Tuesday, November 30, 2010

Vituperación a Sarmiento


Mein Vater empezó a llenar de a poco su enésima biblioteca.
La lectura de “La gran epopeya. El combate de la Vuelta de Obligado” de Pacho O’Donnell, más otros libros “americanistas” lo iba convenciendo más de sus ideas que, de a poco, justificaban su gusto por el populismo.
“Un nacionalismo de izquierda, se entiende, con sentido de hermandad por los pueblos de Latinoamérica. Por qué. Pues porque sólo se querrá lo propio desde el alma interna de los pueblos”, me había dicho Mein Vater.
“Y por qué querer lo propio”, le pregunté.
“Pues de esa forma uno puede centrarse en una comunidad, en un pueblo y lograr la cohesión interna desde la más profunda espiritualidad”.
Entonces, Vater comenzó a interesarse sobre las costumbres tradicionales y sobre el magma cultural de los jóvenes pues allí se desarrollaba “el debate veloz y emocional de la Nación”.
Mein Vater ejemplificó: “En Caleta hay jóvenes que hacen rock, rap, cumbia pero que le aportaban su creación localista, su color local. Al fin y al cabo, todo era parte de un proceso y lo que comenzaba como admiración a lo foráneo, a lo surgido en ciudades lejanas del hemisferio norte aportaba un contacto con el mundo, sin encerrarse cerrilmente. Era una especie de colonización al revés. Los jóvenes se apropiaban de ritmos de afuera para crear nuevas formas locales”.
“Los jóvenes en Caleta utilizan consignas como ‘hip-hop patagónico’ a sus creaciones”. Lo mismo sucedía con el folclore, aunque Vater veía que allí los que creaban aún se debían más debates.
El día anterior, Vater vio con mucho interés el acto que hizo la presidenta en la Vuelta de Obligado, ante la imposición de un nuevo feriado: el día de la soberanía nacional.
La efigie del denostado durante siglos: Juan Manuel de Rosas, estaba al lado de la figura a contraluz de la presidenta que observaba el descubrimiento del monumento, que eran unas enormes cadenas en semicírculo, las cuales simbolizaban las cadenas que había utilizado el ejército federal para no dejar pasar a los buques extranjeros que habían bloqueado el río Paraná.
Estaba viendo un acto histórico por televisión. Escuchó a Teresa Parodi interpretando: “La pucha con estos gringos, venirse de tan lejos al cuete”, o algo así.
Vater, en definitiva, veía con cierta emoción que la corriente de pensamiento que gobernaba se acercaba bastante a lo que él pensaba hace mucho tiempo. Esa ideología que la tenía escondida porque pensaba que “jamás podría exhumarse y, por ende, actuar o debatirla, y ahora surgía”.
De Rosas, de Perón, de Kirchner podía hablarse horas eternas sobre el autoritarismo, el populismo. Pero Vater estaba convencido de que los “republicanos” que escribían ahora eran muy parecidos a los “unitarios del ayer”, a esos “cajetillas vendepatrias”.
Le llamó la atención lo de Sarmiento y su afán vengativo, su encono personal, su mezquindad ruin de querer entregar la Patagonia a Chile sólo para hacerle frente a Rosas.
Pensó en la imagen de Sarmiento, y esa figura cada vez se le hacía más pequeña.
“Empezando por esa carta que escribió a Mitre el 3 de febrero de 1857 (El Nacional): ‘No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil. La sangre de esta chusma criolla, incivil, bárbara y ruda es lo único que tiene de seres humanos’.
¡Vaya con el civilizador! Y escuchémoslo otra vez en El Progreso, 27 de setiembre de 1844: “Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quien mandaría a colgar ahora mismo si reapareciesen. (…) Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se les debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado’. Terrible, justificador de matanza, de genocidio”.
“Por esas palabras, Sarmiento me merece la mayor vituperación. ¿Lo de educar al soberano? De qué soberano hablaba, entonces, Sarmiento. No hablaba de todo el pueblo soberano. Hablaba de los ‘civilizados’, hablaba de los de las ciudades, los que tenían sangre europea, menos de los gauchos, menos de los indios, menos de los que aportaban arte popular, alma de calle, de arrabal, de campo, menos de los que eran la mano de obra barata, los de pelo renegrido, los de ojos aindiados, los de pómulos salientes y de manos desbastadas por el esfuerzo físico. O sea, señores, menos nosotros. Sarmiento no quería un país para nosotros, los criollos aindiados, los indios acriollados, los de mestizos que fueron apellidados por los colonizadores del siglo XVIII o terratenientes del XIX; los cabecitas negras de las provincias, los cumbieros y villeros, los negros cuarteteros”.
Vater, por esas cuestiones que siempre se debatió, desde la más tierna infancia. ¿Por que se prefiere un rubio a un morocho? ¿Por qué los rubios, la mayoría de las veces, tienen un mejor pasar que los morochos?
“Es la historia” le dijo alguien. Sí, entendió, “es la historia y los que hicieron esa historia. Acá ganó un bando: el de los unitarios. Pero, antes, mucho antes, ganaron los europeos. A fuerza de matanza, de esclavizar indios, se impuso esa forma de ver al morocho y esa forma de actuar con ellos. Eran esclavos, gente de baja calaña, ralea mala, y entonces, los morochos siempre fueron los empleados domésticos, los soldados, la mano de obra, los suboficiales, siempre, siempre, hasta hoy”.
“Hubo caudillos que defendieron de alguna manera a los gauchos y morochos pero con un sentido paternalista: ‘Mis cabecitas’, decía Eva Perón; ‘mis gauchos’, decía Rosas, lo mismo Cristina se refiere así a los ‘más humildes”.
“De todas maneras, el populismo es lo más cercano que se puede hacer en la Argentina para incluir a nosotros, los morochos aindiados de siempre. Incluir con educación sobre todo, con posibilidades reales a los morochos aindiados, por más que sus padres se hayan equivocado, incluir a los chicos y jóvenes, vamos, por favor, esa es la única manera de que lleguen a cambiar el estado de situación de esa enorme masa de desfavorecidos por la historia de siglos”.
“En Bolivia, en Venezuela y en Brasil hubo adelantos inigualables en este sentido por sus gobernantes: Lula, un morocho pobre; Chávez, un mulato de familia humilde y Evo, el gran ejemplo, un indio totalmente indio que habla español con gramaticas aborígenes”.

Wednesday, November 17, 2010

"Petróleo paralelo", un film de Abel Markus




Presentación del film en gacetilla de la productora “Kleinfrau”

Dos historias en la Patagonia de hoy, la del viento y la violencia proverbial. Otra vez el multipremiado director Markus nos obliga a mantenernos en la butaca ante la ambientación riquísima de un desierto que no es tal cuando se desatan las furias contenidas de los hombres que pueblan el lugar.
Un hombre que llora la muerte de su hijo se encuentra con Pascano, un paisano poco confiable con el que emprenden la persecución de una mujer perdida en plena meseta.
Mientras, la otra historia, la de una ciudad pequeña en medio de los yacimientos petroleros, es la de dos hombres jóvenes que no pueden iniciar un dia de juergas que se habían prometido como comienzo de vacaciones.
La distancia separa a estas historias, una casi en la costa, la otra en medio de la meseta más desoladora. Pero las paralelas algún día se chocan.
Notables actuaciones, y la música que acompaña en un film que reveló una de las formas de entender la Patagonia hacia el mundo.

Tuesday, November 09, 2010

Sin alma para ser sardónico



Me he llevado muy muy mal con la crónica policíaca. Espero, como un periodista de pacotilla que he sido, no caer otra vez en la necesidad de escribirlas.
Yo no puedo sostenerme como ser inquisitivo en medio de la tragedia, no tengo alma para ser sardónico ante alguna víctima o victimario. Demasiada tragedia para mí. Un periodista policial es, a la vez, un investigador privado, y, también –y ese es el más horrible de los defectos- una suerte de inquisidor rápido –y la rapidez de hipótesis en un crimen ya es malicia periodística-.
En “El martillo azul”, la novela de Ross Mac Donald, un personaje le pregunta al detective protagonista, Lew Archer: “Es psiquiatra, ¿verdad? Tiene ese olor de los secretos sucios de la gente”.
Nadie que sea lo suficientemente lúcido ante el sufrimiento de sí mismo y de los otros puede mantener por mucho tiempo la tarea de escribir notas rápidas sobre crímenes. Imagínate estar atado en un diario o revista o programa radial o televisivo a los policiales. Debes mantener todos los días tu aparatito mental para detectar el mal, los pecados, las ilegalidades, las trampas, las perversiones. No, definitivamente descubrí que ese no fue ni será mi camino.
Pero qué, ¿entonces eliminemos la crónica policial de los diarios? No. Y he allí la paradoja. Pienso en voz alta. Si hubo un maestro de la escritura sobre un caso policial ha sido Truman Capote (“A sangre fria”), y se ha escrito mucho sobre el derrumbamiento espiritual después de novelar el asesinato.
No sé qué le habrá ocurrido, más acá, a Leila Guerriero, después de escribir “Los suicidas del fin del mundo”, retratando el pathos de personas de carne y hueso que viven o vivieron en Las Heras (Santa Cruz). Y si quedó intacta Leila, es humanamente posible, cómo puede quedar algún mencionado en el libro que le haya tocado en alguna creencia moral de sí mismo.
En algún tiempo admiré a los que podían escribir, con la frialdad del acero, sobre el asesinato, el suicidio o un latrocinio. Recuerdo a “Tatita” Soria, un viejo periodista del diario La Unión de Catamarca, de esos que habían acumulado un oficio increíble para llevar una vida más o menos normal luego de escribir sobre algún delito. Era un tipo la mar de bonachón, saludaba con una afabilidad increíble, y tenía un aspecto de fragilidad que no parecía cáustico. No todos los policías lo querian, ni tampoco los chorros, pero que lo respetaban parecía comprobable porque me lo crucé varias veces en las esquinas de Catamarca, caminando como un vecino más, sin culpas y muy saludado.
En la década del noventa y a principios de siglo, yo era corresponsal en Tinogasta del mismo diario, así que no supe sobre las internas de aquella redacción, ni si había que editarle mucho las notas, pero los periodistas que hablaban de él lo hacían con respeto y hasta algún afecto. Incluso cuando yo iba a la capital provincial uno de los más atentos hacia mi persona era “Tatita”, que tenía un aspecto aindiado, y muy suelto para sonreír aunque con un volumen de voz reconcentrado.
Creo que había aprendido a hacer equilibrio en el oficio. Tal vez lo aprendió luego de haber cometido garrafales errores, después de aprender a respetar códigos entre cacos y policías, no lo sé. Y escribía con el estilo florido de otras épocas.
Si a mi me hubiese tocado escribir policiales como él por décadas, seguramente me habría crecido una joroba así de grande.
¿Quieres ser periodista? Quítate algunos pruritos morales y haz que los de los demás tampoco existan, o al menos, no les des importancia.
¿Podría seguir funcionando el mundo sin las crónicas policiales? Sí, podría, pero nos perderíamos de grandes narradores de tragedias. Lo que sí puedo decirles es que el mundo sería mejor si hubiese periodistas menos crueles y mordaces en las páginas rojas.

Insultar al viento

Día 3 Suele ser inútil la pregunta de por qué el odio. Pero tiene algo de adicción hacérsela. Empezaré a caminar. Día 4 Caminé, cami...