Tuesday, August 22, 2006

El torreón le hace recordar al hotelucho de San Telmo

Jorge Sarmiento toma de a poco el vino syrah, el paladar siente la astringencia y pide agua, pero agua no hay en los alrededores del torreón. Él tendrá que levantarse cuando amanezca y caminar hasta Aisunasta. “Sólo voy a estar veinticuatro horas acá”, decidió, guardando los restos de su sánguche de queso.
Este torreón, ¿a qué le hace recordar? Al hotelucho del gallego de Buenos Aires, por supuesto; le hace recordar al refugio de bandidaje adolescente en barrio Los Robledo de Tinogasta, le hace recordar al rancho en donde se encamaba con Gloria en Los Guindos de Río Primero, y hasta le hace recordar al primer refugio: el árbol tamarisco en forma de carabela en el fondo de su casa de la infancia, en Caleta Olivia.
Por ejemplo, el hotelucho de la calle Independencia del barrio de San Telmo tiene algunas cosas similares a este torreón. Era mediados de la década del noventa. Hace su primer viaje a Buenos Aires a través de un contacto con un amigo en Aisunasta. Estaba tontamente maravillado con la idea de vivir en Buenos Aires. “Allá, en Buenos Aires está el conocimiento”, se decía, se repetía y le encantaba esa idea.
“Estás loco y nadie se da cuenta de eso”, le dijo una mujer cuando le contó que se iba. Objetivos del viaje: estudiar literatura y trabajar en el diario Página 12. Sub-objetivos (que no le manifestaba a nadie): escribir con soltura e ingeniosidad y que en el Página 12 lo admiren como una nueva promesa del periodismo literario, así como se lo admiraba a Rodrigo Fresán; estar al lado del proceso de titulación de Osvaldo Soriano, recibir órdenes de Jorge Lanata para las investigaciones, auxiliar a Horacio Verbitsky, casarse con Gabriela Cerrutti, compartir con ellos toda la jornada. Está loco con esa idea.
Llega a Buenos Aires, tontamente maravillado, desde Retiro y vive un tiempo en la casa de la madre de Gonzalo Arrieta, el contacto que tenía en esa ciudad. Maravillado de estar viviendo, nada más y nada menos que en el famoso mundialmente barrio de La Boca.
Pocos días después de la explosión de la bomba en la AMIA, decide marcharse a otro lugar. No porque estuviera cerca de la calle Pasteur, todo lo contrario. Sucedía que la madre de Arrieta estaba cada vez más histérica debido a que estaba acostumbrada a vivir sola.
Alquila una pieza en el hotel que está frente a un viejo y conocido lugar del barrio de San Telmo, sobre la esquina de Independencia y Balcarce. Pero cuando los porteños dicen “Hotel”, están hablando de esos tristes y húmedos edificios descascarados, donde conviven, a cinco pesos el día, provincianos, peruanos, bolivianos, paraguayos, uruguayos, porteños con vidas desperdiciadas y familias muy pobres.
Vive allí sólo dos días. Es que descubre al tipo que duerme al lado, que está loco. El tipo, un flaco de tez cetrina y voz bronca, le cuenta con cordialidad que trabajaba en la televisión. Charlaron un poco y tomaron mate durante la tarde. Sarmiento sale un rato a recorrer San Telmo, sigue tontamente maravillado porque cerca de allí está el teatro Parakultural. Cuando regresa se acuesta. El tipo duerme. Apaga la luz y siente que el tipo se levanta. Y empieza a decir: “Ja jajajajajajaja... A mí gallega no me vas a cagar, ¿sabés? Y vos tana, qué hacés, eh, qué hacés... Che che che che, tana, tana, tanaaaa”. El tipo estaba parado al lado de su cama. Entonces, Sarmiento se levanta prende la luz y le dice al tipo, mientras lo zamarrea de los hombros escuálidos: “¿Qué hace? ¡Despierte!”.
El tipo abre los ojos. Se disculpa, se tranquiliza y se acuesta. Sarmiento espera un rato. Apaga la luz. Pero escucha que el tipo sigue riéndose, esta vez por lo bajo: “Ha hahahahaha... ¡Tanaaa...! ¿Escuchaste? ¿Y, gallega?”.
Sarmiento no duerme escuchando los quejidos del tipo. Al otro día se marcha, huye de allí sin pagar el hotel. Vuelve a Córdoba porque ya no tenía para comer, retrocede en sus objetivos. Pero eso fue apenas el primer viaje a Buenos Aires, la Reina del Plata.

Saturday, August 05, 2006

César piensa en Sarmiento

¡Mhm! Más vale se hubiese quedado en Buenos Aires durmiendo en las plazas, sí. Y había comedores, incluso, para los que erraban por las calles; y actualmente hay lugares que el gobierno de la ciudad dispone para dormir. Sin embargo, una de las cosas por las que salió de Buenos Aires fue porque no le interesaba reírse de su esencia norteña. Tampoco quería ser ceremonioso con su “norteñidad”, pero menos quería ese estigma que le estaban dando de norteño cumbiero. Otros norteños se reían de sí mismos, como un tal Cucurto.
En realidad, sus hijitos eran los que no le daban el espacio para ser satírico... Un dolor, un dolor permanente. “Y sí... a los pobres negros nos queda la risa resentida de la cumbia o la vidala angustiosa y auto-destructiva...”, dijo para sus adentros.
“¡Pero qué estás desvariando... Jorge del Carmen Sarmiento!”, prorrumpió, ahora en voz alta, echándose otro trago de syrah, haciendo un salud a un grillo que pataleaba debajo de la pesada madera de la puerta de entrada del torreón.
Mientras, en un lugar ruidoso de Aisunasta, César Vázquez estaba en la previa de la fiesta de despedida de soltero en el patio de su casa. Una velada familiar, en realidad. Estaban acomodados los platos y vasos en un gran mesón de madera, debajo de un algarrobo. El esmirriado padre de César hacía el asado. La madre, acompañada por Fina López, preparaba ensalada.
A César lo dejaron libre, para que atendiera a los primeros invitados. Se sentó frente a Yanina Carriego, la vecina que había ido con un tercio de su prole.
Estaban hablando de la mujer que tenía trece chicos, los que había parido desde que tenía catorce años. Entonces, Yanina, de 36 años dijo: “¿Y yo, que tengo siete y, aún así, trato de darme vuelta?”.
- ¿Y cómo hacés, con siete hijos?
- Yo la peleo. Soy una leona para mis hijos. No tanto Javier, mi marido. Él es mano rota. Hace una changa y después vienen los chicos y le dicen: “papi, dame un peso”, y les da. A mí no me agarran con esas. Yo, por más que pataleen, no les doy. A mí me cuesta hacer el peso. Es que yo sé lo que es un peso. En cambio Javier no. Y ahora, no sé si es que no puede o no quiere, o no hay trabajo para los hombres.
- Pará. Ya vengo. –la interrumpió César, que tenía la vejiga chica y por eso, cuando empezaba a beber, debía ir a cada rato a orinar.
Y César, en el baño, pensó en Sarmiento, un caso paradigmático de alguien que dejó de remar, resignando a que el bote flotara a la deriva, con hijos y todo.
“Quizás Jorge Sarmiento se sienta culpable por no saber –o por ser un incapacitado- de las reglas del juego político-mercantil aisunasteño, el juego catamarqueño, el riojano, el copiapino. Y, al final, lo terminamos viendo como un individuo rebelde, incapaz y lúmpen. Qué se yo. Y así es difícil que cante zambas, a lo sumo cantará vidalas, las seguirá cantando en sus machas continuas”, pensó César.

Tuesday, August 01, 2006

Por qué Sarmiento iba, de cuando en cuando, al torreón de adobe

Debajo de las bases carcomidas de ese cilindro barroso que era el torreón estaban los nidos de alacranes. “Seguro que están con sus colas retráctiles, en las caries de los cimientos de este torreón”, dijo Sarmiento, ya sentado en el piso de arcilla consolidada, tomando su primer trago de syrah, masticando el sánguche de queso tipo senda.
Por muchas razones venía al torreón de adobe. Venía, por ejemplo, para creer que estaba dentro de una película western y que, afuera, hombres del ejército lo habían confundido con un forajido. Entonces, él tendría únicamente un revólver con siete balas para defenderse. Venía porque había que estar solo y encerrado, para gritar -desde su indigencia- solo (y no para llorar apiñado con otros indigentes en esa cárcel que el gordo gobernador construía con orgullo en las afueras de San Fernando del Valle). Venía porque le gustaba ensoñar que estaba junto a Zelma en Copiapó. Zelma, la primordial mujer, la Kleinfrau, la que conoció en la década del ‘80. Venía, además, porque traía un papel y soñaba con el golpe de inspiración para escribir la zamba más linda de Aisunasta, la zamba más romántica del siglo XXI, la que valiese un monumento, una calle con su nombre. Venía porque no soportaba el dolor que le causaba el llanto de sus hijitos, sus cinco hijitos con distintas mujeres; un gimoteo cascado porque sólo comían polenta, pan y mate cocido. Por tanto -se figuraba-, las cuerdas vocales de esos hijitos cómo saldrían sino cascadas, prematuramente seniles. Venía porque era un cobarde que más vale se hubiese quedado en Buenos Aires a dormir en las plazas, total la ginebra que le daba un pintor chileno le alcanzaba para soportar el frío y las patadas de changos con paco.
Se asomó al “ojo de buey” del torreón, el que daba hacia el oeste. El viejo caballo pastaba, bufaba, hacía vibrar los músculos de anca e ijar para ahuyentar mosquitos y jejenes tornasolados. El potrillo de más allá arrancaba ramas de madreselvas, las únicas madreselvas que había en estos valles.

Precursor del grunge

En aquella época, cuando tenía unos 13 o 14 años, incluso menos, cuando tenía 11 o 12 años, yo fui el precursor del grunge y nadie se ent...