Tuesday, February 28, 2006

Dónde están Aisunasta y Saquiste

Aisunasta está a cien kilómetros de Chilecito, a 97 kilómetros de Tinogasta, a 90 kilómetros de Belén, a 670 kilómetros de la ciudad chilena de Copiapó, a 120 kilómetros de Fiambalá. Más lejos, pero reconocidas como ciudades “parientes” están Andalgalá, Pomán, San Blas de Los Sauces, Santa María, Cafayate, Aimogasta, Sanagasta, y las ciudades chilenas de Diego de Almagro y Puerto Caldera. Aisunasta, pequeña ciudad, cabecera del departamento homónino, cuenta con nueve mil habitantes, si se suman los distritos cercanos, como Saquiste y Plaza Ferral, se hacen 11.345 habitantes.
En el sector oriental de Aisunasta hay un bosque de terebintos que la hacen famosa turísticamente, junto a los milenarios canales aborígenes que recorren sus calles. Aisunasta es una ciudad de esta provincia de dinastías familiares que engendran políticos mediocres. Se alternan los Alcázar, los Sadeb y ahora, también quieren entrar en el juego de alternancias dinásticas los Villavicencio; y en el medio están los engendrados rancios que nunca dicen nada, el conservadurismo de familias de apellidos, algunos tricentenarios ya: los Nacáreos, los Gamón, los Casal Bienquistos, los Roelvilla, los Brumuela, los Empino. Y además, avalado por un grupo de intelectuales menores de la Junta Histórica, muy menores como Armando Gamón y otros que cantan sarmentosas loas a la Virgen de la Quebrada y al prócer Prior Rufo Carrizo. Esa Junta, cuyo máximo aporte es saber quiénes fueron los ascendientes españoles. Cuando a Gamón le critican esto precisamente, su chochera con la Virgen de la Quebrada y la religiosidad clerical responde con más Virgen de la Quebrada, con más Prior y con más religiosidad. De la historia de los indígenas se encargan otros, pero son los menos.
Luego volveremos a Aisunasta. Ahora, Jorge Sarmiento está borracho y se dirige en dirección a Saquiste. Su madre es de Saquiste. Saquiste está a dos kilómetros de Aisunasta, es muy tranquilo. Apenas un caserío blanquecino, rodeado por arboledas enanas de membrillos, y a los costados de la ruta un conglomerado de hectáreas de viñedos y alfalfares. La producción del lugar no va más allá de dos fábricas de dulces y mermeladas (o tres, si contamos al centenar de frascos de jalea de Don Barbi). Saquiste se encuentra en una zona de tierra fértil. Como la mayoría de los villorrios de la provincia, la cantidad de habitantes disminuyó en las últimas décadas. La juventud se ha vuelto a ir a Caleta Olivia o a la cosecha de cereza en Los Antiguos (a la orilla del lago Buenos Aires, en la provincia de Santa Cruz). Ahora, allí hay solo viejos y un ramillete de niños con sus correspondientes padres, hombres y mujeres corpulentos, con la piel del mismo brillo que la terracota. Hacia el centro mismo del pueblo, donde se halla la parroquia de ladrillos al desnudo, se alza en el medio de la plaza y de los terebintos, un tosco tanque de agua inutilizado hace treinta años, con la base debilitada por la herrumbre.
Jorge Sarmiento faltaría al día siguiente a su programa matutino. Lo sabía porque saliendo del sendero del basural se dirigía al torreón de adobe, al sureste de la ciudad, a mitad de camino entre Aisunasta y Saquiste, donde terminaba el bosque de terebintos y empezaba el raleado algarrobal; lo sabía porque, además, llevaba en su mochila queso cortado en máquina, y tres botellas de vino syrah de una bodega de Tinogasta.

Sunday, February 26, 2006

El que se quedó con las ganas

Porque Jorge Sarmiento anduvo detrás de Evangelina, antes que César Vázquez. Porque no sabemos cómo será César Vázquez en un futuro con Evangelina. ¿Y si es alguien oscuro, triste y sinsentido, vos creés que Sarmiento tenga posibilidades? ¿O nunca más? ¡Nunca Más! Ojalá aquel, el César del futuro, sea como el latoso Marcos. Pues Jorge deseaba para la vida conyugal de Evangelina al más mediocre de los hombres, a un contador público con caspa, a un profesor de gimnasia con motocicleta, a un empleado municipal con título de profesor en Ciencias Biológicas o en Jurídicas, ¡que sea como el latoso!.
Hoy, Jorge es un hombre triste. Es casi imposible nada; es nada imposible casi; es, casi nada, imposible que Jorge pueda ver a Evangelina y que ésta pueda, a su vez, aceptar tantas faltas de coincidencias.
Jorge Sarmiento, desviado de lo hogareño, borracho hasta la grasa, caminaba en la siesta que cruje y chilla, entre talas y chañares, vidrios, latitas y pañales descartables. Decía para sí: “Aquí, con su mochila al hombro mil veces vista, por ende, caída en ridículo, va el Jonathan Swift que les relatará la historia del Gulliver del amor pre-cordillerano. Este Gulliver es un aristócrata indigente que tiene, en total, cuatro hijos repartidos, uno con una delgada mujer; otro con otra, tan sonriente como voluptuosa; otro con otra, tan irritativa como solidaria; y, una niña con otra, tan indigente en su niñez como en su vejez prematura. Esta es la historia de un desfasado en el amor que sabe que tiene un deber mayor al de cualquier enamoramiento con mujeres gigantes o pequeñas, y es el deber de seguir estando con los chicos. Gulliver, dónde está la kleinfrau, así la llamaba a Evangelina Romero, dónde está Evangelina, dónde está todo lo no-perdido y lo no-sido, lo inasequible. What sufrimient!!! Gulliver, estás ahí, sé que estás ahí. Dime, chico, dime una cosa: ¿es cierto que seguirás? I’m a blue man, a blue man... Una cerveza más para dormir. Sólo quiero dormir llorando”. Jorge, hombre-triste, indio-triste, coya arenero con negrura hasta el fondo, negrura profunda porque Evangelina anunció por la FM Signos que entrará en el Tajmajilán con César.
Y todos felicitaban a César, que hace un programa cuartetero en esa radio. “Se hace el popular el puto y anduvo, tirado, segregando mezcalina en la falda de El Fraile”, había pregonado, con dentera, Sarmiento al profe Ramírez quien, en el bar de Rémioro, había elogiado a César y el rico léxico que usaba en el programa de cuartetos. “¿Vos creés – había seguido ácidamente Sarmiento- que puede ser popular un tipo que vomita el mezcal sacado de un Pedro del río Seco y que, después, empieza a reírse de la boludez en que están metidos los aisunasteños, en sus bingos y sus inauguraciones con cortes de cintas?”.
Jorge Sarmiento hace el programa tempranero, de 5,30 a 7 horas, con bastante regularidad. Últimamente dejaba, al retirarse de la sala de locutores, fragancias exageradas, lociones para después de afeitarse con olor a menta, eau de toilette con muchos dejos de boscaje oscuro y resinoso; lo cual, empero, no podía enmascarar la volatilidad de la ginebra, del fernet o del bonarda desde el paladar, la lengua y los dientes, ni quitar la fluvia etílica que quedaba en el forro del micrófono. Aún así, incumplía poco, una vez por quincena: un lunes o un viernes. Es viernes, todos están en el rito del saquije, mientras Jorge Sarmiento va al torreón de adobe a seguir bebiendo.

Tuesday, February 21, 2006

El Saquije. Rito milenario de Aisunasta

César Vázquez y Eva Romero iban, esa mañana, del paraíso montañés al infierno del pueblo chico. Sendero abajo, marcharon divirtiéndose y tomados de la mano una vez que sortearon la ladera con ribazos desmoronadizos. Al cabo de un rato, el sendero que se abría fangoso entre junquillos y symboles se bifurcó en la ruta, medio kilómetro antes del puente. No quitaron la sonrisa ni siquiera en la fatigosa caminata de siete kilómetros sobre la banquina de arena. Así, sonriendo, habían permanecido en el “tajmajilán”, un sacramento que consiste en conocerse dos días y dos noches sobre las cimas de dos montañas bajas. Casi siempre, para los enamorados, es hermoso este pequeño período que precede al “saquije” o “preludio de habladurías”.
El tajmajilán transcurrió, para César y Eva, en muelle tibieza junto a los jotes que tenían los nidos cercanos y en refugios naturales dentro de las hoquedades de las rocas de lajas. Muelle tibieza porque, con la irrupción de los anticonceptivos, el sexo dejó de prohibirse en este rito. En realidad, los aisunasteños nunca entronizaron a las vírgenes como virtuosas, tal como equivocadamente reseñan algunos historiadores. Lo que ocurre es que éstos confunden el período de la cultura de Aisunasta con la breve época incaica. Los aisunes vivieron en este valle, entre el cordón montañoso de San Tarsicio y el río Abaucán durante más de siete siglos. Hay documentos del siglo XVIII que describen al Saquije en forma descarnada, sin aderezos andaluces, ni melindres católicos, ni falsas mixturas quichuas y que, de hecho, prueban que el coito pre-conyugal sólo tenía una barrera: el destino de la mujer si quedaba embarazada.
Los aisunes se casaban por amor, siempre y cuando fuera entre plebeyos. “Por amor”, dicen los aisunasteños de ahora, pero también habría sido por el olor del sudor, o por el brillo de la piel, o por los músculos que palanqueaban mejor las herramientas en las terrazas de mandioca y maíz. Después, recién después, vinieron los incas y su moralina económica que penetró hasta en este sacramento. Como dijimos, si se prohibía el sexo en el tajmajilán era por prudencia, pues aún no estaba garantizado el matrimonio y, por lo tanto, no era deseable una mujer encinta.
César y Eva, por consiguiente, rumbeaban a la pequeña ciudad más adeptos al erotismo religioso que a la salacidad. Eva tomaba la delantera en cómo definir esa religión pero César, canceriano, la seguía gustoso en creer en ese teorema donde el malogrado fruto de una unión, impedida por los sucesos terrenales y presentes, se instalará en algún sitio al que sólo Dios sabe. Digamos, como si ese fruto gestado pero nunca nacido para la tierra, tuviese alas, como las de los niños-angelitos que mueren, y fuese a ocupar un lugar de espera, exclusivamente para este César y esta Eva. En otras palabras, ellos se unirían, pero si así no fuera, pactaron, el amor entre ellos reaparecerá sin obstáculos más allá.
Para tranquilizarse jugaron a la apuesta del tiempo. “¿Cuánto creés que tardamos en llegar a aquel chañar?”, preguntó Eva señalando el árbol torcido que estaba delante del terraplén donde Provincia y Municipio construirían el camino nuevo hacia las montañas del tajmajilán. “Siete minutos, treinta segundos”, contestó César, colocando en cero su cronómetro. Eva bajó sus pestañas con una sonrisa amplia: “Listo. Yo digo que cinco minutos. ¿Dale?”.
César vio que Eva mantenía su sonrisa. Él se preguntó si ella acaso pensara en las mismas personas que protagonizarían el “saquije”: en Rosa Morales, la petiza de barrio Tropez que lo detestaba por un malentendido con su hija Eda; en el latoso Marcos Sarmiento que confesó andar detrás de Eva “como perrito sin suerte” y que, ahora, sería un enemigo de valer; en “Cienpuros”, el changarín de la verdulería “Centro” que obraría a pedido de Juan Velazco (del Carril).
A él, cantante y locutor que ya no “canta las cuarenta”, en cambio, se acercarían las rivales que Eva (la profe Romero) podría haber cosechado en el Instituto por unas horas de cátedras ignorantes; Ramona Sánchez (que competía con Eva cuando ambas, trigueñas, se calzaban pantalones cortos), Elba Carrasco, o tal vez la ya casada Fina López y... bueno, en realidad, no es que haya mucha gente que la aborreciera, sino que siempre se ha tenido inquina a la gente enamorada. Pero está bien... eso es algo fundamental para la existencia del “saquije”.
Vestidos ambos de lila, no de rojo como lo hizo vulgarmente la televisión. Lila: el color que amortigua las malas ondas.
El carnaval era el permiso para la lujuria, el saquije para la maledicencia.
El pueblo: enmudecido, por ahora en la mañana. Esa sensación de quietud signo de familias apeñuscadas en sus hogares hacinados en barrios del Instituto de la Vivienda, siguiendo la rutina cotidiana, de salir a trabajar, conseguir unas cuantas monedas y volver a casa a alimentar a niños piantes. Ese barrio que ahora se llamaba San Tarsicio, no estaba ni humeante ni límpido. César y Eva no estaban asombrados, ni tampoco tenían temor. ¿Vale la pena reiterar que estaban enamorados y, como tales, creían en esas canciones que hablaban de la invulnerabilidad del amor? Sin embargo, César no dejaba de pensar en aquellos vecinos maliciosos pues, en esta tradición y ritual, se mezclaban los odios personales frente a los ritos comunitarios, y sus relaciones con la naturaleza y los dioses. En el carnaval o en aquel derroche de violencia entre los habitantes demostrando que son fuertes ante los espíritus, golpeándose entre sí ocurriendo antes de la siembra también era una relación con la naturaleza divina. En este caso, se entremezclaban los odios personales con la relación humano-divina.
Entonces, César y Eva ingresaron al pueblo y no había ningún indicio de que sobrevendría el saquije. Ninguno. Por lo tanto, siempre para este pueblo siempre fue muy difícil saber cuál es el color, el olor y el sabor de la envidia. No había un color que pudiese destacarse frente a otros. Mes de mayo, un mes incierto en su estado del tiempo. Había colores pálidos, colores oscuros y los estridentes que estaban en la Terminal de Ómnibus y los cuatro barcitos pringosos del frente.
En una esquina, el taller de chapa y pintura del boliviano estaba con sus esqueletos herrumbrosos de autos intactos. César y Eva avanzaban. No tenían temor, sino curiosidad. O, tal vez César, sí, quizás él, tenía un poco de preocupación, pero Eva no, ella tenía curiosidad. Por eso a César empezó a... pensar, a preocuparse... a ¿temer? cuando observaba que ella solamente tenía curiosidad. César empezó a temer por la futura unión, ya que, pensaba, si no se tiene un mínimo de preocupación eso significa que él sentía más por ella, que ella por él; que si ella sentía curiosidad, que si no sentía ni un mínimo miedo, significaba que no tenía miedo a perderlo en el saquije. Pero a César le resultó muy difícil, siempre, comprender la mente de Eva, orgánica, segura y vivaz. Virtudes contrarias a la de César en los momentos con vallas como los que atravesarán. Siguieron caminando, y se encontraron con el primer gran indicio del Saquije: el cartel.
“Eva puta, dejá de joder con Sheshi porque es mío”, en el paredón que escondía el cementerio herrumbroso de la fábrica de aceite de oliva como un gráfico altoparlante de lo que ya se había garabateado con tizones húmedos en el baño de mujeres del Instituto; peor aún, porque esto le hizo sonreír de orgullo a César (Sheshi para las admiradoras invisibles); pero eso del segundo cartel, eso de “Eva prostituta y panacuda, alejate de los hombres casados”, era peor.

Siguieron caminando. Tenían que hacer un recorrido que coincidiera con una acequia antigua, la milenaria, la que iba hacia las ruinas de las terrazas agrícolas. Cada uno se ubicó en un margen, tomados de la mano. Sus brazos como puentecitos sobre el agua cobriza de la mañana. Luego retornaron a la calzada pavimentada, doblaron por la calle Imelda Guardia hasta la avenida Moreno, de allí, otra vez hacia el norte por la arteria Saúl Olmedo donde estaban las dos radios efe-emes, enfrentadas entre sí. Nadie se asomó por sus balcones de chapa. Intentaron oír algo. Algún comentario. Esa mañana no existía el ruido competitivo de la calle Olmedo. Más temprano, a las siete media, hora de largada de los programas ómnibus de Julio César Rodríguez (FM Signos) y Jean-Carlos López (FM Rapidez), coincidieron en hablar del saquije.
“Basta de socapas”, dijo el culterano Rodríguez, “es el día para sacar malevolencias al aire, como dice esa zamba-cueca”. Entonces, el operador Ramón Chayle lanza el tema local que dice:
“Nos sinceremos, nos sinceremos...
somos unos envidiosos, unos arteros y pinchaglobos...
arteros pinchaglobos de momentos dichosos.
El saquije en Aisunasta, en Aisunasta...
donde rima syrah con sinceridad, con sinceridad...
y tomemos un buen syrah antes de mentira-verdad,
intentar arruinar la vida
de pobres parejitas,
jijiji, pobres parejitas, jijiji”.
Jean-Carlos, por su parte, empieza con un tango y, al punto, proclama: “Acabamos de escuchar La Puñalada. Ahhh, me siento libre ahora para decirles viejas y viejos malevolentes, ahh, viejas sucias que les gusta el cotilleo, hoy estáis libres... Que los jóvenes aprendan que este es el día bueno de la libertad para tener sanidad mental durante el resto del año. ¿De acuerdo? Ahora, vamos con un temita de Fernando Bladys, recuerdos cuarteteros”. Jean Carlos nada quiso acordarse de Agustín Maquinzay, el contador de la bodega grande, quien había caído por el estudio, el día anterior, leyendo una diatriba peronista contra el ritual. “La calumnia vil se origina comúnmente en una sospecha miserable. La habladuría es enemiga de la paz. Cuando la emoción se desequilibra, la inteligencia se enloquece. El perro rabioso muerde su propia cola. Seamos más fiscales de nosotros mismos y menos verdugos del prójimo”, había leído Maquinzay, a quien una oyente contestó por teléfono, a las risotadas, “este señor no sabe que la idea es, justamente, hacer todo eso en el saquije, la sospecha miserable, la calumnia vil, ser verdugos del prójimo. ¿Dónde vive el contador? ¿No entiende el rito que da sanidad por el resto de los meses al pueblo o tiene miedo de él ya que su hijo está noviando con la chinitilla Josefa Arias?”.
Pero el arranque de los programas fue a las siete y media. Cuando César y Eva pasaron por la calle Olmedo, a más de las diez, parecía un día feriado para las radios. Primera farsa: las transmisiones continuaban a bajo volumen con zamba-cuecas grotescas.

Cesar esperó que se levantara la tolvanera como preanuncio de la muchedumbre saquijesca, esa que ya se la veía llegar desde el barrio del Matadero, desde los sectores húmedos de la bodega nueva y de la bodega vieja, pero, sobre todo, esperaba un remolino de mala onda desde el barrio Independencia, a ocho cuadras de la plaza, donde residía la molicie exudada por los empleados públicos, los ex - funcionarios y sus empleaditos públicos y sus mujeres empleadas en lo impúdico-público.
Todos estos, de temer, porque entre ellos estaban los que se repeluznaban con las opiniones que había improvisado César antes de las elecciones provinciales. Opiniones contra el discurso sentimental, la sensiblería familiera y frívola, la religiosidad impostora, la fe pequeña, el folclorcito anacrónico. “Pero todos esos elementos que mencioné son inútiles ante los cambios: aumento de pobreza, desocupación, violencia, delincuencia. Intuyo que, a la larga, estaremos quejándonos de todo ello, y del discurso sentimental útil sólo para maquiavelitos, nos quejaremos de esos elementos que contribuyeron a sedarnos más, a olvidarnos de pensar y prever, de actuar y renovar, de cambiar, nos quejaremos de esta siesta cegatona”. Punto, supieron quién era César.

- ¿Puede alguien no tener envidia?
- Mirá como fruncís el labio para preguntar. Ese es uno de los putitos gestos de la envidia: el del falso desprecio, la falsa inapetencia...
- Ah.- dijo Marta frunciendo los ojos y mirando hacia el semáforo de la esquina sur. - ¿Y este? ¿Qué te parece?
- Bueno sí, ese también. – respondió con paciencia Sarmiento. – Ese es el de la envidia, claro, cuando el objeto codiciado está cerca, cuando está visible.
- Pero yo no tengo envidia de ellos...
- ¿Y por qué venís?.- eructó Sarmiento después de un sorbo.
- Me encanta inventar historias de los demás... Me divierto.
- Te divertís haciendo el mal...
- Así como otros se divierten poniéndose hasta la grasa y perdiendo su lugar... – dice Marta y se va riendo, despidiéndose alegremente de ese ser que se empequeñeció y se arrugó con su sombra en un santiamén. “Sarmiento, pedazo de infeliz ese Sarmiento”, dice Marta. “Marta, la frustración convertida en boludez del alma”, dice Sarmiento y se tranquiliza.
Leticia, en barrio Los Trenes, sale de su casa, batiendo la puerta de madera de algarrobo.
- Marta, Marta... Vení. Adónde vas tan apurada...
Marta sale de su circunspección pero no aminora la velocidad de su marcha: “ Adónde... ¿Adónde?... ¡Ya sabés!...”. Leticia ríe: “Sos d’iahi para eso”. Marta y su risita: “¿Y vos, putera comadrona?”. Leticia, restregándose la faldilla de su saquito de lana: “¿Sabés algo?”. Marta, mira hacia adelante: “Más de Sesha que de ella. La verdad...”.
Leticia o Leta, esforzándose por escoltar a la Marta ceñuda: “Esta, la Eva, parece que no tiene muchas carreras corridas...”. Marta del ceño fruncido a abrir la boca grande: “Eso parece... No tiene carreras... ¡conocidas!”. Leta: Es conveniente que le cuenta a Eva lo de Clanci en Santiago...
Marta: La pérdida que tuvo y la pérdida del feto...
Leta: Sí. ¿No es muy fuerte?
Marta: Varios ya lo saben y alguno usará esa arma. Ya vas a ver...
Leta: Pero... ¿No es muy fuerte?
Marta: Fuerte pero con la virtud de lo verdadero... Puede ser fatal, el arma mortal de la unión. Eso si Sheshi ya no le contó...
Leta: Capaz que sí, ya le habrá contado... Bueno, pero también me pongo a pensar: qué hizo de malo Sheshi.. No fue a auxiliar a Clanci, que estaba en Santiago...
Marta: Se hizo el otro cuando la chica estaba en apuros...
Leta: Era un changuito... Veinte años.
Marta: Era y es un inmaduro... Yo tengo la edad de él.
Leta: ¿Cuánto?
Marta: Treinta y cuatro... ¿Lo vas a usar? Lo de la pérdida de Clanci en Santiago, digo...
Leta: No sé. Yo sé que vos serías capaz de usarlo. Yo podría usarlo, pero tendría que asegurarme su efectividad. Ya me pasó con los Montalbán-Manzanares el año pasado. Si me califican el dato como mentira-mentira y mi malevolencia quedara apocada, sin efecto, sería malo, ya no sería la gran dichera del barrio. Prometeme, por lo menos, que vos no lo vas a usar.
Marta (mirando las estriítas que rodeaban el fruncimiento labial de Leta): No te hagás problemas. No conozco muchos detalles de ese asunto.

La pantalla mostraba la circunspección de Eva y César. El solterón suraji Mario Prebisch recitaba rápidamente: “y los dicheros no deben repetirse argumentos, historias, ni datos entre sí, de lo contrario no valdrán y tendrán el mismo valor que una mentira-mentira, por lo tanto, la pareja saquijista lo sabrá y quedarán a resguardo en el descansillo”.
“Categorías de verdad. ¿A cuántos agujeros estás? Dos mentiras-mentiras y tu maledicencia hace agua y tendrás que decirte adiós del saquije. Y estar en el saquije, ser un maledicente por un día es estar bendecido por todo el año”.
En el restaurant “El Escondido”, ubicado sobre la salida norte de Aisunasta, la que va al río cordillerano Trazan en camino bien pavimentado, José Klapdike y Natalia Mazzario tomaban café con leche en silencio, atentísimos a la transmisión televisiva.
El dueño del local era Julio Prebisch, hermano del suraji que aparecía gesticulante -con un micrófono en la mano derecha y un mate en la izquierda- en la tele. Julio le dijo a Norberto, su ayudante de cocina: “Ay, esa porteña... mmmiaamor”. Norberto se rió: “¿Por qué, che? Qué te gusta de esa flaca”. “El perfume. Huélela. Un perfume a sándalo y rosas”. Norberto se asomó por el boquete de la cocina hacia el comedor.
- Es un poco narigona.
- ¡Mejor! Las narigonas son las más guerreras.
- Y el chango es el macho, seguro...
- No, es el auxiliar de producción. Vienen de Telediez.
- Crimen no hubo en estos tiempos.
- No. Parece que recién descubrieron el saquije. Pero no lo vienen a filmar. Vienen a copiar la idea. Vienen a ver cómo hacer un reality. Por eso vienen ellos dos y la camioneta pelada, sin equipos satelitales.

- Parece que ese que llaman suraji es el árbitro. – conjeturó José Klapdike.
- ¿Tendrá alguna autoridad política durante el resto del año?- se preguntó Natalia.
- No sé. No da con el porte de autoridad, de alguien acostumbrado con el bastón político de mando. Pero qué sé yo. Hay cada intendente...
- Es un reality perfecto. El suraji es el conductor. Parece imitado de la televisión y no que la televisión lo imitará.

Eva, sonriente, besó en la boca a César y luego en la mejilla izquierda. “Amor, está todo bien...”, dijo y se dirigió hacia la carpa amarilla que estaba en la esquina de Uriburu y Moreno, en cuya entrada estaban las cámaras televisivas, el suraji y una cola de veinticuatro maledicentes. César vio con preocupación su marcha serena con sus piernas entubadas en vaqueros. “Eva, mi vida, que no sea la última vez que me des un beso así”, murmuró para sí, quieto, con las manos en los bolsillos de su buzo.

Precursor del grunge

En aquella época, cuando tenía unos 13 o 14 años, incluso menos, cuando tenía 11 o 12 años, yo fui el precursor del grunge y nadie se ent...