Thursday, January 14, 2010

Escapulario de mañana



Por la mañana, somos protozoarios sin anhelos de andar, por eso pegamos un salto evolutivo, intempestivo, a homo-escapulario, hombres con escapularios rotos, manchados. Ni siquiera estamos listos para hacer la venia. Bajo el agua de la ducha calentamos el motor del automóvil, por si brota algo.
Salimos, para que nos descubra el mar azul. O tu aparición en algún lugar trivial de Caleta, que casi te trivializa a vos, oh mujer que lidias con las junturas de los huesecillos de los demás, oh mujer que bastará una caricia para sanarme, ni siquiera tus lámparas calienta-huesos son tan necesarias como ese roce de tu mano en mi brazo roto.
Estamos creciendo, que a los cuarenta años es aprender a permanecer. Porque el furor de los treinta años se perdió en algún lugar. Vulgarmente dicen que ese furor de los treinta se pierde en las borracheras, en los enojos, en los abandonos.
Ahora mismo, en el barrio Gran Jardín de Caleta, que es donde calienta el motor de nuestro auto, pasa un pibe de la barra de la calle de arriba que desgasta su furor, se opaca insultando a otro pibe de la barra de la calle de abajo. Es la ira malgastada.
Un frío enero, querido yo de la década del ’80, es un frío enero, querido yo que te reías absurdamente.

(Basado en el tema “Perdeu” de Caetano Veloso)

Tuesday, January 12, 2010

Pies con savia amarga bailando en rada




Sisean los pies descalzos en las hojas acorazonadas, lanceoladas, amontonadas de verde en verde. El verde traslúcido de las hojas de arriba iluminaban la piel oscura de Cayetano en esa siesta, cuando cruzaba un tramito de selva, un vértice de la selva, que crecía frente a su casa de Misiones.
Hoy, Cayetano, es un hombre de cabello entrecano, que, aprovechando el tiempo de brisas en la zona norte de Santa Cruz, saca la cabeza de la ventanilla del auto y deja que el viento le tapone el oído. Su barba sisea al viento, y ese sisisisisisisis de su barba la asocia con la barba del viejecito que tocaba el violín cuando lo invitaban a comer chancho asado en la casa de la infancia.
Cayetano es marinero, de la flota amarilla que opera en el Puerto Caleta Paula. Esa mañana, mientras lo trasladaban de Pico Truncado al recinto portuario, recordó al viejecito, y recordó que días después del asado con el violín del viejecito bailaba en el río recordando la música del viejecito, haciendo monadas para que se rían sus amigos.
Esa mañana se asombró de no estar triste. Tal vez las resacas de los lunes son depresoras, pero hoy es martes. Y está todo bien, porque se reconoce en una ruta, en un camino. Porque la cosa sigue y sigue. No debería preocuparse por Miriam, pero sí por Claudita. Ambas, ex esposa e hijita, volvieron a Misiones, donde él hacía un programa de radio cumbiera, para sacarse el gusto de pasar la música que él quería, porque la pobreza seguía arremetiendo con sus nervios.
Pero es mejor estarse aquí, en Caleta. El camino sigue y sigue. “Y a seguir aquí en el sur”, dice, pero no con resignación, sino afirmándose, afincándose, aferrándose.
Aquella vez, cuando hacía monadas, estaba en el río imaginando que estaba en el mar. “Y aparecerá la sirena, aparecerá la sirena”, les gritaba a sus compañeros de juego. Pero, ahora, veinticinco años después, que llega al puerto, que ha estado en alta mar tantísimas veces, no hay sirena. Hay merluzas con ojos circunspectos. Mar y peces muertos en las canastas. Un compañero, de Corrientes, hace un Sapucai, de puro aburrido. Han sacado pocas merluzas. Vuelve el barquito a puerto.
Pequeñísima vida, finísima vida vio en los árboles en su infancia, con el perro lamiéndoles los pies, pies de gusto amargo por la savia untada a los talones.
Un poco de baile en rada, mientras bajan los pocos cajones de la jornada, no está mal. Entonces él se sorprende haciendo el Sapucai y meneando las caderas en el muelle.


(Basado en el tema El Camino del disco "Pinandy" del Chango Spasiuk)

Sunday, January 25, 2009

Introducción al proceloso mundo del cuarteto



La Kleinfrau que se atrevió a convivir conmigo en estos tiempos insistió, demasiado, (demasiado lastimosa y enternecedoramente), en que la acompañase a Karuso Pá, un boliche caletense cuyos muros y aire se aceitan rápidamente por el sudor emanado y destilado al apretujamiento de omóplatos y caderas.
- Ya te dije. ¡No me gusta la cumbia! ¡Y menos si la remixan! Detesto todo eso.
- Dale, por fi… No seas aburrido. Está La Banda al Rojo Vivo. ¡Eso no es cumbia!
- ¿Pero La Banda en la que canta Leo o la otra? Porque se separaron.
- No es esa, en la que canta Leo y el otro morocho.
- ¿Ese que grita: “¡Ay Caleta que lo parió!”? – emito arrastrando mi voz un decímetro antes de que llegue a la caja bucal de resonancia.
- Sí, ese. Me encanta. ¿Vamos?
Me quedé pensando. Lo dudé y refunfuñé mil veces, porque la kleinfrau sólo escucha esa Banda, y Banda Registrada, y poca cosa más. ¿No era preferible usar el tiempo para ver la primera noche de Cosquín, quedarse viendo al maestro Carlos Di Fulvio, a la bellísima conjunción de Illapu, antes que ir al sudario de Karuso? Además ya acepté una vez ir a Karuso cuando vino Leo Mattioli, y yo sufrí lo indecible llevado por la cenagosa ola de personas constreñidas al perfume barato que se escurría por el erótico ritmo de la “cumbia santafesina”. Mattioli, con sus anillos “papi-mafis”, sus susurros con falso mentol, y su mezcla de estilos (entre Sandro y Cacho Castaña, pero regordete), que miraba desde arriba, que no dijo ni una palabra al público, cantó cuarenta minutos y se fue.
Pero como a la Kleinfrau le debo varias cosas (la que más recuerdo es ella cabeceando a mi lado en una cama del Hospital “Pedro Tardivo”, observando si necesitaba algo, en esa madrugada que vomité toda la anestesia de la operación de vesícula y pocas veces el hombre se topa con mujeres dispuestas a limpiar secreciones propias), me pareció poco caballeresco no acompañarla. De todas maneras, ella sabía que todo tenía un límite, porque si me invitaba, por ejemplo, a ver a “Néstor en Bloque” o –qué se yo- “Damas Gratis”, no iría ni a palos.
Además, quería escribir el sábado libre unas palabras en este blog, ya que me entusiasmó otra vez el Carnotista de la Pampa Húmeda azuzándome: “cuente, cuente”, y además incorporé un buscador de lectores de páginas que indicó que abrieron por casualidad tres personas de México, una de Ceuta, otra de Francia, otro de Chile y once de este país (Santa Fe y Córdoba). Entonces, si iba a ese boliche, volvería a las siete de la mañana del sábado, y dormiría hasta la tarde, y ya al día siguiente tendría que ir a la agencia del diario regional para escribir. No habría tiempo. Y así fue. Por eso estoy ahora, domingo a la noche.
En honor a la verdad, a La Banda al Rojo Vivo la conocí cuando algunos de sus integrantes eran parte de Sol Naciente, para la fiesta de Sanagasta, en el año 2000 ó 2001.
Pero hay que hacer distinciones, ya que seguro que a estos textos y blogs (hasta que no haya equidad social esto será así) se acerca mucha gente que no es morocha (yo soy morocho, oriundo de clase baja, tirando a villera, ¿se los dije?) y que -salvo que quieran hacer uno de esos asqueantes estudios antropológicos- no suele ir a una confitería bailantera.
¿Qué distinción quiero hacer?
La música bailantera tiene distinciones. Yo recuerdo cuando al extinto Rodrigo los periodistas porteños le preguntaban sobre “qué mensaje tiene la cumbia”, entonces, el intrépido Rodrigo les gritaba: “¡lo mío no es cumbia, es cuarteto!”. Y es que molesta muchísimo cuando ponen a todo lo bailantero dentro de la cumbia. Por suerte, de a poco se va entendiendo que el cuarteto no es la cumbia. Pero aún falta mucho por hacer, porque el cuarteto que se hace en Buenos Aires o que pergeñan las compañías discográficas porteñas, no es el mismo que se hace en Córdoba. El cuarteto porteño tiene menos calidad, menos complejidad por el mero hecho de que se busca el éxito rapidísimo y al menor costo con una banda mínima.
¿Acaso hay bandas cuarteteras en Buenos Aires como las de “Chébere”, “Tru-lalá”, “Sabroso”, “Banda XXI”?
Por eso, el recordadísimo Rodrigo hacía cuarteto, pero el cuarteto veloz, y a bajo costo, con una banda pobre como se estila desde Buenos Aires. Si Rodrigo se hubiese quedado en Córdoba otro hubiera sido su cantar (o no, vaya a saber uno). Pero, en honor a él habrá que decir que nunca olvidó su raíz cordobesa y no deformó el ritmo para nada.
No voy a hacer historia del cuarteto cordobés, eso lo podéis encontrar en google tipiando: “cuarteto la leo, córdoba”, “ritmo de cuarteto en Córdoba”, Carlitos Rolán, et sic de ceteris.
Hoy el tata magno del cuarteto es la Mona Jiménez, a él se remiten todos los que lo cultivan. Es un personaje fuera de serie. Una vez fue a Santa Rosa de Río Primero a tocar en el club del pueblo. Lo fui a saludar. “Hola, loco”, me dijo y nos abrazamos, lo mismo hizo con el radio-operador de la emisora donde yo trabajaba. Por supuesto, ni siquiera sabía quiénes éramos, pero el tipo pareciera que viviera dentro de una gran familia, alegrísimo. Volveremos a escribir alguna vez sobre la Mona, leyenda viva para cuarteteros y rockeros.
Por otro lado, si el cuarteto de Córdoba (repito: La Barra, Trulalá, Sabroso, Chébere, Santamarina) no llega mucho a los grandes escenarios de Buenos Aires, es porque algo pasa con aquel mercado metropolitano. Así que los que quieran saber cómo es un espectáculo cuartetero real y cordobés, tendréis que viajar al interior, a ver cómo es en “La Vieja Usina”, o en el “Sargento Cabral”, lugares de la docta. Pero los conjuntos andan por todo el país así que por ahí podrán toparse con algún show en la región más impensada.
Hace poco, para el festejo aniversario del año 2007 de Caleta Olivia, vino Jean Carlos, el morocho dominicano, creador del merengue-cuarteto (o “merenteto”), y que ahora hay muchos cultores del mismo, desde Alcalá hasta parte del repertorio de la Banda XXI. ¡Bien por la organización municipal por haber traído cuarteto, ya el año anterior lo trajo a La Mona! Digo: ¡bien! Porque por acá algunos se rompen tímpanos con una cumbia atronadora, de remix choto con reggaetón, que suena a vapuleo enfermante cuando sale de los parlantes de los autos que todas las tardes deambulan por las avenidas San Martín o Independencia a cinco kilómetros por hora.
También quiero decir: es una lástima que el cuarteto no haya pergeñado aún una letra compleja y filosófica como sí la tiene el tango. La deuda pendiente del cuarteto. Si yo fuera poeta les propondría a los de Trula o al cantante “La Pepa” de La Barra hacerles las letras. Eso aportaría calidad y el pueblo cuartetero se haría más rico, habitando poéticamente el ritmo que baila (perdón, Heidegger). Pero tengo menos ritmo que un samovar hirviendo en alta mar, así que por ahora no me atrevo.
De hecho, una vez los hermanos Rementería, los dueños del grupo cuartetero de Tinogasta: “Los Sonidos del Silencio”, me propusieron eso. Es que los tipos me veían yendo y viniendo a la FM Tinogasta con libros. “Chango, vos que sos poeta o te gusta eso, podrías escribirnos unas letras”, me dijo El Rubio Rementería, el hombre de los teclados, y Roberto, el de la guitarra, insistió. La verdad que la propuesta era fascinante. Yo inmortalizado en un tema de cuarteto. Por supuesto, “cuarteto romántico”, porque no soy muy afecto al “cuarteto tropical”, eso podéis dejarselo a La Mona que ha hecho maravillas con “Quién se ha tomado todo el vino”, o “Beso a Beso” o “Con una agujita de oro”.
Debo decirlo, Jorge Sarmiento y yo animábamos para “Los Sonidos del Silencio”, y viajábamos por Salado, Banda de Lucero, Fiambalá o Famatina con una camisa colorida. “Síiii, damas y caballerooooos, estamos aquí para vivir una noche a plena fiesta y color, con la pasión musical de Sonidooooooosdel silencioooooo”. Todos los animadores de cuarteto decimos más o menos lo mismo. A veces Sarmiento –loco y triste, pero borracho de pandereta- quería revolucionar la animación y colocaba alguna frase del diario de Kafka (ja, sí, lo hacía), o alguna estrofa del Zarathustra de Nietzsche. “A gozar todo el mundo, porque las mujeres son el solaz del guerrero, y aquí vemos muchas chicas lindas”, gritaba ante el micrófono.
Nadie en los salones o patios de aquella tierra catamarqueño-riojana empobrecida sabían que el tipo estaba parafraseando a Nietzsche, nadie sabía quién era Nietzsche hasta que a un profesor del Instituto de Estudios Superiores de Tinogasta lo mencionó en su curso de filosofía. El profe Luis Alberto Taborda habló de Nieztsche, fue uno de los primeros que lo mencionó en aquellas calurosas tierras. “Ah, sí, el sucio de Sarmiento anda diciendo que lee a ese Nietzsche del que usted habla, profesor”, le informó un alumno. Y Taborda me lo contó en un asado.
- Che, qué hace Sarmiento – preguntó Taborda mientras salaba un costillar. - ¿Sabías que hablan pestes de él?
- Lo sabía. –dije, aunque no dejé que me ganara la lástima como le pasa al mismo Sarmiento. – Es un buen animador, como lo era Piro Blues, ¿te acordás?
Piro Blues (oriundo de El Puesto, pero con tonada de Comodoro Rivadavia) animaba a Los Genios de Catamarca y antes a Los Thunders de los hermanos Cardozo, tinogasteñísimos. Hace tres años, Piro regresó a Tinogasta para vender –literalmente- perfumes y poesía. El tipo es talentoso por igual para los programas de radio “confesionales” (tipo “El Perro Verde” de Jesús Quintero) y cuarteteros (condujo por muchos años “Piromanías” en la FM Casona de Catamarca), y sé que tiene una tracalada de hijos. Como Piro, Taborda, Sarmiento y yo éramos piscianos nunca pudimos juntarnos para hacer algo juntos, con un poco más de permanencia.
Pero quiero volver sobre la Banda al Rojo Vivo en Caleta Olivia. Será en el próximo post.

Wednesday, December 03, 2008

El sacerdote y el guerrero, de espíritus

Fuimos niños, fuimos adolescentes, fuimos poetas, somos sacerdotes, ¿seremos guerreros? Recuerdo que viajaba con Gustavo, y hablábamos de eso, de la vida del guerrero, de que los demás son gente común. Si habremos tomado fernet en los bares de Chilecito o de Neuquén, luego de un día (infructuoso para mí) de venta de almanaques y adhesivos comerciales, de papelería, de esas cosas. ¿Qué hacía yo ahí? Lo cierto es que ahí estaba, viajando con un personaje irascible, veloz aunque interesante. Dos personajes: el rápido y el gordito el extravertido y el introvertido; el hablador y el tímido; el atractivo y el desatractivo; viajando por esos paisajes montañosos, hablando de mujeres, de cómo se debe respetar las cosas.

Una chica en moto, conduciendo, en una calle céntrica de Andalgalá. Ella lo miraba. Y no lo dejaba de mirar. Y yo miraba esa mirada de ella persistente, mientras él sonreía. Cuando pasó, la chica que iba detrás de ella se rió, y luego risas de cristalería de ambas.

- ¡Eh… maestro! –exclamé yo.

Y él: - No, maestro por qué. La mina le atrajo lo visual, maestro sería si yo atraigo más allá de eso.

A veces quisiera encontrarme con él, y preguntarle muchas cosas. No sé por qué las relaciones no continuaron. Lo vi en un colectivo, en el viaje entre Buenos Aires y Córdoba. Pero en esa época todavía tenía las mismas preguntas, y la verdad que no quería tener el mismo diálogo repetitivo con alguien irascible. Por eso cuando estábamos por bajar lo vi. Yo me escondí detrás de un asiento. Estaba delgado, con un lunar crecido en el rostro.

Él fue el que dictaminó que yo tenía mucho de sacerdote. Hoy, me pregunto si no tendría que volver atrás un poco. Y reconocer que avancé poco en lo de convertirme en un jabalí, por qué he llegado hasta abajo, con tantos miedos y culpas y llanto interno.

Soda Stereo era la música que acompañaba: “Hombre al agua”, “Té para tres”, “Entre caníbales”, “El séptimo día”, “Sueles dejarme solo”, “Un millón de años luz”, “Canción Animal”.

Cantábamos así: “Nuevas formas crecen, son tan atractivas, quiero descansar de todo ayer. Y voy flotando por el río (guitarra), voy envuelto en la corriente. Aaaah… hombre al agua, voces que se agitan, hombre al agua, un barco a la deriva… Y voy flotando por el río (guitarra), descansando en la corriente.

Amaneció, abre los ojos… todos gritarán… hombre al agua. Voces que se agitan…”.

Y Ceratti se llama Gustavo, igual. “Qué grande, Gustavo tenía que llamarse”.

“Nena nunca voy a ser un superhombre, sueles dejarme solo… Estoy abriendo el juego un juego electrico, sueles dejarme solo”.

Te acordás, Marcelo, cuando hablaba de “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de Dios”. O algo así. Bueno, el tipo decía: “Es un problema gramatical, sólo es una coma y lo vas a entender. ‘Bienaventurados los pobres, de espíritu. Pobres, con espíritu”.

Teníamos que recorrer enormes distancias de los valles calchaquíes, del oeste catamarqueño para llegar a algún lugar.

“Más se pide y se vive, canción animal, canción animal…”. Y la guitarra que hace como el grito de un elefante y después hace un juego, y la batería persistente.

Pero dejadme aclarar una cosa: yo he sido un chico pobre, paupérrimo, salido de las casas más humildes de Caleta Olivia, crecido en los barrios más pobres de Córdoba: Villa Siburu, y la Villa de El Bordo en la avenida Colón, salvo la casa de la esquina (violenta lo mismo) de Deán Funes y Félix Paz en Alto Alberdi. Por qué quiero aclarar esto. Porque gracias a la lectura me pude acerca a cierto sector de clase media, que no tuve la misma historia, ni familiares con esos gustos. Nada de ello. No quiero autocompadecerme, más bien decir: “Pero qué bien, che, he podido conocer a Kafka, Dostoievski, Beethoven, Héroes del silencio, Coetzee, Tarkovski, Breccia, gracias a que salí”.

Después es historia conocida, terminé vendiendo lapiceras en los comercios de Buenos Aires, cuatro por un peso, mientras el alquiler costaba cinco pesos por día. Si quieren, otro día les cuento.

Monday, November 12, 2007

Mejillas inflamadas

El marrón claro de mi tez se ha diluido un poco desde hace un año, y pienso que es absurdo preocuparse por los ocres de mi cuerpo.

Desde hace 350 días que habito en Caleta Olivia. “Y se agradece”, me respondo a esa afirmación. ¿Afirmación de los derechos a ser un patagónico?

Brrroooommmmmsssplsaaashhhhhhhsssssssssssss.

Esto me convierte en un habitante con pleno derecho, supongo, para tirarme en el pedregullo de la costa, a la que siempre vengo, si el tiempo lo permite.

Brrrooooooommmmssssplashhhhsssssssssssssssss.

El pelo, el mío, sigue como siempre, revuelto y algo duro, y el viento sisea en las canas de arriba.

Y, no hay caso, mi cara es y será regordeta hasta el final. Antes, este rostro adiposo me develaba como un gordito inocentón, o un peticito de mejillas inflamadas por la candidez melancólica.

Brrrooooooommmmssssplashhhhsssssssssssssssss.

Las olas hamacan mis recuerdos, ahora que me tomo veinte minutos para estar aquí, sobre el pedregullo. Mi cara me develaba como un cándido e incauto, algo temeroso.

A todos les preguntaba cuando me anunciaban que iba a conocer a tal persona: “¿Y es piola? ¿Es piola esa persona?”.

Hace veintidós años, yo estaba en aquella habitación alfombrada del taller literario “Lectura y Creación”, en la sección “narrativa”, dirigida por Virginia Braxs. Virginia lee, con ductilidad, “La guerra del tiempo” de Alejo Carpentier. El sonido de las frases que Virginia lee era como… ¿qué cosa? No, no era como las olas de ahora, estas que repiten miles de veces histéricos preanuncios de tempestades para luego desmoronarse en pacífica espuma gruesa.

Virginia tenía violines, violoncellos y trompetas en su entonación. “¿Algún día llegaré a frasear como Carpentier?”, me preguntaba yo al ver con qué admiración Virginia leía al cubano.

Alfonsín gobernaba la Argentina y Angeloz la provincia. “Con la democracia se educa”. No estaban, todavía, Tinelli, ni los programas que repiten las contorsiones de las vedettes de Tinelli. Tampoco estaba Internet masivo.

Estaban en esa ciudad, Virginia, Adriana Musitano y otros tres licenciados en letras, todos muy creativos, que habían preparado una especie de seminario sobre la Ciencia Ficción en Argentina.

Yo amaba Córdoba porque tenía esa clase de gente.

No ha sido fácil traer a lo más granado de la literatura de ficción especulativa desde Buenos Aires: Angélica Gorodischer, Marcial Souto, Carlos Gardini, Pablo Capanna. Ni enterado estaba yo de que existía un género como la ciencia ficción, y nunca había escuchado apellidos como Lem, Asimov o Bradbury.

Y yo me embarcaba en el colectivo rojo 31 desde la villa El Bordo hasta ese edificio ubicado frente a las cuatro columnas de la peatonal, sobre la Rivera Indarte. “¿Es piola Angélica Gorodischer?”.

- Si, es piola. – respondía, comprensiva, Virginia.

Y Angélica Gorodischer llegó a la habitación alfombrada. Estuvo conversando media hora con los talleristas. Fue la primera escritora que conocí en mi vida. Así que estuve mirándole las manos todo el tiempo. Angélica hablaba como un arroyo, mencionando autores, trabajo de horas frente a su máquina, su vida rosarina tan de clase media.

Después, yo volvía a la estridente Villa Siburu donde vivía mi padre. Para pagar la cuota del taller literario, me ayudaban (un poco) él, y (otro poco) mi abuela Juana del barrio Alto Alberdi.

Una imagen de tantas noches: mientras el tío Víctor con tía Dora preparaban los bifes a la criolla, mi padre arreglaba una bicicleta, con su vasito de vino blanco al costado.

Caían todas las noches el Bicho, el Gallina, el negro Pelé (o también conocido como Pelecha), el Fletacho (deformación de “fratacho”), el Negro Chofer y otros amigos del Víctor, extremadamente jocosos, rapidísimos para colocar apodos.

También caían las esposas de ellos o vecinas amigas como “la Vaca”, “la loca Sara” o mi tía Quica que agarraba una cuchara y probaba el jugo de las ollas.

Brrrooooooommmmssssplashhhhsssssssssssssssss.

Una vez le dije a Virginia: “a veces le ayudo a mi padre como peón, y a veces le ayudo a mi padrastro, el Titi, repartiendo soda en su rastrojero, ¿eso es malo?”.

Yo era un tarambana con mucha tristeza por mi condición de pobre y negrito. Entonces Virginia me dijo: “al contrario, eso te da experiencia”.

¿Qué experiencia me podría haber dado Villa Siburu?

Ni el ruido de las olas de ahora, las caletenses, puede tapar los ecos que me quedaron de las risas y las bromas super onduladas del Gallina al Bicho, o los retos burlescos de Víctor a Fletacho (quien junto a Pelé, le ayudaba a mi tío en la carnicería).

Ah no, pero no os confundáis, no es una remembranza alegre. Una vez lloré porque se burlaban mucho de mi padre que hacía las veces de bufón triste, riéndose de sí mismo. Estaba tan lleno de autocompasión que no había más espacio para más compasión, y ahí estaba mi padre, el “Clemente”, como payaso triste, así que mi espíritu reventó en llantos.

Brrrooooooommmmssssplashhhhsssssssssssssssss.

Wednesday, November 07, 2007

Digresión


Debido a mi larga larga ausencia, creo que merecéis al menos una digresión explicativa. Casi casi abandono la idea de un blog. Me había parecido absurdo teniendo en cuenta que tengo otras prioridades a saber: procurar alimento para mis pequeñitos piantes, resistir el arreciar del tiempo y el viento y el cruento, y otros menesteres que me depararon las urgencias, la súbita muerte de mi padre (debo ser crudo), mi extirpación de vesícula (por suerte ya no tengo bilis negra y esa es una buena noticia espiritual), en fin...
¿Pero por qué no abandono el blog? Por la amistad. Brindo por ella. Y porque he leído al máximo carnotista mundial que posteó varias veces minis relatos con un oficial bielorruso. Me pareció maravilloso que tuviera vida en otro blog. Maravillosa la comunicación. Así que gracias Ulschmidt.
Y también porque algunos amigos generosos de Tinogasta, Catamarca, de Freiburg y de Moscú me preguntaron por mails.
Así que no me queda más que brindar con un vino syrah y continuar. Pero a lo mejor no siga con la saga (o si?) de Jorge Sarmiento y demás, a lo mejor derive y deambule con el nuevo paisaje patagónico. No sé. Pero seguiré...
La foto de la ballena la tomé el domingo pasado cerca del muelle. La ballena franca austral apareció de repente al mediodía. Y dio volteretas y se hundía. Vaya a saber cuál es su derrotero ahora.

Esta es la breve crónica que escribí.

La verdad que los róbalos y pejerreyes que iban sacando del mar los más de cien participantes del concurso de pesca que organizó el SOEMCO (Sindicato de Obreros y Empleados Municipales de Caleta Olivia) no daba para hacer alharaca. “De medianos a chicos”, comentaban decepcionados ellos mismos, mientras señalaban sus tarros con los pocos pescados.

Así transcurría el calmoso mediodía de este domingo hasta que un pescador avispado la divisó y gritó: “¡una ballena!”. Para todos los demás parecía una de las tantas bromas que se despachaban entre sí, debido al “pique flojo” que hubo durante toda la mañana.

Pero, un par de minutos más tarde, sí, todos la vieron frente al muelle, tan cerca, a menos de doscientos metros de la costa, y lanzaron gritos de júbilo. Efectivamente, una ballena mostraba su lomo entre las olas turquesas de esa hora. Después dio una voltereta suave, aireando una de sus aletas para sumergirse otra vez. Y luego otra vez, y otra vez por más de dos horas.

El cetáceo se paseó muy orondo por todo el tramo de la costanera, de norte a sur y de sur a norte, desde el muelle hasta el club Náutico, ubicado unos metros más allá.

“Soy nacido y criado acá y te juro que nunca había visto una ballena tan cerca”, dijo un municipal que no paraba de sacar fotos desde su celular.

“Las piezas pescadas fueron chicas, y creo que fue por la ballena presente, además, ni siquiera lobos marinos había”, comentó un avezado pescador, mientras sus dos pequeños hijos aplaudían al ver emerger alguna parte del maravilloso animal.

(www.elpatagonico.net)

Thursday, July 05, 2007

Nuestras señoras de la Caleta

El plan de Cristóbal Colón es, después de hacer movimientos ambiguos entre las cuatro mujeres, llevar a Silvana a esa casucha que había erigido con pala, palos y plástico, a un costado del pinar. Colón fue el primero de las carabelas que llegó y se encontró con Unta-María Alicia, Cañil-Mónica y Barsika-María Rosa. Silvana vino en la segunda gran barca, quien habrá de descender con su largo vestido y sus volados en las mangas blancas, delgada y bellísima.

Doña Silvana tendría el tiempo limitado. A las doce debía regresar a la barca donde estaban sus padres, los Zamorano. Entonces, Colón debía pensar rápido cómo lograr que Silvana vaya a su cabaña subterránea, y besarla y abrazarla y tocar el cielo con las manos.

¿Qué diálogo artero debía inventar Colón, entonces? Imaginaba los pasos de Silvana, mientras las otras, las indias sensuales, construían su refugio con el maderamen y las chapas apiladas. ¡Un harén! Eso podrían ser ellas.

Silvana, en cambio, no podría estar en un harén, ella era la joya excelsa, la mujer primordial para un conquistador como él. O no estaba tan seguro, porque como mujer primordial también podría representarse a través de Adriana Sánchez-Gioja, la dulce señora nacida en Córdoba de la Nueva Andalucía. Una beldad rubia, de mejillas y tonada redondeadas que había conocido en el jardín de los adventistas.

Sin embargo, Adriana no estaba más, su carabela retornó a la Nueva Andalucía. En cambio, Silvana de las Mercedes Zamorano de Mendoza estaba aquí, era real, alcanzable.

Muchos disputaban el favor de Silvana, caballeros como don Miguel Barría del Solar, y quizás el hermano mayor de este, don Francisco, o tal vez algún marino de otras barcas. Colón tenía reconcomio, sobre todo, de don Miguel. Un hombre más seguro de sí, capaz del rapto de féminas sin ningún escrúpulo. Entonces, hoy era la oportunidad, pues don Miguel estaría atareado en su carabela y no ha dado señales de querer bajar a la costa de las cabañas.

A las diez y media, Unta fue a buscar a Silvana. Ella, Unta- María Alicia, era otra persona de la que hay que cuidarse. ¿Era la enemiga? ¿Pero quién conoce a las mujeres? Son rencorosas pero lo importante es saber el origen del rencor. Una vez que se devele el origen del rencor, puedes conquistarlas o apaciguarlas. Mirad, el rencor puede surgir de cosas fútiles como la forma de la barba del hombre o de cosas terribles como el amor, vamos. ¿Podrá imaginar Colón a Unta-María Alicia, esa mujer fuerte, robusta, de color marrón claro, de cabellos más castaños que sus hermanas aborígenes, enamorarse de él? ¿Y podrá imaginarse él mismo, voluble, inocentón, enamorado de Unta? ¿Él, irresoluto, con una mujer firme? La idea no le disgustaba.

Sin embargo… sin embargo, la idea de yacer con doña Silvana de las Mercedes Zamorano es diferente. ¿Es superior? Yacer con alguien tan bello, pequeño, frágil, de voz etérea…

Colón no tenía sus sirvientes consigo, así que debía trajinar, a la vez, enseñoreado entre las mujeres de la costa y valerse por sí mismo con las tareas de limpieza de choza. Su inutilidad para las cosas, pues era un hidalgo, contrastaba con la velocidad con que las tres aborígenes habían dispuesto el maderamen y las chapas para construir un regio albergue. Conocían el terreno, indias solas, hembras. Por ello mismo, porque eran hembras de valer, Colón no quería perderlas, no quería que se sintieran despechadas si llevaba a Silvana a su choza. Ellas eran su harén, su repuesto carnal más querido.

Por ellas tuvo una erección mientras apuntalaba su choza colocando un mástil más en el medio de su refugio. Piensa en “coger” con María Alicia, por eso su pito se le pone duro. Decir “coger con María Alicia” es suficiente para que eso suceda. Coger es una palabra mágica y prohibida en su patria paterna. Coger le sugería más que el “pinchar” que utilizaban los araucanos mestizos, parientes de las indias que estaban allí, hablando, mientras colocaban el techo de plástico. “Pinchar” lo podía decir y cantar la “Pirilacha” entre comidas picantes, mientras los padres de las indias tomaban cerveza.

- Rojo es el pi… rojo es el pi… so de tu abuela / Le gusta el pi… le gusta el pi… le gusta el piso encerado… / Tiene la con… tiene la con… tiene la conciencia limpia… / de tanto cu… de tanto cu… de tanto cumbiar bailando…

“Pinchar poto y chucha”, qué horrible. “Poto y chucha”. Feo. Ya decir “poto” provoca una minúscula implosión reaccionaria en su pitito. No cabe la sensualidad en “Pinchar”, pero sí en coger y más si el viento ulula entre los techos de las chozas. Con María Alicia podría coger muy bien, debajo de las colchas. Coger era un beso fuerte, tal vez de lengua (habrá que ver si causa o no asco el entrechocar viscoso de las lenguas), coger era tocar las piernas y ver qué hay debajo, cómo es la rajadura de las mujeres, cómo es la desnudez. Eso era coger.

Coger, no obstante, no era lo apropiado con Nené. No se asociaba con ella ese verbo. Besar era más ajustado a Nené. Besar lo sutil de los labios de Nené. Tocar el cielo, vamos.

¿Cómo traerá Unta- María Alicia a Silvana de las Mercedes? Vendrá ella manteniendo su porte a pesar de lo dificultoso en el andar en el pedregullo de la costa. Colón apuntalaba todo lo que faltaba en su choza-nidito de amor, refugio calentito donde rumores adormecedores llegan desde el afuera, el mar, el viento, la lluvia, las tempestades y sus monstruos. Cristóbal Colón espera que el viento tenga la precisión en su fuerza para que pueda servir de excusa al refugio, de coartada para el abrazo protector que provocará la imantación de los labios de ambos, de él y de Silvana. El mismo viento que trajo a Cristóbal a la costa, el viento que bramará celoso afuera, mientras el amor está adentro.

Listo, ya está lista la cabaña, la choza un poco más precaria que la que levantaron las indiecitas más allá. Había socavado la tierra arcillosa con una pala pequeña, había apuntalado tres soportes largos y sobre ellos ató el techo de plástico.

¿A qué hora diantres vendrá? ¿Y viene?

- Enseguida – le contestan sus vecinas.

Qué temblor Cristóbal, para siempre se acordará de este temblor, temblor que quedará asociado a la espera de tantas doñas en el futuro, temblor primigenio en esta caleta.

Y allí vuelve Unta-María Alicia trayendo consigo, casi de la mano, a la beldad. Silvana viene radiante, con esa sonrisa plena de perlitas, viene desde esa barca de maderos gruesos.

Se la ve venir. Unta que habla y propone y que, tranquila, Silvana asiente a esas propuestas.

Oh, si al menos Cristóbal fuera amigo de Unta-María Alicia, si al menos no se interpusieran entre Unta y él los deseos de los vientres, si fuera sólo amigo para que Unta trajera a Silvana directamente a él, ya rendida y convencida de que el amor de él es el más conveniente, sin otro esfuerzo para él que abrazarla y llevarla al nido, que sólo explicarle que esta aldehuela ella cabe para el amor hasta el fin, en este lugar donde podrán construir las calles sobre las lomas, que en la borrosidad y las piedras y la escarcha hay una estética más humana que en otros lugares, en este villorrio costero que no está en la falda umbría, es cierto, de un valle, que no está refugiada a las intemperies, que no fue creada a partir de milenaria aldea indígena, ni por el capricho de algún conquistador español, sino porque, en forma casual, encalló su barco y el barco de los padres de ella y con chapas y maderas de viejos depósitos se construyó este puñado de casitas.

Pero, al parecer, la realidad no es así, él tiene el deber de fungir de hombre hecho y derecho, y tendrá que arreglárselas. Porque ya está llegando Silvana con Unta, pisando la arena y el pedregullo de la costa, a pocos metros de la aldehuela. Disimula Cristóbal, disimula que arregla algo, que apuntala por enésima vez porque ya viene Silvana de las Mercedes.

Silvana comparece con su vestidito con volados, delgadísima, hociquito de conejita. Corazón… corazón galopante de Cristóbal. Pequeña y bonita Silvana frente a Cristóbal, el apuntalador de mechón rebelde y oscuro.

Silvana era de una enorme familia venida a menos de La Rioja, o tal vez de Mendoza, aunque sus padres recibieron heredades poco productivas, por lo que debieron embarcarse en busca de futuro. Silvana, tal cual se había anunciado, llegó con su aire digno. Y se diría que fue otra fundación de la aldehuela. Miró de reojo a Cristóbal que, dándole la espalda, alisaba una vara de tamarisco.

Pero primero Nuestra Señora fue a dar los saludos de cortesía a las damas indias Cañil-Mónica y Barsika-María Rosa que ya estaban en su cabaña, con sus platos de plástico y sus latas, con preparativos de la cena. Lanzó una exclamación cantarina al ver lo bien que estaba la choza de las indígenas.