Thursday, July 05, 2007

Nuestras señoras de la Caleta

El plan de Cristóbal Colón es, después de hacer movimientos ambiguos entre las cuatro mujeres, llevar a Silvana a esa casucha que había erigido con pala, palos y plástico, a un costado del pinar. Colón fue el primero de las carabelas que llegó y se encontró con Unta-María Alicia, Cañil-Mónica y Barsika-María Rosa. Silvana vino en la segunda gran barca, quien habrá de descender con su largo vestido y sus volados en las mangas blancas, delgada y bellísima.

Doña Silvana tendría el tiempo limitado. A las doce debía regresar a la barca donde estaban sus padres, los Zamorano. Entonces, Colón debía pensar rápido cómo lograr que Silvana vaya a su cabaña subterránea, y besarla y abrazarla y tocar el cielo con las manos.

¿Qué diálogo artero debía inventar Colón, entonces? Imaginaba los pasos de Silvana, mientras las otras, las indias sensuales, construían su refugio con el maderamen y las chapas apiladas. ¡Un harén! Eso podrían ser ellas.

Silvana, en cambio, no podría estar en un harén, ella era la joya excelsa, la mujer primordial para un conquistador como él. O no estaba tan seguro, porque como mujer primordial también podría representarse a través de Adriana Sánchez-Gioja, la dulce señora nacida en Córdoba de la Nueva Andalucía. Una beldad rubia, de mejillas y tonada redondeadas que había conocido en el jardín de los adventistas.

Sin embargo, Adriana no estaba más, su carabela retornó a la Nueva Andalucía. En cambio, Silvana de las Mercedes Zamorano de Mendoza estaba aquí, era real, alcanzable.

Muchos disputaban el favor de Silvana, caballeros como don Miguel Barría del Solar, y quizás el hermano mayor de este, don Francisco, o tal vez algún marino de otras barcas. Colón tenía reconcomio, sobre todo, de don Miguel. Un hombre más seguro de sí, capaz del rapto de féminas sin ningún escrúpulo. Entonces, hoy era la oportunidad, pues don Miguel estaría atareado en su carabela y no ha dado señales de querer bajar a la costa de las cabañas.

A las diez y media, Unta fue a buscar a Silvana. Ella, Unta- María Alicia, era otra persona de la que hay que cuidarse. ¿Era la enemiga? ¿Pero quién conoce a las mujeres? Son rencorosas pero lo importante es saber el origen del rencor. Una vez que se devele el origen del rencor, puedes conquistarlas o apaciguarlas. Mirad, el rencor puede surgir de cosas fútiles como la forma de la barba del hombre o de cosas terribles como el amor, vamos. ¿Podrá imaginar Colón a Unta-María Alicia, esa mujer fuerte, robusta, de color marrón claro, de cabellos más castaños que sus hermanas aborígenes, enamorarse de él? ¿Y podrá imaginarse él mismo, voluble, inocentón, enamorado de Unta? ¿Él, irresoluto, con una mujer firme? La idea no le disgustaba.

Sin embargo… sin embargo, la idea de yacer con doña Silvana de las Mercedes Zamorano es diferente. ¿Es superior? Yacer con alguien tan bello, pequeño, frágil, de voz etérea…

Colón no tenía sus sirvientes consigo, así que debía trajinar, a la vez, enseñoreado entre las mujeres de la costa y valerse por sí mismo con las tareas de limpieza de choza. Su inutilidad para las cosas, pues era un hidalgo, contrastaba con la velocidad con que las tres aborígenes habían dispuesto el maderamen y las chapas para construir un regio albergue. Conocían el terreno, indias solas, hembras. Por ello mismo, porque eran hembras de valer, Colón no quería perderlas, no quería que se sintieran despechadas si llevaba a Silvana a su choza. Ellas eran su harén, su repuesto carnal más querido.

Por ellas tuvo una erección mientras apuntalaba su choza colocando un mástil más en el medio de su refugio. Piensa en “coger” con María Alicia, por eso su pito se le pone duro. Decir “coger con María Alicia” es suficiente para que eso suceda. Coger es una palabra mágica y prohibida en su patria paterna. Coger le sugería más que el “pinchar” que utilizaban los araucanos mestizos, parientes de las indias que estaban allí, hablando, mientras colocaban el techo de plástico. “Pinchar” lo podía decir y cantar la “Pirilacha” entre comidas picantes, mientras los padres de las indias tomaban cerveza.

- Rojo es el pi… rojo es el pi… so de tu abuela / Le gusta el pi… le gusta el pi… le gusta el piso encerado… / Tiene la con… tiene la con… tiene la conciencia limpia… / de tanto cu… de tanto cu… de tanto cumbiar bailando…

“Pinchar poto y chucha”, qué horrible. “Poto y chucha”. Feo. Ya decir “poto” provoca una minúscula implosión reaccionaria en su pitito. No cabe la sensualidad en “Pinchar”, pero sí en coger y más si el viento ulula entre los techos de las chozas. Con María Alicia podría coger muy bien, debajo de las colchas. Coger era un beso fuerte, tal vez de lengua (habrá que ver si causa o no asco el entrechocar viscoso de las lenguas), coger era tocar las piernas y ver qué hay debajo, cómo es la rajadura de las mujeres, cómo es la desnudez. Eso era coger.

Coger, no obstante, no era lo apropiado con Nené. No se asociaba con ella ese verbo. Besar era más ajustado a Nené. Besar lo sutil de los labios de Nené. Tocar el cielo, vamos.

¿Cómo traerá Unta- María Alicia a Silvana de las Mercedes? Vendrá ella manteniendo su porte a pesar de lo dificultoso en el andar en el pedregullo de la costa. Colón apuntalaba todo lo que faltaba en su choza-nidito de amor, refugio calentito donde rumores adormecedores llegan desde el afuera, el mar, el viento, la lluvia, las tempestades y sus monstruos. Cristóbal Colón espera que el viento tenga la precisión en su fuerza para que pueda servir de excusa al refugio, de coartada para el abrazo protector que provocará la imantación de los labios de ambos, de él y de Silvana. El mismo viento que trajo a Cristóbal a la costa, el viento que bramará celoso afuera, mientras el amor está adentro.

Listo, ya está lista la cabaña, la choza un poco más precaria que la que levantaron las indiecitas más allá. Había socavado la tierra arcillosa con una pala pequeña, había apuntalado tres soportes largos y sobre ellos ató el techo de plástico.

¿A qué hora diantres vendrá? ¿Y viene?

- Enseguida – le contestan sus vecinas.

Qué temblor Cristóbal, para siempre se acordará de este temblor, temblor que quedará asociado a la espera de tantas doñas en el futuro, temblor primigenio en esta caleta.

Y allí vuelve Unta-María Alicia trayendo consigo, casi de la mano, a la beldad. Silvana viene radiante, con esa sonrisa plena de perlitas, viene desde esa barca de maderos gruesos.

Se la ve venir. Unta que habla y propone y que, tranquila, Silvana asiente a esas propuestas.

Oh, si al menos Cristóbal fuera amigo de Unta-María Alicia, si al menos no se interpusieran entre Unta y él los deseos de los vientres, si fuera sólo amigo para que Unta trajera a Silvana directamente a él, ya rendida y convencida de que el amor de él es el más conveniente, sin otro esfuerzo para él que abrazarla y llevarla al nido, que sólo explicarle que esta aldehuela ella cabe para el amor hasta el fin, en este lugar donde podrán construir las calles sobre las lomas, que en la borrosidad y las piedras y la escarcha hay una estética más humana que en otros lugares, en este villorrio costero que no está en la falda umbría, es cierto, de un valle, que no está refugiada a las intemperies, que no fue creada a partir de milenaria aldea indígena, ni por el capricho de algún conquistador español, sino porque, en forma casual, encalló su barco y el barco de los padres de ella y con chapas y maderas de viejos depósitos se construyó este puñado de casitas.

Pero, al parecer, la realidad no es así, él tiene el deber de fungir de hombre hecho y derecho, y tendrá que arreglárselas. Porque ya está llegando Silvana con Unta, pisando la arena y el pedregullo de la costa, a pocos metros de la aldehuela. Disimula Cristóbal, disimula que arregla algo, que apuntala por enésima vez porque ya viene Silvana de las Mercedes.

Silvana comparece con su vestidito con volados, delgadísima, hociquito de conejita. Corazón… corazón galopante de Cristóbal. Pequeña y bonita Silvana frente a Cristóbal, el apuntalador de mechón rebelde y oscuro.

Silvana era de una enorme familia venida a menos de La Rioja, o tal vez de Mendoza, aunque sus padres recibieron heredades poco productivas, por lo que debieron embarcarse en busca de futuro. Silvana, tal cual se había anunciado, llegó con su aire digno. Y se diría que fue otra fundación de la aldehuela. Miró de reojo a Cristóbal que, dándole la espalda, alisaba una vara de tamarisco.

Pero primero Nuestra Señora fue a dar los saludos de cortesía a las damas indias Cañil-Mónica y Barsika-María Rosa que ya estaban en su cabaña, con sus platos de plástico y sus latas, con preparativos de la cena. Lanzó una exclamación cantarina al ver lo bien que estaba la choza de las indígenas.

Insultar al viento

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