Friday, June 29, 2007

Dejame en el Gorosito.


¡La cara que puso Isabel cuando la dejé en la movilización! Una cara de pregunta… ¿O de tristeza? De preocupación, más bien, pero su preocupación es triste. Tal vez por eso la quiero. ¡Es muy seria!

Blashi, mi amorcito, abrió la puerta del taxi con esa lentitud bien de hombre. Me encanta cuando lo hace. Con él vamos conociendo palmo a palmo la costa del Golfo San Jorge.

Fuimos a lo de los lobos, cerca de un camping sindical, pero no sé por qué esta vez su olor me pareció nauseabundo. No sé cuándo es la época de celo de los lobos marinos pero parecía que estaban así, fofos de tantas ganas sexuales. Así que le pedí a Blas que me llevara cerca nomás, que estacionáramos el auto en la costanera iluminada.

Cuando estacionó fumó un cigarrillo tras otro. Estaba nervioso.

- Es como que presiento algo, chica.- me dice.

Me quedo en silencio, mirando las hamacas de la costanera.

- ¿No me decís nada? – me lanzó.

- Qué querés que te diga, Blas. Cuando traés alguna historia es porque le estás haciendo caso en algo a la cachivache de tu mujer.

El se limitó a chistar. Y nos quedamos profundamente callados. Profundamente callados, pero tensos. Las olas se desplegaban sobre las piedritas, cuando las olas retrocedían el agua siseaba con su sal. Me encantaba eso. Me quedé escuchando eso hasta que a Blas se le ocurriera hablar. Pero él estaba tan tenso…

Y el afuera de nuestro nidito momentáneo estaba más tenso todavía. La “tensión política”, que no entendía bien, los docentes que querían que les aumentaran los salarios, me habían contado tantas cosas de la persecución de los militares, de la militarización, y yo no lo entendía. Y él si que tenía una cosa con su mujer, que era una sargentona, la muy perra, pero yo, ahí, estaba a sus brazos. Quería escaparme con él. Por qué no, si a Silvana del Gran Hermano le pasaba eso con otro tipo, lo dijo en el programa de Rial. Sale con un tipo diez años mayor que él, que tiene cuatro hijos. Por qué no a mí. Qué era lo que presentía Blas, no lo podía descubrí, Algo se traía entre manos.

- ¿Es algún traslado?

- Es algún traslado- dijo, luego de tirar el humo de su boca.

Quedé pasmada. Pasmada y… una tonta, fui una tonta.

- Soy una tonta – le dije después de mirarlo fijamente, mientras él miraba hacia delante, hacia el parabrisas, hacia el horizonte oscurecido donde empezaban a brillar las lucecitas de un buque petrolero que estaba a varias millas de la costa, estático allá.

- No te pongas así – dijo Blas y acercó su enorme y oscura cabeza hacia mí, y yo lo rechacé con las dos manos, rápidamente. Había algo que no me estaba diciendo.

- Hay algo que no me estás diciendo- entonces dije.

- ¿Pero qué te pasa? Lo hablamos la otra vez. Este no es un trabajo que uno tiene que cumplir horario y después tiene que volver para las casas.

Blas, querido Blas. Y su secreto peor guardado. Preguntando a gente conocida, y a los desprevenidos viajeros de su taxi qué hacían, que hacía aquel otro, con quién se juntaba.

- ¡Sos un vigilante tonto!

- Vení – dijo haciendo un segundo intento por abrazarme.

- ¡Salí!

- Acá no necesitan más vigilantes, como vos decís. Ya hay bastantes. Ahora, dicen, que la cosa está más negra en Río Negro. La semana que viene, el viernes, tengo que ir para allá. Pero va a ser por un tiempito nomás.

- Dijiste que nunca más traslados.

- Pero ahora la cosa cambió. Entendeme…

Blas y su pulóver con escote en v. Su perfume a pinos de vereda de Cañadón Seco. Y sus mentiras.

- Ya no sos “mi misterioso”, ahora sos un mentiroso total. Yo me bajo.

Y así hice. Agarré la manija de la puerta del auto y salí para afuera. Y allí recibí un golpe en un costado de la cabeza, fuerte, tuuumm hizo mi cabeza toda, y quedé en el suelo con la puerta abierta. Y así, sentada sin poder pararme porque me daba vueltas todo, vi que un tipo flaco, bien flaco, con un buzo azul claro, apuntaba con un revólver a Blas que había quedado sentado al volante. Grité, pero el tipo me dio una patada que raspó mi cara y que llegó hasta mi estómago y ahí sí que no pude moverme, y me dio otra patada en la cara. Escuché que Blas gritó: “¡Bastaaaa!”.

Y allí, el tipo me agarró de los pelos, me levantó y me agarró del cuello, mejor dicho, dobló su brazo y me enlazó a él. Yo me quedé quieta porque por otra parte sentí el aguijón de su navaja en la parte baja de mi espalda. Blas, quiso hacer un movimiento pero el tipo movió el revólver en señal de que estaba dispuesto a todo. No habló. En ningún momento habló. Sólo se escuchaban mis quejidos, gritos y los insultos de Blas.

- ¿Qué mierda querés? ¿Qué mierda querés?

Y el tipo, que en realidad era un pillo de diecisiete años o menos, señaló con movimientos cortos la guantera, los bolsillos de él, todos los recovecos del auto.

- ¡Está bien! ¡Está bien! ¡Pero antes soltala, mierda!

Y el pendejo no me soltaba. Me tenía agarrada del cuello y cuando hacía un mínimo movimiento sentía la púa en mi espalda. Ahora que lo recuerdo, en esos momentos no tuve el miedo que, antes, me imaginaba iba a tener en un asalto. Porque en cualquier momento se sufren asaltos y una tiene que estar preparada para esos momentos. O sí. Pero no era el miedo gris y melancólico de cuando se tiene que enfrentar un examen o la verdad de que algo se perderá. Más bien era un miedo más animal, como de supervivencia. Por eso gritaba sin calmarme. Y además, todo fue tan rápido…

El pendejo me empujó hacia adentro del auto. Caí sobre Blas, es decir mi cabeza sobre una de sus muslos. El auto se meció.

Flaco, de cara marrón clara, con unos pocos pelos como bigote. Así era el asaltante. Nervioso. Yo sentía el dolor en la cabeza y en mi panza. Cuando Blas sacaba unos billetes de su bolsillo, sonó una alarma de una de las casonas de enfrente a la costanera. El tipo arrebató la plata y salió corriendo hacia el destacamento de Prefectura y de allí, antes de llegar a ese edificio dobló en la esquina del complejo deportivo. Mientras Blas sacaba su arma debajo del asiento y dio dos tiros.

Al minuto se iba acercando un vecino de enfrente, enorme y rubicundo. Y dos agentes de prefectura también venían corriendo, pero Blas arrancó su taxi, dio marcha atrás y salimos a toda velocidad. Los hombres se quedaron mirando. Uno de los agentes conocía a Blas.

- ¿Te duele mucho? – preguntó mientras seguimos por la costanera hasta dar con la ruta, rumbo al sur. - ¿Te llevo al hospital?

- No. Me voy a recuperar. Dejame cerca de mi casa.

Blas en silencio, yo en silencio. Dobló y nuevamente nos dirigimos a la ciudad. A mitad de camino hacia el barrio Koltun, cambié de parecer.

- No, mejor dejame donde me encontraste. Dejame en el Gorosito.

Blas no atinaba a decir nada. Sólo obedeció mi orden. Se sentía culpable.

Blas que miraba por los espejuelos

- Ya sé lo que vas a decir. Que es feo. Blas es feo. Es feo pero me gusta… Tiene un… - Silvina aquí se detiene y suspira para sus adentros.

- No te entiendo. ¡Cómo podés besar esa boca negra, violeta, puaj!

- Ay, callate, boluda….

- Esa bocota debe tener un gusto amargo. Puaj…

- Pero es bien hombre, nena… No como el pecho hundido que tenés vos. Siempre me censurás. Es como si yo hiciera todas las cosas mal…

- No es eso, Silvina. Es que tiene una mirada tan… torva…

- ¡Torva! Ay, callate, nena, ¿qué es eso?

- Mirada torva. ¿No sabés lo que es?

- No sé, no sé, no sé…

- Bueno, la terminemos… Pero me da miedo esa relación que tenés con él.

Para ser sincera, debería decir que sí, que realmente creo que a Silvina hay que andar indicándole el camino correcto. Debería decir que sí, que Silvina es medio atolondrada. Y que sí, que el adjetivo “torva” cabe bien para un tipo así, como el tucumano Blas. Lo de “mirada torva” en realidad me quedó grabado del libro “Corazón” de Edmundo D’Amicis que mi abuela de Bahía Blanca me había regalado cuando tenía once años. En esa novela, el padre de uno de los alumnos pobres de un colegio, esperaba a su hijo en la salida con “mirada torva” porque había tomado alcohol en exceso. Y no es que Blas beba de más, sino que tiene esa mirada rencorosa de quien está en la “etapa del león” de una borrachera.

Blas, es el taxista de cuarenta y cinco años de edad, casado, con tres hijos adolescentes y que se la levanta a mi prima Silvina. Yo no voy a contar más de lo que vi. Como cuando acompañé a Silvina a hacer las compras, o cuando íbamos al IPES a las clases de Educación Especial.

Las esquinas de Caleta Olivia dan para cualquier cosa. Es una pequeña ciudad que muestra en escala mayor los desenfrenos de las grandes urbes. Cada dos por tres hay choques de autos, atropellos a ciclistas y peatones. Y en esas mismas ásperas esquinas se encontraban Silvina y Blas.

Con esa manera intempestiva de manejar, Blas aparecía por alguna calle, por ejemplo por la Estrada, doblaba por la José Hernández, y se paraba a unos metros y aguardaba que Silvina interrumpiese la charla que mantenía conmigo, que me encargara que mintiera alguna excusa a sus padres, porque ya anticipaba que llegaría tarde.

- Bueno, chau, nena. Haceme la pata, ¿sí? –decía Silvina y me daba un beso pavoneante. Luego corría hasta el auto. Yo, desde atrás, veía cómo ella le daba un beso en la mejilla, y el tucumano miraba por los espejuelos y seguía raudamente a vaya uno a saber qué lugar.

Tres o cuatro veces fue así, y siempre cerca de la plaza 20 de Noviembre, en tardes ventosas y frías. Prácticamente, ella dejaba todo por subirse al taxi.

Vuelvo a decir que no me gustaba su cara. Acá, en Caleta, tenemos muchos colores de tez. Caminá una tarde por la avenida Independencia y vas a ver caras marrones, ocres, caras descafeinadas, chocolateadas, brunas, barrosas, secas, brillantes, y hasta caras decoloradas como un papel tirado sobre una mata en la ruta. Esas son las teces de Caleta. Pero la del tucumano Blas era otra cosa. (Y no sé si era tucumano, porque tenía tonada esdrújula y rápida, como la de una ciudad grande del norte, por eso pienso que era tucumano). La tez de Blas tenía un feo toque verde, como una de esas piedras que sobresalen en bajamar y no refulgen como las otras, quedan a la intemperie, sin brillo, y sirven sólo de refugio para pequeños insectos marinos en sus huequitos.

Bronca me dio durante la tarde de la movilización. Habíamos quedado varias chicas y chicos del IPES en acompañar a la protesta docente por un aumento salarial. Fue a principios de mayo cuando recién empezaba a bajar la temperatura. Nos encontramos a las 19 horas en punto en la plazoleta de El Gorosito. Silvina había caído muy linda, con el pelo largo, y esa sonrisa alegre, fumando. Me persigno, pero parecía María Soledad Morales, según las fotos que aparecían en la prensa. Y la comparación hizo exacerbar aún más mis miedos y recelos del taxista.

Cuando ya nos estábamos congregando una cantidad importante de docentes y estudiantes, con pancartas, bombos, vinchas, algunos se habían pintado lágrimas negras en los pómulos, aparece la orca buscando a su lobito marino. Es más, yo hice con la boca la música de la película “Tiburón”, esa que suele hacerse con un violoncelo, despacio un sonido y otro y otro y cada vez más rápido. La tontuela de mi prima no entendía por qué empecé a hacer eso. Hasta que miró donde yo miraba, es decir hacia la Avenida, por el sector de un telecentro.

- Ay, boluda… No compares a mi amorcito con un Tiburón…

- El Tiburón es más lindo que eso – dije, con una sonrisa de resignación.

Silvina hubiera corrido hasta la plaza que está frente a la Escuela de Biología Marina, a pocos metros de donde estábamos, pero media cuadra detrás del taxista venía un camión repleto de militares.

Marcos Ferraro y Bárbara Macías, los máximos dirigentes del sindicato de los profesores empezaron a aplaudir irónicamente el paso lento del camión militar, que en su cajuela cubierta con tela de camuflaje venía al menos una decena de soldados con boinas pardas. Pero sólo fue eso. Por lo que dijeron en ese momento, sólo era un traslado de una guarnición militar de Comodoro hasta otra situada más al sur, quizás a Puerto Santa Cruz o, más cerca, Puerto Deseado.

- Aplaudieron a Blas, ¿ves? – dijo, largando una breve carcajada, mi prima.

Al llegar dos profesores de una escuela de Barrio El Mirador con una enorme pancarta diciendo: “Básicamente no hace nada, gobernador. Docentes en pugna”, se empezó a armar la columna de manifestantes. Los del IPES nos acomodamos al medio. Estábamos en ello cuando Silvina aprovechó para darme un beso en la mejilla y desaparecer.

Yo seguí. Ella no ve el peligro. No es valiente, sino que no ve el peligro.

Una lucecita al amanecer.

Día 2 Abro este archivo que dice “diario de la luz”, e inmediatamente apago el cigarrillo. Limpio la habitación, dentro de las fuerzas q...