Thursday, October 05, 2006

Referencias de “Yema” Achalay a Jorge Sarmiento sobre la mezcla de eslavos y aisunes

Y. ya pasando la cuarta cerveza, Yema se anima a hablar mucho. Esto es lo que le dijo, sin mediar preguntas de Sarmiento, Yema, en esa gomería:
Los Pepev, descendientes de rusos y aisunes, estaban en la fiesta de cumpleaños de Sergio “Lobo” Rojas. ¿Ahora entiende, verdad, cómo llegué al entrevero? Porque Sergio Lobo, un riojano gallardo, me invitó, junto al generoso Garrone, el ingeniero de Córdoba, a ese asado con mucho vino bonarda en una finca de La Puntilla.
Le tengo que contar que soy voluble, porque el cuchillazo de Antón en mi riñón no se entendería sin contarle, del alcohol, de mi carácter. Es que había llegado a esa fiesta cansado, con muchas ganas de comer asado. Con Garrone, en el trayecto que va de Aimogasta a Watungasta, ya habíamos hablado de todo. Entonces llegué casi zombie. Yo estaba adscripto a una empresa privada olivícola como chofer, y Garrone era el jefe de plantaciones.
Voluble soy. Algunos dicen que soy casi un tonto. Pero no tan tonto como para leerlo a usted y maravillarme de sus descripciones de Varsovia, Drohycin o Bujara. Voluble soy y camino anadeando... ¡pero lo hago por timidez, eh!
Los Pepev fueron amigos de la infancia de “Lobo”. Siempre andaban con cuchillos grandes. Una costumbre más bien litoraleña. Los Pepev quizás parecían gnomos lituanos, pómulos altos, ojos achinados, de baja estatura (de 1,60 hasta 1,65 metros), de hombros esmirriados y rubios, muy rubios, barbados y desprolijos. Los Pepev tal vez no hayan sido Pepev, sino Popov, Popova, pero los tatarabuelos que bajaron del barco en el puerto de Buenos Aires sufrieron esa adulteración en el Registro Civil por parte de los envanecidos escribientes porteños.
Dicen que yo parezco un hobbit, de esos que creó Tolkien. Soy mediano, mido 1,68; mi rostro es aniñado por más que me arrugue inexorablemente y los huesos de mi cráneo paulatinamente tengan aristas más groseras. Quisiera haber sido como Sergio Pitol que recorrió y vivió en la Europa del Este. Soy un hobbit desesperado, abro los ojos grandemente porque me asombro de la pobreza en que caí, merced a la rugosidad de la vida.
Y ahí estábamos todos en mi mente alcoholizada: los Pepev, descendientes de rusos y abaucanes; y yo el abaucán puro. Los Pepev hablaban de talabarteros de Misiones, del precio de la alfalfa o de las nuevas camionetas.
Le tengo que contar sobre la maravilla de la mezcla que hay en los Pepev, porque Vladimir Pepev, el padre, casó con Delmira Audelia Carrizo, una aisunasteña, nacida y criada a pocos metros del sitio de Kajingasta. Por eso los changos Pepev, Sergio “Serguei” Guillermo y Antonio “Antón” Pedro, tienen rasgos mixturados, disposiciones “chesches” del cuerpo, de tal forma que no se sabía si lo dueñesco en sus fisonomías se debía a la parte aisunasteña o a la eslava. Porque son petisos, de ojos rasgados y con arruguitas como los mikilos de las siestas; pero también tienen el pelo muy rubio y con rostros de niños como los duendes que aparecen en las tradiciones centro-europeas.
Usted entenderá, lamentablemente le tengo que hablar de los Pepev y no de las regiones con las que sueño y ensueño desde hace décadas: sí, Rusia, Polonia, los países bálticos, los balcánicos y en donde lo eslavo se entremezcla con lo otomano, con lo chino. Tengo que contarle sobre lo poco que conozco, ya que no salgo de este lugar porque soy un empleado municipal de categoría 10, y los últimos viajes que hice fueron a Aimogasta para unas carreras cuadreras de caballos.
El problema no fue el bonarda. El bonarda que se hace en Tinogasta tiene la particularidad de no ser agresivo; la macha común con bonarda tiende a la amistad, al canto folclórico, a los abrazos.
De hecho, con justeza, el bonarda me hizo halagar lúbricamente la ascendencia rusa, a preguntar con curiosidad incontinenta sobre las costumbres de sus abuelos, sobre las mamushkas, sobre lo que yo creía que tiene Rusia, sobre cualquier cosa que me hiciera viajar a Rusia.
Serguei respondía monosilábico o acotaba algo antes de darse la vuelta y seguir hablando con Rómulo Vanegas, “el zondeado”, que sabía mucho de caballos.
Antón sí, Antón estaba dispuesto en las primeras dos horas, desde que empezamos a servirnos las achuritas, a hablar de lo que su padre le contaba de Rusia, de lo que los ucranianos del litoral argentino hablaban de Rusia.
Una de las coincidencias burdas y disparatadas de esa noche sucedió cuando Antón se refería, mientras yo cortaba en dos un riñoncito, sobre las funciones del riñón, el aparato urinario, todo sobre la depuración de la sangre.
Pero, al cabo de hora y media, parecía que el chango se iba hartando.
- Qué. – me dijo en un momento de silencio.
- Miro tus ojos. –le dije, sonriendo.
- Qué. ¿Qué tienen?
- Es que son... verdes. – tenía miedo de que pensara que era un maricón, pero para disimular o para ocultar le miré a los ojos, rectamente-. Verdes... y achinados.
- ¿Y?
- Es que me dijeron que los húngaros pueden tener unos rasgos así.
Antón se estaba cansando de mí. Por eso no contestó. Bajó la cabeza y cercenó la grasa de su costilla, y la puso a un lado del plato. Después tajeó prolijamente la costilla, hundió más el tenedor en la lonchita de carne y se la llevó a la boca para masticar a prisa. ¿Qué hubiera preferido? ¿Qué hablásemos de fútbol? Yo no. Hablemos, en todo caso, de los maravillosos rasgos de los jugadores checos en el Mundial de Alemania.
- Hablemos sobre Dveded, sobre ese. ¿Viste que raro que es? Tan raro como Klaus Kinski.
- No sé quién es Klaus Kinski. No me interesa. ¿Y qué es eso de los rusos? Mi padre era ruso, pero era bajo. Mi madre era puesteña pero era alta. ¿Qué tiene que ver todo eso con este asado?
En cualquier momento, mi interlocutor se iría a charlar con otra persona más entrtenida. Tal vez con alguien del montón que se iba formando alrededor de una botella con fernet que “Lobo” había apoyado ruidosa y ampulosamente en la mesa.
Es la historia sobre cómo perdí un riñón, ¿verdad? Sí. Lo perdí. Pero el trasfondo tiene un colorido tal que no puedo dejar de contarle a Sergio Pitol.
Una cosa de buscar sangre pura, sangre, depurada de abaucanes, rusos, y de maravillarse con la mezcla.
El objetivo del riñón es mantener el medio interno adecuado, ¿verdad? tanto en composición como en volumen, gracias a tres grupos de funciones: Depuración, mediante filtración glomerular y secreción tubular. Regulación, mediante secreción y reabsorción tubular. Y Funciones hormonales y metabólicas realizadas por el propio riñón.
Jajajajaja. Soy un mal estudiante de mi propio riñon. Ja, el único que me queda.
Bueno, eso le quería contar. Mire. ¿Quiere que me levante la remera? Mire. ¿Ve tremendo tajo? Uno es el que me hizo con su cuchillo Antón, totalmente borracho, hasta la chota de borracho. Y el otro es la historia de mi hospitalización y de cómo me salvó un médico del Hospital de Aisunasta.

Tuesday, October 03, 2006

La carta con la que César empezó a declarársele a Evangelina

César Sarmiento la escribió hace un año. En la fiesta, Evangelina la sacó de una carpeta y se la mostró a César para que la recuerde:
“¿Es una carta a ti, Evangelina? Difícil que eso sea. Porque el que esto escribe no tiene, ni tendrá la oportunidad de entregar una carta así. Sólo sabe que el encuentro casual de anoche, en la puerta de una verdulería, hablando de los familiares tuyos, ha sido un encuentro en donde empiezan a manifestarse, por fin, las cosas buenas. No la felicidad tilín tilín tilín de las campanitas, sino el camino claro, aún con nuestras historias repletas de andrajos. Y eso, lo de ver la claridad de un camino, ya es una forma de felicidad.
Nuestras historias, Evangelina, tienen porciones andrajosas, si no compartiéramos las oscuridades, Evangelina, dificil que mi rubor apareciese ante tu presencia.
Fue un momento sencillo. Salías y yo entraba. Cuando te fuiste, cuando me despedí de vos y te dije la formalidad: “Nos vemos”, y vos respondiste: “sí, bueno”; me dije: “es la sensación del clic a las cosas buenas”. A partir de ese momento, que fue ayer lunes 2 de octubre, a las 21,30 horas exactamente, van a empezar las cosas buenas.
Y las cosas buenas empiezan, por ejemplo, con mayor tolerancia a mí mismo, mejor organización de las actividades, más conocimiento de los miedos, los miedos que son perros a los que uno tiene el deber de adueñarse y alargarles o acortarles la cadena.
Anoche anoté esto para no olvidarme: “El encuentro con Evangelina fue premonitorio. A partir de ahora, tanto a ella como a mí, las cosas buenas vendrán hasta el final.
Estoy seguro porque no sé qué significa todo esto”.

La manera en que Sarmiento derrumba el castillito de Santiago

No querrán que aparezcan aquí todas las preguntas que se hizo Jorge Sarmiento a lo largo de hora y media sobre su rencor por este lugar. Hubo un momento que disfrutaba, que reía solo, que decía: “Jajajajaja... si me filmaran... si me filmaran”. Y tomaba, mirando la botella, entornado sus ojos como si fuesen la cámara que se esforzaba por hacer un Plano Detalle a la embocadura.
Se levantó a las nueve y media de la mañana. Tirado en el suelo de barro apisonado, miró, con un solo ojo, el horizonte corto de la pared de enfrente. Por la juntura gris salió una fila de hormigas negras. El brazo izquierdo que aplastó con su cuerpo se desentumecía. Lo benigno de tomar un vino syrah lentamente era que la jaqueca se torna más leve, y que te queda un regusto a guinda amarga en el fondo del paladar.
Sarmiento, tambaleando, salió del torreón y se encaminó a la acequia. Se arrodilló sobre la greda húmeda y se lavó la cara con el agua fresca.
“Al gil de Shanti le molestará que el castillo que había construido en Aisunasta se esté derrumbando. Shanti y sus castillos”, dijo en voz alta. Ladeándose, con mirada torva, fue a encerrarse otra vez al torreón. Jorge se refería a Santiago Blasón, un ex empleado aduanero que había llegado a Aisunasta hace más de quince años, y que, luego de separarse de su familia formoseña, construyó casa, formó una nueva familia y se dedicó a investigar sobre las aves de la zona. “Aisunasta es mi paraíso, mi lugar en el mundo”, decía en las generosas comilonas que prodigaba a sus amigos. Pero, paulatinamente, Santiago observaba que la situación de Sarmiento y de otros desocupados en Aisunasta refutaban en algo su candorosa visión de la región. Es decir, el castillo que Santiago había formado con las virtudes plenas de Aisunasta: la supervivencia de las aves canoras en esta sequedad, las acequias milenarias que aún se usaban en estos pueblos, las piedras y los silencios, todo eso y algo más. Ese castillo se estaba derrumbando en sus cimientos humanos.
Jorge sintió un poco de lástima por Santiago y su castillo corroído, pero no tanta lástima como el mismo Santiago, César Vázquez, Evangelina y tantos más sentían, a la inversa, por Jorge.
De todas maneras, a Sarmiento no le molesta en absoluto que se caiga el castillo, que se haga añicos, que se convierta en un mazacote amorfo. “Está bien. Aisunasta se lo merece”. Y qué. Él es un resentido. Fue una declaración de principios que hace rato la planteó en el torreón de adobe. Y la seguirá planteando mientras no cambien los mandamases de estos pueblos.

Una lucecita al amanecer.

Día 2 Abro este archivo que dice “diario de la luz”, e inmediatamente apago el cigarrillo. Limpio la habitación, dentro de las fuerzas q...