Thursday, October 05, 2006

Referencias de “Yema” Achalay a Jorge Sarmiento sobre la mezcla de eslavos y aisunes

Y. ya pasando la cuarta cerveza, Yema se anima a hablar mucho. Esto es lo que le dijo, sin mediar preguntas de Sarmiento, Yema, en esa gomería:
Los Pepev, descendientes de rusos y aisunes, estaban en la fiesta de cumpleaños de Sergio “Lobo” Rojas. ¿Ahora entiende, verdad, cómo llegué al entrevero? Porque Sergio Lobo, un riojano gallardo, me invitó, junto al generoso Garrone, el ingeniero de Córdoba, a ese asado con mucho vino bonarda en una finca de La Puntilla.
Le tengo que contar que soy voluble, porque el cuchillazo de Antón en mi riñón no se entendería sin contarle, del alcohol, de mi carácter. Es que había llegado a esa fiesta cansado, con muchas ganas de comer asado. Con Garrone, en el trayecto que va de Aimogasta a Watungasta, ya habíamos hablado de todo. Entonces llegué casi zombie. Yo estaba adscripto a una empresa privada olivícola como chofer, y Garrone era el jefe de plantaciones.
Voluble soy. Algunos dicen que soy casi un tonto. Pero no tan tonto como para leerlo a usted y maravillarme de sus descripciones de Varsovia, Drohycin o Bujara. Voluble soy y camino anadeando... ¡pero lo hago por timidez, eh!
Los Pepev fueron amigos de la infancia de “Lobo”. Siempre andaban con cuchillos grandes. Una costumbre más bien litoraleña. Los Pepev quizás parecían gnomos lituanos, pómulos altos, ojos achinados, de baja estatura (de 1,60 hasta 1,65 metros), de hombros esmirriados y rubios, muy rubios, barbados y desprolijos. Los Pepev tal vez no hayan sido Pepev, sino Popov, Popova, pero los tatarabuelos que bajaron del barco en el puerto de Buenos Aires sufrieron esa adulteración en el Registro Civil por parte de los envanecidos escribientes porteños.
Dicen que yo parezco un hobbit, de esos que creó Tolkien. Soy mediano, mido 1,68; mi rostro es aniñado por más que me arrugue inexorablemente y los huesos de mi cráneo paulatinamente tengan aristas más groseras. Quisiera haber sido como Sergio Pitol que recorrió y vivió en la Europa del Este. Soy un hobbit desesperado, abro los ojos grandemente porque me asombro de la pobreza en que caí, merced a la rugosidad de la vida.
Y ahí estábamos todos en mi mente alcoholizada: los Pepev, descendientes de rusos y abaucanes; y yo el abaucán puro. Los Pepev hablaban de talabarteros de Misiones, del precio de la alfalfa o de las nuevas camionetas.
Le tengo que contar sobre la maravilla de la mezcla que hay en los Pepev, porque Vladimir Pepev, el padre, casó con Delmira Audelia Carrizo, una aisunasteña, nacida y criada a pocos metros del sitio de Kajingasta. Por eso los changos Pepev, Sergio “Serguei” Guillermo y Antonio “Antón” Pedro, tienen rasgos mixturados, disposiciones “chesches” del cuerpo, de tal forma que no se sabía si lo dueñesco en sus fisonomías se debía a la parte aisunasteña o a la eslava. Porque son petisos, de ojos rasgados y con arruguitas como los mikilos de las siestas; pero también tienen el pelo muy rubio y con rostros de niños como los duendes que aparecen en las tradiciones centro-europeas.
Usted entenderá, lamentablemente le tengo que hablar de los Pepev y no de las regiones con las que sueño y ensueño desde hace décadas: sí, Rusia, Polonia, los países bálticos, los balcánicos y en donde lo eslavo se entremezcla con lo otomano, con lo chino. Tengo que contarle sobre lo poco que conozco, ya que no salgo de este lugar porque soy un empleado municipal de categoría 10, y los últimos viajes que hice fueron a Aimogasta para unas carreras cuadreras de caballos.
El problema no fue el bonarda. El bonarda que se hace en Tinogasta tiene la particularidad de no ser agresivo; la macha común con bonarda tiende a la amistad, al canto folclórico, a los abrazos.
De hecho, con justeza, el bonarda me hizo halagar lúbricamente la ascendencia rusa, a preguntar con curiosidad incontinenta sobre las costumbres de sus abuelos, sobre las mamushkas, sobre lo que yo creía que tiene Rusia, sobre cualquier cosa que me hiciera viajar a Rusia.
Serguei respondía monosilábico o acotaba algo antes de darse la vuelta y seguir hablando con Rómulo Vanegas, “el zondeado”, que sabía mucho de caballos.
Antón sí, Antón estaba dispuesto en las primeras dos horas, desde que empezamos a servirnos las achuritas, a hablar de lo que su padre le contaba de Rusia, de lo que los ucranianos del litoral argentino hablaban de Rusia.
Una de las coincidencias burdas y disparatadas de esa noche sucedió cuando Antón se refería, mientras yo cortaba en dos un riñoncito, sobre las funciones del riñón, el aparato urinario, todo sobre la depuración de la sangre.
Pero, al cabo de hora y media, parecía que el chango se iba hartando.
- Qué. – me dijo en un momento de silencio.
- Miro tus ojos. –le dije, sonriendo.
- Qué. ¿Qué tienen?
- Es que son... verdes. – tenía miedo de que pensara que era un maricón, pero para disimular o para ocultar le miré a los ojos, rectamente-. Verdes... y achinados.
- ¿Y?
- Es que me dijeron que los húngaros pueden tener unos rasgos así.
Antón se estaba cansando de mí. Por eso no contestó. Bajó la cabeza y cercenó la grasa de su costilla, y la puso a un lado del plato. Después tajeó prolijamente la costilla, hundió más el tenedor en la lonchita de carne y se la llevó a la boca para masticar a prisa. ¿Qué hubiera preferido? ¿Qué hablásemos de fútbol? Yo no. Hablemos, en todo caso, de los maravillosos rasgos de los jugadores checos en el Mundial de Alemania.
- Hablemos sobre Dveded, sobre ese. ¿Viste que raro que es? Tan raro como Klaus Kinski.
- No sé quién es Klaus Kinski. No me interesa. ¿Y qué es eso de los rusos? Mi padre era ruso, pero era bajo. Mi madre era puesteña pero era alta. ¿Qué tiene que ver todo eso con este asado?
En cualquier momento, mi interlocutor se iría a charlar con otra persona más entrtenida. Tal vez con alguien del montón que se iba formando alrededor de una botella con fernet que “Lobo” había apoyado ruidosa y ampulosamente en la mesa.
Es la historia sobre cómo perdí un riñón, ¿verdad? Sí. Lo perdí. Pero el trasfondo tiene un colorido tal que no puedo dejar de contarle a Sergio Pitol.
Una cosa de buscar sangre pura, sangre, depurada de abaucanes, rusos, y de maravillarse con la mezcla.
El objetivo del riñón es mantener el medio interno adecuado, ¿verdad? tanto en composición como en volumen, gracias a tres grupos de funciones: Depuración, mediante filtración glomerular y secreción tubular. Regulación, mediante secreción y reabsorción tubular. Y Funciones hormonales y metabólicas realizadas por el propio riñón.
Jajajajaja. Soy un mal estudiante de mi propio riñon. Ja, el único que me queda.
Bueno, eso le quería contar. Mire. ¿Quiere que me levante la remera? Mire. ¿Ve tremendo tajo? Uno es el que me hizo con su cuchillo Antón, totalmente borracho, hasta la chota de borracho. Y el otro es la historia de mi hospitalización y de cómo me salvó un médico del Hospital de Aisunasta.

Tuesday, October 03, 2006

La carta con la que César empezó a declarársele a Evangelina

César Sarmiento la escribió hace un año. En la fiesta, Evangelina la sacó de una carpeta y se la mostró a César para que la recuerde:
“¿Es una carta a ti, Evangelina? Difícil que eso sea. Porque el que esto escribe no tiene, ni tendrá la oportunidad de entregar una carta así. Sólo sabe que el encuentro casual de anoche, en la puerta de una verdulería, hablando de los familiares tuyos, ha sido un encuentro en donde empiezan a manifestarse, por fin, las cosas buenas. No la felicidad tilín tilín tilín de las campanitas, sino el camino claro, aún con nuestras historias repletas de andrajos. Y eso, lo de ver la claridad de un camino, ya es una forma de felicidad.
Nuestras historias, Evangelina, tienen porciones andrajosas, si no compartiéramos las oscuridades, Evangelina, dificil que mi rubor apareciese ante tu presencia.
Fue un momento sencillo. Salías y yo entraba. Cuando te fuiste, cuando me despedí de vos y te dije la formalidad: “Nos vemos”, y vos respondiste: “sí, bueno”; me dije: “es la sensación del clic a las cosas buenas”. A partir de ese momento, que fue ayer lunes 2 de octubre, a las 21,30 horas exactamente, van a empezar las cosas buenas.
Y las cosas buenas empiezan, por ejemplo, con mayor tolerancia a mí mismo, mejor organización de las actividades, más conocimiento de los miedos, los miedos que son perros a los que uno tiene el deber de adueñarse y alargarles o acortarles la cadena.
Anoche anoté esto para no olvidarme: “El encuentro con Evangelina fue premonitorio. A partir de ahora, tanto a ella como a mí, las cosas buenas vendrán hasta el final.
Estoy seguro porque no sé qué significa todo esto”.

La manera en que Sarmiento derrumba el castillito de Santiago

No querrán que aparezcan aquí todas las preguntas que se hizo Jorge Sarmiento a lo largo de hora y media sobre su rencor por este lugar. Hubo un momento que disfrutaba, que reía solo, que decía: “Jajajajaja... si me filmaran... si me filmaran”. Y tomaba, mirando la botella, entornado sus ojos como si fuesen la cámara que se esforzaba por hacer un Plano Detalle a la embocadura.
Se levantó a las nueve y media de la mañana. Tirado en el suelo de barro apisonado, miró, con un solo ojo, el horizonte corto de la pared de enfrente. Por la juntura gris salió una fila de hormigas negras. El brazo izquierdo que aplastó con su cuerpo se desentumecía. Lo benigno de tomar un vino syrah lentamente era que la jaqueca se torna más leve, y que te queda un regusto a guinda amarga en el fondo del paladar.
Sarmiento, tambaleando, salió del torreón y se encaminó a la acequia. Se arrodilló sobre la greda húmeda y se lavó la cara con el agua fresca.
“Al gil de Shanti le molestará que el castillo que había construido en Aisunasta se esté derrumbando. Shanti y sus castillos”, dijo en voz alta. Ladeándose, con mirada torva, fue a encerrarse otra vez al torreón. Jorge se refería a Santiago Blasón, un ex empleado aduanero que había llegado a Aisunasta hace más de quince años, y que, luego de separarse de su familia formoseña, construyó casa, formó una nueva familia y se dedicó a investigar sobre las aves de la zona. “Aisunasta es mi paraíso, mi lugar en el mundo”, decía en las generosas comilonas que prodigaba a sus amigos. Pero, paulatinamente, Santiago observaba que la situación de Sarmiento y de otros desocupados en Aisunasta refutaban en algo su candorosa visión de la región. Es decir, el castillo que Santiago había formado con las virtudes plenas de Aisunasta: la supervivencia de las aves canoras en esta sequedad, las acequias milenarias que aún se usaban en estos pueblos, las piedras y los silencios, todo eso y algo más. Ese castillo se estaba derrumbando en sus cimientos humanos.
Jorge sintió un poco de lástima por Santiago y su castillo corroído, pero no tanta lástima como el mismo Santiago, César Vázquez, Evangelina y tantos más sentían, a la inversa, por Jorge.
De todas maneras, a Sarmiento no le molesta en absoluto que se caiga el castillo, que se haga añicos, que se convierta en un mazacote amorfo. “Está bien. Aisunasta se lo merece”. Y qué. Él es un resentido. Fue una declaración de principios que hace rato la planteó en el torreón de adobe. Y la seguirá planteando mientras no cambien los mandamases de estos pueblos.

Sunday, September 03, 2006

Preguntas sobre este lugar

Como loco, Jorge Sarmiento, quien ya va por la mitad de la primera botella de syrah, se hace estas preguntas: “¿De verdad detesto este lugar? ¿Detestar es aversión por despecho o antipatía por incompatibilidad natural? ¿Un caletense puede terminar amando Aisunasta? ¿Un aisunasteño puede terminar amando Caleta Olivia? ¿O es incompatibilidad de alma y tierra?
¿Cuál lugar detesto? ¿Aisunasta... o toda la región norteña? ¿Acaso Aisunasta no es lo mismo que Tinogasta, Copiapó o Belén? ¿El qué de esta región detesto? ¿Su sequedad climática? ¿Su montaña perfilada y peligrosa? ¿Su desierto anodino y gris? ¿Acaso amo a Caleta Olivia? ¿Quiero más a Caleta porque me recuerda la infancia? ¿Pero acaso quiero más a Buenos Aires o a Córdoba o a Río Ceballos o a Santa Rosa de Río Primero?
¿Acaso la clave de todo esta tirria está en la gente? ¿Acaso la gente de Aisunasta no es la misma que la de Tinogasta o San Blas de los Sauces?
¿Desde cuándo? ¿Acaso este rencor por este lugar fue un embrión que fue creciendo a lo largo de los años? Si fue un embrión, ¿de dónde salió la semilla? ¿Por qué este lugar cáusame reconcomio? ¿Por qué no he podido desligarme de este lugar? ¿De qué cosas de este lugar recelo mucho? ¿De la gente? Si es de la gente, ¿cuál gente? ¿De la gente que dirije, desde el centro de Aisunasta, al comercio, la educación y la política? ¿O de la gente que vive y muere famélica de todo en los barrios de estos pueblos?
¿Es que me siento vulnerable ante esa gente del centro? ¿Le tengo envidia porque están mejor que yo económicamente? ¿O me molestan otras cosas? ¿Me molestan sus creencias, sus escrupulosidades, sus cobardías, sus chismes de infierno grande? ¿No era que la vida en un pueblo norteño como Aisunasta era lo más sano? ¿No es alta calidad de vida, la vida de un pueblo? ¿Alta calidad de vida para quiénes? ¿Para todos los que viven en el pueblo? ¿O para unos pocos? ¿Si yo vivo en un barrio aisunasteño como Avanzada Este, desocupado y con varios hijos, tengo alta calidad de vida?
¿No estaré recargando de defectos a Aisunasta? ¿Será así? ¿O tendré que cantar loas a la vida pueblerina? ¿Tendré que cantar loas porque, en realidad, lo que me sucede no es para tanto? ¿Es un drama esto? ¿Es una comedia?”

Tuesday, August 22, 2006

El torreón le hace recordar al hotelucho de San Telmo

Jorge Sarmiento toma de a poco el vino syrah, el paladar siente la astringencia y pide agua, pero agua no hay en los alrededores del torreón. Él tendrá que levantarse cuando amanezca y caminar hasta Aisunasta. “Sólo voy a estar veinticuatro horas acá”, decidió, guardando los restos de su sánguche de queso.
Este torreón, ¿a qué le hace recordar? Al hotelucho del gallego de Buenos Aires, por supuesto; le hace recordar al refugio de bandidaje adolescente en barrio Los Robledo de Tinogasta, le hace recordar al rancho en donde se encamaba con Gloria en Los Guindos de Río Primero, y hasta le hace recordar al primer refugio: el árbol tamarisco en forma de carabela en el fondo de su casa de la infancia, en Caleta Olivia.
Por ejemplo, el hotelucho de la calle Independencia del barrio de San Telmo tiene algunas cosas similares a este torreón. Era mediados de la década del noventa. Hace su primer viaje a Buenos Aires a través de un contacto con un amigo en Aisunasta. Estaba tontamente maravillado con la idea de vivir en Buenos Aires. “Allá, en Buenos Aires está el conocimiento”, se decía, se repetía y le encantaba esa idea.
“Estás loco y nadie se da cuenta de eso”, le dijo una mujer cuando le contó que se iba. Objetivos del viaje: estudiar literatura y trabajar en el diario Página 12. Sub-objetivos (que no le manifestaba a nadie): escribir con soltura e ingeniosidad y que en el Página 12 lo admiren como una nueva promesa del periodismo literario, así como se lo admiraba a Rodrigo Fresán; estar al lado del proceso de titulación de Osvaldo Soriano, recibir órdenes de Jorge Lanata para las investigaciones, auxiliar a Horacio Verbitsky, casarse con Gabriela Cerrutti, compartir con ellos toda la jornada. Está loco con esa idea.
Llega a Buenos Aires, tontamente maravillado, desde Retiro y vive un tiempo en la casa de la madre de Gonzalo Arrieta, el contacto que tenía en esa ciudad. Maravillado de estar viviendo, nada más y nada menos que en el famoso mundialmente barrio de La Boca.
Pocos días después de la explosión de la bomba en la AMIA, decide marcharse a otro lugar. No porque estuviera cerca de la calle Pasteur, todo lo contrario. Sucedía que la madre de Arrieta estaba cada vez más histérica debido a que estaba acostumbrada a vivir sola.
Alquila una pieza en el hotel que está frente a un viejo y conocido lugar del barrio de San Telmo, sobre la esquina de Independencia y Balcarce. Pero cuando los porteños dicen “Hotel”, están hablando de esos tristes y húmedos edificios descascarados, donde conviven, a cinco pesos el día, provincianos, peruanos, bolivianos, paraguayos, uruguayos, porteños con vidas desperdiciadas y familias muy pobres.
Vive allí sólo dos días. Es que descubre al tipo que duerme al lado, que está loco. El tipo, un flaco de tez cetrina y voz bronca, le cuenta con cordialidad que trabajaba en la televisión. Charlaron un poco y tomaron mate durante la tarde. Sarmiento sale un rato a recorrer San Telmo, sigue tontamente maravillado porque cerca de allí está el teatro Parakultural. Cuando regresa se acuesta. El tipo duerme. Apaga la luz y siente que el tipo se levanta. Y empieza a decir: “Ja jajajajajajaja... A mí gallega no me vas a cagar, ¿sabés? Y vos tana, qué hacés, eh, qué hacés... Che che che che, tana, tana, tanaaaa”. El tipo estaba parado al lado de su cama. Entonces, Sarmiento se levanta prende la luz y le dice al tipo, mientras lo zamarrea de los hombros escuálidos: “¿Qué hace? ¡Despierte!”.
El tipo abre los ojos. Se disculpa, se tranquiliza y se acuesta. Sarmiento espera un rato. Apaga la luz. Pero escucha que el tipo sigue riéndose, esta vez por lo bajo: “Ha hahahahaha... ¡Tanaaa...! ¿Escuchaste? ¿Y, gallega?”.
Sarmiento no duerme escuchando los quejidos del tipo. Al otro día se marcha, huye de allí sin pagar el hotel. Vuelve a Córdoba porque ya no tenía para comer, retrocede en sus objetivos. Pero eso fue apenas el primer viaje a Buenos Aires, la Reina del Plata.

Saturday, August 05, 2006

César piensa en Sarmiento

¡Mhm! Más vale se hubiese quedado en Buenos Aires durmiendo en las plazas, sí. Y había comedores, incluso, para los que erraban por las calles; y actualmente hay lugares que el gobierno de la ciudad dispone para dormir. Sin embargo, una de las cosas por las que salió de Buenos Aires fue porque no le interesaba reírse de su esencia norteña. Tampoco quería ser ceremonioso con su “norteñidad”, pero menos quería ese estigma que le estaban dando de norteño cumbiero. Otros norteños se reían de sí mismos, como un tal Cucurto.
En realidad, sus hijitos eran los que no le daban el espacio para ser satírico... Un dolor, un dolor permanente. “Y sí... a los pobres negros nos queda la risa resentida de la cumbia o la vidala angustiosa y auto-destructiva...”, dijo para sus adentros.
“¡Pero qué estás desvariando... Jorge del Carmen Sarmiento!”, prorrumpió, ahora en voz alta, echándose otro trago de syrah, haciendo un salud a un grillo que pataleaba debajo de la pesada madera de la puerta de entrada del torreón.
Mientras, en un lugar ruidoso de Aisunasta, César Vázquez estaba en la previa de la fiesta de despedida de soltero en el patio de su casa. Una velada familiar, en realidad. Estaban acomodados los platos y vasos en un gran mesón de madera, debajo de un algarrobo. El esmirriado padre de César hacía el asado. La madre, acompañada por Fina López, preparaba ensalada.
A César lo dejaron libre, para que atendiera a los primeros invitados. Se sentó frente a Yanina Carriego, la vecina que había ido con un tercio de su prole.
Estaban hablando de la mujer que tenía trece chicos, los que había parido desde que tenía catorce años. Entonces, Yanina, de 36 años dijo: “¿Y yo, que tengo siete y, aún así, trato de darme vuelta?”.
- ¿Y cómo hacés, con siete hijos?
- Yo la peleo. Soy una leona para mis hijos. No tanto Javier, mi marido. Él es mano rota. Hace una changa y después vienen los chicos y le dicen: “papi, dame un peso”, y les da. A mí no me agarran con esas. Yo, por más que pataleen, no les doy. A mí me cuesta hacer el peso. Es que yo sé lo que es un peso. En cambio Javier no. Y ahora, no sé si es que no puede o no quiere, o no hay trabajo para los hombres.
- Pará. Ya vengo. –la interrumpió César, que tenía la vejiga chica y por eso, cuando empezaba a beber, debía ir a cada rato a orinar.
Y César, en el baño, pensó en Sarmiento, un caso paradigmático de alguien que dejó de remar, resignando a que el bote flotara a la deriva, con hijos y todo.
“Quizás Jorge Sarmiento se sienta culpable por no saber –o por ser un incapacitado- de las reglas del juego político-mercantil aisunasteño, el juego catamarqueño, el riojano, el copiapino. Y, al final, lo terminamos viendo como un individuo rebelde, incapaz y lúmpen. Qué se yo. Y así es difícil que cante zambas, a lo sumo cantará vidalas, las seguirá cantando en sus machas continuas”, pensó César.

Tuesday, August 01, 2006

Por qué Sarmiento iba, de cuando en cuando, al torreón de adobe

Debajo de las bases carcomidas de ese cilindro barroso que era el torreón estaban los nidos de alacranes. “Seguro que están con sus colas retráctiles, en las caries de los cimientos de este torreón”, dijo Sarmiento, ya sentado en el piso de arcilla consolidada, tomando su primer trago de syrah, masticando el sánguche de queso tipo senda.
Por muchas razones venía al torreón de adobe. Venía, por ejemplo, para creer que estaba dentro de una película western y que, afuera, hombres del ejército lo habían confundido con un forajido. Entonces, él tendría únicamente un revólver con siete balas para defenderse. Venía porque había que estar solo y encerrado, para gritar -desde su indigencia- solo (y no para llorar apiñado con otros indigentes en esa cárcel que el gordo gobernador construía con orgullo en las afueras de San Fernando del Valle). Venía porque le gustaba ensoñar que estaba junto a Zelma en Copiapó. Zelma, la primordial mujer, la Kleinfrau, la que conoció en la década del ‘80. Venía, además, porque traía un papel y soñaba con el golpe de inspiración para escribir la zamba más linda de Aisunasta, la zamba más romántica del siglo XXI, la que valiese un monumento, una calle con su nombre. Venía porque no soportaba el dolor que le causaba el llanto de sus hijitos, sus cinco hijitos con distintas mujeres; un gimoteo cascado porque sólo comían polenta, pan y mate cocido. Por tanto -se figuraba-, las cuerdas vocales de esos hijitos cómo saldrían sino cascadas, prematuramente seniles. Venía porque era un cobarde que más vale se hubiese quedado en Buenos Aires a dormir en las plazas, total la ginebra que le daba un pintor chileno le alcanzaba para soportar el frío y las patadas de changos con paco.
Se asomó al “ojo de buey” del torreón, el que daba hacia el oeste. El viejo caballo pastaba, bufaba, hacía vibrar los músculos de anca e ijar para ahuyentar mosquitos y jejenes tornasolados. El potrillo de más allá arrancaba ramas de madreselvas, las únicas madreselvas que había en estos valles.

Sunday, April 09, 2006

Entrada al cilindro derruido

El torreón de adobe es un sitio germen, de igual forma. Está metido en un paraje de extrema humedad, microclima creado por la confluencia de la falda umbría de un cerro con fonolitas volcánicas, una acequia indígena aún en uso, y al final del bosquecillo de terebintos; hacia el sur, empiezan los algarrobos con la compañía de talas y tuscas.
Son las seis y media de la tarde, y llega Sarmiento a ese cilindro ruinoso que tiene un basamento de piedra y argamasa y se erige en adobones antiquísimos al desnudo. Para entrar en él, Sarmiento sube dos escalones húmedos cuyas tablas, alabeadas y húmedas, están empotradas. El piso es de tierra apisonada, la cual se mantiene húmeda todo el año. Por eso, el nido de alacranes que hay afuera y que llega a divisar Sarmiento siempre está. Y ahora están los alacranes avispados por la llegada del otoño o porque el verano se ha prolongado más de la cuenta.
Supuestamente este torreón era propiedad de los Casal Bienquistos. Vaya uno a saber, puesto que no quedó ningún sucesor en Aisunasta que lo reclamara. Algunos Casal o Bienquistos residen en la capital provincial, hay un diputado Casal de la Cruz, por ejemplo. Otros están desperdigados en La Plata, Buenos Aires, Rosario, Copiapó y, se supo recientemente, hay un Bienquistos Riutort, descendiente de aisunasteños que es dentista en Barcelona.

Wednesday, March 22, 2006

A Sarmiento, que va de romería al torreón de adobe, lo ve el Nene Rasgido

Hay lugares en los arrabales de Aisunasta, a pocos metros de la primera casa de Saquije, que, al pasar frente a ellos, dan la sensación de cierta dejadez, como si la “musculatura” de las cosas, de los enseres, de los artefactos inutilizados, de los montículos de escombros se aplastaran sin aire, con el aire. Acaso sea porque en estos sitios están, a la vez, el desorden de las gomas, los amorfos caños de plomo y los esqueletos de vehículos herrumbrados, la humedad aceitosa de la tierra apisonada y la falta de colores fuertes; el paso del tiempo en ellos es tan pesado, que cualquiera los creería abandonados si no fuese porque de pronto se escucha un martilleo metálico que, al ladrido de unos perros vecinos, se detiene y, luego, surge debajo de un trasto una persona abetunada, con la ropa oliendo a gas oil y con la cara sudorosa.
Esos sitios gérmenes de embrutecimiento de los sentidos existen entre Saquije y Aisunasta y en la misma pequeña ciudad. Hay uno sitio ubicado al extremo oeste de la polvorienta calle que lleva a un barrio de fincas de vid. Esta calle pelada y sin sombras en época calurosa, desguarecida durante los fríos, la mayor parte de las estaciones sin iluminación pública, es notable por la blancura de su arena, siempre blanda y seca, por la estrechez de sus veredas y por la sosera de las fachadas planas y rectas de las casas que pertenecen a nuevos y a viejos inmigrantes de parajes altos.
En la punta de esa calle está ese sitio germen. Saluda el Nene Rasgido, el germen mayor. Jorge Sarmiento cree que dijo “hola”. El Nene apenas puede mover los labios cuya comisura derecha está demasiado estirada en una exagerada esfera de acullico. Es el último vecino que lo ve a Sarmiento... Sarmiento, en su trayecto al torreón de adobe.

Tuesday, February 28, 2006

Dónde están Aisunasta y Saquiste

Aisunasta está a cien kilómetros de Chilecito, a 97 kilómetros de Tinogasta, a 90 kilómetros de Belén, a 670 kilómetros de la ciudad chilena de Copiapó, a 120 kilómetros de Fiambalá. Más lejos, pero reconocidas como ciudades “parientes” están Andalgalá, Pomán, San Blas de Los Sauces, Santa María, Cafayate, Aimogasta, Sanagasta, y las ciudades chilenas de Diego de Almagro y Puerto Caldera. Aisunasta, pequeña ciudad, cabecera del departamento homónino, cuenta con nueve mil habitantes, si se suman los distritos cercanos, como Saquiste y Plaza Ferral, se hacen 11.345 habitantes.
En el sector oriental de Aisunasta hay un bosque de terebintos que la hacen famosa turísticamente, junto a los milenarios canales aborígenes que recorren sus calles. Aisunasta es una ciudad de esta provincia de dinastías familiares que engendran políticos mediocres. Se alternan los Alcázar, los Sadeb y ahora, también quieren entrar en el juego de alternancias dinásticas los Villavicencio; y en el medio están los engendrados rancios que nunca dicen nada, el conservadurismo de familias de apellidos, algunos tricentenarios ya: los Nacáreos, los Gamón, los Casal Bienquistos, los Roelvilla, los Brumuela, los Empino. Y además, avalado por un grupo de intelectuales menores de la Junta Histórica, muy menores como Armando Gamón y otros que cantan sarmentosas loas a la Virgen de la Quebrada y al prócer Prior Rufo Carrizo. Esa Junta, cuyo máximo aporte es saber quiénes fueron los ascendientes españoles. Cuando a Gamón le critican esto precisamente, su chochera con la Virgen de la Quebrada y la religiosidad clerical responde con más Virgen de la Quebrada, con más Prior y con más religiosidad. De la historia de los indígenas se encargan otros, pero son los menos.
Luego volveremos a Aisunasta. Ahora, Jorge Sarmiento está borracho y se dirige en dirección a Saquiste. Su madre es de Saquiste. Saquiste está a dos kilómetros de Aisunasta, es muy tranquilo. Apenas un caserío blanquecino, rodeado por arboledas enanas de membrillos, y a los costados de la ruta un conglomerado de hectáreas de viñedos y alfalfares. La producción del lugar no va más allá de dos fábricas de dulces y mermeladas (o tres, si contamos al centenar de frascos de jalea de Don Barbi). Saquiste se encuentra en una zona de tierra fértil. Como la mayoría de los villorrios de la provincia, la cantidad de habitantes disminuyó en las últimas décadas. La juventud se ha vuelto a ir a Caleta Olivia o a la cosecha de cereza en Los Antiguos (a la orilla del lago Buenos Aires, en la provincia de Santa Cruz). Ahora, allí hay solo viejos y un ramillete de niños con sus correspondientes padres, hombres y mujeres corpulentos, con la piel del mismo brillo que la terracota. Hacia el centro mismo del pueblo, donde se halla la parroquia de ladrillos al desnudo, se alza en el medio de la plaza y de los terebintos, un tosco tanque de agua inutilizado hace treinta años, con la base debilitada por la herrumbre.
Jorge Sarmiento faltaría al día siguiente a su programa matutino. Lo sabía porque saliendo del sendero del basural se dirigía al torreón de adobe, al sureste de la ciudad, a mitad de camino entre Aisunasta y Saquiste, donde terminaba el bosque de terebintos y empezaba el raleado algarrobal; lo sabía porque, además, llevaba en su mochila queso cortado en máquina, y tres botellas de vino syrah de una bodega de Tinogasta.

Sunday, February 26, 2006

El que se quedó con las ganas

Porque Jorge Sarmiento anduvo detrás de Evangelina, antes que César Vázquez. Porque no sabemos cómo será César Vázquez en un futuro con Evangelina. ¿Y si es alguien oscuro, triste y sinsentido, vos creés que Sarmiento tenga posibilidades? ¿O nunca más? ¡Nunca Más! Ojalá aquel, el César del futuro, sea como el latoso Marcos. Pues Jorge deseaba para la vida conyugal de Evangelina al más mediocre de los hombres, a un contador público con caspa, a un profesor de gimnasia con motocicleta, a un empleado municipal con título de profesor en Ciencias Biológicas o en Jurídicas, ¡que sea como el latoso!.
Hoy, Jorge es un hombre triste. Es casi imposible nada; es nada imposible casi; es, casi nada, imposible que Jorge pueda ver a Evangelina y que ésta pueda, a su vez, aceptar tantas faltas de coincidencias.
Jorge Sarmiento, desviado de lo hogareño, borracho hasta la grasa, caminaba en la siesta que cruje y chilla, entre talas y chañares, vidrios, latitas y pañales descartables. Decía para sí: “Aquí, con su mochila al hombro mil veces vista, por ende, caída en ridículo, va el Jonathan Swift que les relatará la historia del Gulliver del amor pre-cordillerano. Este Gulliver es un aristócrata indigente que tiene, en total, cuatro hijos repartidos, uno con una delgada mujer; otro con otra, tan sonriente como voluptuosa; otro con otra, tan irritativa como solidaria; y, una niña con otra, tan indigente en su niñez como en su vejez prematura. Esta es la historia de un desfasado en el amor que sabe que tiene un deber mayor al de cualquier enamoramiento con mujeres gigantes o pequeñas, y es el deber de seguir estando con los chicos. Gulliver, dónde está la kleinfrau, así la llamaba a Evangelina Romero, dónde está Evangelina, dónde está todo lo no-perdido y lo no-sido, lo inasequible. What sufrimient!!! Gulliver, estás ahí, sé que estás ahí. Dime, chico, dime una cosa: ¿es cierto que seguirás? I’m a blue man, a blue man... Una cerveza más para dormir. Sólo quiero dormir llorando”. Jorge, hombre-triste, indio-triste, coya arenero con negrura hasta el fondo, negrura profunda porque Evangelina anunció por la FM Signos que entrará en el Tajmajilán con César.
Y todos felicitaban a César, que hace un programa cuartetero en esa radio. “Se hace el popular el puto y anduvo, tirado, segregando mezcalina en la falda de El Fraile”, había pregonado, con dentera, Sarmiento al profe Ramírez quien, en el bar de Rémioro, había elogiado a César y el rico léxico que usaba en el programa de cuartetos. “¿Vos creés – había seguido ácidamente Sarmiento- que puede ser popular un tipo que vomita el mezcal sacado de un Pedro del río Seco y que, después, empieza a reírse de la boludez en que están metidos los aisunasteños, en sus bingos y sus inauguraciones con cortes de cintas?”.
Jorge Sarmiento hace el programa tempranero, de 5,30 a 7 horas, con bastante regularidad. Últimamente dejaba, al retirarse de la sala de locutores, fragancias exageradas, lociones para después de afeitarse con olor a menta, eau de toilette con muchos dejos de boscaje oscuro y resinoso; lo cual, empero, no podía enmascarar la volatilidad de la ginebra, del fernet o del bonarda desde el paladar, la lengua y los dientes, ni quitar la fluvia etílica que quedaba en el forro del micrófono. Aún así, incumplía poco, una vez por quincena: un lunes o un viernes. Es viernes, todos están en el rito del saquije, mientras Jorge Sarmiento va al torreón de adobe a seguir bebiendo.

Tuesday, February 21, 2006

El Saquije. Rito milenario de Aisunasta

César Vázquez y Eva Romero iban, esa mañana, del paraíso montañés al infierno del pueblo chico. Sendero abajo, marcharon divirtiéndose y tomados de la mano una vez que sortearon la ladera con ribazos desmoronadizos. Al cabo de un rato, el sendero que se abría fangoso entre junquillos y symboles se bifurcó en la ruta, medio kilómetro antes del puente. No quitaron la sonrisa ni siquiera en la fatigosa caminata de siete kilómetros sobre la banquina de arena. Así, sonriendo, habían permanecido en el “tajmajilán”, un sacramento que consiste en conocerse dos días y dos noches sobre las cimas de dos montañas bajas. Casi siempre, para los enamorados, es hermoso este pequeño período que precede al “saquije” o “preludio de habladurías”.
El tajmajilán transcurrió, para César y Eva, en muelle tibieza junto a los jotes que tenían los nidos cercanos y en refugios naturales dentro de las hoquedades de las rocas de lajas. Muelle tibieza porque, con la irrupción de los anticonceptivos, el sexo dejó de prohibirse en este rito. En realidad, los aisunasteños nunca entronizaron a las vírgenes como virtuosas, tal como equivocadamente reseñan algunos historiadores. Lo que ocurre es que éstos confunden el período de la cultura de Aisunasta con la breve época incaica. Los aisunes vivieron en este valle, entre el cordón montañoso de San Tarsicio y el río Abaucán durante más de siete siglos. Hay documentos del siglo XVIII que describen al Saquije en forma descarnada, sin aderezos andaluces, ni melindres católicos, ni falsas mixturas quichuas y que, de hecho, prueban que el coito pre-conyugal sólo tenía una barrera: el destino de la mujer si quedaba embarazada.
Los aisunes se casaban por amor, siempre y cuando fuera entre plebeyos. “Por amor”, dicen los aisunasteños de ahora, pero también habría sido por el olor del sudor, o por el brillo de la piel, o por los músculos que palanqueaban mejor las herramientas en las terrazas de mandioca y maíz. Después, recién después, vinieron los incas y su moralina económica que penetró hasta en este sacramento. Como dijimos, si se prohibía el sexo en el tajmajilán era por prudencia, pues aún no estaba garantizado el matrimonio y, por lo tanto, no era deseable una mujer encinta.
César y Eva, por consiguiente, rumbeaban a la pequeña ciudad más adeptos al erotismo religioso que a la salacidad. Eva tomaba la delantera en cómo definir esa religión pero César, canceriano, la seguía gustoso en creer en ese teorema donde el malogrado fruto de una unión, impedida por los sucesos terrenales y presentes, se instalará en algún sitio al que sólo Dios sabe. Digamos, como si ese fruto gestado pero nunca nacido para la tierra, tuviese alas, como las de los niños-angelitos que mueren, y fuese a ocupar un lugar de espera, exclusivamente para este César y esta Eva. En otras palabras, ellos se unirían, pero si así no fuera, pactaron, el amor entre ellos reaparecerá sin obstáculos más allá.
Para tranquilizarse jugaron a la apuesta del tiempo. “¿Cuánto creés que tardamos en llegar a aquel chañar?”, preguntó Eva señalando el árbol torcido que estaba delante del terraplén donde Provincia y Municipio construirían el camino nuevo hacia las montañas del tajmajilán. “Siete minutos, treinta segundos”, contestó César, colocando en cero su cronómetro. Eva bajó sus pestañas con una sonrisa amplia: “Listo. Yo digo que cinco minutos. ¿Dale?”.
César vio que Eva mantenía su sonrisa. Él se preguntó si ella acaso pensara en las mismas personas que protagonizarían el “saquije”: en Rosa Morales, la petiza de barrio Tropez que lo detestaba por un malentendido con su hija Eda; en el latoso Marcos Sarmiento que confesó andar detrás de Eva “como perrito sin suerte” y que, ahora, sería un enemigo de valer; en “Cienpuros”, el changarín de la verdulería “Centro” que obraría a pedido de Juan Velazco (del Carril).
A él, cantante y locutor que ya no “canta las cuarenta”, en cambio, se acercarían las rivales que Eva (la profe Romero) podría haber cosechado en el Instituto por unas horas de cátedras ignorantes; Ramona Sánchez (que competía con Eva cuando ambas, trigueñas, se calzaban pantalones cortos), Elba Carrasco, o tal vez la ya casada Fina López y... bueno, en realidad, no es que haya mucha gente que la aborreciera, sino que siempre se ha tenido inquina a la gente enamorada. Pero está bien... eso es algo fundamental para la existencia del “saquije”.
Vestidos ambos de lila, no de rojo como lo hizo vulgarmente la televisión. Lila: el color que amortigua las malas ondas.
El carnaval era el permiso para la lujuria, el saquije para la maledicencia.
El pueblo: enmudecido, por ahora en la mañana. Esa sensación de quietud signo de familias apeñuscadas en sus hogares hacinados en barrios del Instituto de la Vivienda, siguiendo la rutina cotidiana, de salir a trabajar, conseguir unas cuantas monedas y volver a casa a alimentar a niños piantes. Ese barrio que ahora se llamaba San Tarsicio, no estaba ni humeante ni límpido. César y Eva no estaban asombrados, ni tampoco tenían temor. ¿Vale la pena reiterar que estaban enamorados y, como tales, creían en esas canciones que hablaban de la invulnerabilidad del amor? Sin embargo, César no dejaba de pensar en aquellos vecinos maliciosos pues, en esta tradición y ritual, se mezclaban los odios personales frente a los ritos comunitarios, y sus relaciones con la naturaleza y los dioses. En el carnaval o en aquel derroche de violencia entre los habitantes demostrando que son fuertes ante los espíritus, golpeándose entre sí ocurriendo antes de la siembra también era una relación con la naturaleza divina. En este caso, se entremezclaban los odios personales con la relación humano-divina.
Entonces, César y Eva ingresaron al pueblo y no había ningún indicio de que sobrevendría el saquije. Ninguno. Por lo tanto, siempre para este pueblo siempre fue muy difícil saber cuál es el color, el olor y el sabor de la envidia. No había un color que pudiese destacarse frente a otros. Mes de mayo, un mes incierto en su estado del tiempo. Había colores pálidos, colores oscuros y los estridentes que estaban en la Terminal de Ómnibus y los cuatro barcitos pringosos del frente.
En una esquina, el taller de chapa y pintura del boliviano estaba con sus esqueletos herrumbrosos de autos intactos. César y Eva avanzaban. No tenían temor, sino curiosidad. O, tal vez César, sí, quizás él, tenía un poco de preocupación, pero Eva no, ella tenía curiosidad. Por eso a César empezó a... pensar, a preocuparse... a ¿temer? cuando observaba que ella solamente tenía curiosidad. César empezó a temer por la futura unión, ya que, pensaba, si no se tiene un mínimo de preocupación eso significa que él sentía más por ella, que ella por él; que si ella sentía curiosidad, que si no sentía ni un mínimo miedo, significaba que no tenía miedo a perderlo en el saquije. Pero a César le resultó muy difícil, siempre, comprender la mente de Eva, orgánica, segura y vivaz. Virtudes contrarias a la de César en los momentos con vallas como los que atravesarán. Siguieron caminando, y se encontraron con el primer gran indicio del Saquije: el cartel.
“Eva puta, dejá de joder con Sheshi porque es mío”, en el paredón que escondía el cementerio herrumbroso de la fábrica de aceite de oliva como un gráfico altoparlante de lo que ya se había garabateado con tizones húmedos en el baño de mujeres del Instituto; peor aún, porque esto le hizo sonreír de orgullo a César (Sheshi para las admiradoras invisibles); pero eso del segundo cartel, eso de “Eva prostituta y panacuda, alejate de los hombres casados”, era peor.

Siguieron caminando. Tenían que hacer un recorrido que coincidiera con una acequia antigua, la milenaria, la que iba hacia las ruinas de las terrazas agrícolas. Cada uno se ubicó en un margen, tomados de la mano. Sus brazos como puentecitos sobre el agua cobriza de la mañana. Luego retornaron a la calzada pavimentada, doblaron por la calle Imelda Guardia hasta la avenida Moreno, de allí, otra vez hacia el norte por la arteria Saúl Olmedo donde estaban las dos radios efe-emes, enfrentadas entre sí. Nadie se asomó por sus balcones de chapa. Intentaron oír algo. Algún comentario. Esa mañana no existía el ruido competitivo de la calle Olmedo. Más temprano, a las siete media, hora de largada de los programas ómnibus de Julio César Rodríguez (FM Signos) y Jean-Carlos López (FM Rapidez), coincidieron en hablar del saquije.
“Basta de socapas”, dijo el culterano Rodríguez, “es el día para sacar malevolencias al aire, como dice esa zamba-cueca”. Entonces, el operador Ramón Chayle lanza el tema local que dice:
“Nos sinceremos, nos sinceremos...
somos unos envidiosos, unos arteros y pinchaglobos...
arteros pinchaglobos de momentos dichosos.
El saquije en Aisunasta, en Aisunasta...
donde rima syrah con sinceridad, con sinceridad...
y tomemos un buen syrah antes de mentira-verdad,
intentar arruinar la vida
de pobres parejitas,
jijiji, pobres parejitas, jijiji”.
Jean-Carlos, por su parte, empieza con un tango y, al punto, proclama: “Acabamos de escuchar La Puñalada. Ahhh, me siento libre ahora para decirles viejas y viejos malevolentes, ahh, viejas sucias que les gusta el cotilleo, hoy estáis libres... Que los jóvenes aprendan que este es el día bueno de la libertad para tener sanidad mental durante el resto del año. ¿De acuerdo? Ahora, vamos con un temita de Fernando Bladys, recuerdos cuarteteros”. Jean Carlos nada quiso acordarse de Agustín Maquinzay, el contador de la bodega grande, quien había caído por el estudio, el día anterior, leyendo una diatriba peronista contra el ritual. “La calumnia vil se origina comúnmente en una sospecha miserable. La habladuría es enemiga de la paz. Cuando la emoción se desequilibra, la inteligencia se enloquece. El perro rabioso muerde su propia cola. Seamos más fiscales de nosotros mismos y menos verdugos del prójimo”, había leído Maquinzay, a quien una oyente contestó por teléfono, a las risotadas, “este señor no sabe que la idea es, justamente, hacer todo eso en el saquije, la sospecha miserable, la calumnia vil, ser verdugos del prójimo. ¿Dónde vive el contador? ¿No entiende el rito que da sanidad por el resto de los meses al pueblo o tiene miedo de él ya que su hijo está noviando con la chinitilla Josefa Arias?”.
Pero el arranque de los programas fue a las siete y media. Cuando César y Eva pasaron por la calle Olmedo, a más de las diez, parecía un día feriado para las radios. Primera farsa: las transmisiones continuaban a bajo volumen con zamba-cuecas grotescas.

Cesar esperó que se levantara la tolvanera como preanuncio de la muchedumbre saquijesca, esa que ya se la veía llegar desde el barrio del Matadero, desde los sectores húmedos de la bodega nueva y de la bodega vieja, pero, sobre todo, esperaba un remolino de mala onda desde el barrio Independencia, a ocho cuadras de la plaza, donde residía la molicie exudada por los empleados públicos, los ex - funcionarios y sus empleaditos públicos y sus mujeres empleadas en lo impúdico-público.
Todos estos, de temer, porque entre ellos estaban los que se repeluznaban con las opiniones que había improvisado César antes de las elecciones provinciales. Opiniones contra el discurso sentimental, la sensiblería familiera y frívola, la religiosidad impostora, la fe pequeña, el folclorcito anacrónico. “Pero todos esos elementos que mencioné son inútiles ante los cambios: aumento de pobreza, desocupación, violencia, delincuencia. Intuyo que, a la larga, estaremos quejándonos de todo ello, y del discurso sentimental útil sólo para maquiavelitos, nos quejaremos de esos elementos que contribuyeron a sedarnos más, a olvidarnos de pensar y prever, de actuar y renovar, de cambiar, nos quejaremos de esta siesta cegatona”. Punto, supieron quién era César.

- ¿Puede alguien no tener envidia?
- Mirá como fruncís el labio para preguntar. Ese es uno de los putitos gestos de la envidia: el del falso desprecio, la falsa inapetencia...
- Ah.- dijo Marta frunciendo los ojos y mirando hacia el semáforo de la esquina sur. - ¿Y este? ¿Qué te parece?
- Bueno sí, ese también. – respondió con paciencia Sarmiento. – Ese es el de la envidia, claro, cuando el objeto codiciado está cerca, cuando está visible.
- Pero yo no tengo envidia de ellos...
- ¿Y por qué venís?.- eructó Sarmiento después de un sorbo.
- Me encanta inventar historias de los demás... Me divierto.
- Te divertís haciendo el mal...
- Así como otros se divierten poniéndose hasta la grasa y perdiendo su lugar... – dice Marta y se va riendo, despidiéndose alegremente de ese ser que se empequeñeció y se arrugó con su sombra en un santiamén. “Sarmiento, pedazo de infeliz ese Sarmiento”, dice Marta. “Marta, la frustración convertida en boludez del alma”, dice Sarmiento y se tranquiliza.
Leticia, en barrio Los Trenes, sale de su casa, batiendo la puerta de madera de algarrobo.
- Marta, Marta... Vení. Adónde vas tan apurada...
Marta sale de su circunspección pero no aminora la velocidad de su marcha: “ Adónde... ¿Adónde?... ¡Ya sabés!...”. Leticia ríe: “Sos d’iahi para eso”. Marta y su risita: “¿Y vos, putera comadrona?”. Leticia, restregándose la faldilla de su saquito de lana: “¿Sabés algo?”. Marta, mira hacia adelante: “Más de Sesha que de ella. La verdad...”.
Leticia o Leta, esforzándose por escoltar a la Marta ceñuda: “Esta, la Eva, parece que no tiene muchas carreras corridas...”. Marta del ceño fruncido a abrir la boca grande: “Eso parece... No tiene carreras... ¡conocidas!”. Leta: Es conveniente que le cuenta a Eva lo de Clanci en Santiago...
Marta: La pérdida que tuvo y la pérdida del feto...
Leta: Sí. ¿No es muy fuerte?
Marta: Varios ya lo saben y alguno usará esa arma. Ya vas a ver...
Leta: Pero... ¿No es muy fuerte?
Marta: Fuerte pero con la virtud de lo verdadero... Puede ser fatal, el arma mortal de la unión. Eso si Sheshi ya no le contó...
Leta: Capaz que sí, ya le habrá contado... Bueno, pero también me pongo a pensar: qué hizo de malo Sheshi.. No fue a auxiliar a Clanci, que estaba en Santiago...
Marta: Se hizo el otro cuando la chica estaba en apuros...
Leta: Era un changuito... Veinte años.
Marta: Era y es un inmaduro... Yo tengo la edad de él.
Leta: ¿Cuánto?
Marta: Treinta y cuatro... ¿Lo vas a usar? Lo de la pérdida de Clanci en Santiago, digo...
Leta: No sé. Yo sé que vos serías capaz de usarlo. Yo podría usarlo, pero tendría que asegurarme su efectividad. Ya me pasó con los Montalbán-Manzanares el año pasado. Si me califican el dato como mentira-mentira y mi malevolencia quedara apocada, sin efecto, sería malo, ya no sería la gran dichera del barrio. Prometeme, por lo menos, que vos no lo vas a usar.
Marta (mirando las estriítas que rodeaban el fruncimiento labial de Leta): No te hagás problemas. No conozco muchos detalles de ese asunto.

La pantalla mostraba la circunspección de Eva y César. El solterón suraji Mario Prebisch recitaba rápidamente: “y los dicheros no deben repetirse argumentos, historias, ni datos entre sí, de lo contrario no valdrán y tendrán el mismo valor que una mentira-mentira, por lo tanto, la pareja saquijista lo sabrá y quedarán a resguardo en el descansillo”.
“Categorías de verdad. ¿A cuántos agujeros estás? Dos mentiras-mentiras y tu maledicencia hace agua y tendrás que decirte adiós del saquije. Y estar en el saquije, ser un maledicente por un día es estar bendecido por todo el año”.
En el restaurant “El Escondido”, ubicado sobre la salida norte de Aisunasta, la que va al río cordillerano Trazan en camino bien pavimentado, José Klapdike y Natalia Mazzario tomaban café con leche en silencio, atentísimos a la transmisión televisiva.
El dueño del local era Julio Prebisch, hermano del suraji que aparecía gesticulante -con un micrófono en la mano derecha y un mate en la izquierda- en la tele. Julio le dijo a Norberto, su ayudante de cocina: “Ay, esa porteña... mmmiaamor”. Norberto se rió: “¿Por qué, che? Qué te gusta de esa flaca”. “El perfume. Huélela. Un perfume a sándalo y rosas”. Norberto se asomó por el boquete de la cocina hacia el comedor.
- Es un poco narigona.
- ¡Mejor! Las narigonas son las más guerreras.
- Y el chango es el macho, seguro...
- No, es el auxiliar de producción. Vienen de Telediez.
- Crimen no hubo en estos tiempos.
- No. Parece que recién descubrieron el saquije. Pero no lo vienen a filmar. Vienen a copiar la idea. Vienen a ver cómo hacer un reality. Por eso vienen ellos dos y la camioneta pelada, sin equipos satelitales.

- Parece que ese que llaman suraji es el árbitro. – conjeturó José Klapdike.
- ¿Tendrá alguna autoridad política durante el resto del año?- se preguntó Natalia.
- No sé. No da con el porte de autoridad, de alguien acostumbrado con el bastón político de mando. Pero qué sé yo. Hay cada intendente...
- Es un reality perfecto. El suraji es el conductor. Parece imitado de la televisión y no que la televisión lo imitará.

Eva, sonriente, besó en la boca a César y luego en la mejilla izquierda. “Amor, está todo bien...”, dijo y se dirigió hacia la carpa amarilla que estaba en la esquina de Uriburu y Moreno, en cuya entrada estaban las cámaras televisivas, el suraji y una cola de veinticuatro maledicentes. César vio con preocupación su marcha serena con sus piernas entubadas en vaqueros. “Eva, mi vida, que no sea la última vez que me des un beso así”, murmuró para sí, quieto, con las manos en los bolsillos de su buzo.

Insultar al viento

Día 3 Suele ser inútil la pregunta de por qué el odio. Pero tiene algo de adicción hacérsela. Empezaré a caminar. Día 4 Caminé, cami...