Sunday, January 25, 2009

Introducción al proceloso mundo del cuarteto



La Kleinfrau que se atrevió a convivir conmigo en estos tiempos insistió, demasiado, (demasiado lastimosa y enternecedoramente), en que la acompañase a Karuso Pá, un boliche caletense cuyos muros y aire se aceitan rápidamente por el sudor emanado y destilado al apretujamiento de omóplatos y caderas.
- Ya te dije. ¡No me gusta la cumbia! ¡Y menos si la remixan! Detesto todo eso.
- Dale, por fi… No seas aburrido. Está La Banda al Rojo Vivo. ¡Eso no es cumbia!
- ¿Pero La Banda en la que canta Leo o la otra? Porque se separaron.
- No es esa, en la que canta Leo y el otro morocho.
- ¿Ese que grita: “¡Ay Caleta que lo parió!”? – emito arrastrando mi voz un decímetro antes de que llegue a la caja bucal de resonancia.
- Sí, ese. Me encanta. ¿Vamos?
Me quedé pensando. Lo dudé y refunfuñé mil veces, porque la kleinfrau sólo escucha esa Banda, y Banda Registrada, y poca cosa más. ¿No era preferible usar el tiempo para ver la primera noche de Cosquín, quedarse viendo al maestro Carlos Di Fulvio, a la bellísima conjunción de Illapu, antes que ir al sudario de Karuso? Además ya acepté una vez ir a Karuso cuando vino Leo Mattioli, y yo sufrí lo indecible llevado por la cenagosa ola de personas constreñidas al perfume barato que se escurría por el erótico ritmo de la “cumbia santafesina”. Mattioli, con sus anillos “papi-mafis”, sus susurros con falso mentol, y su mezcla de estilos (entre Sandro y Cacho Castaña, pero regordete), que miraba desde arriba, que no dijo ni una palabra al público, cantó cuarenta minutos y se fue.
Pero como a la Kleinfrau le debo varias cosas (la que más recuerdo es ella cabeceando a mi lado en una cama del Hospital “Pedro Tardivo”, observando si necesitaba algo, en esa madrugada que vomité toda la anestesia de la operación de vesícula y pocas veces el hombre se topa con mujeres dispuestas a limpiar secreciones propias), me pareció poco caballeresco no acompañarla. De todas maneras, ella sabía que todo tenía un límite, porque si me invitaba, por ejemplo, a ver a “Néstor en Bloque” o –qué se yo- “Damas Gratis”, no iría ni a palos.
Además, quería escribir el sábado libre unas palabras en este blog, ya que me entusiasmó otra vez el Carnotista de la Pampa Húmeda azuzándome: “cuente, cuente”, y además incorporé un buscador de lectores de páginas que indicó que abrieron por casualidad tres personas de México, una de Ceuta, otra de Francia, otro de Chile y once de este país (Santa Fe y Córdoba). Entonces, si iba a ese boliche, volvería a las siete de la mañana del sábado, y dormiría hasta la tarde, y ya al día siguiente tendría que ir a la agencia del diario regional para escribir. No habría tiempo. Y así fue. Por eso estoy ahora, domingo a la noche.
En honor a la verdad, a La Banda al Rojo Vivo la conocí cuando algunos de sus integrantes eran parte de Sol Naciente, para la fiesta de Sanagasta, en el año 2000 ó 2001.
Pero hay que hacer distinciones, ya que seguro que a estos textos y blogs (hasta que no haya equidad social esto será así) se acerca mucha gente que no es morocha (yo soy morocho, oriundo de clase baja, tirando a villera, ¿se los dije?) y que -salvo que quieran hacer uno de esos asqueantes estudios antropológicos- no suele ir a una confitería bailantera.
¿Qué distinción quiero hacer?
La música bailantera tiene distinciones. Yo recuerdo cuando al extinto Rodrigo los periodistas porteños le preguntaban sobre “qué mensaje tiene la cumbia”, entonces, el intrépido Rodrigo les gritaba: “¡lo mío no es cumbia, es cuarteto!”. Y es que molesta muchísimo cuando ponen a todo lo bailantero dentro de la cumbia. Por suerte, de a poco se va entendiendo que el cuarteto no es la cumbia. Pero aún falta mucho por hacer, porque el cuarteto que se hace en Buenos Aires o que pergeñan las compañías discográficas porteñas, no es el mismo que se hace en Córdoba. El cuarteto porteño tiene menos calidad, menos complejidad por el mero hecho de que se busca el éxito rapidísimo y al menor costo con una banda mínima.
¿Acaso hay bandas cuarteteras en Buenos Aires como las de “Chébere”, “Tru-lalá”, “Sabroso”, “Banda XXI”?
Por eso, el recordadísimo Rodrigo hacía cuarteto, pero el cuarteto veloz, y a bajo costo, con una banda pobre como se estila desde Buenos Aires. Si Rodrigo se hubiese quedado en Córdoba otro hubiera sido su cantar (o no, vaya a saber uno). Pero, en honor a él habrá que decir que nunca olvidó su raíz cordobesa y no deformó el ritmo para nada.
No voy a hacer historia del cuarteto cordobés, eso lo podéis encontrar en google tipiando: “cuarteto la leo, córdoba”, “ritmo de cuarteto en Córdoba”, Carlitos Rolán, et sic de ceteris.
Hoy el tata magno del cuarteto es la Mona Jiménez, a él se remiten todos los que lo cultivan. Es un personaje fuera de serie. Una vez fue a Santa Rosa de Río Primero a tocar en el club del pueblo. Lo fui a saludar. “Hola, loco”, me dijo y nos abrazamos, lo mismo hizo con el radio-operador de la emisora donde yo trabajaba. Por supuesto, ni siquiera sabía quiénes éramos, pero el tipo pareciera que viviera dentro de una gran familia, alegrísimo. Volveremos a escribir alguna vez sobre la Mona, leyenda viva para cuarteteros y rockeros.
Por otro lado, si el cuarteto de Córdoba (repito: La Barra, Trulalá, Sabroso, Chébere, Santamarina) no llega mucho a los grandes escenarios de Buenos Aires, es porque algo pasa con aquel mercado metropolitano. Así que los que quieran saber cómo es un espectáculo cuartetero real y cordobés, tendréis que viajar al interior, a ver cómo es en “La Vieja Usina”, o en el “Sargento Cabral”, lugares de la docta. Pero los conjuntos andan por todo el país así que por ahí podrán toparse con algún show en la región más impensada.
Hace poco, para el festejo aniversario del año 2007 de Caleta Olivia, vino Jean Carlos, el morocho dominicano, creador del merengue-cuarteto (o “merenteto”), y que ahora hay muchos cultores del mismo, desde Alcalá hasta parte del repertorio de la Banda XXI. ¡Bien por la organización municipal por haber traído cuarteto, ya el año anterior lo trajo a La Mona! Digo: ¡bien! Porque por acá algunos se rompen tímpanos con una cumbia atronadora, de remix choto con reggaetón, que suena a vapuleo enfermante cuando sale de los parlantes de los autos que todas las tardes deambulan por las avenidas San Martín o Independencia a cinco kilómetros por hora.
También quiero decir: es una lástima que el cuarteto no haya pergeñado aún una letra compleja y filosófica como sí la tiene el tango. La deuda pendiente del cuarteto. Si yo fuera poeta les propondría a los de Trula o al cantante “La Pepa” de La Barra hacerles las letras. Eso aportaría calidad y el pueblo cuartetero se haría más rico, habitando poéticamente el ritmo que baila (perdón, Heidegger). Pero tengo menos ritmo que un samovar hirviendo en alta mar, así que por ahora no me atrevo.
De hecho, una vez los hermanos Rementería, los dueños del grupo cuartetero de Tinogasta: “Los Sonidos del Silencio”, me propusieron eso. Es que los tipos me veían yendo y viniendo a la FM Tinogasta con libros. “Chango, vos que sos poeta o te gusta eso, podrías escribirnos unas letras”, me dijo El Rubio Rementería, el hombre de los teclados, y Roberto, el de la guitarra, insistió. La verdad que la propuesta era fascinante. Yo inmortalizado en un tema de cuarteto. Por supuesto, “cuarteto romántico”, porque no soy muy afecto al “cuarteto tropical”, eso podéis dejarselo a La Mona que ha hecho maravillas con “Quién se ha tomado todo el vino”, o “Beso a Beso” o “Con una agujita de oro”.
Debo decirlo, Jorge Sarmiento y yo animábamos para “Los Sonidos del Silencio”, y viajábamos por Salado, Banda de Lucero, Fiambalá o Famatina con una camisa colorida. “Síiii, damas y caballerooooos, estamos aquí para vivir una noche a plena fiesta y color, con la pasión musical de Sonidooooooosdel silencioooooo”. Todos los animadores de cuarteto decimos más o menos lo mismo. A veces Sarmiento –loco y triste, pero borracho de pandereta- quería revolucionar la animación y colocaba alguna frase del diario de Kafka (ja, sí, lo hacía), o alguna estrofa del Zarathustra de Nietzsche. “A gozar todo el mundo, porque las mujeres son el solaz del guerrero, y aquí vemos muchas chicas lindas”, gritaba ante el micrófono.
Nadie en los salones o patios de aquella tierra catamarqueño-riojana empobrecida sabían que el tipo estaba parafraseando a Nietzsche, nadie sabía quién era Nietzsche hasta que a un profesor del Instituto de Estudios Superiores de Tinogasta lo mencionó en su curso de filosofía. El profe Luis Alberto Taborda habló de Nieztsche, fue uno de los primeros que lo mencionó en aquellas calurosas tierras. “Ah, sí, el sucio de Sarmiento anda diciendo que lee a ese Nietzsche del que usted habla, profesor”, le informó un alumno. Y Taborda me lo contó en un asado.
- Che, qué hace Sarmiento – preguntó Taborda mientras salaba un costillar. - ¿Sabías que hablan pestes de él?
- Lo sabía. –dije, aunque no dejé que me ganara la lástima como le pasa al mismo Sarmiento. – Es un buen animador, como lo era Piro Blues, ¿te acordás?
Piro Blues (oriundo de El Puesto, pero con tonada de Comodoro Rivadavia) animaba a Los Genios de Catamarca y antes a Los Thunders de los hermanos Cardozo, tinogasteñísimos. Hace tres años, Piro regresó a Tinogasta para vender –literalmente- perfumes y poesía. El tipo es talentoso por igual para los programas de radio “confesionales” (tipo “El Perro Verde” de Jesús Quintero) y cuarteteros (condujo por muchos años “Piromanías” en la FM Casona de Catamarca), y sé que tiene una tracalada de hijos. Como Piro, Taborda, Sarmiento y yo éramos piscianos nunca pudimos juntarnos para hacer algo juntos, con un poco más de permanencia.
Pero quiero volver sobre la Banda al Rojo Vivo en Caleta Olivia. Será en el próximo post.

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