Saturday, February 17, 2007

REPORTAJE A MARCELO DEL VALLE ROMERO


“Interpreté la comedia de la desesperación”


“¿Eres prepotente con tu trabajo? ¿Eh? ¿Lo eres?”, se dijo Marcelo del Valle cuando se levantó. “Estamos con miedo, ¿eh?”, se acicateó, después de enjuagarse la cara. Ahora, repitió para este periódico esas palabras, las primigenias del día.
“Yo creo que estamos camino a entender qué ocurrió en estas últimas dos décadas, el por qué de ese empecinamiento en arrastrarme en la miseria, el alcohol y dejarme ganar por el miedo”, dijo, de espaldas, mientras ponía una enorme pava en una hornalla.
Luego, reflexiona un momento y aclara: “Es que la distancia, el cambio de clima, este clima de Caleta Olivia que, a pesar del viento, me parece el más benigno que he sentido en mucho tiempo, me permite ver con otros ojos lo que sucedió en exasperados lugares norteños”, expresó. Una frase que, si no fue estudiada para el reportaje, al menos la escribió en algún lugar y la repitió.
Lo cierto es que hace más de un año que no se sabía de Marcelo del Valle, alguien que había aparecido esporádicamente con relatos breves en el diario La Unión de Catamarca o en una revistilla que él mismo confeccionaba en Tinogasta: “El Volcán”, o en el blog www.aisunasta.blogspot.com. Como había provocado alguna curiosidad, se quería saber sobre su derrotero literario y ese fue nuestro cometido en el reportaje. Y se lo hicimos saber.
- No busques mucho. O, mejor dicho, buscá después, cuando tenga algo terminado – dice, y nos pareció que agachaba la cabeza en señal de vergüenza.
- A lo mejor hay que esperar, ¿no?
- Sí. Pero no hay que esperar mucho –contesta rápidamente.- Ya tengo 35 años. A esa edad mueren los lobos marinos de esta costa del Golfo San Jorge. A esa edad me pongo a escribir sin saber si terminaré algo. ¡Por Dios!
Después no fue necesario empujarlo al diálogo.
- Si yo te pido que no edites mucho lo que digo, ¿lo vas a cumplir? –me pregunta, mirando, ahora sí, a los ojos.
- Trato hecho. No voy a editar mucho. Sólo sacaré…
- ¡…la hojarasca de tonterías! –se apura a completar él.
Hecho el trato, recomenzamos.
- ¿Tiene material para escribir algo en Caleta Olivia?
- Mucho, muchísimo. En realidad no sólo es Caleta, es también Comodoro Rivadavia que está a poco más de 60 kilómetros de aquí, ciudad con la que se comparte la misma pedregosa costa, y la misma forma de producción. Son ciudades duras, adustas y muy interesantes. Yo ando loco de contento por acá, caminando, mirando un rostro, un movimiento, la forma de una calle, las rotondas, las lagunas, las plantas, los coirones.
- Además de mirar el presente, supongo que se le agolpan los recuerdos…
- Claro. Imaginate, acá está la infancia que, si te ponés a pensar, fue menos infeliz que la juventud y la adultez en otros lugares del país. Y eso que sucedieron hechos muy tenebrosos para mí y mi hermana durante la década del setenta. Además de la separación de nuestros padres, tuvimos que quedarnos solos durante las noches en que todo Caleta Olivia debía apagar las luces a determinada hora para completar el simulacro de guerra. Nos llevaban a dormir a sus casas unos tíos abuelos que nos decían con lástima: “Quedensé, calladitos, abrazaditos… Apaguen las luces que en todo Caleta se van a apagar. No vaya a ser que vengan los chilenos y tiren bombas desde sus aviones”. Y nosotros hacíamos caso. Y no dormíamos, esperando que nuestro padre regresara, al otro día, de Las Heras, donde trabajaba en un pozo petrolero.
- ¿Es por eso que los personajes de su blog tienen esa auto-compasión notoria?
- Si. Tal vez sea por eso. Pero te digo que esa auto-compasión es agotadora y ha sido nefasta para mi espíritu en todos estos años. Pero más adversa fue para mis acontecimientos exteriores. Esa auto-compasión atrajo muchos infortunios. (Se queda pensando unos segundos). Hasta te diría que no es auto-compasión, sino una actuación que me ha salido cara. Al menos eso creo. Supongo que esa tristeza fue generándose en esa niñez de semi-abandono, pero después la fui exacerbando hasta la comedia. Ayer estaba leyendo la novela de Pamuk, Orhan Pamuk, un escritor que tiene una gran sabiduría a pesar de sus escasos cincuenta años, y dos personajes dicen algo que se relaciona con lo que te estoy diciendo. Te lo voy a leer al pasaje.
Entonces, Marcelo Romero va hacia un estante de la pequeña biblioteca de su hermana maestra de EGB, (repleta de libros didácticos), y saca de un rincón la novela “La casa del silencio”, del premio nobel del 2006. Conoce de memoria el lugar de ese fragmento que nos quiere leer.
- Es el capítulo veintiocho de la novela. Ahí están hablando Nilgün, una chica idealista, y su hermano mayor, Faruk, un obeso y alcohólico historiador. Bueno, a Nilgün le golpea un ex amigo de la infancia en la calle, Hasan. Un personaje muy interesante que me hizo acordar a mí, igual que Metin. Pero si quieres después hablamos de esta novela. Lo que quería leerte es lo siguiente:
“-Eres como esas personas a las que les gusta sufrir dijo Nilgün-. Como los que están desesperados. ¿Por qué sientes esa curiosidad por los detalles sórdidos como los enfermos que en cuanto se les muere un familiar también quieren morirse enseguida?
- Porque soy así –le dije (Faruk) con un extraño buen humor.
- No eres así. Solo quieres creer que estás desesperado.
-No, mujer.
- Sí, e interpretas la comedia de la desesperación, pero en vano”.
¿Ves? Aquí, la “sensatez femenina” de la que hablaba Borges está a punto caramelo. Son sensateces de mujeres que desarman la puerilidad del “desesperado”, ojalá alguien me hubiera parado el carro de la melancolía hace unos años como Nilgün lo hizo con Faruk.
-Pero la tristeza suya viene de momentos duros, la pobreza, la separación de sus padres, la indigencia de sus hijos, su separación con la madre de sus hijos, la década del zigzag entre el alcohol y la miseria, el gobierno de Menem que destruyó todo. Digo, ahí tiene bastante material para su tristeza. No creo que sea comedia.
- Si. Yo creo que ha sido comedia porque no tenía derecho a estar triste y melancólico delante de los niños, o en medio de la pobreza. Fue algo pueril y desequilibrado que exacerbó más los problemas. He hice mal a los demás, sobre todo a los que están más indefensos que yo. Pero me gustaría que hablemos de otros temas.
- Como quiera. ¿Existe alguna idea que esté preparando?
- Varias. Una de ellas es la de ejercitarme con estos reportajes que ustedes me hacen en este medio. Me ejercita el pensar no sólo relatos, sino conocer qué pienso acerca de las cosas; si es verdad que yo puedo filosofar. Además eso me ayuda en mi trabajo actual en un diario patagónico y… en las relaciones sociales, en general. No puedo salir a la calle si no tengo un basamento filosófico de algo. Necesito estar, al menos, en el camino de algo cuando pienso a la sociedad. Por ejemplo, acá todos hablan del petróleo. Estas ciudades crecieron y decrecieron siguiendo las fluctuaciones del mercado petrolero. Políticos y gobernantes siempre tienen alguna palabra relacionada a esta producción que puede seguir por tres o cuatro generaciones más. Entonces, creo que como lector del presente, me toca hablar del presente raudo del petróleo, todo, incluso a nivel internacional, el oleoducto que pasa por Bielorrusia, la invasión a Irak.
En fin, siempre me pregunté por qué algunos adquieren tan alta capacidad de sentirse seguros de sí mismos de sus sistemas filosóficos. Por qué yo nunca adquirí sistemas. Y no soy el único al que le ocurren estas cosas. Ayer estaba leyendo parte de los diarios de mi amada Susan Sontag, y algo de eso dice. Mientras escribe, se va descubriendo y va afirmándose. No nos queda otra que escribirnos y hacernos.
Y Marcelo Romero va y trae otro libro. Y lee: “Yo mismo había advertido ya en mí cierta escasez de opiniones. Sabía que entrar en la etapa de la madurez suponía adquirir un conjunto más o menos constante de opiniones, pero esto me resultaba mucho más difícil a mí que, en apariencia, a los demás. No creo que fuera debido a torpeza intelectual ni tampoco, espero, al orgullo. Simplemente, mi sistema se hallaba demasiado atareado recibiendo y descargando lo que yo averiguaba sobre mí mismo’, ¿entendés? Eso dice el protagonista de la novela “El benefactor” de Susan Sontag. Algo de eso a mí me pasa.
- Después hablaré de Susan, porque, verás, estoy ahíto de lectura y decido parar un poco. A esa novela la leo lentamente. Es una novela que tiene pocas aristas para agarrarse y, entonces, uno tiene que hacer un esfuerzo para que la lectura no se volatilice. Me cuesta agarrar la novela. Sobre todo, después de venir leyendo varias obras de Robert Louis Stenvenson. Maestro del estilo y de la trama y de la idea. Ahora entiendo porqué lo admiraba tanto Borges. Además, me gustó tanto Dr. Jekill y Mr. Hide, que me propongo releerla. Porque algo de eso tengo. Sin llegar a la esquizofrenia, creo que algo parecido me ocurrió.
- ¿Qué?
- Jajaja… Es que, si uno hace el ejercicio de dividirse, verás que hubo un momento que tomé un camino oscuro. Y hoy, al levantarme, me acordé de esa parte mía que había quedado empantanada, sin crecer, ese Marcelo ratón de biblioteca, pero también ese Marcelo dueño de sí mismo, ese Marcelo ansioso por saber, ese Marcelo sonriente, que camina erecto, que disfruta al crear, que trabaja sin pausa. Caleta me provoca volver a ese Marcelo que estaba naciendo en mi infancia, a pesar de la gris Caleta de fines de la década del setenta. Hablando vulgarmente, ese Marcelo pintaba para algo bueno… Entonces…bueno, tengo que quererme, por eso pienso y afirmo que ese Marcelo no ha muerto, simplemente no ha crecido, no le hemos dado las proteínas espirituales necesarias. Ese Marcelo-Jekill, pues, tiene que crecer y ganarle a ese Marcelo-Mr. Hyde que dominó en todas estas épocas. En ese sentido voy a releer a Stevenson.
- …
- ¿Por qué me miras así? ¿Te parece medio tonto?
- Solo miro. Lo suyo, no es una representación muy original…
- Y a mí qué me importa ser original cuando se trata de representaciones e imaginarios que me ayuden a vivir y superarme. Hasta soy capaz de leer libros comerciales de auto-ayuda si eso me sirve para seguir viviendo y mejorarme. Cada uno elige la representación que más le favorezca, pensando, incluso, en los otros que uno quiere o a quienes se debe hacer el bien.
Por el momento Marcelo del Valle parece engranarse, y habla de proyectos faraónicos, casi enciclopédicos como cuando quería hacer un cuento de cada palabra que apareciera en el diccionario. En un tiempo dijo que “amaba el portento de Balzac, pero me falta su prepotencia de trabajo”. ¿Adquirirá, ahora, cuando murió el lobo marino que nació junto a él, esa prepotencia de trabajo? Mirar su blog es una forma de saberlo.

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