Wednesday, November 07, 2007

Digresión


Debido a mi larga larga ausencia, creo que merecéis al menos una digresión explicativa. Casi casi abandono la idea de un blog. Me había parecido absurdo teniendo en cuenta que tengo otras prioridades a saber: procurar alimento para mis pequeñitos piantes, resistir el arreciar del tiempo y el viento y el cruento, y otros menesteres que me depararon las urgencias, la súbita muerte de mi padre (debo ser crudo), mi extirpación de vesícula (por suerte ya no tengo bilis negra y esa es una buena noticia espiritual), en fin...
¿Pero por qué no abandono el blog? Por la amistad. Brindo por ella. Y porque he leído al máximo carnotista mundial que posteó varias veces minis relatos con un oficial bielorruso. Me pareció maravilloso que tuviera vida en otro blog. Maravillosa la comunicación. Así que gracias Ulschmidt.
Y también porque algunos amigos generosos de Tinogasta, Catamarca, de Freiburg y de Moscú me preguntaron por mails.
Así que no me queda más que brindar con un vino syrah y continuar. Pero a lo mejor no siga con la saga (o si?) de Jorge Sarmiento y demás, a lo mejor derive y deambule con el nuevo paisaje patagónico. No sé. Pero seguiré...
La foto de la ballena la tomé el domingo pasado cerca del muelle. La ballena franca austral apareció de repente al mediodía. Y dio volteretas y se hundía. Vaya a saber cuál es su derrotero ahora.

Esta es la breve crónica que escribí.

La verdad que los róbalos y pejerreyes que iban sacando del mar los más de cien participantes del concurso de pesca que organizó el SOEMCO (Sindicato de Obreros y Empleados Municipales de Caleta Olivia) no daba para hacer alharaca. “De medianos a chicos”, comentaban decepcionados ellos mismos, mientras señalaban sus tarros con los pocos pescados.

Así transcurría el calmoso mediodía de este domingo hasta que un pescador avispado la divisó y gritó: “¡una ballena!”. Para todos los demás parecía una de las tantas bromas que se despachaban entre sí, debido al “pique flojo” que hubo durante toda la mañana.

Pero, un par de minutos más tarde, sí, todos la vieron frente al muelle, tan cerca, a menos de doscientos metros de la costa, y lanzaron gritos de júbilo. Efectivamente, una ballena mostraba su lomo entre las olas turquesas de esa hora. Después dio una voltereta suave, aireando una de sus aletas para sumergirse otra vez. Y luego otra vez, y otra vez por más de dos horas.

El cetáceo se paseó muy orondo por todo el tramo de la costanera, de norte a sur y de sur a norte, desde el muelle hasta el club Náutico, ubicado unos metros más allá.

“Soy nacido y criado acá y te juro que nunca había visto una ballena tan cerca”, dijo un municipal que no paraba de sacar fotos desde su celular.

“Las piezas pescadas fueron chicas, y creo que fue por la ballena presente, además, ni siquiera lobos marinos había”, comentó un avezado pescador, mientras sus dos pequeños hijos aplaudían al ver emerger alguna parte del maravilloso animal.

(www.elpatagonico.net)

Thursday, July 05, 2007

Nuestras señoras de la Caleta

El plan de Cristóbal Colón es, después de hacer movimientos ambiguos entre las cuatro mujeres, llevar a Silvana a esa casucha que había erigido con pala, palos y plástico, a un costado del pinar. Colón fue el primero de las carabelas que llegó y se encontró con Unta-María Alicia, Cañil-Mónica y Barsika-María Rosa. Silvana vino en la segunda gran barca, quien habrá de descender con su largo vestido y sus volados en las mangas blancas, delgada y bellísima.

Doña Silvana tendría el tiempo limitado. A las doce debía regresar a la barca donde estaban sus padres, los Zamorano. Entonces, Colón debía pensar rápido cómo lograr que Silvana vaya a su cabaña subterránea, y besarla y abrazarla y tocar el cielo con las manos.

¿Qué diálogo artero debía inventar Colón, entonces? Imaginaba los pasos de Silvana, mientras las otras, las indias sensuales, construían su refugio con el maderamen y las chapas apiladas. ¡Un harén! Eso podrían ser ellas.

Silvana, en cambio, no podría estar en un harén, ella era la joya excelsa, la mujer primordial para un conquistador como él. O no estaba tan seguro, porque como mujer primordial también podría representarse a través de Adriana Sánchez-Gioja, la dulce señora nacida en Córdoba de la Nueva Andalucía. Una beldad rubia, de mejillas y tonada redondeadas que había conocido en el jardín de los adventistas.

Sin embargo, Adriana no estaba más, su carabela retornó a la Nueva Andalucía. En cambio, Silvana de las Mercedes Zamorano de Mendoza estaba aquí, era real, alcanzable.

Muchos disputaban el favor de Silvana, caballeros como don Miguel Barría del Solar, y quizás el hermano mayor de este, don Francisco, o tal vez algún marino de otras barcas. Colón tenía reconcomio, sobre todo, de don Miguel. Un hombre más seguro de sí, capaz del rapto de féminas sin ningún escrúpulo. Entonces, hoy era la oportunidad, pues don Miguel estaría atareado en su carabela y no ha dado señales de querer bajar a la costa de las cabañas.

A las diez y media, Unta fue a buscar a Silvana. Ella, Unta- María Alicia, era otra persona de la que hay que cuidarse. ¿Era la enemiga? ¿Pero quién conoce a las mujeres? Son rencorosas pero lo importante es saber el origen del rencor. Una vez que se devele el origen del rencor, puedes conquistarlas o apaciguarlas. Mirad, el rencor puede surgir de cosas fútiles como la forma de la barba del hombre o de cosas terribles como el amor, vamos. ¿Podrá imaginar Colón a Unta-María Alicia, esa mujer fuerte, robusta, de color marrón claro, de cabellos más castaños que sus hermanas aborígenes, enamorarse de él? ¿Y podrá imaginarse él mismo, voluble, inocentón, enamorado de Unta? ¿Él, irresoluto, con una mujer firme? La idea no le disgustaba.

Sin embargo… sin embargo, la idea de yacer con doña Silvana de las Mercedes Zamorano es diferente. ¿Es superior? Yacer con alguien tan bello, pequeño, frágil, de voz etérea…

Colón no tenía sus sirvientes consigo, así que debía trajinar, a la vez, enseñoreado entre las mujeres de la costa y valerse por sí mismo con las tareas de limpieza de choza. Su inutilidad para las cosas, pues era un hidalgo, contrastaba con la velocidad con que las tres aborígenes habían dispuesto el maderamen y las chapas para construir un regio albergue. Conocían el terreno, indias solas, hembras. Por ello mismo, porque eran hembras de valer, Colón no quería perderlas, no quería que se sintieran despechadas si llevaba a Silvana a su choza. Ellas eran su harén, su repuesto carnal más querido.

Por ellas tuvo una erección mientras apuntalaba su choza colocando un mástil más en el medio de su refugio. Piensa en “coger” con María Alicia, por eso su pito se le pone duro. Decir “coger con María Alicia” es suficiente para que eso suceda. Coger es una palabra mágica y prohibida en su patria paterna. Coger le sugería más que el “pinchar” que utilizaban los araucanos mestizos, parientes de las indias que estaban allí, hablando, mientras colocaban el techo de plástico. “Pinchar” lo podía decir y cantar la “Pirilacha” entre comidas picantes, mientras los padres de las indias tomaban cerveza.

- Rojo es el pi… rojo es el pi… so de tu abuela / Le gusta el pi… le gusta el pi… le gusta el piso encerado… / Tiene la con… tiene la con… tiene la conciencia limpia… / de tanto cu… de tanto cu… de tanto cumbiar bailando…

“Pinchar poto y chucha”, qué horrible. “Poto y chucha”. Feo. Ya decir “poto” provoca una minúscula implosión reaccionaria en su pitito. No cabe la sensualidad en “Pinchar”, pero sí en coger y más si el viento ulula entre los techos de las chozas. Con María Alicia podría coger muy bien, debajo de las colchas. Coger era un beso fuerte, tal vez de lengua (habrá que ver si causa o no asco el entrechocar viscoso de las lenguas), coger era tocar las piernas y ver qué hay debajo, cómo es la rajadura de las mujeres, cómo es la desnudez. Eso era coger.

Coger, no obstante, no era lo apropiado con Nené. No se asociaba con ella ese verbo. Besar era más ajustado a Nené. Besar lo sutil de los labios de Nené. Tocar el cielo, vamos.

¿Cómo traerá Unta- María Alicia a Silvana de las Mercedes? Vendrá ella manteniendo su porte a pesar de lo dificultoso en el andar en el pedregullo de la costa. Colón apuntalaba todo lo que faltaba en su choza-nidito de amor, refugio calentito donde rumores adormecedores llegan desde el afuera, el mar, el viento, la lluvia, las tempestades y sus monstruos. Cristóbal Colón espera que el viento tenga la precisión en su fuerza para que pueda servir de excusa al refugio, de coartada para el abrazo protector que provocará la imantación de los labios de ambos, de él y de Silvana. El mismo viento que trajo a Cristóbal a la costa, el viento que bramará celoso afuera, mientras el amor está adentro.

Listo, ya está lista la cabaña, la choza un poco más precaria que la que levantaron las indiecitas más allá. Había socavado la tierra arcillosa con una pala pequeña, había apuntalado tres soportes largos y sobre ellos ató el techo de plástico.

¿A qué hora diantres vendrá? ¿Y viene?

- Enseguida – le contestan sus vecinas.

Qué temblor Cristóbal, para siempre se acordará de este temblor, temblor que quedará asociado a la espera de tantas doñas en el futuro, temblor primigenio en esta caleta.

Y allí vuelve Unta-María Alicia trayendo consigo, casi de la mano, a la beldad. Silvana viene radiante, con esa sonrisa plena de perlitas, viene desde esa barca de maderos gruesos.

Se la ve venir. Unta que habla y propone y que, tranquila, Silvana asiente a esas propuestas.

Oh, si al menos Cristóbal fuera amigo de Unta-María Alicia, si al menos no se interpusieran entre Unta y él los deseos de los vientres, si fuera sólo amigo para que Unta trajera a Silvana directamente a él, ya rendida y convencida de que el amor de él es el más conveniente, sin otro esfuerzo para él que abrazarla y llevarla al nido, que sólo explicarle que esta aldehuela ella cabe para el amor hasta el fin, en este lugar donde podrán construir las calles sobre las lomas, que en la borrosidad y las piedras y la escarcha hay una estética más humana que en otros lugares, en este villorrio costero que no está en la falda umbría, es cierto, de un valle, que no está refugiada a las intemperies, que no fue creada a partir de milenaria aldea indígena, ni por el capricho de algún conquistador español, sino porque, en forma casual, encalló su barco y el barco de los padres de ella y con chapas y maderas de viejos depósitos se construyó este puñado de casitas.

Pero, al parecer, la realidad no es así, él tiene el deber de fungir de hombre hecho y derecho, y tendrá que arreglárselas. Porque ya está llegando Silvana con Unta, pisando la arena y el pedregullo de la costa, a pocos metros de la aldehuela. Disimula Cristóbal, disimula que arregla algo, que apuntala por enésima vez porque ya viene Silvana de las Mercedes.

Silvana comparece con su vestidito con volados, delgadísima, hociquito de conejita. Corazón… corazón galopante de Cristóbal. Pequeña y bonita Silvana frente a Cristóbal, el apuntalador de mechón rebelde y oscuro.

Silvana era de una enorme familia venida a menos de La Rioja, o tal vez de Mendoza, aunque sus padres recibieron heredades poco productivas, por lo que debieron embarcarse en busca de futuro. Silvana, tal cual se había anunciado, llegó con su aire digno. Y se diría que fue otra fundación de la aldehuela. Miró de reojo a Cristóbal que, dándole la espalda, alisaba una vara de tamarisco.

Pero primero Nuestra Señora fue a dar los saludos de cortesía a las damas indias Cañil-Mónica y Barsika-María Rosa que ya estaban en su cabaña, con sus platos de plástico y sus latas, con preparativos de la cena. Lanzó una exclamación cantarina al ver lo bien que estaba la choza de las indígenas.

Friday, June 29, 2007

Dejame en el Gorosito.


¡La cara que puso Isabel cuando la dejé en la movilización! Una cara de pregunta… ¿O de tristeza? De preocupación, más bien, pero su preocupación es triste. Tal vez por eso la quiero. ¡Es muy seria!

Blashi, mi amorcito, abrió la puerta del taxi con esa lentitud bien de hombre. Me encanta cuando lo hace. Con él vamos conociendo palmo a palmo la costa del Golfo San Jorge.

Fuimos a lo de los lobos, cerca de un camping sindical, pero no sé por qué esta vez su olor me pareció nauseabundo. No sé cuándo es la época de celo de los lobos marinos pero parecía que estaban así, fofos de tantas ganas sexuales. Así que le pedí a Blas que me llevara cerca nomás, que estacionáramos el auto en la costanera iluminada.

Cuando estacionó fumó un cigarrillo tras otro. Estaba nervioso.

- Es como que presiento algo, chica.- me dice.

Me quedo en silencio, mirando las hamacas de la costanera.

- ¿No me decís nada? – me lanzó.

- Qué querés que te diga, Blas. Cuando traés alguna historia es porque le estás haciendo caso en algo a la cachivache de tu mujer.

El se limitó a chistar. Y nos quedamos profundamente callados. Profundamente callados, pero tensos. Las olas se desplegaban sobre las piedritas, cuando las olas retrocedían el agua siseaba con su sal. Me encantaba eso. Me quedé escuchando eso hasta que a Blas se le ocurriera hablar. Pero él estaba tan tenso…

Y el afuera de nuestro nidito momentáneo estaba más tenso todavía. La “tensión política”, que no entendía bien, los docentes que querían que les aumentaran los salarios, me habían contado tantas cosas de la persecución de los militares, de la militarización, y yo no lo entendía. Y él si que tenía una cosa con su mujer, que era una sargentona, la muy perra, pero yo, ahí, estaba a sus brazos. Quería escaparme con él. Por qué no, si a Silvana del Gran Hermano le pasaba eso con otro tipo, lo dijo en el programa de Rial. Sale con un tipo diez años mayor que él, que tiene cuatro hijos. Por qué no a mí. Qué era lo que presentía Blas, no lo podía descubrí, Algo se traía entre manos.

- ¿Es algún traslado?

- Es algún traslado- dijo, luego de tirar el humo de su boca.

Quedé pasmada. Pasmada y… una tonta, fui una tonta.

- Soy una tonta – le dije después de mirarlo fijamente, mientras él miraba hacia delante, hacia el parabrisas, hacia el horizonte oscurecido donde empezaban a brillar las lucecitas de un buque petrolero que estaba a varias millas de la costa, estático allá.

- No te pongas así – dijo Blas y acercó su enorme y oscura cabeza hacia mí, y yo lo rechacé con las dos manos, rápidamente. Había algo que no me estaba diciendo.

- Hay algo que no me estás diciendo- entonces dije.

- ¿Pero qué te pasa? Lo hablamos la otra vez. Este no es un trabajo que uno tiene que cumplir horario y después tiene que volver para las casas.

Blas, querido Blas. Y su secreto peor guardado. Preguntando a gente conocida, y a los desprevenidos viajeros de su taxi qué hacían, que hacía aquel otro, con quién se juntaba.

- ¡Sos un vigilante tonto!

- Vení – dijo haciendo un segundo intento por abrazarme.

- ¡Salí!

- Acá no necesitan más vigilantes, como vos decís. Ya hay bastantes. Ahora, dicen, que la cosa está más negra en Río Negro. La semana que viene, el viernes, tengo que ir para allá. Pero va a ser por un tiempito nomás.

- Dijiste que nunca más traslados.

- Pero ahora la cosa cambió. Entendeme…

Blas y su pulóver con escote en v. Su perfume a pinos de vereda de Cañadón Seco. Y sus mentiras.

- Ya no sos “mi misterioso”, ahora sos un mentiroso total. Yo me bajo.

Y así hice. Agarré la manija de la puerta del auto y salí para afuera. Y allí recibí un golpe en un costado de la cabeza, fuerte, tuuumm hizo mi cabeza toda, y quedé en el suelo con la puerta abierta. Y así, sentada sin poder pararme porque me daba vueltas todo, vi que un tipo flaco, bien flaco, con un buzo azul claro, apuntaba con un revólver a Blas que había quedado sentado al volante. Grité, pero el tipo me dio una patada que raspó mi cara y que llegó hasta mi estómago y ahí sí que no pude moverme, y me dio otra patada en la cara. Escuché que Blas gritó: “¡Bastaaaa!”.

Y allí, el tipo me agarró de los pelos, me levantó y me agarró del cuello, mejor dicho, dobló su brazo y me enlazó a él. Yo me quedé quieta porque por otra parte sentí el aguijón de su navaja en la parte baja de mi espalda. Blas, quiso hacer un movimiento pero el tipo movió el revólver en señal de que estaba dispuesto a todo. No habló. En ningún momento habló. Sólo se escuchaban mis quejidos, gritos y los insultos de Blas.

- ¿Qué mierda querés? ¿Qué mierda querés?

Y el tipo, que en realidad era un pillo de diecisiete años o menos, señaló con movimientos cortos la guantera, los bolsillos de él, todos los recovecos del auto.

- ¡Está bien! ¡Está bien! ¡Pero antes soltala, mierda!

Y el pendejo no me soltaba. Me tenía agarrada del cuello y cuando hacía un mínimo movimiento sentía la púa en mi espalda. Ahora que lo recuerdo, en esos momentos no tuve el miedo que, antes, me imaginaba iba a tener en un asalto. Porque en cualquier momento se sufren asaltos y una tiene que estar preparada para esos momentos. O sí. Pero no era el miedo gris y melancólico de cuando se tiene que enfrentar un examen o la verdad de que algo se perderá. Más bien era un miedo más animal, como de supervivencia. Por eso gritaba sin calmarme. Y además, todo fue tan rápido…

El pendejo me empujó hacia adentro del auto. Caí sobre Blas, es decir mi cabeza sobre una de sus muslos. El auto se meció.

Flaco, de cara marrón clara, con unos pocos pelos como bigote. Así era el asaltante. Nervioso. Yo sentía el dolor en la cabeza y en mi panza. Cuando Blas sacaba unos billetes de su bolsillo, sonó una alarma de una de las casonas de enfrente a la costanera. El tipo arrebató la plata y salió corriendo hacia el destacamento de Prefectura y de allí, antes de llegar a ese edificio dobló en la esquina del complejo deportivo. Mientras Blas sacaba su arma debajo del asiento y dio dos tiros.

Al minuto se iba acercando un vecino de enfrente, enorme y rubicundo. Y dos agentes de prefectura también venían corriendo, pero Blas arrancó su taxi, dio marcha atrás y salimos a toda velocidad. Los hombres se quedaron mirando. Uno de los agentes conocía a Blas.

- ¿Te duele mucho? – preguntó mientras seguimos por la costanera hasta dar con la ruta, rumbo al sur. - ¿Te llevo al hospital?

- No. Me voy a recuperar. Dejame cerca de mi casa.

Blas en silencio, yo en silencio. Dobló y nuevamente nos dirigimos a la ciudad. A mitad de camino hacia el barrio Koltun, cambié de parecer.

- No, mejor dejame donde me encontraste. Dejame en el Gorosito.

Blas no atinaba a decir nada. Sólo obedeció mi orden. Se sentía culpable.

Blas que miraba por los espejuelos

- Ya sé lo que vas a decir. Que es feo. Blas es feo. Es feo pero me gusta… Tiene un… - Silvina aquí se detiene y suspira para sus adentros.

- No te entiendo. ¡Cómo podés besar esa boca negra, violeta, puaj!

- Ay, callate, boluda….

- Esa bocota debe tener un gusto amargo. Puaj…

- Pero es bien hombre, nena… No como el pecho hundido que tenés vos. Siempre me censurás. Es como si yo hiciera todas las cosas mal…

- No es eso, Silvina. Es que tiene una mirada tan… torva…

- ¡Torva! Ay, callate, nena, ¿qué es eso?

- Mirada torva. ¿No sabés lo que es?

- No sé, no sé, no sé…

- Bueno, la terminemos… Pero me da miedo esa relación que tenés con él.

Para ser sincera, debería decir que sí, que realmente creo que a Silvina hay que andar indicándole el camino correcto. Debería decir que sí, que Silvina es medio atolondrada. Y que sí, que el adjetivo “torva” cabe bien para un tipo así, como el tucumano Blas. Lo de “mirada torva” en realidad me quedó grabado del libro “Corazón” de Edmundo D’Amicis que mi abuela de Bahía Blanca me había regalado cuando tenía once años. En esa novela, el padre de uno de los alumnos pobres de un colegio, esperaba a su hijo en la salida con “mirada torva” porque había tomado alcohol en exceso. Y no es que Blas beba de más, sino que tiene esa mirada rencorosa de quien está en la “etapa del león” de una borrachera.

Blas, es el taxista de cuarenta y cinco años de edad, casado, con tres hijos adolescentes y que se la levanta a mi prima Silvina. Yo no voy a contar más de lo que vi. Como cuando acompañé a Silvina a hacer las compras, o cuando íbamos al IPES a las clases de Educación Especial.

Las esquinas de Caleta Olivia dan para cualquier cosa. Es una pequeña ciudad que muestra en escala mayor los desenfrenos de las grandes urbes. Cada dos por tres hay choques de autos, atropellos a ciclistas y peatones. Y en esas mismas ásperas esquinas se encontraban Silvina y Blas.

Con esa manera intempestiva de manejar, Blas aparecía por alguna calle, por ejemplo por la Estrada, doblaba por la José Hernández, y se paraba a unos metros y aguardaba que Silvina interrumpiese la charla que mantenía conmigo, que me encargara que mintiera alguna excusa a sus padres, porque ya anticipaba que llegaría tarde.

- Bueno, chau, nena. Haceme la pata, ¿sí? –decía Silvina y me daba un beso pavoneante. Luego corría hasta el auto. Yo, desde atrás, veía cómo ella le daba un beso en la mejilla, y el tucumano miraba por los espejuelos y seguía raudamente a vaya uno a saber qué lugar.

Tres o cuatro veces fue así, y siempre cerca de la plaza 20 de Noviembre, en tardes ventosas y frías. Prácticamente, ella dejaba todo por subirse al taxi.

Vuelvo a decir que no me gustaba su cara. Acá, en Caleta, tenemos muchos colores de tez. Caminá una tarde por la avenida Independencia y vas a ver caras marrones, ocres, caras descafeinadas, chocolateadas, brunas, barrosas, secas, brillantes, y hasta caras decoloradas como un papel tirado sobre una mata en la ruta. Esas son las teces de Caleta. Pero la del tucumano Blas era otra cosa. (Y no sé si era tucumano, porque tenía tonada esdrújula y rápida, como la de una ciudad grande del norte, por eso pienso que era tucumano). La tez de Blas tenía un feo toque verde, como una de esas piedras que sobresalen en bajamar y no refulgen como las otras, quedan a la intemperie, sin brillo, y sirven sólo de refugio para pequeños insectos marinos en sus huequitos.

Bronca me dio durante la tarde de la movilización. Habíamos quedado varias chicas y chicos del IPES en acompañar a la protesta docente por un aumento salarial. Fue a principios de mayo cuando recién empezaba a bajar la temperatura. Nos encontramos a las 19 horas en punto en la plazoleta de El Gorosito. Silvina había caído muy linda, con el pelo largo, y esa sonrisa alegre, fumando. Me persigno, pero parecía María Soledad Morales, según las fotos que aparecían en la prensa. Y la comparación hizo exacerbar aún más mis miedos y recelos del taxista.

Cuando ya nos estábamos congregando una cantidad importante de docentes y estudiantes, con pancartas, bombos, vinchas, algunos se habían pintado lágrimas negras en los pómulos, aparece la orca buscando a su lobito marino. Es más, yo hice con la boca la música de la película “Tiburón”, esa que suele hacerse con un violoncelo, despacio un sonido y otro y otro y cada vez más rápido. La tontuela de mi prima no entendía por qué empecé a hacer eso. Hasta que miró donde yo miraba, es decir hacia la Avenida, por el sector de un telecentro.

- Ay, boluda… No compares a mi amorcito con un Tiburón…

- El Tiburón es más lindo que eso – dije, con una sonrisa de resignación.

Silvina hubiera corrido hasta la plaza que está frente a la Escuela de Biología Marina, a pocos metros de donde estábamos, pero media cuadra detrás del taxista venía un camión repleto de militares.

Marcos Ferraro y Bárbara Macías, los máximos dirigentes del sindicato de los profesores empezaron a aplaudir irónicamente el paso lento del camión militar, que en su cajuela cubierta con tela de camuflaje venía al menos una decena de soldados con boinas pardas. Pero sólo fue eso. Por lo que dijeron en ese momento, sólo era un traslado de una guarnición militar de Comodoro hasta otra situada más al sur, quizás a Puerto Santa Cruz o, más cerca, Puerto Deseado.

- Aplaudieron a Blas, ¿ves? – dijo, largando una breve carcajada, mi prima.

Al llegar dos profesores de una escuela de Barrio El Mirador con una enorme pancarta diciendo: “Básicamente no hace nada, gobernador. Docentes en pugna”, se empezó a armar la columna de manifestantes. Los del IPES nos acomodamos al medio. Estábamos en ello cuando Silvina aprovechó para darme un beso en la mejilla y desaparecer.

Yo seguí. Ella no ve el peligro. No es valiente, sino que no ve el peligro.

Saturday, February 17, 2007

REPORTAJE A MARCELO DEL VALLE ROMERO


“Interpreté la comedia de la desesperación”


“¿Eres prepotente con tu trabajo? ¿Eh? ¿Lo eres?”, se dijo Marcelo del Valle cuando se levantó. “Estamos con miedo, ¿eh?”, se acicateó, después de enjuagarse la cara. Ahora, repitió para este periódico esas palabras, las primigenias del día.
“Yo creo que estamos camino a entender qué ocurrió en estas últimas dos décadas, el por qué de ese empecinamiento en arrastrarme en la miseria, el alcohol y dejarme ganar por el miedo”, dijo, de espaldas, mientras ponía una enorme pava en una hornalla.
Luego, reflexiona un momento y aclara: “Es que la distancia, el cambio de clima, este clima de Caleta Olivia que, a pesar del viento, me parece el más benigno que he sentido en mucho tiempo, me permite ver con otros ojos lo que sucedió en exasperados lugares norteños”, expresó. Una frase que, si no fue estudiada para el reportaje, al menos la escribió en algún lugar y la repitió.
Lo cierto es que hace más de un año que no se sabía de Marcelo del Valle, alguien que había aparecido esporádicamente con relatos breves en el diario La Unión de Catamarca o en una revistilla que él mismo confeccionaba en Tinogasta: “El Volcán”, o en el blog www.aisunasta.blogspot.com. Como había provocado alguna curiosidad, se quería saber sobre su derrotero literario y ese fue nuestro cometido en el reportaje. Y se lo hicimos saber.
- No busques mucho. O, mejor dicho, buscá después, cuando tenga algo terminado – dice, y nos pareció que agachaba la cabeza en señal de vergüenza.
- A lo mejor hay que esperar, ¿no?
- Sí. Pero no hay que esperar mucho –contesta rápidamente.- Ya tengo 35 años. A esa edad mueren los lobos marinos de esta costa del Golfo San Jorge. A esa edad me pongo a escribir sin saber si terminaré algo. ¡Por Dios!
Después no fue necesario empujarlo al diálogo.
- Si yo te pido que no edites mucho lo que digo, ¿lo vas a cumplir? –me pregunta, mirando, ahora sí, a los ojos.
- Trato hecho. No voy a editar mucho. Sólo sacaré…
- ¡…la hojarasca de tonterías! –se apura a completar él.
Hecho el trato, recomenzamos.
- ¿Tiene material para escribir algo en Caleta Olivia?
- Mucho, muchísimo. En realidad no sólo es Caleta, es también Comodoro Rivadavia que está a poco más de 60 kilómetros de aquí, ciudad con la que se comparte la misma pedregosa costa, y la misma forma de producción. Son ciudades duras, adustas y muy interesantes. Yo ando loco de contento por acá, caminando, mirando un rostro, un movimiento, la forma de una calle, las rotondas, las lagunas, las plantas, los coirones.
- Además de mirar el presente, supongo que se le agolpan los recuerdos…
- Claro. Imaginate, acá está la infancia que, si te ponés a pensar, fue menos infeliz que la juventud y la adultez en otros lugares del país. Y eso que sucedieron hechos muy tenebrosos para mí y mi hermana durante la década del setenta. Además de la separación de nuestros padres, tuvimos que quedarnos solos durante las noches en que todo Caleta Olivia debía apagar las luces a determinada hora para completar el simulacro de guerra. Nos llevaban a dormir a sus casas unos tíos abuelos que nos decían con lástima: “Quedensé, calladitos, abrazaditos… Apaguen las luces que en todo Caleta se van a apagar. No vaya a ser que vengan los chilenos y tiren bombas desde sus aviones”. Y nosotros hacíamos caso. Y no dormíamos, esperando que nuestro padre regresara, al otro día, de Las Heras, donde trabajaba en un pozo petrolero.
- ¿Es por eso que los personajes de su blog tienen esa auto-compasión notoria?
- Si. Tal vez sea por eso. Pero te digo que esa auto-compasión es agotadora y ha sido nefasta para mi espíritu en todos estos años. Pero más adversa fue para mis acontecimientos exteriores. Esa auto-compasión atrajo muchos infortunios. (Se queda pensando unos segundos). Hasta te diría que no es auto-compasión, sino una actuación que me ha salido cara. Al menos eso creo. Supongo que esa tristeza fue generándose en esa niñez de semi-abandono, pero después la fui exacerbando hasta la comedia. Ayer estaba leyendo la novela de Pamuk, Orhan Pamuk, un escritor que tiene una gran sabiduría a pesar de sus escasos cincuenta años, y dos personajes dicen algo que se relaciona con lo que te estoy diciendo. Te lo voy a leer al pasaje.
Entonces, Marcelo Romero va hacia un estante de la pequeña biblioteca de su hermana maestra de EGB, (repleta de libros didácticos), y saca de un rincón la novela “La casa del silencio”, del premio nobel del 2006. Conoce de memoria el lugar de ese fragmento que nos quiere leer.
- Es el capítulo veintiocho de la novela. Ahí están hablando Nilgün, una chica idealista, y su hermano mayor, Faruk, un obeso y alcohólico historiador. Bueno, a Nilgün le golpea un ex amigo de la infancia en la calle, Hasan. Un personaje muy interesante que me hizo acordar a mí, igual que Metin. Pero si quieres después hablamos de esta novela. Lo que quería leerte es lo siguiente:
“-Eres como esas personas a las que les gusta sufrir dijo Nilgün-. Como los que están desesperados. ¿Por qué sientes esa curiosidad por los detalles sórdidos como los enfermos que en cuanto se les muere un familiar también quieren morirse enseguida?
- Porque soy así –le dije (Faruk) con un extraño buen humor.
- No eres así. Solo quieres creer que estás desesperado.
-No, mujer.
- Sí, e interpretas la comedia de la desesperación, pero en vano”.
¿Ves? Aquí, la “sensatez femenina” de la que hablaba Borges está a punto caramelo. Son sensateces de mujeres que desarman la puerilidad del “desesperado”, ojalá alguien me hubiera parado el carro de la melancolía hace unos años como Nilgün lo hizo con Faruk.
-Pero la tristeza suya viene de momentos duros, la pobreza, la separación de sus padres, la indigencia de sus hijos, su separación con la madre de sus hijos, la década del zigzag entre el alcohol y la miseria, el gobierno de Menem que destruyó todo. Digo, ahí tiene bastante material para su tristeza. No creo que sea comedia.
- Si. Yo creo que ha sido comedia porque no tenía derecho a estar triste y melancólico delante de los niños, o en medio de la pobreza. Fue algo pueril y desequilibrado que exacerbó más los problemas. He hice mal a los demás, sobre todo a los que están más indefensos que yo. Pero me gustaría que hablemos de otros temas.
- Como quiera. ¿Existe alguna idea que esté preparando?
- Varias. Una de ellas es la de ejercitarme con estos reportajes que ustedes me hacen en este medio. Me ejercita el pensar no sólo relatos, sino conocer qué pienso acerca de las cosas; si es verdad que yo puedo filosofar. Además eso me ayuda en mi trabajo actual en un diario patagónico y… en las relaciones sociales, en general. No puedo salir a la calle si no tengo un basamento filosófico de algo. Necesito estar, al menos, en el camino de algo cuando pienso a la sociedad. Por ejemplo, acá todos hablan del petróleo. Estas ciudades crecieron y decrecieron siguiendo las fluctuaciones del mercado petrolero. Políticos y gobernantes siempre tienen alguna palabra relacionada a esta producción que puede seguir por tres o cuatro generaciones más. Entonces, creo que como lector del presente, me toca hablar del presente raudo del petróleo, todo, incluso a nivel internacional, el oleoducto que pasa por Bielorrusia, la invasión a Irak.
En fin, siempre me pregunté por qué algunos adquieren tan alta capacidad de sentirse seguros de sí mismos de sus sistemas filosóficos. Por qué yo nunca adquirí sistemas. Y no soy el único al que le ocurren estas cosas. Ayer estaba leyendo parte de los diarios de mi amada Susan Sontag, y algo de eso dice. Mientras escribe, se va descubriendo y va afirmándose. No nos queda otra que escribirnos y hacernos.
Y Marcelo Romero va y trae otro libro. Y lee: “Yo mismo había advertido ya en mí cierta escasez de opiniones. Sabía que entrar en la etapa de la madurez suponía adquirir un conjunto más o menos constante de opiniones, pero esto me resultaba mucho más difícil a mí que, en apariencia, a los demás. No creo que fuera debido a torpeza intelectual ni tampoco, espero, al orgullo. Simplemente, mi sistema se hallaba demasiado atareado recibiendo y descargando lo que yo averiguaba sobre mí mismo’, ¿entendés? Eso dice el protagonista de la novela “El benefactor” de Susan Sontag. Algo de eso a mí me pasa.
- Después hablaré de Susan, porque, verás, estoy ahíto de lectura y decido parar un poco. A esa novela la leo lentamente. Es una novela que tiene pocas aristas para agarrarse y, entonces, uno tiene que hacer un esfuerzo para que la lectura no se volatilice. Me cuesta agarrar la novela. Sobre todo, después de venir leyendo varias obras de Robert Louis Stenvenson. Maestro del estilo y de la trama y de la idea. Ahora entiendo porqué lo admiraba tanto Borges. Además, me gustó tanto Dr. Jekill y Mr. Hide, que me propongo releerla. Porque algo de eso tengo. Sin llegar a la esquizofrenia, creo que algo parecido me ocurrió.
- ¿Qué?
- Jajaja… Es que, si uno hace el ejercicio de dividirse, verás que hubo un momento que tomé un camino oscuro. Y hoy, al levantarme, me acordé de esa parte mía que había quedado empantanada, sin crecer, ese Marcelo ratón de biblioteca, pero también ese Marcelo dueño de sí mismo, ese Marcelo ansioso por saber, ese Marcelo sonriente, que camina erecto, que disfruta al crear, que trabaja sin pausa. Caleta me provoca volver a ese Marcelo que estaba naciendo en mi infancia, a pesar de la gris Caleta de fines de la década del setenta. Hablando vulgarmente, ese Marcelo pintaba para algo bueno… Entonces…bueno, tengo que quererme, por eso pienso y afirmo que ese Marcelo no ha muerto, simplemente no ha crecido, no le hemos dado las proteínas espirituales necesarias. Ese Marcelo-Jekill, pues, tiene que crecer y ganarle a ese Marcelo-Mr. Hyde que dominó en todas estas épocas. En ese sentido voy a releer a Stevenson.
- …
- ¿Por qué me miras así? ¿Te parece medio tonto?
- Solo miro. Lo suyo, no es una representación muy original…
- Y a mí qué me importa ser original cuando se trata de representaciones e imaginarios que me ayuden a vivir y superarme. Hasta soy capaz de leer libros comerciales de auto-ayuda si eso me sirve para seguir viviendo y mejorarme. Cada uno elige la representación que más le favorezca, pensando, incluso, en los otros que uno quiere o a quienes se debe hacer el bien.
Por el momento Marcelo del Valle parece engranarse, y habla de proyectos faraónicos, casi enciclopédicos como cuando quería hacer un cuento de cada palabra que apareciera en el diccionario. En un tiempo dijo que “amaba el portento de Balzac, pero me falta su prepotencia de trabajo”. ¿Adquirirá, ahora, cuando murió el lobo marino que nació junto a él, esa prepotencia de trabajo? Mirar su blog es una forma de saberlo.

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En aquella época, cuando tenía unos 13 o 14 años, incluso menos, cuando tenía 11 o 12 años, yo fui el precursor del grunge y nadie se ent...