Wednesday, December 22, 2010

Busquedal



“Busquedal”



Autor (seudónimo):

Flaminio Rufo





Me gusta narrar fielmente las películas e imaginar aquello que trasciende lo audiovisual, así que me propuse hacerlo con las primeras escenas de la película denominada “Busquedal”. Al final se adjunta la reseña de ese film, publicada en un diario nacional.
“Se mira en la tapa de aluminio de una lata. Tiene pelos hirsutos en el maxilar y en el bozo, pelos ralos, como los de un japonés. A los cuarenta años… ¿qué es Francisco Conde?
La carne de guanaco se acaba. Ceba un mate con esas manos que, en poco menos de un mes, se tornaron callosas y cuarteadas.
Esta vez, en la siesta, el viento no da volteretas como ayer, el viento sólo sacude las latas de afuera. La casucha es una fortaleza de cartón negro, reforzado con alambres y estacas; que está lejos de las aldehuelas, y es un punto negro en medio de la estepa cuyo suelo tiene estribaciones amarillentas y cañadones sepias.
La carne de guanaco se acaba.
Al mate le echa otro chorrito de ginebra.
- ¡Ujujúuii! – grita el loco, desde afuera, y después carcajea.
- ¡Ujujúuii! – responde él.
Piensa algo y ríe para sus adentros, con un repiqueteo de resuellos. Se abre la puerta de cartón negro y entra Pascano con su pantalón de pana y una gorra raída.
-No la encontré, che…
Francisco sorbe otra vez, pícara sonrisa.
- Tendrías que ir vos –sugiere la orden Pascano.
Francisco sorbe otra vez la bombilla con incrustaciones de herrumbre, al tiempo que abre un poco el pañuelo en su cuello amarillento.
Hay cuero colgado dentro de la casucha, hay ginebra en el aliento de Francisco, hay polvillo en suspensión y farol a querosén y viejos sacos azules y grises colgados; hay charqui, también.
- Nos faltaría un caballo – sugiere Pascano, y recibe el mate tibio, aguado aunque con ginebra, que le convierte la garganta en un momentáneo prado de menta. Su mirada, nimbándose, va hacia el brasero.
- Pero voy – se levanta Francisco con la sangre revuelta por la ginebra. Una hora había estado sentado, además.
¿Cabe una tercera en este sucucho? La carne de guanaco se acaba.
¿Cabe una mujer?
- Voy – repite, con resoplo, cuando se coloca un abrigo de cuero, oloroso. – Voooy – canta como un tenor y se cambia las alpargatas por unas botas desbastadas.
Entretanto, Pascano saca una guitarra debajo de su catre y rasguea:
- Búsquedaaa… Búsquedaaa…. ¡El desierto es un busquedaalll!
Francisco carga más ginebra en una cantimplora.
‘Casi romana, casi espartana…
gauchos de a pie te buscan…’, ensaya una zamba Pascano.
Queda Pascano con su guitarra, gorjeando a lo cuervo libidinoso, y queda el resto de la ginebra en el botellón. Canta una zamba mal trazada en rasguidos toscos, declinando en compás, hasta transformarse en un recitado:
Ya a un cuarto de legua de esa casucha, Francisco ya no oye a Pascano. Francisco ahora habita la intemperie. Pascano, Francisco y la mujer en leguas a la redonda.
Ella va sola, bajando una pálida barranca, hacia el Oriente, hacia la costa. Usa zuecos con piel de cabra, cuyas suelas duras chascan en los cantos pequeños diseminados en la arcilla. El miedo salva vidas, suelen decir. ¿A qué fieras acogerá la intemperie? ¿Qué monstruos habitarán en la costa y sus aguas bramantes? Con sus pantorrillas gruesas y rosadas, de vello rubio, da diez, veinte pasos por el suelo rígido y pedregoso. “El miedo salva vidas, suelen decir”, repite en su lengua la mujer que sólo se rige por el sol para orientarse, encaminándose a la costa, sí, pero a cuánta distancia está la costa. Después de la barranca, cargada de margas, hay otra vez otra planicie con matas muy bajas, y rodeando todo ese campo varios cañadones. En uno de esos, ubicado a tres leguas hacia el Norte de la barranca por la que desciende resollando la mujer, corre un río agotado, que después toma fuerza para desembocar en el mar.
Camina con la mirada hacia las piedrecillas cárdenas y marrones, esta mujer que ha ido acedándose ante cada capricho del gordo lanudo de quien escapó. Ya no salen lágrimas. Ahora, las sales de su rostro lastiman las grietas de sus comisuras. “Deschniets… ond vas lijt?... Deschniets… ond vas lijt?”. Hace un alto. Se restriega las manos en su sobretodo, esa mujer que va desgreñándose, junto al día. Entre luces cobrizas, sigue caminando con cierto dolor en las pantorrillas. Las tinieblas llegarán rápido.
Rígido, Francisco avanza más rápido hacia donde está la playa.
En tanto, dentro de la casucha, Pascano, después de dar un rasguido débil a la guitarra, se huele la transpiración de su pecho lampiño. Deja la guitarra en el montón de cueros donde duerme. Tomando gota a gota otro vaso de ginebra, como si fuera alcohol de arena, mojando sus labios gruesos.
En las orejas de la mujer, el cansancio y el viento suave se ensamblan y le hacen melodía. La mujer, cuya tez es sonrosada y seca ante el verde ceniciento que la rodea. De a poco el aire trueca de seco a salino y fresco. Se sienta sobre un montículo de pequeñas rocas, se cubre lo que más puede con su capota de gamuza, de donde sobresalen las mangas de un lienzo abombado en los antebrazos, y la larga pollera.
A menos de una legua de allí, hacia el noroeste, hay cauces secos que son caminados por Francisco Conde, con pasos curruscantes sobre los cantos. Y dentro de la casucha, la boca de Pascano ronca vaporosa. Por los intersticios que hay entre los alambres y los clavos que unen los cartones ingresa el polvillo dorado de la tarde. Una mosca imaginaria se posa sobre el labio superior de Pascano que se contrae rápido”.
Reseña del film: “Otra vez el multipremiado Abel Markus nos obliga a mantenernos en la butaca ante la ambientación de un desierto que no es tal cuando se desatan las furias contenidas de los hombres. Conde, díscolo integrante de la banda del “Toscano”, convive con Pascano, un paisano sin otra ocupación que el latrocinio en estancias. Ambos emprenden la persecución de una mujer nórdica perdida en plena meseta. Pero a la concupiscencia de los forajidos y la soledad de la mujer, habrá que añadirle la persecución de un carrero alemán, marido de ella, y de las huestes del comisario Ritchie, que buscan a Conde”.



Una lucecita al amanecer.

Día 2 Abro este archivo que dice “diario de la luz”, e inmediatamente apago el cigarrillo. Limpio la habitación, dentro de las fuerzas q...