cincuenta metros al sur del ingreso a mi propiedad.
Cuando divisamos el arma, y el hombre que la portaba, nos tranquilizamos y dejamos de correr. José de Huelva tenía aún su arcabuz humeante y miraba hacia la tierra. Cuando llegamos al lugar, Huelva pisaba con la punta de su zapatón una serpiente yarará de treinta centímetros para ver si estaba viva. El tiro certero le dio en la cabeza.
- Es una señal –dijo Huelva.
- Dejate de tonterías –replicó Fernando, resoplando y volviendo sobre sus pasos.
- ¿Señal de qué?- le pregunté yo a Huelva, con aire de incredulidad.
- De que alguien morirá por una mujer.
- ¿Por celos?
- No, que morirá a manos de una mujer – reiteró Huelva, pero sonrió como si la mala fortuna no fuese para él, como si ya estuviera inmunizado al decapitar a la yarará con el plomo.
Debo aclarar que soy demasiado racional, quizás un positivista recalcitrante, por lo que no creo en supercherías, y menos en aquellas traídas de las Europas. Estaba predispuesto a creer más en las creencias sobrenaturales que me relataba el paje Pantoja.

Sunday, May 15, 2011

Huesos, pieles y sal (11)

Dormí profundamente, ronqué con vahos etilicos que inundaron la oronda habitación, según me contó Anne al despertar.
Estuve remoloneando con ella durante media hora o cuarenta minutos, ensoñando un futuro más plácido de acuerdo a las descripciones que ambos hacíamos. Antes se habían levantado Baritinia y Belkys a hacer sus tareas matinales.
Entre ronroneos propios, y besos suaves en mi pecho por parte de Anne, hablé de mi próximo viaje.
Le conté que, en virtud de mi desconocimiento del terreno, viajar otra vez por un desierto –y esta vez un desierto alto-, temí mareos, temí espadas en mi carne, temí la inanición, temí no volver nunca más a la mansión y que mis “huesos, pieles y sal” no llegasen nunca a “abonar el suelo” de mi heredad.
Yo sabía lo que era el hambre: las encías hinchadas en alta mar por el escorbuto y el estómago achicándose dolorosamente en tierra en aquella Isla de la Justicia.
Vi los ojos esmeralda de Anne inundarse de lagrimas dóciles. Me di cuenta de que no debía transmitir mis miedos a mis mujeres, que no tenía ningún sentido, sólo el sentido de dejarme llevar por la debilidad. No era muy inteligente de mi parte. Y menos si ellas debían quedar solas, únicamente a la custodia de mi paje quien, habrase visto, era bastante débil.
Hice las abluciones matinales en el baño privado de una de mis habitaciones. Luego salí al patio externo. Uno de los gorilas, el tal Arratia, hablaba allí, pausadamente, con lasciva gravedad, con Belkys, mi rumana, la más artista, la de Virgo, mientras ella golpeaba con un madero una alfombra colgada de una cuerda. No alcancé a escuchar la conversación porque, cuando me presenté repentinamente en el lugar, Arratia calló. Aunque lo que más me enardeció fue el leve rubor que percibí en el rostro de Belkys ante mi súbita aparición.
Desde ese entonces, le tuve ojeriza a Fausto Arratia, de quien no tengo recuerdos de nuestra campaña en Puerto San Julián. Siempre lo había visto como un personaje de los más secundarios, tosco como todos aparte de una roma personalidad. Si me piden ahora una descripción de él pondría epítetos tras epítetos, cacofónicos a propósito, tal es mi despecho contra él. Pero ese es otro cantar.

Tuesday, May 03, 2011

Día de preparativos (10)


¿Cuántos años me quedaban de vida? Con suerte, veinte años; con menos suerte pero entendible, unos 15 años; y si la menor fortuna me está reservada, en cualquier momento accidental puede acaecer mi desaparición física.
Habrase visto que yo me aferraba a la vida. No tenía hijos, así que sólo quería saber cómo podía estirarse la aventura de mi vida.
Por eso, por más que adoraba la quietud y la holganza en mi hogar, no me resistí mucho a salir de viaje con Fernando del Medio.
Al día siguiente, algo repuestos en sus fuerzas, los gorilas, cuyos nombres son Juan Acurio, Francisco Alba, Diego Gallego, José de Huelva, Antonio Colmenero y Fausto Arratia, ayudaron en las tareas, prepararon los pertrechos; deseantes, siguieron mirando de soslayo a mis tres compañeras de lecho; también hacharon y apilaron maderos, prepararon enormes cantimploras, tajearon los jamones y los charquis dividiéndolos en cantidades para cada morral; sacaron ungüentos de mi farmacia para sus heridas; se lavaron en la siesta luego de bañarse en el manantial de La Senectud de las Nueces; también lavaron sus harapos y yo obsequié a cada uno una camisa limpia y blanquísima.
A la tarde ya tenían suficientes energías como para reunirse en el soportal a hacer bromas y, seguramente, a hablar de mis mujeres y a reírse de mi futuro como “Antón, el gran cornudo, el triplemente cornudo”, que lo escuché desde la caballeriza cercana, cuando preparaba una mula.
Fernando los comandaba, pero en los momentos de descanso él los dejaba hacer, hasta cierto límite. Mis féminas no se permitieron ni una sonrisa ante aquellos chapetones salvajes, y estuvieron hacendosas en toda esa larga jornada.
Al final, terminamos todos en el gran mesón, ante unos platos frugales de pollos y pavos asados con papas y remolacha hervida, pero con copiosa bebida, vinos de uva bonarda de El Puesto (Catamarca), torrontés de unos monjes de Cafayate (Salta) y unas delicias que alguna vez me trajeron del Alto Valle del Río Negro.
Esa noche, todos descansaríamos verdaderamente.

Monday, May 02, 2011

Sueño junto a Baritinia (9)

En ese largo amanecer, Fernando tenía pocas ganas de discutir. Más bien, no veía la hora de lanzarse a un colchón. El coñac lo había excitado unos minutos pero después andaba anadeando de sueño. Y, en efecto, cuando le cedí una cama en una habitación de huéspedes, cayó profundamente a -vaya a saber uno- cuál escalón de inconsciencia.
Yo, cansado pero a la vez inquietado por tan intempestiva y peligrosa visita, atiné a dormir dos o tres horas en mi pieza, junto al tibio cuerpo de la más pequeña de mis consortes, la cándida Baritinia.
Fue poco tiempo de dormir, pero en ese período cupo un sueño con imágenes vívidas. En ese sueño, Baritinia se desdoblaba, y la una era niña que corría por un prado, y la otra era una mujer anciana.
La niña que correteaba, con vestido largo, de pronto se daba vuelta y mostraba no el rostro de Baritinia, sino el mío; yo era esa niña, y que seguía corriendo, pasando por dehesas parecidas a las de mi propiedad hasta mi soportal. Allí, estaba la anciana Baritinia, que se hamacaba en un chinchorro atado entre los postes, y cuando me acerco, veo que ella acurruca a un niño que, también soy yo.
No me extrañó todo ello, es un burdo y hasta poco original juego del inconsciente; lo que me extrañó fue que las imágenes remitiesen a mi infancia, y que me relacionasen con mujeres o que yo me convirtiese en mujer o esté protegido por una vieja delicada.
Es que, curiosamente, tuve ese sueño de placidez absurda cuando, en la vigilia, venía de vivir peligro de muerte, con balacera e insultos y con varios hombres temibles, aún, dentro de mi casa.

Sunday, May 01, 2011

El paje sesentón (8)



- ¡Tu paje! – exclamó y, repentinamente, yo también caí en la cuenta. Dónde estaba mi paje Tomás Pantoja.
- Llamándote “amu, amu”, en un torreón de arcilla. Allí lo dejamos, maniatado, después que engañamos a tus mastines.
Fuimos ambos a liberar a Pantoja, un hombre de unos sesenta años, de encanecido cabello, esmirriado. El torreón estaba en el límite sur de mi heredad, más allá de este estaba el monte, la selva. Pantoja estaba tirado, orinado, pero no en tan mal estado; sedado por alguna droga.
- Ckakchatai-tscha – me dijo, con ojos implorantes, mientras Fernando cortaba las ligaduras de sus manos y piernas. Le pedí a Pantoja que se callara, que “ya lo sabía”, pero que no había “nada que hacer”, que “Inti” ya se las vería con ellos. Con la ayuda de Fernando lo llevamos al rancho donde dormía.
No podría decir que Tomás fuese alguien de raza licanantai pura, al advertirse rasgos extraños para serlo, pues poseía una nariz recta y fina, y una barba de vellos tupidos y uniformes; pero que era un espécimen ideal de la mezcla del adelantado Diego de Rojas con alguna mujer atacameña, de eso no quedaban dudas.
Al revisarlo un poco a mi extenuado paje, observé que sólo estaba aterido de frío, que tenia algún moretón en el tórax producto de un único golpe con algún objeto contundente que le propinó algún gorila para reducirlo, que sus pantalones estaban húmedos de orín, y que no se presentaba ningún otro rasguño o escoriación.
Ese día dejaría que descansase todo el tiempo que quisiera, bien arropado en aquella casilla de cartón pringoso.
- Que se recupere así lo llevamos como nuestro fiel siervo – propuso Fernando cuando salimos de ese rancho.
- De ninguna manera –me opuse férreamente. – El se queda, es parte de esta casona y el mejor cuidador de mis trillizas.

Olivino norteño (7)


Después de esa proclama, se avino a una profusa explicación sobre las bondades superlativas de cierta piedra semi-preciosa que será, en un futuro inminente, de gran utilidad para los conductores eléctricos, diez veces mejor que el cuarzo azul: el olivino. Fue la primera vez que escuché esta palabra.
Esa piedra vino a romper con la mansedumbre de mi vida, como si, en verdad, hubiese sido arrojada con destemplanza al estanque espejado de mi ser, y lograse sacarme de mi retrepada vida, la que había construido a mi gusto gótico, escenificando con delectación unas rutinas, con sus objetos y sus placeres, similar a la de un vampiro amo con sus vampiresas y su sirviente.
En el cauce del río Senguerr, allá en la Patagonia –me informó Fernando, con regodeo- la encuentran a esa piedra, sobre todo en la línea inferior. Y él, estando de merodeo por aquella región, en aquel dar vueltas con su grupo sin saber dónde estaban los lagos, encontró a un tipo curtido, que caminaba solitario por entre cañadones. El tal se llamaba Hugo Orquera, hombre que presentóse como un “coya” sapiente de piedras, proveniente de una zona de Catamarca.
Al hablar largo y tendido durante una noche, en el mísero campamento que habían levantado, Orquera entusiasmó a Fernando con que el olivino está en grandes cantidades en un área del Senguerr , listo para ser trasladado en cantidades industriales, como granito negro, pero que en otra parte, muy lejos de allí, el olivino está en rocas donde es transparente, en un estado ideal para ser convertido en bellas gemas. Muy lejos, significa allá en la semi-puna.
Al menos eso entendí de lo que hablaba Fernando. En ese entonces, cabe acotar, nada de eso me interesaba tanto como haber salvado mi vida, o al menos, haber prolongado mi existencia gracias a su perdón, que, hasta que no me dijese lo contrario, era temporal.
Pues bien, su intención era redistribuir su menguada tropa en diversas tareas de negocios y pillajes por la región, tal como lo había hecho en el sur, mientras él avanzaba con un plan mayor, pero oculto a las autoridades. En principio, Fernando se encontraría con Orquera en Antofalla, en varias semanas, en un lugar cercano a un volcán denominado Galán.
Le interrogué que si yo no sabía nada de negocios, nada de minerales, en qué punto de su plan entraba. No tardó en decírmelo Fernando, luego de que le hubiera escanciado la cuarta copa de coñac: “serás mi traductor del idioma de los licanantai”.
- ¿Cómo sabes que hablo kunza?
- Tu paje habla kunza y muy poco de español, lo supuse.
Para algunas cosas Fernando del Medio tenía una sagacidad refinada, para atraparte por ejemplo con tareas a las que no puedes negarte, so pena de lo peor.

Sunday, April 24, 2011

Antón Gómez, el heredero (6)



- Pero, después, ese mismo cuchillo fue el que pasaste por el cogote de Angel de Loza.
- Angel de Loza se merecía un cuchillo más oxidado que el que le pasé por su garganta.
El diálogo parece inverosímil, lo sé. Estaba yo, arrellanado en mi sillón de respaldar con arabescos dieciochescos, y Fernando del Medio estaba frente a mí, sentado, con una pierna sobre una rodilla, hablando de muertes, de asesinatos, ¡de mi probable asesinato!, bebiendo lentamente el coñac, pero con el tono que emplearían dos socios de una compañía a punto de acordar una fusión o la transferencia de la misma.
Las tres pelirrojas deambulaban, susurrantes como geishas para delicia de todos los que estábamos allí, despiertos o dormitantes, en habitaciones cercanas; se deslizaban de un lado a otro, ya sea preparando alguna infusión caliente para un anfitrión magullado, pues se había caído de una mula en una cuesta cercana a Salta; o buscando cremas para las pequeñas –aunque molestas- laceraciones que dos o tres habían sufrido, luego del paso por entre medio del monte santiagueño, en una zona exuberante de talas con espinas rigidísimas.
- Dime tonto, cómo lograste esta hacienda… si siempre fuiste malo para conseguir dinero – preguntó Fernando rompiendo un silencio que nos habíamos tomado para ver el movimiento de una de mis pelirrojas.
- Un heredad, una herencia – le contesté, sin molestarme por su insulto. Saqué de mi gaveta principal un papel de gran tamaño y lo leí sin vacilar: “Yo, Gonzalo Gómez de Espinosa, alguacil en varias naos, terrateniente en San Lorenzo, doy por sentado aquí, ante escribano español, que la propiedad toda, con sus frutales, sus mieses y sus existencias de caballares, mulares y ganado ovino y bovino, dése a mi hijo menor Antón Gómez, contramaestre de la flota del sur”.
- Caray –exclamó sardónicamente. -¿Y a tus hermanos mayores?
- A ellos lo demás, una propiedad ubicada en Copacabana de Catamarca, otro en lo de la Nueva Andalucía, y hasta en inmediaciones a Koluel Kayke; más otras propiedades en Santa María del Buen Ayre.
Perceptible a mis ojos recelosos, vi un brillo en los ojos semicerrados de Fernando. Después, tras mirarme un rato callando y yo respondiéndole con otra mirada interrogante, como esperando un veredicto, que en realidad así lo fue, dijo:
- Está bien; por ahora lo dejámos así don Antón. Ya me tendrás que explicar entonces de donde vino la maquinación para traicionarme en tan lejano paraje patagónico. Vine por dos cosas aquí, una para cometer mi venganza contra ti, y otra para lo de siempre, hacerme rico.

Thursday, April 21, 2011

Coñac con agua (5)

Diríase que el grupo agresor ya estaba bajo mis pies, en el soportal. Al menos así lo creí: que estaban bajo mi égida y que todo volvía a la normalidad. Por lo tanto, llamé, infructuosamente, al paje; después llamé a Anne, Baritinia y Belkys y ellas sí aparecieron, caminando como hadas, envueltas sus traslúcidas sensualidades en tules de circunspección.
Sorprendidos al encontrar tanta delicadeza humana en los movimientos de mis trillizas pelirrojas, Fernando y sus hombres se quitaron armaduras y arrojaron todas sus armas, rindiéndose, por fin, a la ternura.
Nunca he sido buen anfitrión, nunca supe cómo actuar luego del saludo formal de rigor. Mi vida, como la de Fernando y toda la gente de nuestra calaña, ha sido la propia de visitantes perpetuos, y ser amo de una heredad –como lo era yo, recién a mis cincuenta y cinco años- es una experiencia increíble para cualquiera de nuestra “profesión”.
Por ende, con ayuda de mis hadas, acogimos a la pequeña banda dentro del comedor que, por mis costumbres perezosas y poligámicas, también contaba, detrás de un biombo, con varias camas plegadas y colchones enrollados.
Los gorilas se derrumbaron, quedando casi en la misma situación que Diego, semi-oculto en la parte más umbrosa de la habitación: menos Fernando, que optó por dejarse derrumbar en el mullidísimo sillón, situado frente a mi escritorio.
Seguramente había que hablar. Por eso, preparé coñac con algo de agua caliente para ambos. Escancié y me senté frente a él.
- Vine a matarte porque eres…
- Antes que digas todo o nada, quiero decirte que no he sido yo el que preparó el cuchillo con el que intentaron matarte en San Julián.
- Lo supe, lo supe mucho tiempo después. Pero lo mismo, vine a matarte, eres un traidor lo mismo. No preparaste el cuchillo, pero preparaste la mente de quien lo blandió y preparaste el terreno en esa restinga maldita.

Wednesday, April 20, 2011

Hipogrifo violento (4)

Cuando el enfrentamiento perdió el cariz trágico, cuando parecíamos actores de una comedia basta y vulgar, Fernando del Medio optó por descubrirse, salirse de los matorrales y yo, respondiendo a esa osadía con otra osadía, salí de mi comedor, de la casa hasta el angosto soportal de madera.
Fernando del Medio se reía, pero con cuerdas vocales agostadísimas, atizando sus migajas de agresión.
Yo, al contrario, estaba más temeroso que cansado.
Y vi a Fernando seguir con sus risotadas broncas hasta que, colocándose de la máxima apostura posible, irguiéndose con todas sus maltrechas vértebras, gritó:
- ¡Hipogrifo violento!
Quedé enmudecido por dos o tres segundos. Resonó esa frase en mi interior como un golpe de fortuna inesperado.
- ¡…Que corriste parejas con el viento! – le respondí trocando aprensión por algarabía al traer a la memoria mis juveniles años en Córdoba de la Nueva Andalucía.
- ¿Dónde rayo sin llama? – retrucó Fernando, sin quitar sonrisa, la misma sonrisa ancha con que solíamos rememorar la puesta de “La Vida es Sueño” en navíos de la costa, o bien en poblados acechados por el viento, allá bien lejos.
- ¿Pájaro sin matiz, pez sin escama y bruto sin instinto natural? – le dije, a punto de llorar.
- ¿Al confuso laberinto destas desnudas peñas?
- ¿Te desbocas, te arrastras y despeñas? – contesté, ya más tranquilizado, buscando, al fin, la paz.
Fernando dio ya tres pasos, acercándoseme, abriendo los brazos, ocasionándome la duda súbita de si será confiable un abrazo.
- Calderón de la Barca puede acabar con todo esto –dijo, con tenues fuerzas en sus músculos con algunos nervios reventados.
Compasivo, opté por aproximármele y tenderle la mano, para hacer tregua sí, pero más bien para empezar a sostenerlo antes de que se derrumbase del todo. Sus gorilas también padecían la misma extenuación, pero aquellos estaban tan acorazados en sus cueros repujados con simulaciones de tórax y abdominales poderosos que se notaba menos, o al menos ese debilitamiento se advertía sólo en alguna torpeza al caminar, anadeando.

Monday, April 18, 2011

Armas primigenias (3)


Fernando se había ocultado bien ladinamente, sagaz y artero como sólo lo era él en toda su completitud. Artero y homicida, me repetí en voz baja, buscándolo con la vista.
¿Yo miedo a morir a manos del artero? Pues no, yo sólo tenía cierto compromiso afectivo con las tres mujeres y, hacía mucho tiempo que me había acostumbrado a la inquina de mis sobrinos lejanos que me llamaban sólo para pedirme ducados, de tal suerte que no temía abandonar este mundo.
Lamentaría, eso sí, el dolor físico, como que este enemigo clavase un hierro filoso en mi tórax traspasando costillas y pulmones, o que lentamente aguijase mis vísceras con puñales horrendos, o que los dolores agudísimos permanezcan durante horas.
Más allá de eso, siempre lo dije, me sentía apto para enfrentarme a él, con suma temeridad, sin importarme mucho la muerte, como un inconsciente arrojado al abismo, perdido por perdido.
Un silbido brevísimo y el trizado justo y mínimo del vidrio de una de mis ventanas me sacó del ensimismamiento. La bala pegó, parca, en un bargueño alto.
Mas pude calcular que Fernando estaba a la misma distancia, sin avanzar ni un solo metro. .
En resumen, llegado un tiempo, en que ninguno tenía balas ni balines (sólo disparamos un puñado de proyectiles), optamos por usar armas más primigenias, las del insulto y la imprecación. A alguna injuria que él me lanzaba, contestábale yo con alguna funesta adivinación sobre su futuro, lo que me parecía más hiriente para él. Ni Lope de Aguirre tenía tanta fiereza como Fernando del Medio. Más adelante esta actitud de ambos fue vista como un signo de extrema puerilidad, por una de mis trillizas consortes.

Sunday, April 17, 2011

Centelleo de adarga


- Ahora voy por el Drácula salteño –hubo gritado Fernando en el mismo terrible momento que pasaba el cuchillo por el cogote de Angel de Loza, y cada borbollón de sangre que hubo brotado de esa laceración lo desquiciaba más y más.
Dejando esa parte de la ribera del río Santa Cruz, de piedras manchada por un bermellón persistente, la ambición mayor de Fernando estaba en mi sangre y la de de Loza era apenas la merienda de su odio.
Y ahora, no había alcanzado a llamar al paje y advertir a las mujeres bañistas cuando escuché un disparo que venía de la zona del portalón. El paje habría estado allí, pero de él no supe nada hasta después de los últimos acontecimientos de este encontronazo.
Fernando del Medio…
El brillo de una coraza, el refulgir de una espada, el centelleo de la adarga plateada, o hasta la asquerosa chispa de su incisivo de plata, o todo al mismo tiempo se divisó en milésimas de segundo desde mi escritorio. Fernando y sus gorilas ya estaban surcando el portal; ya estaban sacando filo a sus espadas en los dientes de las gárgolas, burlándose de sus corvas columnas, en el momento en que entró a la habitación una de mis mujeres, la pelirroja Anne, trayéndome un rifle que ella misma tenía guardado debajo de su cama.
Le ordené que llevara a sus pares hacia la cueva que está tras el cortinaje de agua, en la cascada.
Al fin, quedé sólo yo y un ser desfallecido, Diego, a quien cacheteé varias veces para despertarlo, pero estaba casi sin respiración, y lo dejé arrumbado debajo de una mesa de nogal.
Así las cosas, esperé que aquel escuadrón homicida estuviera ante mi vista. Al tiempo que avanzaban tres de los gorilas, agazapándose, buscando las sombras de los ciruelos; detrás de un tilo de anchísima copa, entreví la figura barbada de Fernando y preparé el rifle, apuntando hacia ese sector, al oeste de la fila de los árboles frutales.
Disparé y el sonido fue menos intenso que el que yo hubiese deseado, apenas fue un ruido seco, sin eco. Es que, ante esa desventaja numérica, hubiera querido un arma atronadora, que rugiese como los invencibles yaguaretés del monte contiguo.

Friday, April 15, 2011

Fernando Del Medio llegó a Salta

No podía expresar mucho acerca de este personaje que se me ha sentado al frente, ha tomado de mi copa y, a poco de hablar un par de cosillas sobre su padre, acabó por derrumbar su cabeza sobre su pecho y allí se quedó, profundamente dormido, faltándole el respeto a la gravedad con la que lo atendí.
Pasaron veinte minutos –los que insumí observándolo como si fuera una nueva especie de marsupial con una actitud desconocida- y yo también estuve a punto de tumbarme sobre la mesa o el suelo.
Las copas contenían una bebida con mínima graduación alcohólica, por lo que no fue esa la razón de tanta somnolencia. Por si acaso, tiré la copa por el ventanal, me levanté, miré hacia el jardín, encendí la vela que estaba en el candelabro e intenté recapitular.
Diego Fuentes, tal es el nombre del personaje que roncaba, dijo que él vio a Fernando decapitar a un subordinado, después balbució un par de incoherencias sobre su padre, un castellano viejo y severo, hasta que la cerrazón mental obturó sus movimientos por completo.
Pues bien, yo sabía que Fernando era capaz de tal acción, ni más ni menos que un hombre que tiene el pecho herido de tanta hambre y que, al acceder por un golpe de fortuna al poder tal como puede considerarse el encargo de la reina confianzuda, ese golpe más que una caricia funciona como una pócima para vivificar todo el resentimiento hacia la humanidad, queriendo lograr que todos agachen la testuz ante la presencia de aquel, en una espiral de ambiciones sin límite, como la carrera alocada de varios que han llegado a ser jefes de genocidios.
¿Ese era Fernando? –me interrogué mirando los ciruelos umbríos, plantados en fila, frente a las ventanas de aquella, mi casona del norte, la cual me parecía infranqueable hasta que hubo irrumpido Diego, engañando al paje que dormitaba en el ingreso, y a los cuatro mastines entretenidos en buscar una comadreja viva que él había arrojado adrede en el erial trasero.
Pues sí, ese era Fernando, me dije, queriendo convencerme de una vez por todas que el mal existe en plenitud y que no existe otra cosa, ni siquiera la raíz de una comprensión equivocada de las cosas o las relaciones humanas. Por lo tanto, yo soy malo, di por conclusión, más con la postura de quien resuelve un problema matemático que con la antigua culpa del adolescente católico. En todo caso, he sido malo, prosegui ya que estaba descubriéndome en una aventura de circunloquios.
Quien podría responder a mis interrogantes sería el paje dormilón, o bien una o las tres mujeres que convivían conmigo y que, en ese momento, habían ido a tomar el baño nocturno de barro, contiguo al manantial de la Senectud de las Nueces. Los he tratado mal, les he impuesto todos mis caprichos, y ellos recibieron todos mis castigos con sus ojos asombrados y temerosos. Eso ha sido maldad. Eso es maldad, corregí.
Ahora bien, Diego ha venido a esta casa, casi desfallecido, porque estaba desesperado. ¿Lo estaría siguiendo Fernando? Anoto todo esto para sacar conclusiones. Escribo en libreta, garrapateo rápidamente, pediré que esté listo el arcabuz, tomaré café para estar alerta por si algún enviado de Fernando ingresa a lo que es ya mi vulnerable morada de San Lorenzo.
Fernando y sus huestes ya están aquí. Pensé que aquel caudaloso río –desde donde escapé- que dividía el gélido desierto estaba en otro lugar del mundo, en otro planeta. Y no es así. En pocos meses, él ha llegado aquí, al Trópico de Capricornio, sin darme tiempo de reponer mi vida de Drácula sibarita junto al trío de féminas.

Precursor del grunge

En aquella época, cuando tenía unos 13 o 14 años, incluso menos, cuando tenía 11 o 12 años, yo fui el precursor del grunge y nadie se ent...